De todas las fronteras extrañas que existen en el mundo, una de las más raras, si no la que más, es la que separa (es un decir) los pueblos de Baarle Hertog (Bélgica) y Baarle nassau (Holanda). Por hacer un resumen, el pueblo de Baarle Hertog se compone de veintidós enclaves belgas en territorio holandés, mientras que su gemelo neerlandés, Baarle Nassau, posee a su vez ocho enclaves dentro de los enclaves belgas (lo que aquí solemos llamar metaenclaves). El resultado es un puzzle difícilmente comprensible donde resulta muy difícil saber, en cada momento, en qué país se encuentra uno.
Mapa de los dos Baarles (click para ampliar). Debajo, vista de la frontera en la calle principal (click para ampliar con resalte de la frontera)
Tavolara es una pequeña isla situada en la costa noreste de Cerdeña, de seis kilómetros de largo y apenas uno de ancho. Es un macizo de piedra caliza cuyo punto más alto es el Monte Cannone, de 565 metros, y que tiene escarpados acantilados en su contorno, a excepción de sus extremos. En 1807, cuando llegó Giuseppe Celestino Bertoleoni Poli, Tavolara estaba despoblada. Giuseppe era un joven de 29 años, natural de la cercana isla de Maddalena. Aunque llegó sólo, con el tiempo construyó una casa e hizo venir a la isla a una de sus dos mujeres y los hijos que tenía con esta. Giuseppe y su familia llevaban una vida de lo más normal, hasta que en 1836 el rey Carlos Alberto de Cerdeña decidió visitar la isla con el fin de participar en una batida de caza. Carlos Alberto acudió a Tavolara por la fama de sus cabras salvajes, que se decía que tenían los dientes de… oro. En realidad, a causa de las algas y los líquenes que comían, los tenían amarillos.
A la llegada del rey de Cerdeña, Paolo, el hijo de Giuseppe, se presentó como el rey de Tavolara. No queda claro si este se lo tomó en serio o a broma, pero Carlos Alberto quedó impresionado con los modales de aquel pastor que decía ser todo un rey. Después de pasar tres días y tres noches hospedado en su casa, a su partida, el rey Carlos Alberto dijo a Paolo que ni él ni su familia debían preocuparse por su derecho a permanecer en la isla y proclamó a su padre, Giuseppe, rey de la isla, concediendo el título de “Príncipe” para su hijo mayor, y los títulos de “Signor delle Isole” y “Signora del Mare” para los hijos menores.
El resto de la Historia, absolutamente surrealista, en Cabovolo, blog tan recomendado que hace que me pase las advertencias del Señor Lobo por el forro de los Calvin Klein, o sea. Lean, lean. Y que pasen feliz domingo.
Mi pasión por las fronteras comenzó hace algo menos de dos años, cuando, con mucho insomnio y un ADSL de veinte megas por toda compañía, me dediqué noche tras noche a leer la Wikipedia, saltando de tema en tema como el que picotea en un bufé libre. Desde que leí entradas como la de Vaalserberg, o la triple frontera en las cataratas del Iguazú, quise poner un pie en un trifinium. Cuando en julio mi mujer y yo organizamos las vacaciones centroeuropeas (Praga, Viena y Budapest), ya sabía perfectamente lo cerca que quedaba la triple frontera de la autopista de Bratislava a la capital húngara. Así que, tras alquilar un coche en la Hertz de Praga, emprendimos el camino hacia Hungría, con escala en tres fronteras.
Sobre estas líneas, la frontera entre Chequia y Austria, camino de Viena. Debajo, otra vista del mismo lugar mirando hacia la República Checa, plagada de anuncios de casinos, prostíbulos y restaurantes. La zona fronteriza checa está llena de este tipo de establecimientos, además de decenas de gasolineras.
Tras el final de la II Guerra Mundial, el territorio alemán fue dividido en cuatro zonas de ocupación, una para cada uno de los ejércitos aliados (británicos, norteamericanos, soviéticos y franceses). Pero Alemania no fue el único país que acabó partido en cuatro. Su vecino del sur, Austria, al que se había anexionado en 1938, también fue troceado y repartido entre los aliados. De idéntica manera a como sucedió en Berlín, Viena también fue partida en cuatro zonas de ocupación, con el centro de la ciudad convertido en zona internacional. Se dice que la idea de Stalin era repetir la jugada de Alemania, y llevarse como trofeo todo el este de Austria, al igual que había hecho con la RDA; finalmente no fue así, y tras la muerte del genocida georgiano en 1953, las negociaciones con los soviéticos culminaron en la creación del Estado Austríaco en 1955. Poco después de la independencia, Austria proclamó su permanente neutralidad, condición impuesta por los soviéticos para irse del país, temerosos de que los Austríacos ingresaran en la OTAN. La situación geográfica del país provocó que gran parte de él estuviera rodeado por naciones socialistas. La Yugoslavia de Tito, además de Checoslovaquia y Hungría, ambos miembros del Pacto de Varsovia, tenían frontera con Austria, y se encontraban muy cerca de Viena. La frontera Checoslovaca estaba a apenas cincuenta kilómetros, y la húngara, a poco más. Y en el cruce de ambas, es decir, el trifinium entre Austria, Checoslovaquia (actualmente Eslovaquia) y Hungría, se encontraba (y se encuentra) Deustch Jahrndorf, una pequeña población de poco más de quinientos habitantes, situada más al este que cualquier otra población de Austria, y limítrofe con dos secciones del Telón de Acero, la húngara y la checoslovaca. Más al este no existía ningún pueblo, en toda Europa central, que no estuviera bajo el régimen soviético. Deutsch Jahrndorf fue, durante décadas, el último pueblo del mundo libre.
Entrada al pueblo austríaco de Deutsch Jahrndorf, en el estado de Burgenland (fuente)
De Stettin en el Báltico a Trieste en el Adriático, ha caído sobre el continente [europeo] un telón de acero. Tras esa línea se encuentran las capitales de los viejos estados de la Europa Central y Oriental. Varsovia, Berlín, Praga, Viena, Budapest, Belgrado, Bucarest y Sofía; todas esas famosas ciudades y sus habitantes se encuentran en lo que tengo que llamar esfera soviética, y son objeto, de una forma u otra, no sólo de la influencia soviética, sino de un cada vez más férreo control por parte de Moscú.
El 12 de junio de 1987 Ronald Reagan, por entonces presidente de los Estados Unidos, viajó a Berlín Occidental. Consciente de hallarse en una ciudad dividida por la tiranía soviética, y quizá deseoso de pasar a la historia como ya lo había hecho John Fitzgerald Kennedy en el mismo lugar 26 años antes (Ich Bin), pronunció uno de sus discursos más memorables, y una de sus frases más recordadas. Mr. Gorbachev, tear down this wall! ¡Derribe este muro! En aquel momento, el discurso no causó excesivo revuelo, además de la esperable acusación de «provocador» desde las agencias soviéticas. En occidente, algunos tacharon de «ingenuo» a Reagan, en la creencia, alimentada por las autoridades de la Alemania Oriental, de que el muro iba a durar cien años. El final de la historia ya lo conocemos. El 9 de noviembre de 1989 el muro cayó. No fue Gorbachov quien lo eliminó, sino los propios ciudadanos alemanes. Pero antes de que cayera el muro hubo una serie de acontecimientos, sobre todo en la frontera entre Hungría y Austria, que adelantaron lo que finalmente iba a suceder. Fueron las primeras grietas del Telón de Acero.
Ronald Reagan, con Helmut Kohl a la derecha de la foto, agradece a la multitud sus aplausos.
El pasado día 5 de agosto el FC Sheriff, nueve veces campeón de la liga de fútbol moldava, dio la campanada al eliminar al Slavia de Praga en la previa de la Champions, merced a un gol en el tiempo de descuento que heló la capital checa. El FC Sheriff tiene varias peculiaridades. Una, poseer un estadio internacional UEFA, en un país tan depauperado como Moldavia. Dos, que juega en Tiraspol, capital de la República Pseudoindependiente de Transnistria, o Pridnestrovie, vieja conocida de los lectores de este blog. La machada del Sheriff abría las puertas a la posibilidad de que la Champions, con su corte de periodistas, aficionados, televisiones, directivos y demás, visitara la hermética república. Para ello tenían que superar un último escollo, el Olympiakos griego. Se da la circunstancia de que el entrenador del conjunto helénico era el técnico del último equipo que eliminó al Olympiakos en la Champions; el Anorthosis de Farmagusta, otra ciudad de un país inexistente. Anoche se disputó el encuentro de ida, y el resultado, esta vez, fue el esperado. Los griegos vencieron por dos goles a cero en Tiraspol, encarrilando la eliminatoria y cerrando prácticamente todas las puertas a los transnistrios para disputar la próxima edición de la Champions League. Otro año será.
Fronteras ha regresado ya de sus vacaciones. En los próximos días retomaremos la aleatoria actividad habitual. Gracias por vigilar el blog, regar las plantas y dar de comer a los aduaneros en mi ausencia. Disculpad por los comentarios que han estado durante semanas pendientes de moderación. Nos leemos por aquí.
Hace unos años trabajé durante un tiempo de profesor de Geografía de 2º de Bachillerato en una academia madrileña. Mi trabajo, básicamente, era intentar que los chicos y chicas allí presentes aprobaran el examen de selectividad de dicha asignatura. Dado que una de las preguntas del examen consistía en identificar sobre un mapa una serie de provincias españolas, obligué a los chicos a rellenar mapas con las cincuenta provincias hasta que pudieran recorrerse la Carretera de La Coruña con los ojos vendados. Al cabo de tres o cuatro repeticiones sabían ubicarlas todas, o casi todas. Pero España no tuvo siempre cincuenta provincias, ni estuvieron siempre agrupadas de la misma manera. Algunas cambiaron de nombre, desaparecieron sumergidas en otra provincia mayor, o se integraron en regiones distintas a aquellas en las que nacieron. En España existieron las provincias de El Vierzo (sí, con uve), La Mancha o Calatayud, Albacete fue parte de Murcia y Pamplona la capital de Cantabria. Y no hace tanto de todo esto.
En un año como este, en el que el Fútbol Club Barcelona ha ganado todos los títulos sobre la faz de la Tierra (mal que nos pese a los merengones empedernidos) la Ciudad Condal está, sencillamente, de moda. Por si fuera poco una película que lleva el nombre de la ciudad ha ganado un Óscar. La capital catalana es más conocida que nunca fuera de las fronteras españolas. Y quizá más de lo que imaginamos; como en otras ocasiones hicimos con Madrid y Valencia hoy recorreremos las Barcelonas del mundo.
Pero volvamos al Fútbol Club Barcelona. Observen atentamente los escudos a la derecha de estas líneas. ¿Encuentran alguna similitud, quizá? ¿Un ligero parecido? Los lectores de Café Fútbol, el blog no oficial de la Copa Intertoto y el único lugar en el que podrán conocer cuántos espectadores acudieron al estadio del Skonto de Riga en sus últimos partidos (un blog maravilloso, en suma), los lectores de Café Fútbol, decía, ya sabrán, como gente leída y viajada que son, que el escudo de la derecha es el del Barcelona Sporting Club, de Guayaquil, Ecuador. El parecido es de todo menos casual, pero contrariamente a lo que se cree, el Barcelona de Guayaquil no le debe su nombre al club de fútbol, sino a la propia ciudad. El fundador del más exitoso de los clubes ecuatorianos (o uno de ellos) fue el barcelonés Eutimio Pérez, que homenajeó así a su ciudad natal. El primer escudo del equipo se inspiró en el de la ciudad, y sólo unos cuantos años más tarde se adoptaría el plagio al del Barça. Las estrellas que rodean el escudo del club ecuatoriamo representan las ligas (trece) que han logrado ganar, la última en 1997.
El hotel Claridge’s de Londres es uno de tantos establecimientos con solera, historia y unos precios que tiran de espaldas de los que pueblan la capital británica. Está situado muy cerca de Westminster, el Big Ben y todos esos lugares donde los guiris corremos a hacernos fotos nada más llegar a la ciudad. Fue fundado en la primera mitad del siglo XIX, así que ya gasta siglo y medio de solera y lujo, que se reflejan en las seiscientas libras (setecientos euros o casi mil dólares) que cuesta una noche en la más pequeña de sus suites. Hoy aparece en este rincón fronterizo de la web por una razón muy especial. Entre sus muros no sólo se han alojado reyes, estrellas de la música y celebrities diversas, sino que sus paredes alojaron el que fue a la vez el enclave más pequeño del mundo, y también el más efímero. El 17 de julio de 1945, la suite 212 del hotel fue, durante 24 horas, y de forma oficial, territorio yugoslavo.
Fachada del Hotel Claridge’s, en el centro de Londres