Las fronteras subterráneas (primera parte)

En los tres años y medio de vida de este blog hemos visto unas cuantas fronteras raras, con trozos de países desperdigados como piezas de Lego derramadas por un niño torpe o líneas imaginarias que parten ciudades en dos, pero hasta ahora siempre nos habíamos limitado a la superficie del planeta. Pero claro, si uno mira debajo, la frontera también sigue, hasta el centro de la Tierra, donde todas las fronteras convergen y uno puede estar en todos los países del mundo simultáneamente (eso sí, convertido en gas; no todo iban a ser ventajas). Hay muchas maneras de cruzar una frontera, y una de las menos habituales es hacerlo bajo tierra. Carreteras, vías de tren, alijos de droga y hasta ejércitos lo hacen o lo han hecho (o al menos intentado), y de eso va la entrada de hoy. Las fronteras subterráneas. (Si algún día monto un grupo de Tecno Punk-Rock Post Industrial se llamará así).

Un trabajador francés y otro británico intercambian banderas el 1 de diciembre de 1990, tras encontrarse, por fin, los dos equipos de trabajo bajo el mar. Ese día Gran Bretaña perdió su insularidad por primera vez desde hacía ocho mil años, siglo arriba o abajo.

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Enclaves y exclaves alrededor del mundo

Si los Simpsons pueden hacer capítulos recopilatorios y nadie se queja, Fronteras no va a ser menos.

La idea mental más común de las fronteras políticas consiste en una línea que separa el país o la región A del país o la región B. Aquí acaba mi país y aquí empieza el del vecino. Sin embargo, la realidad geopolítica nos deja, en todo el mundo, pequeños trozos de un país dentro de otro, enclaves cuya situación puede provocar no pocas molestias e incomodidades a sus habitantes. En la entrada de hoy repasaremos los enclaves y exclaves que se pueden encontrar en el mundo.

Se define enclave como una parte de un país rodeada completamente por otro, y exclave como una parte de un país separada físicamente de la parte principal de éste (excluídas las islas). En la imagen de la derecha C es exclave de B, pero no enclave, puesto que limita con otros dos territorios. En la imagen de la izquierda, C es exclave de B, pero además es enclave en A.

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Pongamos que hablo… de Barcelona

sagradaEn un año como este, en el que el Fútbol Club Barcelona ha ganado todos los títulos sobre la faz de la Tierra (mal que nos pese a los merengones empedernidos) la Ciudad Condal está, sencillamente, de moda. Por si fuera poco una película que lleva el nombre de la ciudad ha ganado un Óscar. La capital catalana es más conocida que nunca fuera de las fronteras españolas. Y quizá más de lo que imaginamos; como en otras ocasiones hicimos con Madrid y Valencia hoy recorreremos las Barcelonas del mundo.

EscudosPero volvamos al Fútbol Club Barcelona. Observen atentamente los escudos a la derecha de estas líneas. ¿Encuentran alguna similitud, quizá? ¿Un ligero parecido? Los lectores de Café Fútbol, el blog no oficial de la Copa Intertoto y el único lugar en el que podrán conocer cuántos espectadores acudieron al estadio del Skonto de Riga en sus últimos partidos  (un blog maravilloso, en suma), los lectores de Café Fútbol, decía, ya sabrán, como gente leída y viajada que son, que el escudo de la derecha es el del Barcelona Sporting Club, de Guayaquil, Ecuador. El parecido es de todo menos casual, pero contrariamente a lo que se cree, el Barcelona de Guayaquil no le debe su nombre al club de fútbol, sino a la propia ciudad. El fundador del más exitoso de los clubes ecuatorianos (o uno de ellos) fue el barcelonés Eutimio Pérez, que homenajeó así a su ciudad natal. El primer escudo del equipo se inspiró en el de la ciudad, y sólo unos cuantos años más tarde se adoptaría el plagio al del Barça. Las estrellas que rodean el escudo del club ecuatoriamo representan las ligas (trece) que han logrado ganar, la última en 1997.

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Yugoslavia por un día

El hotel Claridge’s de Londres es uno de tantos establecimientos con solera, historia y unos precios que tiran de espaldas de los que pueblan la capital británica. Está situado muy cerca de Westminster, el Big Ben y todos esos lugares donde los guiris corremos a hacernos fotos nada más llegar a la ciudad. Fue fundado en la primera mitad del siglo XIX, así que ya gasta siglo y medio de solera y lujo, que se reflejan en las seiscientas libras (setecientos euros o casi mil dólares) que cuesta una noche en la más pequeña de sus suites. Hoy aparece en este rincón fronterizo de la web por una razón muy especial. Entre sus muros no sólo se han alojado reyes, estrellas de la música y celebrities diversas, sino que sus paredes alojaron el que fue a la vez el enclave más pequeño del mundo, y también el más efímero. El 17 de julio de 1945, la suite 212 del hotel fue, durante 24 horas, y de forma oficial, territorio yugoslavo.

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Fachada del Hotel Claridge’s, en el centro de Londres

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En mitad de la nada (I)

Hace unos días veíamos en este blog el mapa de la accesibilidad global. En él se observan las áreas más aisladas de la Tierra, encabezadas por Groenlandia (excluyendo siempre la Antártida), seguida por selvas impenetrables, desiertos y parajes polares. Sin embargo, una de las características más acusadas de los seres humanos, o de la mayoría de ellos, es la adaptación al medio. Prácticamente en todas las regiones del planeta encontramos gente. Desde la Antártida a Siberia y desde el Outback australiano al desierto del Sáhara, hay personas que hacen su vida en lugares extremadamente inhóspitos o aislados, por lo que encontrarse verdaderamente lejos de un lugar habitado es muy raro. Hoy recorreremos la Tierra en busca de los lugares más aislados y solitarios del planeta.

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Nada por aquí, nada por allá. © Krzysztof Pakulski.

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Donde ningún hombre ha llegado antes

Eh, tú, viajero intrépido: Déjate de Kenias, Vietnames, Patagonias, desiertos llenos de dunas o selvas tropicales. Los destinos más exóticos del planeta se encuentran en Inglaterra. ¿Dónde si no?

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Más viajes (extra) ordinarios en taxi

Mick Hogan es taxista en Portsmouth, una ciudad al sur de Inglaterra. La semana pasada estaba detenido en la parada de taxis haciendo esas cosas que hacen los taxistas (leer, revisar el navegador, empujar el coche) cuando un tipo llamado Dave se le subió al coche y pronunció una frase un tanto inolvidable: «Lléveme a Munich».

Pensé que se estaba echando unas risas a mi costa, o que uno de mis compañeros me estaba gastando una broma pesada, pero resultó que la cosa iba en serio. Le informé de que le costaría 1.700 libras [unos 2.200 euros, o 3.000 dólares], y 250 libras más para el cruce del Túnel del Canal y una noche de hotel en Munich, y accedió.

Según cuenta el taxista, el acelerado pasajero, al que parecía sobrarle el dinero tanto como le faltaba el tiempo, había quedado con unos amigos en pleno Oktoberfest de Múnich para celebrar una despedida de soltero, y había perdido el avión que tenía que llevarle a la capital bávara. Veinte horas después y con 3.500 euros más en el bolsillo el taxista inglés depositó al viajero en la ciudad alemana. Preguntado sobre el hecho, afirmó «Son cosas que pasan a veces, aunque desde luego supera a acercar a las tiendas a algunos pensionistas». Flema británica, le dicen.

Esto, que es extraordinario en Portsmouth, en la famosa Costa de la Muerte gallega es de lo más común. Ángel Vázquez, un taxista de Baio (La Coruña) lleva más de dos décadas realizando el trayecto entre Galicia y Suiza varias veces al mes por un precio mucho más asequible, unos 150 euros (supongo que por pasajero, si no no le alcanza ni para pagar la gasolina). La colonia gallega en Suiza siempre ha sido muy numerosa, pero cada vez es menor, por lo que, poco a poco, esos viajes van resultando cada vez más raros. Y es que, como decía aquel torero, «hay gente pa to».

Previamente, en Fronteras: Viajes extraordinarios… en taxi.

Vía Menéame (y 2).

Cabbie! Drive me to Munich, en la edición británica del diario Metro.

De la Costa da Morte a Suiza, en La Voz de Galicia.

Libros: Historias de Londres

Historias de Londres. Enric González. RBA, Barcelona, 1999.

Todo tiene una causa última. Y yo conocí la ciudad más espléndida del mundo gracias a Sadam Hussein. Pese este libro sobre su conciencia.

En agosto de 1990, el Irak de Sadam invadió Kuwait un día después de que toda la redacción de El País se marchara de vacaciones. Eso provocó que Enric González acabara en Arabia Saudí de corresponsal de una guerra que se libraba a varios miles de kilómetros de allí, y que, al volver, deseara dejarlo todo e irse a Londres a vivir del aire. Enterado el director del periódico de tan singular plan, le ofreció la corresponsalía en la capital británica, lo que le proporcionaría una manera mejor de subsistir que la mera ingesta de oxígeno y demás gases.

Enric González es periodista, y eso se nota. Es un libro breve (González cuenta que es un redactor bastante vago) pero de una intensidad que no decae en ningún momento. El autor mezcla su experiencia personal con la Historia de la ciudad para ir desgranando una serie de historias que realmente captan, o capturan, las esencias de le metrópoli británica. Desde las historias de los clubes de fútbol y sus presuntas filiaciones políticas y religiosas, hasta la peculiar manera de ser de los ingleses. «Los ingleses no es que sean sucios, es que son raros. E isotérmicos. El inglés se abrocha la gabardina en invierno y se la desabrocha en verano. Eso es todo».

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Sobre vuelos muy largos, muy cortos, y viajes en el tiempo

Desde que los hermanos Wright consiguieron levantar del suelo una máquina más pesada que el aire hasta que que se programó el primer vuelo regular de la historia pasaron 11 años, los que van de 1903 a 1914. El 1 de enero de ese año, un hidroavión llamado Safety First (La seguridad, lo primero), pilotado por Tony Jannus, y con un solo pasajero, Abraham C. Pheil, voló entre San Petersburgo y Tampa, dos ciudades del estado de Florida. El señor Pheil pagó 400 dólares de la época por ser el primer pasajero de una línea aérea regular. La línea duró cuato meses, con unas tarifas de 5 dólares por trayecto, y dos vuelos diarios de ida y vuelta. El trayecto de 35 kilómetros se cubría en veinte minutos. En total se transportaron 1.204 pasajeros, sin un solo incidente.

Jannus y Pheil posan ante el primer avión que realizó vuelos comerciales, en 1914.

Mucho ha llovido desde entonces. A día de hoy las distintas líneas aéreas operan más de setenta mil vuelos diarios en todo el mundo, que transportan a más de seis millones de pasajeros de media. En poco más de veinticuatro horas se puede alcanzar tranquilamente el otro extremo del mundo, si bien no existe ningún vuelo sin escalas tan largo. ¿Y cuál es el vuelo sin escalas más largo del mundo? A ello íbamos.

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Viajes extraordinarios… en taxi

¡Taxi!

Cualquier taxista que se precie tiene centenares de anécdotas que contar, desde los pasajeros famosos que han llevado hasta los mamones que han echado la papilla en la tapicería del asiento trasero. En una ocasión una taxista de un pueblo cercano a Barcelona me contó que la carrera más larga que había realizado consistió en llevar unas piezas de una máquina hasta Málaga. Otro taxista, madrileño esta vez, se reía al recordar a un pasajero que se subió al coche y dijo «Tengo que ir a Sevilla, pero no a la calle, la ciudad». Sin embargo, ninguna de esas carreras puede compararse ni siquiera de lejos con la que el vizcaíno Carlos Arrese y los ingleses Jeremy Levine y Mark Aylett realizaron en 1994.

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