El año que termina ha sido en el que más he viajado en toda mi vida, lo que tiene su mérito porque es el tercer año consecutivo que sucede. Como buen maniático, tengo un Excel donde apunto todo lo que hago durante los viajes (y otro donde apunto lo que hago cuando no viajo), así que tengo una idea bastante clara de cuánto me he movido y por donde. Ahí va mi recap de viajes de 2024.
La entrega de las Islas Chagos a Mauricio por parte del Reino Unido conlleva diversas consecuencias en la geopolítica del Índico y mundial, pero también en Internet se van a sentir sus efectos. Las Chagos, pese a estar formalmente deshabitadas (los militares y contratistas externos no cuentan como habitantes sino como trabajadores temporales) disponen de su propio dominio geográfico de Internet, el .io (Indian Ocean). No son ni mucho menos el único territorio deshabitado o bizarro con su propio dominio (están, por ejemplo, la isla Bouvet, la Antártida o las Islas Georgias del Sur), pero sí es uno de los que más éxito había cosechado, contando con decenas de miles de dominios registrados, casi siempre relacionados con el gaming y las compañías tecnológicas, especialmente start-ups. Un dominio geográfico de Internet sólo puede existir si el país al que pertenece existe, y la cesión de la soberanía del Territorio Británico del Océano Índico a Mauricio supone la desaparición de aquel, y por tanto, en teoría, la del dominio asociado. ¿Qué va a pasar ahora con las decenas de miles de empresas que tienen su web alojada en un dominio .io?
La bandera del Territorio Británico del Índico es para echarle de comer aparte, todo ha de ser dicho
Tanto el Imperio Español como el Británico usaron en su momento la frase «el imperio en el que no se pone nunca el sol«, como ejemplo de lo masivos y extensos territorialmente que llegaron a ser. El ocaso, literal y metafórico, del Imperio Español, llegó con la pérdida de Cuba, Filipinas y Guam frente a Estados Unidos en una breve guerra en 1898, y, finalmente, con la venta de las islas Marianas y Carolinas a Alemania un año más tarde. El Imperio Británico, ahora con el nombre de «Territorios Británicos de Ultramar», ha seguido siendo bañado 24/7 por la luz del sol en alguno de los lugares que aún dependen del Reino Unido. Hasta ahora. El pasado mes de octubre se anunció la entrega a Mauricio de las Islas Chagos, lo cual significa que casi dos siglos después, en el Imperio Británico se pondrá el sol.
El edificio más alto de África se yergue con sus cuatrocientos metros de alto en medio del desierto. Cuando fue terminado, superó en doscientos setenta metros la altitud del, hasta entonces, rascacielos más alto del continente, y en más de cien la estructura más alta, el alminar de la Gran Mezquita de Argel. Once meses después de completarse, la Iconic Tower sigue vacía, pero no es lo único vacío. Toda la ciudad a su alrededor es un enorme yermo, tachonado de rascacielos, torres y edificios de oficinas, en el que, hasta ahora, viven un par de miles de personas, la mayoría de ellas trabajadores de las obras y sus familias. Bienvenidos a la Nueva Capital Administrativa, la ciudad que Egipto está levantando para sustituir a El Cairo como el centro económico y de gobierno del país.
La Torre Iconic y el resto de rascacielos del distrito financiero, vacíos por ahora (The Atlantic)
Como les sucede a todos los padres del mundo, a veces hablando con mis hijos me preguntan cómo era la vida cuando yo tenía su edad, algo que sucedió en la primera mitad de los noventa. Han pasado muchas cosas en el mundo desde aquella época; para empezar la ONU tiene dos docenas de miembros más. El cambio más obvio de todos es el cacharro con el que estás leyendo estas líneas. A principios de los noventa ya existían tanto Internet como la telefonía móvil, pero ambas tecnologías estaban muy restringidas incluso en el país más avanzado del mundo por entonces, Estados Unidos. La explosión de ambas en los veinte años que siguieron al colapso de la Unión Soviética han tenido un impacto en el mundo que sólo podrá ser valorado por los historiadores de finales del siglo XXI. La otra diferencia obvia en la vida de un europeo treinta años después del suicidio de Kurt Cobain es, claro, Schengen.
Banderas de los 29 países que forman parte del Espacio Schengen, en el pueblo luxemburgués del mismo nombre. En la otra orilla del río, Alemania, y cien metros más a la derecha se encuentra Francia
El museo municipal de Valga es un divertidísimo compendio de maniquís con ropa vieja representando la historia del pueblo. Según nos informó el reloj del coche, la temperatura en el exterior oscilaba entre los muchos y los demasiados grados bajo cero, y en los dos pisos del edificio se estaba tan maravillosamente calentito que no teníamos intención de salir pese a lo bizarro de la exposición. Un rato antes habíamos estado triscando por la nieve buscando postes de madera de colores y charlando con un adolescente asomado a la ventana del segundo piso de un commieblock gris como el cielo invernal de Estonia. Todo esto lo hicimos por una razón: la frontera, que parte en dos el pueblo y deja al otro lado la otra mitad, llamada Valka (Letonia). El lema de ambas ciudades es: «Un pueblo, dos países».
Colosal representación de una escena histórica en el Museo Municipal de Valga (Estonia)
Hay muchas maneras de amañar unas elecciones, desde las más sutiles, como el Gerrymandering en Estados Unidos hasta las pantomimas abiertamente desacomplejadas, como el referéndum trucho de Rusia en Crimea o las últimas elecciones venezolanas. Pero si se trata de manipular unos comicios nada ni nadie se ha acercado nunca a los niveles de chanchullo que se vieron en las elecciones presidenciales de 1927 en Liberia, que ostentan de forma oficial el récord Guiness de votación más fraudulenta de todos los tiempos.
Metieron las barrras y la estrella que sobraron de hacer la bandera americana
Uno nunca sabe qué consecuencias a largo plazo van a tener sus actos. El aleteo de la mariposa tokiota que provoca alteraciones meteorológicas graves en Nueva York. El bombero que salva a un niño que con los años se convierte en médico y le salva la vida a su salvador. En 1831 alguien caminó desde algún pueblo de los alrededores y clavó una cruz de madera hecha con dos ramas y unas cuerdas en la ladera de una pequeña colina en mitad de los verdes campos de Lituania. Esa persona, cuya identidad jamás nos será revelada, no podía saber el alcance de ese gesto sencillo de recuerdo a los caídos en la reciente guerra contra Rusia, una de tantas. No podía saber que en pocos años el pequeño promontorio sería un lugar de peregrinación, y menos aún podía imaginarse que dos siglos después, en una Lituania independiente, no habría una cruz, ni cien, ni mil, sino centenares de miles de todos los tamaños imaginables, traídas por gentes de todo el mundo
La aerolínea regional Ravn de Alaska (se pronuncia como raven, cuervo en inglés) vuela cada par de días a la isla de St.Paul o San Pablo, un islote de 100 kilómetros cuadrados y 500 habitantes más o menos hacia la mitad de las Aleutianas pero 400 kilómetros al norte de la cadena principal del archipiélago. En mitad de la nada, vamos. Cuando uno compra uno de los enloquecidamente caros billetes de avión para volar desde Anchorage al aeropuerto insular, aparece un aviso en la pantalla: «Los perros no están permitidos en la Isla de St. Paul». ¿Cómo puede una isla prohibir nada menos que al mejor amigo del hombre, con lo majos que son los perretes que aparecen haciendo monerías en Tik Tok? Ah, amigo. Es que St. Paul es un santuario de fauna marina; algunos lo llaman «Las Islas Galápagos del Norte» por su diversidad ecológica, aunque también llaman «Venecia del Norte» a cualquier pueblo alemán con seis canales y un barquito de remos, pero bueno. Los perros se comen a las aves y a la fauna protegida, que para ellos no está protegida. Es comida. ¿Sabéis que come huevos de pájaros, y literalmente cualquier cosa, si le dejan? Las ratas. Y por eso cuando un vecino dijo que había visto un roedor en su porche, la isla entera se lanzó tras ella para darle caza y exterminarla. El problema es que llevan tres meses de búsqueda y, bueno, aún no ha aparecido. Así que no están realmente seguros de que exista. Pero no van a dejar de buscarla.
«St.Paul libre de ratas». No veía un eslogan así desde las guerras yugoslavas
Cuando a principios de los noventa aparecieron de repente docena y pico de países nuevos en el mapa, mi primera reacción fue pensar que habían sido bastante vagos a la hora de ponerles nombres a las cosas. Mucho –istán por aquí e –istán por allá, y luego esos tres estados minúsculos a los que parecía que habían nombrado ya por puro cansancio: Estonia, Letonia, Lituania. Tres países pequeños y poco poblados en una esquina de Europa. Desde mi rincón peninsular, a cuatro horas de avión de allí, los tres países parecían partes de un todo más grande, divididas por capricho. El Diego preadolescente no podía estar más equivocado, claro. Las Repúblicas Bálticas tienen una historia reciente común de ocupación y resistencia, pero son tres países tan distintos entre sí como puedan serlo España, Francia e Italia.