Una tienda de Prada en mitad de ninguna parte

Marfa es un pueblo en mitad del desierto de Texas. Con sus poco más de dos mil habitantes no tiene pinta de ser un lugar muy animado, pero el caso es que es conocido más allá de lo que sería normal para un poblado de sus características. Marfa es en Texas algo así como Bélmez en España, un sitio donde los magufos afirman que suceden «cosas inquietantes e inexplicables», luces que se aparecen sin que los que las ven puedan dar una explicación, y cosas así. Pero en Marfa no solo hay gente crédula, si no no sería interesante en absoluto. El pueblo se encuentra a unos cien kilómetros de la frontera mexicana, y a una media hora en coche de la localidad más cercana, Valentine, una polvorienta aldea de 187 habitantes. El paisaje alrededor de Marfa es el típico de las llanuras semidesérticas texanas, polvo, arbustos y poco más. Sin embargo, a pocos kilómetros de Valentine, en un lugar desolado por completo, uno de esos sitios donde si te pones en cuclillas eres lo más alto en cinco kilómetros a la redonda, encontramos esto:

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Una tienda de Prada en mitad de ninguna parte

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Kowloon, el enclave amurallado

En el imaginario colectivo occidental Hong Kong es una ciudad absolutamente trepidante, un cruce de caminos que más bien parece un choque de trenes entre Oriente y Occidente; el Manhattan del Sureste asiático. El estatus colonial de la ciudad durante casi todo el siglo XX propició un irresistible desarrollo económico que la llevó a ser una potencia económica de primera fila. Aún en la actualidad, y pese a pertenecer a China, es uno de los lugares donde existe mayor libertad económica. Hong Kong, con su mestizaje a machetazos y sus pelis de artes marciales se ganó la fama de poseer una idiosincrasia rayana en la anarquía, fama que, en muchos casos, está más que merecida.

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Un Boeing 747 aterrizando en el antiguo aeropuerto de Hong Kong, el Kai Tek. Fue clausurado en 1998 por razones obvias. Estaba tan dentro de la ciudad que las luces de aproximación se instalaban en las azoteas de los edificios. Más fotos, por ejemplo, aquí, y un vídeo acá.

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Conduciendo por el lado equivocado (y II)

Primera parte, aquí.

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Logotipo del Dagen H

Los últimos cambios de sentido de circulación que se han producido en el mundo fueron realizados entre los años 60 y 70 del siglo pasado. El último país continental Europeo en pasarse a la circulación por la derecha fue Suecia, en una fecha tan tardía como 1967. Concretamente el 3 de septiembre de 1967, que en el país báltico se conoce desde entonces como Dagen H (el día H), siendo la H una brutal abreviatura de Högertrafikomläggningen, que viene a significar (en traducción no ya libre, sino libertina) algo así como el cachondeíto de la circulación por la derecha. Las razones suecas para el cambio fueron fundamentalmente dos; en primer lugar la mayor parte de los vehículos que circulaban en el país tenían el volante a la izquierda, lo que provocaba no pocos accidentes al girar o adelantar en carreteras de un solo carril por sentido (la mayoría, en un país con una densidad de población tan baja), y en segundo lugar que sus vecinos, con los que comparte varios miles de kilómetros de fronteras en su mayor parte sin guardias, ya circulaban por la derecha. El gobierno sometió al veredicto popular la medida, y la respuesta fue clara y contundente: un 82,9% de rechazo. Consecuentemente, la medida fue aprobada.

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Conduciendo por el lado equivocado

Cuenta una famosa anécdota/leyenda urbana que en cierta ocasión un temporal bloqueó todas las comunicaciones entre Gran Bretaña y el resto del continente europeo. Un diario isleño tituló al día siguiente «El continente ha quedado aislado».  Probablemente falsa, la anécdota refleja cierto ombliguismo británico. Aplicando la misma vara de medir, todos los europeos (exceptuando los británicos, irlandeses y pocos más) conducimos por el lado equivocado de la carretera, el derecho. Pero ¿por qué en unos países se conduce por un sitio y en otros en el contrario? La respuesta, como en tantas ocasiones, hay que desenterrarla del pasado más remoto.

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Mapamundi (click para ampliar) con los países cuya circulación se realiza por el lado derecho de la calzada (verde) y por el izquierdo (rojo). Así visto, parece talmente un mapa del Imperio Británico, y mucho de eso hay, pero no sólo. Mapa tomado de aquí.

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Iconos de la carretera (II)

Decíamos ayer…

Aunque el viaje de placer por carretera (algo que a muchos les parece un oxímoron) es una tradición norteamericana, lo cierto es que hace ya décadas que en Europa es muy común. El continente europeo tiene un tamaño parecido al de los Estados Unidos, con la diferencia de que sus «Estados» son nuestros países. Entre Barcelona y Cabo Norte (el punto supuestamente más al norte de la Europa continental*) hay aproximadamente la misma distancia que entre Nueva York y San Francisco, por poner un ejemplo, y no son pocos los que al cabo del año recorren distancias semejantes por el puro placer de estar en la carretera.

*Cabo Norte o Nordkapp es, además de un accidente geográfico, un pueblo noruego, más de quinientos kilómetros al norte del Círculo Polar. El cabo se menciona casi siempre como el punto más al norte de la Europa continental, pero es falso. A pocas decenas de kilómetros al oeste se encuentra el cabo Knivskjellodden, que llega unos 1.500 metros más al norte que el más popular Nordkapp, como se puede comprobar en los mapas del fantástico sitio de Jan Krogh.

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Red de Carreteras Europeas

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Iconos de la carretera

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Los largos viajes por carretera por puro placer son un invento norteamericano. Hay docenas de canciones, películas y novelas sobre el tema. Desde Viajes con Charley a Easy rider, el individualismo de los estadounidenses se ha manifestado a bordo de dos o cuatro ruedas durante mucho tiempo. Pero Estados Unidos, comparado con cualquier país europeo, es una nación muy joven. La catedral de Colonia o la Grand Place de Bruselas tienen más historia en sus piedras que cualquier ciudad americana. No se trata de la habitual condescendencia y presunta superioridad europea con los malvados yanquis, sino simplemente de la constatación de un hecho. Por esta razón, sus referencias a la hora de viajar suelen ser de otro tipo. Paisajísticas y urbanas, pero, sobre todo, frikis. El monte Rushmore, su hermanastro el monumento a Caballo Loco, o la misma ciudad de Las Vegas (y en general todo el estado de Nevada) son un par de ejemplos evidentes de lo kitsch que pueden llegar a ser. El extenso territorio estadounidense está plagado de obras de arte pop que reflejan el carácter americano, no tanto por su mera existencia, sino por su categoría de iconos de la carretera. Hoy veremos unos cuantos de ellos.

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Cuando Estados Unidos quiso comprar Groenlandia

En 1867 los Estados Unidos compraron al Imperio Ruso el territorio americano que estos poseían al noroeste del continente. En su momento se convirtió en un territorio de la Unión, al que se llamó Alaska, palabra que procedía del aleutiano Alaxsxaq, que venía a significar algo así como «la tierra contra la que se dirige la acción del mar». El precio pagado por el millón y medio de kilómetros cuadrados de territorio fue de 7,2 millones de dólares. Desde el punto de vista actual, y teniendo en cuenta los enormes recursos petrolíferos descubiertos allí, lo podemos considerar una auténtica ganga, pero en su momento la compra provocó cierta polémica en la prensa de la época; algunos comentaristas consideraban que comprar una región tan remota e inaccesible, y además separada por varios miles de kilómetros del resto del país era absurdo. A Alaska se le dio el sobrenombre de «la nevera de Seward» (por William Seward, secretario de Estado que impulsó la compra) o «el jardín de osos polares de Andrew Jonhnson«, entonces presidente de los EE.UU.

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Cheque utilizado para pagar la compra de Alaska (click para ampliar; la imagen pesa 4 megas, así que ojito con las conexiones lentas).

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El primer Road Trip de la historia

El concepto de Road trip, un lago viaje en coche, motocicleta o autobús por placer, necesidad, trabajo o cualquier otro motivo, es, como tantas otras cosas, un invento más o menos estadounidense. El individualismo es una de las características más acusadas de la sociedad americana, para bien o para mal, y el coche es el complemento perfecto para cualquier estadounidense medio. Hasta la aparición del automóvl, únicamente el tren garantizaba un viaje a una velocidad aceptable (digamos, superior a los treinta kilómetros por hora), y cruzar un país como Estados Unidos era prácticamente una odisea, como lo era recorrerse cuatro o cinco mil kilómetros en cualquier otra parte del mundo. La llegada del vehículo particular supuso, como hemos podido comprobar en el siglo y pico que ha pasado desde entonces, una auténtica revolución. De repente todo estaba mucho más cerca. Pero en las primeras décadas del siglo XX las carreteras pavimentadas eran escasas, también en Estados Unidos. Aún así, en 1903, un médico llamado Horatio Nelson Jackson realizó el primer viaje en coche coast-to-coast al recorrer los más de cinco mil kilómetros que separan San Francisco de Nueva York a lo largo de más de dos meses de trayecto, del que más de la mitad se hizo campo a través.

Horatio Nelson Jackson al volante de su automóvil, durante el primer road trip de la historia.

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Bloody Falls of Coppermine

En el verano de 1913 dos sacerdotes franceses, Jean Baptiste Rouvière y Guillaume LeRoux, partieron hacia el norte de Canadá con la intención de convertir al catolicismo a una tribu de esquimales de la que, hasta entonces, no había oído hablar ningún occidental. Su marcha se produjo el 17 de julio de 1913 desde Fort Norman, un pequeño asentamiento comercial a orillas del Río McKenzie, y nunca más se les volvió a ver con vida. Dos años después de su partida Denny LeNauze, un jóven agente de la Policía Montada del Canadá, recibió el encargo de encontrar a los dos sacerdotes, y partió desde Edmonton para ello. Tras conocer a través de las tribus Inuit que ambos habían muerto, buscó por todo el norte de Canadá a los culpables para llevarlos ante la justicia. Cuando regresó a Edmonton con Sinnisiak y Uluksuk, dos esquimales acusados del doble asesinato, su misión en el norte le había convertido ya en una leyenda. El juicio a los dos Inuit que siguió después fue calificado como uno de los más raros jamás celebrados. La historia de como dos esquimales, tras pasar sus tribus miles de años aisladas en una de las regiones más inhóspitas del mundo, llegarían a enfrentarse con la justicia occidental, es una tragedia digna de entrar en las leyendas del Ártico.

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Mapa del Noroeste de Canadá en 1913 (click para ampliar)

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Los médicos voladores

Contaba Bill Bryson en un libro de viajes (En las Antípodas) que cruzar Australia de punta a punta es muy sencillo. Uno se pone a moverse desde la costa, en seguida alcanza el Bush, al poco rato entra en el Outback, para después llegar, de nuevo al Bush, y otra vez a la costa. Una cosa sencillísima, en efecto. ¿Qué son unos pocos miles de kilómetros para el viajero experimentado?

Australia tiene una superfcie de, recordemos, cosa de siete millones y medio de kilómetros cuadrados, y algo más de 21 millones de habitantes, que se sitúan de manera masivamente mayoritaria en las costas del país, fundamentalmente en la costa sudeste, donde están Sídney y Melbourne. El resto del país es, en su inmensa mayoría, un formidable desierto absolutamente fascinante. El Outback, que es como se conoce a las zonas interiores y desérticas de Australia, ocupa más o menos el 80% del territorio del país, alrededor de seis millones de kilómetros cuadrados. Doce veces la superficie española, o más del doble de la argentina. En ese descomunal territorio viven menos de doscientas mil personas. O sea, una densidad de población de aproximadamente 0,03 habitantes/km². Necesitamos más de 30 kilómetros cuadrados para encontrar una persona con la que charlar. Sólo Groenlandia tiene una densidad de población menor.

Sigue, valiente, sigue…

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