Viaje al final de Georgia: Los balnearios soviéticos en ruinas de Tskaltubo (Crónicas Caucásicas, 3)

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Hay quien dedica sus vacaciones a visitar monumentos prodigiosos, lugares patrimonio de la humanidad, museos llenos de arte y gloria a partes iguales, maravillas de la naturaleza, discotecas abiertas hasta el amanecer o playas paradisíacas bañadas por aguas cristalinas. Todo eso está muy bien, pero carece del encanto de un balneario soviético semiderruido y comido por el óxido a las afueras de un pueblo georgiano de siete mil habitantes. Así que allí nos dirigimos, a las ruinas de Tskaltubo, el spa de Stalin.

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El pueblo en el que todos los vecinos viven en la misma calle

Sułoszowa es un pueblo polaco de tres mil quinientos habitantes a poco más de treinta kilómetros de Cracovia. Rodeado de colinas onduladas y tierras de cultivo, no tiene nada de especial. Un par de supermercados, una iglesia, otro par de talleres de reparación de coches, una guardería, dos colegios de primaria, restaurantes, alguna que otra tienda… La peculiaridad del pueblo es que todos ellos, junto con el ayuntamiento, la comisaría y las casas de todos los vecinos del lugar están en la misma calle. La única calle del pueblo, que mide nueve kilómetros de largo.

Como diría Maradona, esto sí que es una raya

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Georgia quiere ser Europa pero Rusia no le deja (Crónicas caucásicas, 2)

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La historia de la Georgia independiente es mucho más convulsa de lo que cabría esperar en un país de apenas cuatro millones de habitantes e independizado hace poco más de 30 años. Al menos cuatro guerras, dos revoluciones e innumerables crisis constitucionales convierten la historia reciente del país en un caos. En las recomendaciones de viaje del Ministerio de Asuntos Exteriores de España se lee lo siguiente en su sección dedicada a Georgia: «Se recomienda a los viajeros evitar las aglomeraciones y manifestaciones, en particular tras las protestas violentas ante la sede del Parlamento en Tiflis». No era la primera recomendación que ignorábamos y tampoco sería la última. Así que ahí estábamos, en la escalinata del parlamento en Tiflis, con un par de miles de personas armadas de banderas georgianas y europeas protestando contra su gobierno. Nosotros sólo fuimos una vez, pero para ellos eran ya 58 días consecutivos manifestándose, y siguen haciéndolo a fecha de hoy. En Tiflis operaban las mismas fuerzas que actúan hoy en Moldavia, que son las mismas que sacudieron Ucrania en 2014, que a su vez fueron un eco de lo sucedido en las Repúblicas Bálticas a principios de los 90. Los georgianos no quieren ser rusos, pero Rusia se niega a dejar que sus antiguas colonias elijan su propio destino.

Manifestación en Tiflis el 28 de enero

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Yo he venido aquí a hablar de mi libro

Empiezo por el final: He escrito un libro. Y no sólo lo he escrito sino que me lo han publicado. O lo van a hacer en breve. Y lo va a hacer el mismo sello que publica las guías Lonely Planet, propiedad de la misma editorial que cada año entrega el premio literario más famoso de España. Hace algo más de diecisiete años me pasé unas navidades leyendo compulsivamente acerca de rarezas geográficas y geopolíticas. El estatus de Taiwán, la existencia de Baarle, la abundancia de límites en Chipre… todo me pareció absolutamente fascinante y lo devoré con la misma ansia con la que un turista estadounidense afronta el bufé libre en el desayuno de un crucero. Hasta tal punto me empapé de toda aquella información que acabé escribiendo un blog, que a fecha de hoy suma más de seiscientas entradas y alrededor de un millón y medio de palabras. Y ahora, 6259 días después, algunas de esas historias, junto con otras muchas que nunca han aparecido por aquí, van a ver la luz en un libro. En papel. Con su portada y sus cosas. Una maravilla. Con todos ustedes: Historiones de la Geografía.

El libro ya está en preventa. Saldrá al mercado dentro de exactamente un mes, el 26 de marzo, y se puede adquirir con antelación en los proveedores habituales. Son 101 historias, todas ellas escritas desde cero, y algo menos de la mitad nuevas incluso para los lectores más veteranos de este blog. Ciento una historias sobre fronteras extrañas, sobre territorios rarunos e improbables, sobre archipiélagos dejados de la mano de Dios y sobre qué hora es en lugares donde no hay nadie. Así que estimado lector, o lectora, si quieres fardar de lecturas en el autobús, en el tren o en el avión, divagar en el parque mientras te bajas un latte del Starbucks o simplemente tener algo para leer en el cuarto de baño que te permita alejarte del doomscrolling de vídeos de 15 segundos: este es tu libro. El mejor libro de anécdotas y curiosidades geográficas jamás publicado por un bloguero en castellano. ¡Estás tardando en comprarlo!

El road trip de un Gen X español y un Gen Z uruguayo por las carreteras del Cáucaso (Crónicas Caucásicas, 1)

– OK, boomer
– Te repito que no soy boomer. Esos eran mis padres. Soy Generación X. Xennial, concretamente.
– Lo que tu digas, boomer

Cuando Christian nació, yo ya era mayor de edad e iba por mi segunda novia formal. Cuando empecé a escribir este blog a él le quedaban un par de años para abandonar la primaria. Este año Christian cumplirá 28 años, que son los que tenía yo cuando en enero de 2008 publiqué el primer texto de Fronteras. Nos conocimos en persona hace cuatro veranos en su primer Eurotrip. Él mismo contó aquel encuentro en el texto increíblemente largo que escribió para Fronteras relatando su viaje a la triple frontera entre Colombia, Brasil y Perú. Hace unos cuantos meses empezó a organizar su segundo viaje a Europa y me propuso que participara. Nuestra primera idea fue quedar un fin de semana en Malta o Roma, pero luego la cosa se fue un poco más allá. «Me gustaría visitar Armenia», me dijo, como si Armenia fuera Sabadell y no un país asiático a cinco horas y media de vuelo de Barcelona. Lo descarté de inicio pero según iban pasando las semanas los astros se fueron alineando. «Hay un tren nocturno soviético para ir de Georgia a Armenia». No hay una sola versión del multiverso en la que yo pueda ignorar una declaración así, y poco después me vi una madrugada entre semana hablando por Skype con Christian mientras comprábamos billetes de avión al Cáucaso.

Chris y yo en un monasterio armenio

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El edificio de oficinas en el que enviar una carta de una sala a otra requiere franqueo internacional

A un lado de la puerta principal del Eurode Business Center hay un buzón amarillo de la Deutsche Post. Al otro lado, a no más de tres metros de distancia, una caja anaranjada de PostNL. Cada uno de los buzones está, claro, en su país. La frontera entre Alemania y los Países Bajos discurre equidistante de ambos, exactamente por el centro de la puerta de entrada al edificio, pero también la rotonda ante él, y toda la calle que lleva hasta allí. A un lado está Herzogenrath, en Renania del Norte, al otro Kerkrade, en Limburgo. Originalmente eran un solo pueblo pero los avatares de la historia lo convirtieron en dos, y con el paso de las décadas y los siglos volvieron a ser una única localidad, aunque en dos países diferentes. Antes de que el tratado de Schengen borrara las fronteras europeas, ellos ya habían hecho lo propio con la que les dividía, y se habían renombrado para un futuro de unión: Eurode, el primer pueblo transnacional de Europa.

Buzones neerlandés y alemán en la puerta del Eurode Business Center (fuente)

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Google Maps ya llama Golfo de América al Golfo de México

El mismo día en que tomó posesión del cargo Donald Trump firmó una orden ejecutiva cambiándole el nombre al Golfo de México, que pasaría a denominarse Golfo de América, refiriéndose América en este caso a los Estados Unidos de ídem, no al continente completo, que, como el lector seguro conoce, se denomina en inglés The Americas. El 9 de febrero, hace dos días, el the Sistema de Información de Nombres Geográficos del USGS (Geographic Names Information System, o GNIS) actualizó su base de datos para recoger el nuevo nombre, y ayer mismo Google Maps actualizó sus mapas en todo el mundo para reflejarlo. Pero hay una pregunta inevitable. ¿Basta la voluntad de un gobernante para cambiarle el nombre a las cosas? Hay dos respuestas y ambas son correctas: sí y no. Disculpen la ambigüedad.

El día que vaya yo a Estados Unidos sí que van a saber lo que es un golfo en América

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Recorriendo Lanzarote en la camper más vieja de la isla: un 4 Latas

La primera vez que arranqué la furgoneta se me caló. La segunda también. De hecho las diez primeras veces que intenté arrancar se me caló todas y cada una de ellas. Pero luego conseguí que funcionara. Entonces tuve que aprender a conducir. ¿Por qué tendría que aprender a conducir si tengo veinte años de carné y he manejado docenas de coches en otros tantos países? Bueno, he conducido muchos vehículos, pero ninguno tan antiguo. Había encontrado un vuelo insolentemente barato a Lanzarote, pero mi presupuesto no permitía pagar hotel y coche de alquiler, así que pensé en dejar pasar la ocasión… hasta que encontré esto. Una furgoneta Renault 4 de 1983 convertido en una camper. 800 centímetros cúbicos, 34 caballos y cuatro marchas. Me enamoré instantáneamente y me dispuse a recorrer la isla con un coche casi tan viejo como yo. ¿Qué podría salir mal?

Mi vehículo y mi hotel, todo en uno

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Cerebro, belleza y pantalones. Aloha Wanderwell, la primera mujer que dio la vuelta al mundo en coche

Un día de 1922 Idris Hall leyó en la prensa francesa un anuncio en inglés que rezaba «Brains, beauty and breeches. Oportunidad para una jovencita con suerte de dar la vuelta al mundo«. El anuncio, buscando teóricamente una secretaria, lo había puesto Walter Wanderwell, un polaco afincado en Estados Unidos que había convencido a Henry Ford para que le donara un par de Ford T con los que dar la vuelta al globo. Idris había llegado a Francia unos años antes siguiendo a su padrastro, un reservista del ejército británico que acabó muriendo en la batalla de Ypres. Acostumbrada a leer desde muy joven, había devorado las novelas de aventura de la biblioteca familiar, así que no se lo pensó dos veces y respondió a la oferta. Idris apenas tenía 16 años, y aquel día no sólo cambió su vida para siempre, sino que fue el inicio de una de las mayores aventuras de la historia del automovilismo. Esta es la historia de una mujer cuya vida y personalidad parece un cruce de Amelia Earhart con Indiana Jones.

Aloha Wanderwell desembarcando un coche en Osaka, Japón, en 1924

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Europa Low Cost: Dublín. El día en el que por fin me robaron

Lo noté en seguida. Al fin y al cabo no estoy acostumbrado a contactos indeseados en según qué partes del cuerpo. Llevábamos menos de dos horas en la ciudad y acabábamos de hacerlos las típicas fotos dublinesas en el Temple Bar, el icónico pub símbolo no oficial de la ciudad.  Estábamos cruzando un puente peatonal sobre el río Liffey y noté un brevísimo contacto en el bolsillo trasero del pantalón. En seguida me llevé allí la mano, pero la billetera no estaba. El susto fue tan grande que dije en voz bien alta que me acababan de robar la cartera. Miré a mi alrededor, pero el puente estaba abarrotado. Podía haber sido cualquiera en veinte metros a la redonda. Así que elevé el tono de voz lo más que pude y grité que me habían robado, esta vez en inglés. En la cartera llevaba apenas diez euros, pero también el DNI, el carné de conducir y las tarjetas de crédito. Me quedaba indocumentado y más tieso que el palo de una escoba. Después de casi cincuenta países en cuatro continentes, esta era la primera vez que me robaban.

¿Puede concebirse una nuca más irlandesa? Nunca en toda mi vida he sentido una necesidad tan apremiante de pegarle una colleja a alguien.

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