La primera vez que Trump habló públicamente de adquirir Groenlandia fue en el verano de 2019, durante su primer mandato. En aquel momento aquello quedó como una balandronada más del magnate, una de tantas excentricidades con las que se deleitó durante su primera presidencia. Sin embargo, poco después de ganar las elecciones del pasado mes de noviembre, el presidente de EE.UU. recuperó el asunto de la adquisición de la isla más grande del mundo, y esta vez con el colorido reclamo adicional de convertir a Canadá en el estado número 51 de la Unión. De nuevo, inicialmente los medios de este y de aquel lado del Atlántico se lo tomaron como un brindis al sol o, más comúnmente, como una estrategia de negociación para presionar a Dinamarca. Un congresista republicano llegó a proponer una ley para renombrar Groenlandia (Greenland) como «Rojo blanco y azulandia» (Red White and Blueland), probablemente la peor modificación toponímica en todo el planeta desde que Constantinopla cambió su nombre a Estambul. Es difícil tomarse en serio según qué cosas, pero según han ido pasando las semanas, la retórica de Trump y de su equipo se ha vuelto cada vez más agresiva, llegando a límites impensables hace sólo un par de meses, incluyendo ya veladas amenazas de usar la fuerza. ¿Es posible que Estados Unidos le arrebate Groenlandia a Dinamarca? ¿Cómo? ¿Y por qué?
Autor: Diego González
El día que vimos Osetia del Sur (Crónicas caucásicas, 4)
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Las recomendaciones de viaje del Ministerio de Exteriores son útiles para saber qué no hay que hacer en según que sitios. Por ejemplo, no se puede llevar chicle a Singapur, conejos a Australia o jamón cinco jotas a las Maldivas. En el caso de Georgia, indicaban dos cosas: una, no ir a manifestaciones políticas (oops) y dos, no acercarse ni de broma a la línea de control entre el país y la República de Osetia del Sur. Hay minas, soldados rusos, paramilitares y cosas malas en general. Así que ahí estábamos Christian y yo, después de meter el coche de alquiler por caminos que harían marearse a una cabra, exactamente junto al alambre de espino de la frontera, haciéndonos selfis. Porque el irresponsable se hace, pero idiota se nace.

El único aeropuerto del mundo donde hay gente enterrada bajo la pista de aterrizaje
El aeropuerto de Savannah, en Georgia, es el típico aeropuerto regional de Estados Unidos. Opera aAlgo menos de 500 operaciones diarias, y unos cuatro millones de pasajeros al año. Varias conexiones diarias con la ciudad más grande del Estado (Atlanta, que es también el aeropuerto con más tráfico del mundo), y conexiones con grandes centros de población del país: Chicago, Nueva York, Boston, Charlotte, Minneapolis… El vuelo más lejano que aterriza en Savannah es el United Airlines que llega diariamente desde Denver. Un aeropuerto anodino según cualquier estándar, salvo por el hecho de que es el único aeropuerto del planeta Tierra en el que hay dos tumbas en mitad de la pista de aterrizaje.

Viaje al final de Georgia: Los balnearios soviéticos en ruinas de Tskaltubo (Crónicas Caucásicas, 3)
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Hay quien dedica sus vacaciones a visitar monumentos prodigiosos, lugares patrimonio de la humanidad, museos llenos de arte y gloria a partes iguales, maravillas de la naturaleza, discotecas abiertas hasta el amanecer o playas paradisíacas bañadas por aguas cristalinas. Todo eso está muy bien, pero carece del encanto de un balneario soviético semiderruido y comido por el óxido a las afueras de un pueblo georgiano de siete mil habitantes. Así que allí nos dirigimos, a las ruinas de Tskaltubo, el spa de Stalin.

El pueblo en el que todos los vecinos viven en la misma calle
Sułoszowa es un pueblo polaco de tres mil quinientos habitantes a poco más de treinta kilómetros de Cracovia. Rodeado de colinas onduladas y tierras de cultivo, no tiene nada de especial. Un par de supermercados, una iglesia, otro par de talleres de reparación de coches, una guardería, dos colegios de primaria, restaurantes, alguna que otra tienda… La peculiaridad del pueblo es que todos ellos, junto con el ayuntamiento, la comisaría y las casas de todos los vecinos del lugar están en la misma calle. La única calle del pueblo, que mide nueve kilómetros de largo.

Georgia quiere ser Europa pero Rusia no le deja (Crónicas caucásicas, 2)
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La historia de la Georgia independiente es mucho más convulsa de lo que cabría esperar en un país de apenas cuatro millones de habitantes e independizado hace poco más de 30 años. Al menos cuatro guerras, dos revoluciones e innumerables crisis constitucionales convierten la historia reciente del país en un caos. En las recomendaciones de viaje del Ministerio de Asuntos Exteriores de España se lee lo siguiente en su sección dedicada a Georgia: «Se recomienda a los viajeros evitar las aglomeraciones y manifestaciones, en particular tras las protestas violentas ante la sede del Parlamento en Tiflis». No era la primera recomendación que ignorábamos y tampoco sería la última. Así que ahí estábamos, en la escalinata del parlamento en Tiflis, con un par de miles de personas armadas de banderas georgianas y europeas protestando contra su gobierno. Nosotros sólo fuimos una vez, pero para ellos eran ya 58 días consecutivos manifestándose, y siguen haciéndolo a fecha de hoy. En Tiflis operaban las mismas fuerzas que actúan hoy en Moldavia, que son las mismas que sacudieron Ucrania en 2014, que a su vez fueron un eco de lo sucedido en las Repúblicas Bálticas a principios de los 90. Los georgianos no quieren ser rusos, pero Rusia se niega a dejar que sus antiguas colonias elijan su propio destino.

Yo he venido aquí a hablar de mi libro
Empiezo por el final: He escrito un libro. Y no sólo lo he escrito sino que me lo han publicado. O lo van a hacer en breve. Y lo va a hacer el mismo sello que publica las guías Lonely Planet, propiedad de la misma editorial que cada año entrega el premio literario más famoso de España. Hace algo más de diecisiete años me pasé unas navidades leyendo compulsivamente acerca de rarezas geográficas y geopolíticas. El estatus de Taiwán, la existencia de Baarle, la abundancia de límites en Chipre… todo me pareció absolutamente fascinante y lo devoré con la misma ansia con la que un turista estadounidense afronta el bufé libre en el desayuno de un crucero. Hasta tal punto me empapé de toda aquella información que acabé escribiendo un blog, que a fecha de hoy suma más de seiscientas entradas y alrededor de un millón y medio de palabras. Y ahora, 6259 días después, algunas de esas historias, junto con otras muchas que nunca han aparecido por aquí, van a ver la luz en un libro. En papel. Con su portada y sus cosas. Una maravilla. Con todos ustedes: Historiones de la Geografía.
El libro ya está en preventa. Saldrá al mercado dentro de exactamente un mes, el 26 de marzo, y se puede adquirir con antelación en los proveedores habituales. Son 101 historias, todas ellas escritas desde cero, y algo menos de la mitad nuevas incluso para los lectores más veteranos de este blog. Ciento una historias sobre fronteras extrañas, sobre territorios rarunos e improbables, sobre archipiélagos dejados de la mano de Dios y sobre qué hora es en lugares donde no hay nadie. Así que estimado lector, o lectora, si quieres fardar de lecturas en el autobús, en el tren o en el avión, divagar en el parque mientras te bajas un latte del Starbucks o simplemente tener algo para leer en el cuarto de baño que te permita alejarte del doomscrolling de vídeos de 15 segundos: este es tu libro. El mejor libro de anécdotas y curiosidades geográficas jamás publicado por un bloguero en castellano. ¡Estás tardando en comprarlo!
El road trip de un Gen X español y un Gen Z uruguayo por las carreteras del Cáucaso (Crónicas Caucásicas, 1)
– OK, boomer
– Te repito que no soy boomer. Esos eran mis padres. Soy Generación X. Xennial, concretamente.
– Lo que tu digas, boomer
Cuando Christian nació, yo ya era mayor de edad e iba por mi segunda novia formal. Cuando empecé a escribir este blog a él le quedaban un par de años para abandonar la primaria. Este año Christian cumplirá 28 años, que son los que tenía yo cuando en enero de 2008 publiqué el primer texto de Fronteras. Nos conocimos en persona hace cuatro veranos en su primer Eurotrip. Él mismo contó aquel encuentro en el texto increíblemente largo que escribió para Fronteras relatando su viaje a la triple frontera entre Colombia, Brasil y Perú. Hace unos cuantos meses empezó a organizar su segundo viaje a Europa y me propuso que participara. Nuestra primera idea fue quedar un fin de semana en Malta o Roma, pero luego la cosa se fue un poco más allá. «Me gustaría visitar Armenia», me dijo, como si Armenia fuera Sabadell y no un país asiático a cinco horas y media de vuelo de Barcelona. Lo descarté de inicio pero según iban pasando las semanas los astros se fueron alineando. «Hay un tren nocturno soviético para ir de Georgia a Armenia». No hay una sola versión del multiverso en la que yo pueda ignorar una declaración así, y poco después me vi una madrugada entre semana hablando por Skype con Christian mientras comprábamos billetes de avión al Cáucaso.

El edificio de oficinas en el que enviar una carta de una sala a otra requiere franqueo internacional
A un lado de la puerta principal del Eurode Business Center hay un buzón amarillo de la Deutsche Post. Al otro lado, a no más de tres metros de distancia, una caja anaranjada de PostNL. Cada uno de los buzones está, claro, en su país. La frontera entre Alemania y los Países Bajos discurre equidistante de ambos, exactamente por el centro de la puerta de entrada al edificio, pero también la rotonda ante él, y toda la calle que lleva hasta allí. A un lado está Herzogenrath, en Renania del Norte, al otro Kerkrade, en Limburgo. Originalmente eran un solo pueblo pero los avatares de la historia lo convirtieron en dos, y con el paso de las décadas y los siglos volvieron a ser una única localidad, aunque en dos países diferentes. Antes de que el tratado de Schengen borrara las fronteras europeas, ellos ya habían hecho lo propio con la que les dividía, y se habían renombrado para un futuro de unión: Eurode, el primer pueblo transnacional de Europa.

Google Maps ya llama Golfo de América al Golfo de México
El mismo día en que tomó posesión del cargo Donald Trump firmó una orden ejecutiva cambiándole el nombre al Golfo de México, que pasaría a denominarse Golfo de América, refiriéndose América en este caso a los Estados Unidos de ídem, no al continente completo, que, como el lector seguro conoce, se denomina en inglés The Americas. El 9 de febrero, hace dos días, el the Sistema de Información de Nombres Geográficos del USGS (Geographic Names Information System, o GNIS) actualizó su base de datos para recoger el nuevo nombre, y ayer mismo Google Maps actualizó sus mapas en todo el mundo para reflejarlo. Pero hay una pregunta inevitable. ¿Basta la voluntad de un gobernante para cambiarle el nombre a las cosas? Hay dos respuestas y ambas son correctas: sí y no. Disculpen la ambigüedad.


