Preferiblemente huérfanos. Pony Express, el primer servicio de mensajería urgente de la Historia

En 1859 un anuncio publicado en la prensa ofrecía trabajo como jinete para una compañía con el tedioso nombre de Central Overland California and Pike’s Peak Express Company. En el se podía leer lo siguiente:

SE BUSCAN: Jóvenes delgados y resistentes, de menos de 18 años. Deben ser expertos jinetes y estar dispuestos a arriesgar la vida a diario. Preferiblemente huérfanos

El empleo era para ser jinete en la ruta del Pony Express, probablemente la más recordada y mítica de toda la historia del Oeste Americano. Con base en Saint Joseph, una ciudad de Misuri limítrofe con Kansas, la compañía se comprometía a enlazar con Sacramento (la capital de California) en diez días o menos, es decir, quince días menos que las diligencias vigentes por aquel entonces. El Pony Express es una de las leyendas más perdurables del Viejo Oeste, aquella época fascinante en la que una nación se inventaba a sí misma.

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En este local se juega (pero sólo hasta la raya)

Wendover es un pueblecito de poco más de un millar de habitantes al oeste del estado de Utah sin demasiado atractivo más allá de su histórico aeródromo, en el que se entrenó la tripulación del infausto Enola Gay, el avión que arrojó Little Boy sobre Hiroshima acelerando el final de la II Guerra Mundial y dejando ciento y pico  mil muertos entre la población civil japonesa. Como decía, Wendover no tiene mucho interés, pero si uno camina unos pocos cientos de metros hacia el oeste y cruza una línea blanca pintada en el suelo ya no estará en el aburrido Wendover, sino en el dinámico, luminoso, crápula y depravado West Wendover, donde el juego está en marcha las 24 horas del día y tocan a un casino por cada 800 habitantes. La línea que nuestro imaginario paseante ha cruzado no es otra que la frontera entre Utah y Nevada, la que separa el juego legal del prohibido, la prostitución de la prohibición. Pero esa raya pintada en el suelo tiene muchos más significados. La economía, las costumbres y hasta la hora oficial se ven afectados por esa línea no precisamente imaginaria.

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La frontera entre Utah y Nevada en Wendover (© Hazboy)

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Otros diez pueblos que deberían cambiar de nombre pero ya

  10.- Kagada, Japón

Kagada (en japonés 利田) es un barrio de la ciudad de Gyōda, en la prefectura de Saitama, a unos sesenta kilómetros al norte de Tokio. Es fácil sospechar que su nombre no es más que la transcripción fonética que algo que en japonés significa «el colibrí bate sus alas sobre los cerezos en flor con el Monte Fuji al fondo» o algo similar. Aparentemente existe una compañía que toma su nombre del barrio. Tal vez se dediquen a fabricar papel higiénico…

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Mi primera frontera

Ubiquémonos. Anno Domini MMVI, o sea 2006, cosa de año y medio antes de que este blog suyo de ustedes empezara a existir. Hacía unos siete meses que me había trasladado a Barcelona desde mi Madrid natal. Por si se lo preguntan, sí, había una mujer detrás de la mudanza. Y sí, me casé con ella. Algún lector veterano tal vez se acuerde el post en un terrible inglés que publiqué por aquel entonces. A lo que iba. Cuando llegué a Barcelona obtuve mi primer contrato laboral decente, que incluso superaba en un par de docenas de euros el mileurismo en doce pagas, y que me permitía no sólo comer y pagar una habitación en un piso compartido con una médico rumana adicta a los bikinis, un latin lover argentino y un diseñador gráfico de Vic, sino además lujos tales como cenar fuera de vez en cuando o ir de vacaciones con Easyjet a un Bed&Breakfast londinense o a algún tugurio en el antiguo Berlín Este. A cambio, eso sí, el trabajo me exigía tener un coche. Bueno, en realidad no me lo exigían. Pero era un trabajo de comercial para empresas por toda Cataluña, y durante seis meses las había pasado bastante canutas yendo a lugares tan exóticos como Sant Quirze del Besora o Sant Pere de Nosedonde usando sólo transporte público y algún taxi ocasional. Y uno no sabe lo que es el tercer mundo hasta que no ha viajado en las Rodalies de Barcelona. Hacen que Burundi parezca Singapur. El caso es que a los seis meses de llegar a la Ciudad Condal me compré un coche. Antes tuve que pasar el engorroso trámite de suspender dos veces el examen de conducir, pero esa es otra (aburridísima) historia. Ya estamos la mayoría de los protagonistas de esta narración. Yo, el trabajo y mi flamante coche nuevo. Falta la frontera.

Habría tenido mucho sentido que este fuera mi coche, pero no es el caso

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Lo que queda de Plymouth

Vista aérea de Montserrat (© Mardis)

Montserrat es uno de esos peñascos caribeños que el Reino Unido mantiene como Territorio de Ultramar tras colonizarlo allá por el siglo diecisiete. Es una isla verdaderamente minúscula, con apenas cien kilómetros cuadrados de superficie y tan sólo cinco mil habitantes, que forma parte de la exigua lista de la ONU de territorios por descolonizar. Su capital de jure es Plymouth, aunque hace década y media que nadie vive allí. En Plymouth sólo quedan cenizas y escombros de lo que un día fue una ciudad de varios miles de personas, que vieron como casi de la noche a la mañana su pequeño mundo quedaba completamente arrasado. Plymouth hoy sólo existe en la memoria de los que la conocieron, y la ciudad y sus alrededores son un páramo inhabitable.

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Tu mapa me suena (parecidos razonables geográficos)

El otro día, atormentado por la culpa que me invade cuando estoy tres o cuatro semanas sin publicar, y ante la perspectiva de que septiembre transcurriera plácidamente en toda su integridad sin yo haber lanzado al mundo una sola línea en este su blog fronterizo (algo que podría provocar horribles ataques de ansiedad entre mis innumerables lectores), publiqué una entrada bastante breve comparando las siluetas del Lago Míchigan y Suecia, que son divertidamente parecidas. La idea, como no tardó en adivinar uno de los lectores más veteranos de este blog, la tomé de un libro que recomiendo desde ya a todos los amantes de la geografía recreativa (y si estás leyendo este blog tienes muchas papeletas para serlo): Un mapa en la cabeza, de Ken Jennings. El caso es que pregunté si a alguien se le ocurría alguna más, y vaya que sí. El mundo es raro y la geografía caprichosa, y es fascinante cómo regiones que obviamente no tienen nada que ver entre sí son terriblemente parecidas. Ahí van unas cuantas:

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Y tú, ¿de qué país te independizaste? Madre Patria around the world

Madre Patria es como en ocasiones se refieren a España los habitantes de los países americanos donde la lengua mayoritaria es el castellano, y cuyo territorio formó parte del vasto imperio español hace algunos siglos. Es algo que a algunos españoles nos pone tiernotes (a mí me pasó con dos puertorriqueños en Manhattan y oye, que emoción), que nos da la sensación de pertenecer a un ente superior a nuestro propio país: la Hispanidad. No en vano el 12 de octubre, fiesta nacional española, celebra eso mismo, la Hispanidad. El caso es que la Madre Patria es el país del que casi todas las naciones de Hispanoamérica se independizaron a principios del siglo XIX; y hoy vamos a ver aquí qué países son los más Patriomaternales del mundo, es decir, aquel del que más países se han independizado. Ahí va la lista.

Imperios coloniales español y portugués durante la Unión Ibérica (1580-1640)

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Parecidos razonables geográficos

¿Se os ocurren más ejemplos?

Al otro lado de la verja son mucho más ricos: Las fronteras más desiguales del mundo

Una frontera es una línea imaginaria que separa dos estados, dos países, dos legislaciones, y a veces dos idiomas, dos modos de vida o dos sistemas antagónicos. En muchas ocasiones, la frontera también es una línea imaginaria pero muy real que separa la riqueza de la miseria, la abundancia de la escasez y el futuro de la desesperanza. Hoy vamos a recorrer los abismos económicos que separan países contiguos, los precipicios de la renta per cápita por los que se despeñan las esperanzas de la gente. Al otro lado de la verja son más ricos.

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Cuando había dos Alemanias. Un recorrido por la frontera interalemana

El Muro de Berlín fue la representación de la frontera como distopía, el lugar y el momento donde se aunaron todos los temores y todas las realidades siniestras asociadas al cruce de una frontera internacional. La sensación de peligro, de fin de lo conocido, de asomarse a otro mundo; el alambre de espino, los perros, las torres de vigilancia, el cemento, el zumbido incesante de los generadores eléctricos que mantenían iluminada La Zona. Pero el Muro era una pequeña parte de la mucho más vasta frontera interalemana, que separaba dos mundos, el capitalista y el comunista, el democrático y el totalitario, nosotros y ellos, y que trazaba una descomunal cicatriz de norte a sur hasta darse de bruces con Checoslovaquia. El Muro de Berlín era impresionante, pero como ese muro había centenares de kilómetros de frontera fortificada mucho menos conocidos, donde murió mucha más gente y que causó muchos más traumas.

Un helicóptero sobrevolando la frontera interalemana (fuente). Nótense los dos muros, el exterior (la frontera real) y el interior (el único que conocían los alemanes orientales). Clic en la imagen para ampliar

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