Cuando cruzar la frontera supone una semana y 150 km de cola

Desde el aire la imagen es de las que corta la respiración. Rodeados por el desierto y la desolación, una hilera de gigantescos camiones cubiertos de polvo y cargados hasta los topes se extiende hacia el horizonte en ambos sentidos de la exigua carretera. Una pequeña muchedumbre hormiguea entre las enormes máquinas para atender las necesidades más básicas de los conductores. El atasco parece no tener inicio ni fin, se diría que el atasco es por si mismo una civilización independiente en la que sus miembros pueden nacer, crecer, enamorarse y morir sin salir del embotellamiento, como en el famosísimo cuento de Cortázar. Podría ser la escena de un drama post-apocalíptico, pero la realidad es más prosaica. Se trata de varios miles de camioneros mongoles atrapados en uno de los peores atascos de tráfico de la historia.

El atasco más grande del mundo, en el desierto del Gobi, en Mongolia

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Cataluña, la república inexistente

Salvo que usted, amable lector, haya estado en una cueva sin acceso a Internet en las últimas 72 horas, a estas alturas ya conocerá la noticia de la semana, del mes y posiblemente una de las del año (en España, de la década y de lo que va de siglo XXI): El Parlamento catalán declaró el pasado viernes la independencia de Cataluña respecto del reino de España. A lo largo de la última década en este blog se ha hablado de numerosos estados sin reconocimiento, englobados en la categoría de «Lugares que no existen«. Lo que el que escribe estas líneas nunca pudo imaginar es que iba a vivir en uno de ellos.

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Portadas internacionales tratando tanto la declaración de independencia de Cataluña como la intervención del gobierno español en la autonomía catalana. Desde la primera a la segunda pasaron cinco horas. 

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Gerrymandering, las fronteras (manipulables) de las elecciones de EE.UU.

Hoy, día 4 de noviembre, se celebran en Estados Unidos las elecciones de mitad de legislatura, o Mid-Term election, en las cuales se eligen los 435 miembros de la Cámara de Representantes, que se renueva íntegramente cada dos años. En algunos estados también votarán a quién envían al senado (el cargo de senador se renueva cada seis años, eligiéndose una tercera parte de ellos, más o menos, cada dos años); en dos tercios largos de los estados (36, concretamente) también elegirán gobernador. Otros 38 renovarán sus cámaras estatales. También hay elecciones a las alcaldías de docenas de ciudades. Todo a la vez. Quien quiera saber más sobre esto le recomiendo la atenta lectura acerca de las inabarcables elecciones americanas, de Roger Senserrich, o la guía que ha elaborado el siempre interesante Jordi Pérez Colomé. Por lo que a nosotros respecta, nos vamos a centrar en las elecciones legislativas. La elección de los 435 congresistas se realiza mediante un sistema de distritos electorales según el método de «first past the post» o  «winner takes it all«, o sea, el que obtiene más votos en cada distrito se lleva el puesto y santas pascuas. Sencillo, ¿verdad? Bueno, pues no. Porque los ciudadanos no están distribuidos aleatoriamente en el territorio, sino que generalmente se concentran en determinadas zonas según su nivel económico, raza, origen, idioma, etcétera. Y el voto es estrictamente individual, pero las tendencias de voto son sociales. Por lo tanto, la geografía de los distritos electorales puede influir en el resultado de las elecciones. Quien controla cómo se hacen los distritos probablemente controlará el resultado de las elecciones. En Estados Unidos tienen una palabra para todo concepto, y el de «modificar los límites de un distrito electoral para favorecer a un determinado partido político», también tiene su palabra: Gerrymandering.

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Mapa con los 435 distritos electorales de Estados Unidos. Hay siete estados que, por su escasa población, sólo eligen a un único congresista: Alaska, Montana, Wyoming, Delware, Vermont y las dos Dakotas. Son los llamados distritos electorales at-large. En el otro extremo está California, con 53 congresistas. 

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Matt Harding bailando una sardana

Where the hell is Matt? In Barcelona!

Matt Harding está rodando un nuevo vídeo de los suyos, de esos en los que se patea el mundo entero dando una envidia absolutamente brutal. En esta ocasión además de bailar al más puro estilo Matt en cada país ensaya una coreografía distinta (lo de coreografía, sinceramente, es un decir). Hoy ha pasado por Barcelona, mi ciudad, y, obviamente he agarrado la cámara de fotos y a la familia (para que hiciera las fotos) y he acudido al magno evento. La cita era en la fuente mágica de Montjuic, al sur de la ciudad. Así a ojo calculo centenar y medio de asistentes (a ras de suelo parecían muchos más, la verdad), y, claro, mucha diversión. Seguir leyendo

Un taxi parisino en Barcelona

Dice la ley de Murphy que si algo puede salir mal, saldrá mal. Se quedó corto. Puro optimismo, el de Murphy. Si algo puede salir mal, saldrá peor, y los sindicatos franceses se encargarán de estropearlo todavía más. Mi Santaesposa™ me llamó el jueves para contarme que probablemente llegaría tarde de su viaje a París por culpa de un volcán en Islandia, lo que sin duda me pareció la peor excusa de todos los tiempos. Después de consultar la prensa on line y creerme lo que estaba sucediendo, empezamos a buscar soluciones para traerla de vuelta, pero no contábamos con el carácter francés. El deporte nacional en Inglaterra es el fútbol, en Estados Unidos mirarse el ombligo y en Francia hacer huelgas en el momento más inoportuno. Los trenes franceses, que ya llevaban nueve días de huelga, siguieron parados. Así pues, sin avión, ni tren, recurrimos al autobús, con el éxito esperado. Todos los autobuses llenos durante los siguientes seis o siete días. Quedaba una última opción: alquilar un coche. Negativo. Todos los coches de alquiler en aproximadamente seiscientos kilómetros a la redonda de la capital de la France estaban ya más que alquilados, a un precio entre cinco y veinte veces el habitual. El chaos and disorder estaba ya instalado en toda Europa, y el vuelo de vuelta del viernes estaba ya cancelado veinticuatro horas antes. Así que, finalmente quedó el recurso más obvio: Parar un taxi y decirle al tío «A Barcelona, oiga. Y deprisita».

El taxi parisino en el que regresó mi mujer, en la Avenida Diagonal. Arriba a la derecha, el luminoso del Hospital de Barcelona

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