Antología de la toponimia triste

¿Quién le pone los nombres a los sitios? ¿Y por qué? La toponimia en muchas ocasiones no es más que un reflejo de la Historia. No necesariamente de la Historia del lugar, eso sí. Las Islas Salomón se llaman así porque Álvaro de Mendaña, el español que les dio su actual nombre, estaba convencido de que eran ricas como el viejo personaje bíblico. Canadá, según el investigador de la Universidad de Vermont Juan Francisco Maura, tiene su origen en la palabra española Cañada, como el estado de Montana lo tiene en la palabra Montaña. Más de veinte países, entre otros Filipinas, Colombia, las Islas Marshall, China o Kiribati, deben su nombre a una persona concreta (en los casos citados anteriormente, Felipe II, Cristóbal Colón, John Marshall, el emperador Quin y Thomas Gilbert). Siempre, o casi siempre, hay un por qué para el nombre de los lugares. Puede tratarse, como en el famoso caso de los lagos “Another Lake” y “And Another Lake”, de puro aburrimiento topográfico, o, como sucede con las islas Árticas o algunos estados de Australia, homenaje o peloteo a patrocinadores y mandatarios. A veces, sin embargo, el nombre de un lugar despierta asociaciones mentales que pueden tener o no que ver con la realidad física del territorio al que nombra. Son lugares en los mapas que nos inspiran sentimientos, bien porque los asociamos con productos culturales o leyendas (Tombuctú, Samarkanda) o, simplemente porque el nombre es la expresión de un sentimiento. Los lugares que hoy vamos a visitar se caracterizan por su toponimia alicaída, deprimente, afligida o contrita. También visitaremos lugares con nombres oscuros, siniestros o infaustos. Porque la geografía también puede ser inquietante. Sigue leyendo

Gerrymandering, las fronteras (manipulables) de las elecciones de EE.UU.

Hoy, día 4 de noviembre, se celebran en Estados Unidos las elecciones de mitad de legislatura, o Mid-Term election, en las cuales se eligen los 435 miembros de la Cámara de Representantes, que se renueva íntegramente cada dos años. En algunos estados también votarán a quién envían al senado (el cargo de senador se renueva cada seis años, eligiéndose una tercera parte de ellos, más o menos, cada dos años); en dos tercios largos de los estados (36, concretamente) también elegirán gobernador. Otros 38 renovarán sus cámaras estatales. También hay elecciones a las alcaldías de docenas de ciudades. Todo a la vez. Quien quiera saber más sobre esto le recomiendo la atenta lectura acerca de las inabarcables elecciones americanas, de Roger Senserrich, o la guía que ha elaborado el siempre interesante Jordi Pérez Colomé. Por lo que a nosotros respecta, nos vamos a centrar en las elecciones legislativas. La elección de los 435 congresistas se realiza mediante un sistema de distritos electorales según el método de “first past the post” o  “winner takes it all“, o sea, el que obtiene más votos en cada distrito se lleva el puesto y santas pascuas. Sencillo, ¿verdad? Bueno, pues no. Porque los ciudadanos no están distribuidos aleatoriamente en el territorio, sino que generalmente se concentran en determinadas zonas según su nivel económico, raza, origen, idioma, etcétera. Y el voto es estrictamente individual, pero las tendencias de voto son sociales. Por lo tanto, la geografía de los distritos electorales puede influir en el resultado de las elecciones. Quien controla cómo se hacen los distritos probablemente controlará el resultado de las elecciones. En Estados Unidos tienen una palabra para todo concepto, y el de “modificar los límites de un distrito electoral para favorecer a un determinado partido político”, también tiene su palabra: Gerrymandering.

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Mapa con los 435 distritos electorales de Estados Unidos. Hay siete estados que, por su escasa población, sólo eligen a un único congresista: Alaska, Montana, Wyoming, Delware, Vermont y las dos Dakotas. Son los llamados distritos electorales at-large. En el otro extremo está California, con 53 congresistas. 

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