El Lago Eyre es probablemente una de las mayores exageraciones toponímicas de la geografía mundial. Llamar lago a una tierra árida y sedienta que recibe algo de humedad una vez cada varios años es toda una hipérbole. Cada medio siglo o así, la lluvia permite que el suelo seco y salado se cubra de agua hasta donde alcanza la vista, y entonces sí es un lago, pero el resto del tiempo es una parte más del desierto que le rodea. Y en ese desierto en medio del ya de por sí desértico Outback australiano, alguien fue tan audaz como para establecer un rancho, que siglo y medio más tarde es no sólo el más grande del mundo, sino el más enorme que jamás haya conocido la humanidad. Anna Creek Station, una hacienda del tamaño de Eslovenia.
Bienvenidos a Anna Creek, el rancho en mitad del desierto que tiene un ancla como símbolo porque… porque Australia
Este es uno de los vídeos más espectaculares que jamás haya visto en el Tubo. Todo el recorrido que se sigue para coronar el Monte Everest, desde los 5.300 metros de altitud del campamento base hasta los 8.848 metros de la cima más alta de la Tierra. Es el único vídeo que he visto que de verdad da una idea de la absoluta salvajada que supone escalar la montaña más alta del mundo, a través de glaciares, collados, cornisas y laderas cubiertas de hielo y nieve todo el año. Un cuarto de hora de imágenes mágicas que transportan al espectador a un lugar al que, seamos sinceros, ninguno de nosotros irá jamás. Súbete el Everest sin ni siquiera levantarte de la silla una perezosa mañana de sábado. Recomendadísimos los auriculares y, si es posible, verlo en una pantalla de verdad, no la del móvil. Levanta de la cama ya, vago.
Togo y Benín son dos países limítrofes con una pequeña costa en el Golfo de Guinea. Sus huellas en el mapa son suficientemente similares para parecer territorios hermanos, como si alguien hubiera partido en dos un único país. Sobre el papel, ambos parecen tener una costa semejante, quizá ligeramente más larga la de Benín, pero si nos acercamos un poco en seguida detectamos algo raro: Benín le ha robado un tercio de su costa a Togo, a través de una estrechísima franja de terreno que, en su punto más angosto, apenas alcanza los setecientos metros de anchura. Hoy vamos a visitar Grand Popo, una de las curiosidades fronterizas más bizarras de África.
Exactamente once. O trece, según dónde pongamos el límite de la definición de «Antártida». El continente blanco es, y ha sido desde siempre, el menos poblado del planeta. No ha conocido población nativa, y de hecho su existencia fue desconocida para la mayor parte de la humanidad durante milenios. En 1603 la expedición capitaneada por el español Gabriel de Castilla avistó por primera vez un territorio antártico, las Islas Shetland. Pero la Antártida continental no fue conocida hasta 1820, y aún así, nadie nació allí hasta un siglo y medio más tarde. Esta es la (breve) historia de la demografía antártica.
Antártida, la tasa de natalidad más alta del planeta si excluimos a los humanos
Una búsqueda en Google con el título de esta anotación nos ofrece una respuesta bastante clara: la isla con mayor densidad de población del planeta es Santa Cruz del Islote, una isla artificial frente a las costas de Colombia donde hasta 1.200 personas se hacinan en una superficie de una héctárea. Esta historia iba a ser sobre esa isla. Pero en seguida me percaté de que hay varios problemas. El primero, que la población de Santa Cruz no es de 1.200 personas. Según el último censo (2020), Santa Cruz del Islote tiene 779 habitantes, y la cifra de más de mil personas parece provenir de los guías turísticos, que la usan como reclamo para llevar allí cantidades ingentes de turistas. Y el segundo problema es que su superficie no es de una hectárea, sino de algo más: unos 12.100 metros cuadrados (1,21 hectáreas). Así pues, Santa Cruz del Islote tiene una densidad de población de exactamente 64.380 habitantes por kilómetro cuadrado. Elevadísima, pero poco más de la mitad de lo que se afirma. Entonces, ¿cuál es la isla con mayor densidad de población? Bien. Responder a esa pregunta no sólo no es fácil sino que me ha llevado a meterme en una madriguera de conejo de mediciones de mapas, verificaciones de tablas y consulta de archivos oficiales en idiomas incomprensibles. Y todo empieza, también, en el Caribe. Concretamente en Haití. Acompáñame, lector, en este viaje al fondo de la demografía extrema.
El Desierto del Sáhara. Un océano de dunas hasta donde alcanza la vista. Absolutamente nada se alza del suelo más de medio metro en decenas de kilómetros a la redonda. Sobre la arena, se levanta una estructura circular antigua, una fortaleza, o tal vez un palacio. Quizás una simple parada para caravanas. Los nómadas bereberes que habitan la zona le llaman Ksar Draa. ¿Quién lo construyó? ¿Cuándo? ¿Y para qué? Esas son tres de las preguntas que, a día de hoy, no tienen respuesta. Hoy, en Fronteras, las ruinas más misteriosas del Sáhara.
De una antigua ciudad en el norte canadiense, hoy devenida pueblo, parte con rumbo sur uno de los ferrocarriles más extraordinarios del mundo. Si no es el único, es uno de los pocos que frena para en absolutamente cualquier punto de la línea para recibir o dejar pasajeros. Y, más extraordinario aún, si no estás donde acordaste esperarlo, aunque el convoy esté bajo el azote de una tormenta de nieve en el medio de Labrador; no se marcha hasta no saber de vos. Bienvenidos al Tshihuetin, el viento del norte.
CHOO-CHOO MOTHERF**ERS
(Como el lector habrá deducido del voseo del párrafo anterior, la anotación de hoy corre a cargo de uno de nuestros artistas invitados. En concreto de Santiago Cuadro, viejo conocido que ya nos ha honrado en otras ocasiones. No interrumpo más. Sigan leyendo. Es una orden)
El humor alemán tiene la misma buena fama que la gastronomía británica o la ingeniería india. Pero hay que reconocerles que a veces tienen cierta gracia. Esta es una historia de entreguerras y los conceptos «Alemania» y «humor» en esa época no se llevaban del todo bien, pero digamos que es una excepción. En 1918 Alemania inauguró su tradición de perder guerras mundiales. Como consecuencia y tras la firma del Tratado de Versalles, las potencias vencedoras decidieron ocupar una parte del país, concretamente la orilla oriental del Rin, lo que conocemos en castellano como Renania. Británicos, belgas, franceses y norteamericanos se repartieron zonas de influencia al oeste del río. Centrándose en una ciudad, trazaban una circunferencia en el mapa: todo lo que quedara dentro del círculo, quedaba bajo su control. Americanos y franceses no se percataron de un detallito: sus zonas de ocupación no se superponían, lo que dejaba un pedazo de territorio entre ambas. Un territorio que no tenía conexión con el resto de la Alemania sin ocupar y que por tanto, quedó completamente aislado. Y debido a que las zonas de ocupación aliadas eran circulares, la silueta de esta tierra de nadie adoptó la forma del cuello de una botella: El Estado Libre de Gollete.
El concepto de frontera tal y como lo conocemos hoy día es inherente al concepto de Estado-Nación: una línea finísima que señaliza dónde empieza el poder de un gobierno y termina el de otro. En todo el planeta hay un cuarto de millón de kilómetros de fronteras; la cifra exacta depende de qué consideremos país y por tanto de cuántos países creamos que hay en el mundo. Y de esos doscientos cincuenta mil kilómetros de límites internacionales hay uno, y sólo uno, que supone un 0,00006% del total. 156 metros de límite entre Botsuana y Zambia. Hoy, en Fronteras, el puente de Kazungula, la frontera más corta del mundo.
Elige tu propia aventura. Zambia, Zimbabue, Namibia o Pizza (fuente)
La frase de Churchill sobre la excesiva capacidad de los Balcanes de generar historia acaba llevándome siempre a un puente en Sarajevo. La capital bosnia acumula tanta historia que en uno de sus puentes se inició la primera guerra mundial y ni siquiera es el puente con más historia de la ciudad. Ese honor lo tiene otro a pocos kilómetros de allí, el lugar donde empezó y terminó la guerra de Bosnia. El puente de Suada y Olga.