La isla de Alaska que se ha vuelto loca por una rata… que podría no existir

La aerolínea regional Ravn de Alaska (se pronuncia como raven, cuervo en inglés) vuela cada par de días a la isla de St.Paul o San Pablo, un islote de 100 kilómetros cuadrados y 500 habitantes más o menos hacia la mitad de las Aleutianas pero 400 kilómetros al norte de la cadena principal del archipiélago. En mitad de la nada, vamos. Cuando uno compra uno de los enloquecidamente caros billetes de avión para volar desde Anchorage al aeropuerto insular, aparece un aviso en la pantalla: «Los perros no están permitidos en la Isla de St. Paul». ¿Cómo puede una isla prohibir nada menos que al mejor amigo del hombre, con lo majos que son los perretes que aparecen haciendo monerías en Tik Tok? Ah, amigo. Es que St. Paul es un santuario de fauna marina; algunos lo llaman «Las Islas Galápagos del Norte» por su diversidad ecológica, aunque también llaman «Venecia del Norte» a cualquier pueblo alemán con seis canales y un barquito de remos, pero bueno. Los perros se comen a las aves y a la fauna protegida, que para ellos no está protegida. Es comida. ¿Sabéis que come huevos de pájaros, y literalmente cualquier cosa, si le dejan? Las ratas. Y por eso cuando un vecino dijo que había visto un roedor en su porche, la isla entera se lanzó tras ella para darle caza y exterminarla. El problema es que llevan tres meses de búsqueda y, bueno, aún no ha aparecido. Así que no están realmente seguros de que exista. Pero no van a dejar de buscarla.

«St.Paul libre de ratas». No veía un eslogan así desde las guerras yugoslavas

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Crónicas Bálticas. Capítulo 1: Independencia

Cuando a principios de los noventa aparecieron de repente docena y pico de países nuevos en el mapa, mi primera reacción fue pensar que habían sido bastante vagos a la hora de ponerles nombres a las cosas. Mucho –istán por aquí e –istán por allá, y luego esos tres estados minúsculos a los que parecía que habían nombrado ya por puro cansancio: Estonia, Letonia, Lituania. Tres países pequeños y poco poblados en una esquina de Europa. Desde mi rincón peninsular, a cuatro horas de avión de allí, los tres países parecían partes de un todo más grande, divididas por capricho. El Diego preadolescente no podía estar más equivocado, claro. Las Repúblicas Bálticas tienen una historia reciente común de ocupación y resistencia, pero son tres países tan distintos entre sí como puedan serlo España, Francia e Italia.

Monumento a la Libertad en el centro de Riga

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Europa low cost: Atenas, donde todo empezó

A la hora de referirse a una ciudad hay pocas expresiones más sobadas que «llena de contrastes», sobre todo porque casi todas las ciudades de un tamaño decente lo están. Pero el caso de Atenas es quizás ligeramente diferente. No se trata de un contraste entre tradición y modernidad o entre cultura y ocio nocturno, es algo más personal: la abismal diferencia entre el barrio de nuestro hotel y el resto de la ciudad. O del país. O del continente. Vaya por delante que es culpa mía por no revisar con más atención los lugares donde me alojo, pero  hay una palabra que durante el resto de mi vida hará que los escalofríos recorran mi espalda como si alguien acabara de abrir una ventana y entrara una corriente repentina: Omonia.

Luego os cuento la caminata bajo el sol para hacer esta foto sin fenecer en el intento

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¿Son España y el Reino Unido los dos países más conectados del mundo por vía aérea? (Spoiler: Sí)

El pasado miércoles Hugh Wallis se despidió de su puesto como embajador británico en España, y lo hizo con un vídeo lleno de cariño y reconocimiento a nuestro país. En un momento dado dejó caer un dato de lo más llamativo: España y el Reino Unido son los países del mundo con más conexiones aéreas entre sí. Alejandro, un lector del blog, me hizo llegar el vídeo con el dato al correo electrónico, y me obligó, por tanto, a comprobar su veracidad y a averiguar cuáles son las demás parejas de países con más conexiones aéreas. ¿Decía la verdad el embajador? Sí, y por un margen abismal, además.

Algunas de las aerolíneas protagonistas del récord: Easyjet, Ryanair y Jet2, con conexiones con la práctica totalidad de aeropuertos comerciales españoles desde el Reino Unido

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¿Te gusta conducir?

De los 50 países que he visitado en mi vida, he conducido por 37 de ellos. A veces con más gente, parejas, amigos, hijos, pero buena parte de ellos los he recorrido en coche yo solo. Me saqué el carné de conducir tarde, tenía 26 años y hacía unos meses que me había mudado a Barcelona. Desde el principio conducir se convirtió en una de mis actividades favoritas, si no la que más. Especialmente conducir en soledad: estar a solas con los propios pensamientos, sin más horizonte que la carretera ni más objetivo que el siguiente kilómetro, el siguiente camión o la siguiente área de descanso. De hecho mis restaurantes favoritos siempre han sido los de los márgenes de las autopistas, las áreas de servicio donde te desvalijan de forma absolutamente legal, sin necesidad de ponerte una pistola en el pecho. ¿Por qué? Probablemente porque son no-lugares, espacios anónimos casi intercambiables, pero sobre todo por lo que suponen de estar en movimiento, un lugar indeterminado entre dos puntos donde el contexto desaparece y uno es independiente de su entorno. Es la versión mundana y asfáltica de flotar en el agua de una piscina o en la negrura del espacio.

El Pico de la Tristeza, en la frontera entre Albania y Kosovo, visto desde este último país

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Del arte de ponerle nombres a los pueblos en Kiribati

Mi país favorito del mundo es Kiribati, al menos de los países en los que no he estado, y probablemente nunca estaré. Es el único país que está en los cuatro hemisferios al mismo tiempo, es el primer país en ver cada día y por tanto cada año, se inventó dos husos horarios por la cara y contrariamente a lo que cabría pensar, se pronuncia Kiribás gracias a la curiosa manera que tenemos de transcribir el idioma gilbertés. Además de todo esto, en una de sus islas tiene una sucesión de nombres absolutamente escandalosa, un crescendo toponímico absurdo que empieza fuerte y acaba en el reino de la demencia. Con todos ustedes, la isla de Kiritimati (se pronuncia Kirismás)

Leer con voz de Minion: Poland. Paris. London. BANANAAAA

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Colma, la ciudad de los muertos

De mi cuerpo descompuesto nacerán las flores, y yo estaré en ellas. Eso es la eternidad.

Edvard Munch

En Colma casi no se usa la palabra «cementerio», pese a que casi toda la superficie del pueblo está ocupada por ellos. Prefieren llamarlos «parques»; porque a nadie le gusta vivir rodeado de cementerios, y a todos nos gusta estar rodeados de parques, de naturaleza. Apenas mil quinientas personas residen en la localidad, 15 kilómetros al sur del Golden Gate, en plena área metropolitana de San Francisco. La población de los cementerios, sin embargo, es ligeramente superior: un millón y medio de personas yacen bajo los cuidados céspedes de Colma, la ciudad de los muertos.

Que los muertos aquí se lo pasan muy bien / entre flores de colores (fuente)

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En defensa del turismo (un día en Praga)

Mi avión despegó de Venecia a las seis y veinticinco de la mañana y aterrizó en Praga una hora y veinte minutos más tarde. El mismo avión que me transportó haría cinco vuelos más ese mismo día, el de vuelta a Venecia y otros dos a y desde Varsovia y Londres. En esas mismas 24 horas Wizzair, la compañía propietaria del Airbus A321 que me llevó de Italia a Chequia, operó algo más de 1.400 vuelos que abarcaron 50 países en tres continentes, y que transportaron a unas 200.000 personas. Son cifras espectaculares, pero Wizzair figura en el número 7 de las aerolíneas con más tráfico de Europa. El primer puesto de la lista es desde hace años un cortijo propiedad de Ryanair. Aquel día de julio del año pasado casi seiscientos mil pasajeros se subieron a alguno de sus más de quinientos Boeing 737 para recorrer alguna de sus 1.800 rutas. El récord de mayor número de vuelos en un sólo día en Europa se había batido una semana antes, el 7 de julio de 2023, jornada en la que despegaron 34.000 vuelos transportando más de cinco millones de pasajeros. Y aparentemente todos ellos, absolutamente todos, estaban en la Plaza de la Ciudad Vieja de Praga, conmigo.

Apraga y vámonos

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Qué países hacen referencia a otros países en sus himnos nacionales: el mapa

No hay himno que los aficionados de la Fórmula 1 reconozcan más que el de los Países Bajos. 51 veces se ha reproducido en las últimas 4 temporadas en honor a Max Verstappen, tantas como victorias del holandés. Lo que menos gente conoce es que en la primera estrofa la letra menciona al Rey de España:

Yo soy Guillermo de Nassau
de sangre germana,
me mantendré leal a mi patria
hasta el día en el que muera.
Yo soy un príncipe de Orange,
libre e impávido,
al Rey de España
siempre he honrado.

¿Es normal que el himno nacional de un país mencione otro país distinto? Pues… sorprendentemente sí, o al menos más de lo que uno podría esperar. He aquí el mapa de los himnos nacionales que mencionan a otras naciones.

Clic en la imagen para ampliar. Fuente: Reddit

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El señor de los palillos: las dos torres (Crónicas tokiotas, 2)

La imagen más japonesa que existe no es Hello Kitty a lomos de Pikachu perseguidos por Son Goku y Mario (aunque os dejo la idea porque es épica), sino un tren bala pasando por delante del monte Fuji. En el trayecto desde Hiroshima a Tokio viajamos en el Green Car (primera clase), lo que nos daba ciertos derechos como poder pedir comida a la cafetería sin levantarnos del asiento. Uno de esos privilegios era que viniera un empleado de la JR a indicarte cuándo podías ver el monte Fuji por la ventana, lo que da una idea de la importancia simbólica de la montaña en el imaginario japonés. La excursión desde Tokio es obligada, aunque suponga enfrentarse al absolutamente endemoniado sistema de tarifas de la red de trenes japonesa, gestionado por docenas de compañías distintas que operan en las mismas estaciones y a veces en las mismas vías. Después de perdernos varias veces, de pelearnos con taquilleras de dos estaciones y tres compañías distintas y de casi tres horas de viaje conseguimos subirnos a un humilde, incómodo y absolutamente abarrotado tren regional donde permanecimos de pie durante más de una hora mientras recorría renqueante las diecisiete paradas entre la estación de Otsuki y las faldas del monte Fuji. Y, francamente, mereció la pena cada minuto y cada contratiempo del viaje.

Primera visión del monte Fuji desde el tren. Reconozco que pocas visiones me han dejado tan carente de palabras

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