A la hora de referirse a una ciudad hay pocas expresiones más sobadas que «llena de contrastes», sobre todo porque casi todas las ciudades de un tamaño decente lo están. Pero el caso de Atenas es quizás ligeramente diferente. No se trata de un contraste entre tradición y modernidad o entre cultura y ocio nocturno, es algo más personal: la abismal diferencia entre el barrio de nuestro hotel y el resto de la ciudad. O del país. O del continente. Vaya por delante que es culpa mía por no revisar con más atención los lugares donde me alojo, pero hay una palabra que durante el resto de mi vida hará que los escalofríos recorran mi espalda como si alguien acabara de abrir una ventana y entrara una corriente repentina: Omonia.

No existe un vuelo con un horario más intempestivo que el Aegean que parte de Barcelona hacia la capital griega cada día de verano a la una y cincuenta minutos de la madrugada. Por supuesto, ese fue el que escogimos para volar allí. A las seis menos diez de la mañana hora local tocamos tierra en el aeropuerto Elephterios Venizelos, que lleva el nombre del presidente griego bajo cuyo mandato la superficie del país se duplicó. Las calles estaban lejos de estar puestas y quedaban horas para que nuestra habitación estuviera lista, así que decidimos depositar el equipaje en el hostal y dar un paseo por el centro hasta la hora en la que pudiéramos echar una siesta. Fue en el breve camino entre la estación de metro de Omonia y nuestro alojamiento cuando nuestra imagen de Atenas empezó a torcerse. Decenas de drogadictos en diversos pero generalmente avanzados estados de descomposición descansaban en soportales, escalinatas, aceras y parterres, algunos de ellos rodeados de sus propios excrementos, la mayoría con aspecto de haber tomado como divisa vital la cita a la entrada del infierno de Dante. Una imagen sacada de The Walking Dead que los que vivimos en la Europa esterilizada llevamos décadas sin ver, al menos no tan abiertamente y, sobre todo, no tan en el centro de la ciudad. Pero es que Omonia no es exactamente el primer mundo: es un enclave de otro tiempo donde conviven el horror y el turismo, ignorándose mutuamente.

A dos paradas de metro del paraíso politoxicómano se encuentra el punto céntrico de Atenas, del que parten los free tours y que aparece en todas las guías: la Plaza Syntagma, que significa constitución, algo que parece obvio si lo piensas. Pasear por Atenas (y por Grecia en general, supongo) es un viaje a nuestras raíces lingüísticas de lo más divertido, buscando aquí y allá equivalencias obvias entre vocablos griegos y españoles. La salida del metro se llama Exodos, muchas gracias es poly efjaristó y para pedir la cuenta se usa logariasmó. Todos somos un poquito griegos en el fondo.

Junto a la plaza Syntagma está el monumento al soldado desconocido, guardado por un par de Evzones, la guardia presidencial griega (antes guardia real: seamos sinceros, «guardia presidencial» suena mucho peor que «guardia real»). La ceremonia del cambio de guardia se celebra cada hora todos los días salvo que llueva o haya griegos quemándolo todo en la plaza, cosa que sucede un par de veces al año de media. Los soldados están obligados a permanecer completamente quietos excepto cuando intercambian posiciones con movimientos gráciles como de grullas (se supone que representan caballos), algo que sucede cada quince minutos; un tercer soldado, vestido de militar estándar, les limpia el sudor. les da de beber agua y les coloca el uniforme, mientras los guardas permanecen absolutamente hieráticos y mirando a un punto varios kilómetros más allá del horizonte. Cuentan las crónicas que en una manifestación violenta hace un par de décadas un cóctel molotov cayó en la garita de uno de los Evzonoi, pero el soldado junto a ella ni siquiera parpadeó hasta que recibió la orden de escapar, ya con el uniforme chamuscado. Los turistas normalmente se empiezan a agolpar frente a los guardias unos veinte minutos antes de cualquier cambio de hora. En Atenas, en agosto, a mediodía, la temperatura es aproximadamente la misma que hay en el interior del horno de una fundición de acero, pero los soldados completan su tarea no sólo sin fallecer, como sería lo esperable, sino sin apenas inmutarse.


La calle Ermou baja directa desde la plaza Syntagma hasta la plaza Monastiraki, el otro lugar céntrico del que parten los free tours etcétera. Es una calle comercial, llena de las franquicias de Inditex que uno puede encontrarse en cualquier lugar del mundo, aparte de heladerías, tiendas de carcasas y demás. Uno la baja caminando alegremente, esquivando mendigos y vendedores callejeros hasta que pum, se encuentra con una capilla ortodoxa del siglo XIV cortándole el paso, como si fuera lo más normal del mundo, como si al Dios de los cristianos se le hubiera caído ahí por casualidad y le hubiera dado pereza agacharse a recogerla. Es algo bastante común en los alrededores del centro de Atenas. Pequeñas iglesias que brotan del asfalto como setas en el bosque, incólumes ante la transformación sufrida por la ciudad en los últimos, pongamos, dos o tres siglos.

Desde Monastiraki hay unas vistas bastante bonitas de la Acrópolis, una colina que simplemente no tiene sentido; de nuevo, parece puesta ahí por una fuerza superior sobrehumana, por el mismísimo Zeus en un rato de aburrimiento jugando con la arena de la playa. Es fácil entender por qué en la antigüedad estos lugares eran sagrados; incluso en 2024 resulta sobrecogedor semejante mamotreto recortándose contra el cielo. Alrededor de la plaza abundan los rooftops, restaurantes en las azoteas de los edificios donde tomarse algo con vistas al Partenón. Nuestra primera noche en la ciudad cenamos en uno de ellos, viendo cambiar la luz según el sol se escondía en el Pireo. La cena salió a treinta euros por persona, propina incluida. Probablemente la más barata de nuestras vidas.


Junto a Monastiraki está el barrio de Plaka, que durante nuestra estancia denominé, una y otra vez «plaka plaka«, haciendo el gesto de golpear algo en el aire con una y otra mano, porque uno puede tener 45 años pero toda la vida será un preadolescente mental. Plaka es el barrio hípster de Atenas, uno de ellos, al menos. Es donde están los restaurantes más típicos y las tiendas más cuquis, todos ellos dominados por el color azul de la bandera y del cielo griegos. De Monastiraki parte el recorrido del mercadillo, un bazar a la turca de callejones estrechos y tiendas abigarradas con estanterías atestadas de mercancía. Se nota mucho que Grecia estuvo cuatro siglos bajo dominio turco, no sólo en los cuatrocientos pliegues de los trajes de gala de los Evzonoi, sino porque la cocina, el paisaje y también el paisanaje son extremadamente parecidos a uno y otro lado del Egeo.


Pero vayamos a lo gordo. El piedro. La Acrópolis. El mejor sitio para hacer fotos del Partenón no es ese, sino el monte Filopapos, al otro lado de la calle, como quien dice. Desde la parada de metro más cercana son unos mil quinientos metros de caminata con unos setenta de desnivel, no es gran cosa, salvo que, como es mi caso, se desplace una masa equivalente a la de un tigre de Bengala adulto, y además la temperatura sobrepase los cuarenta grados a la sombra. Nos llevó un ratito completar el ascenso, probablemente porque nos paramos en un bar a comer fruta y beber zumos, y porque nos detuvimos literalmente debajo de cada árbol para evitar terminar como un japonés cualquiera en la Hiroshima de 1945. Hacía calor, insisto. Pero la parrillada mereció la pena, las vistas eran espectaculares y además se puede visitar el monumento que comparte nombre con el monte, un mausoleo de casi dos milenios de antigüedad que lleva ahí, inmutable, desde que se erigió en el siglo I de nuestra era. Hacían cosas bien aquellos romanos de Grecia.

El ascenso al Filopapos nos sirvió de entrenamiento para la subida del día siguiente a la propia Acrópolis. En verano hay dos horas buenas para entrar: la primera y la última. Cualquier otra opción intermedia supone bracear en un aire espeso y caliente intentando mantener la conciencia y apartándose inútilmente el sudor de los ojos para poder ver alguna cariátide. Honestamente tampoco es que a primera hora aquello sea una fresquera. El termómetro marcaba veintinueve grados cuando a las ocho en punto cruzamos la verja de entrada junto con otras dos mil personas que tenían la misma hora impresa en sus tickets. Ascender la media docena de tramos de escaleras hasta la cima del monumento nos llevó algo más de media hora, sobre todo por la costumbre de pararnos a hacer fotos a literalmente cualquier cosa que pudiera resultar mínimamente interesante. «Oh, mira, un guijarro en medio del camino, seguro que tiene cinco mil años de antigüedad». El Partenón nos recibió impasible, como lleva haciendo un par largo de milenios. O bueno, no tan impertérrito, en realidad.


La historia reciente del monumento es la de una reconstrucción perpetua. La Acrópolis se conservó casi intacta durante milenios hasta finales del siglo XVII. En 1687 los turcos almacenaron explosivos y armamento en el lugar, pensando que los venecianos no osarían atacar un lugar como ese. Por supuesto, se equivocaron, y la flota veneciana bombardeó a placer el monte, reduciendo a escombros monumentos de miles de años de antigüedad. Todavía a principios del siglo XIX los turcos destruyeron buena parte del interior del Partenón para extraer el plomo que recubría los engarces metálicos entre sillares (los griegos antiguos no conocían la argamasa). Cuando Grecia se independizó el templo era una ruina, una sombra de lo que fue. En los últimos cincuenta años se han llevado a cabo tremendos trabajos de restauración y limpieza, con la idea de devolverle parcialmente su antigua gloria. Por eso la cara oeste del Partenón lleva cinco años recubierta de andamios, y probablemente le queden por lo menos cinco más.


Nuestra última tarde ateniense la pasamos grabando vídeos a cámara lenta en el Estadio Olímpico (el de 1896, no el de 2004) para subirlos a Instagram con la banda sonora de Carros de Fuego. El estadio realmente es capaz de transportar al visitante a finales del siglo XIX, cuando el deporte era casi una extravagancia y desplazarse para disputar una carrera suponía unos gastos que la inmensa mayoría de los atletas no podían afrontar. De hecho en aquellos primeros juegos participaron 240 atletas, todos hombres, de los que dos tercios eran griegos. Sólo catorce países participaron, y sólo seis enviaron más de cinco deportistas. De hecho, cinco delegaciones enviaron un único atleta. Mención especial a Australia. Envió un único representante, y regresó con dos oros. Bueno, dos platas en realidad. Por entonces sólo se entregaban medallas de plata y de cobre; retroactivamente el COI las ha convertido en oro y plata, respectivamente, y ha agraciado a los terceros clasificados con medallas de bronce.

Estuvimos 72 horas en Atenas. Antes de viajar allí, además de las Lonely Planet, revisé muchos post de blogs viajeros acerca de «qué hacer en Atenas en tres días». En todos ellos el tercer día consistía en irse. Al Pireo, a Mykonos o a otra isla cualquiera, pero irse de Atenas. Como si la capital de Grecia no diera para más de dos días. Puede que sea injusto. Pero también sería injusto no decir que da toda la impresión de que la ciudad está increíblemente desaprovechada. No es sólo que el tráfico sea un infierno y que, como en Nápoles o El Cairo las normas de tráfico parezcan más orientativas que otra cosa. Los pasos de peatones llevan al menos década y media sin pintar, hay barrios enteros cayéndose a pedazos y en la línea azul el metro parece sacado de Nueva York en 1987. Es como si los atenienses se hubieran resignado a la decadencia, al menos fuera de los barrios peatonales. Es muy atrevido sacar conclusiones acerca de un lugar tras visitarlo como turista durante tres días, pero la nuestra fue que si le hubiéramos quitado un día a Atenas para dárselo a Estambul (la siguiente parada de nuestro viaje) habría sido una gran idea.

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Gracias por lo de croissant!!! (hay otra de esas que a mí me fliparon tb que es des-ayuno (en ingles es igual)
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Recién descubro que el croissant se llama así por creciente.
Bueno, tiene sentido.
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El verano pasado mi novia y yo viajamos el del 5 al 10 de agosto a Atenas. Nos alojamos justo en la frontera del barrio de Omonia, pero dentro de él. La primera mañana, ella se levantó y como es costumbre corrió la cortina. Su alarido a las 8 de la mañana debió despertar a medio hotel. Un chaval de veintitantos pinchándose en mitad de la calle, con pinta de ser uno de sus últimos días sobre la faz de la tierra. La ciudad nos pareció maravillosa a pesar del calor: comimos como puercos por cuatro duros y nos la pateamos de punta a punta, salvo uno de los días, que nos acercamos a El Pireo a comer en el puerto y después a ver los estadios de Olympiacos, Panathinaikos y AEK, porque soy friki de cojones. Además dimos con otro equipo, el Apollon Smyrna, que como indica su nombre lo fundaron griegos exiliados de Esmirna (que queda bastante cerca de Atenas). El estadio estaba abierto y nos dejaron pasar, comprarnos una bufanda y nos regalaron posavasos y una visita guiada por el estadio (su inglés es calcado al nuestro)
En definitiva, en varias ocasiones he sentido el post como propio. Omonia da miedito pero luego es bastante inofensiva. Una noche salimos a un bar cubano y nos lo pasamos genial, y nunca tuvimos sensación de estar en peligro. A la mañana siguiente otra yonki estaba pinchándose en el talón del pie en el mismo sitio del primero.
No sé si volveré en otra ocasión porque el mundo es muy grande, pero totalmente recomendable para hacer el guiri unos días.
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Excelente post, los trastornados con la geografía casi por regla general lo estamos también con la lingüística, es que van de la mano.
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Hablando de lingüística, hace tiempo escuché en YouTube un discurso de un locutor griego minutos antes de que la radio en la cual trabajaba fuera tomada por los alemanes en la II Guerra. Ahí aprendí, haciendo el mismo ejercicio que Diego, que en griego «pséma» quiere decir mentira. Así que nuestra palabra para la mentira, no proviene del griego al parecer.
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Recuerdo que un amigo, en su primer escapada con la que es su actual esposa, eligieron Atenas y a la vuelta me contó lo mismo con respecto a los toxicómanos (de esto hace, sino me equivoco, 15 años). Sus palabras textuales, con bastante sorna, fueron que los yonkis que teníamos por aquí en los 80´s no había muerto sino repatriados a la capital griega, debido al estado y cantidad de éstos… Por lo que cuentas no se debe a una exageración de mi amigo y, lo que es mas triste es que 15 años mas tarde la sensación sea la misma o parecida…
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