Hay muchas maneras de amañar unas elecciones, desde las más sutiles, como el Gerrymandering en Estados Unidos hasta las pantomimas abiertamente desacomplejadas, como el referéndum trucho de Rusia en Crimea o las últimas elecciones venezolanas. Pero si se trata de manipular unos comicios nada ni nadie se ha acercado nunca a los niveles de chanchullo que se vieron en las elecciones presidenciales de 1927 en Liberia, que ostentan de forma oficial el récord Guiness de votación más fraudulenta de todos los tiempos.
Metieron las barrras y la estrella que sobraron de hacer la bandera americana
Uno nunca sabe qué consecuencias a largo plazo van a tener sus actos. El aleteo de la mariposa tokiota que provoca alteraciones meteorológicas graves en Nueva York. El bombero que salva a un niño que con los años se convierte en médico y le salva la vida a su salvador. En 1831 alguien caminó desde algún pueblo de los alrededores y clavó una cruz de madera hecha con dos ramas y unas cuerdas en la ladera de una pequeña colina en mitad de los verdes campos de Lituania. Esa persona, cuya identidad jamás nos será revelada, no podía saber el alcance de ese gesto sencillo de recuerdo a los caídos en la reciente guerra contra Rusia, una de tantas. No podía saber que en pocos años el pequeño promontorio sería un lugar de peregrinación, y menos aún podía imaginarse que dos siglos después, en una Lituania independiente, no habría una cruz, ni cien, ni mil, sino centenares de miles de todos los tamaños imaginables, traídas por gentes de todo el mundo
La aerolínea regional Ravn de Alaska (se pronuncia como raven, cuervo en inglés) vuela cada par de días a la isla de St.Paul o San Pablo, un islote de 100 kilómetros cuadrados y 500 habitantes más o menos hacia la mitad de las Aleutianas pero 400 kilómetros al norte de la cadena principal del archipiélago. En mitad de la nada, vamos. Cuando uno compra uno de los enloquecidamente caros billetes de avión para volar desde Anchorage al aeropuerto insular, aparece un aviso en la pantalla: «Los perros no están permitidos en la Isla de St. Paul». ¿Cómo puede una isla prohibir nada menos que al mejor amigo del hombre, con lo majos que son los perretes que aparecen haciendo monerías en Tik Tok? Ah, amigo. Es que St. Paul es un santuario de fauna marina; algunos lo llaman «Las Islas Galápagos del Norte» por su diversidad ecológica, aunque también llaman «Venecia del Norte» a cualquier pueblo alemán con seis canales y un barquito de remos, pero bueno. Los perros se comen a las aves y a la fauna protegida, que para ellos no está protegida. Es comida. ¿Sabéis que come huevos de pájaros, y literalmente cualquier cosa, si le dejan? Las ratas. Y por eso cuando un vecino dijo que había visto un roedor en su porche, la isla entera se lanzó tras ella para darle caza y exterminarla. El problema es que llevan tres meses de búsqueda y, bueno, aún no ha aparecido. Así que no están realmente seguros de que exista. Pero no van a dejar de buscarla.
«St.Paul libre de ratas». No veía un eslogan así desde las guerras yugoslavas
Cuando a principios de los noventa aparecieron de repente docena y pico de países nuevos en el mapa, mi primera reacción fue pensar que habían sido bastante vagos a la hora de ponerles nombres a las cosas. Mucho –istán por aquí e –istán por allá, y luego esos tres estados minúsculos a los que parecía que habían nombrado ya por puro cansancio: Estonia, Letonia, Lituania. Tres países pequeños y poco poblados en una esquina de Europa. Desde mi rincón peninsular, a cuatro horas de avión de allí, los tres países parecían partes de un todo más grande, divididas por capricho. El Diego preadolescente no podía estar más equivocado, claro. Las Repúblicas Bálticas tienen una historia reciente común de ocupación y resistencia, pero son tres países tan distintos entre sí como puedan serlo España, Francia e Italia.
A la hora de referirse a una ciudad hay pocas expresiones más sobadas que «llena de contrastes», sobre todo porque casi todas las ciudades de un tamaño decente lo están. Pero el caso de Atenas es quizás ligeramente diferente. No se trata de un contraste entre tradición y modernidad o entre cultura y ocio nocturno, es algo más personal: la abismal diferencia entre el barrio de nuestro hotel y el resto de la ciudad. O del país. O del continente. Vaya por delante que es culpa mía por no revisar con más atención los lugares donde me alojo, pero hay una palabra que durante el resto de mi vida hará que los escalofríos recorran mi espalda como si alguien acabara de abrir una ventana y entrara una corriente repentina: Omonia.
Luego os cuento la caminata bajo el sol para hacer esta foto sin fenecer en el intento
El pasado miércoles Hugh Wallis se despidió de su puesto como embajador británico en España, y lo hizo con un vídeo lleno de cariño y reconocimiento a nuestro país. En un momento dado dejó caer un dato de lo más llamativo: España y el Reino Unido son los países del mundo con más conexiones aéreas entre sí. Alejandro, un lector del blog, me hizo llegar el vídeo con el dato al correo electrónico, y me obligó, por tanto, a comprobar su veracidad y a averiguar cuáles son las demás parejas de países con más conexiones aéreas. ¿Decía la verdad el embajador? Sí, y por un margen abismal, además.
Algunas de las aerolíneas protagonistas del récord: Easyjet, Ryanair y Jet2, con conexiones con la práctica totalidad de aeropuertos comerciales españoles desde el Reino Unido
De los 50 países que he visitado en mi vida, he conducido por 37 de ellos. A veces con más gente, parejas, amigos, hijos, pero buena parte de ellos los he recorrido en coche yo solo. Me saqué el carné de conducir tarde, tenía 26 años y hacía unos meses que me había mudado a Barcelona. Desde el principio conducir se convirtió en una de mis actividades favoritas, si no la que más. Especialmente conducir en soledad: estar a solas con los propios pensamientos, sin más horizonte que la carretera ni más objetivo que el siguiente kilómetro, el siguiente camión o la siguiente área de descanso. De hecho mis restaurantes favoritos siempre han sido los de los márgenes de las autopistas, las áreas de servicio donde te desvalijan de forma absolutamente legal, sin necesidad de ponerte una pistola en el pecho. ¿Por qué? Probablemente porque son no-lugares, espacios anónimos casi intercambiables, pero sobre todo por lo que suponen de estar en movimiento, un lugar indeterminado entre dos puntos donde el contexto desaparece y uno es independiente de su entorno. Es la versión mundana y asfáltica de flotar en el agua de una piscina o en la negrura del espacio.
El Pico de la Tristeza, en la frontera entre Albania y Kosovo, visto desde este último país
Mi país favorito del mundo es Kiribati, al menos de los países en los que no he estado, y probablemente nunca estaré. Es el único país que está en los cuatro hemisferios al mismo tiempo, es el primer país en ver cada día y por tanto cada año, se inventó dos husos horarios por la cara y contrariamente a lo que cabría pensar, se pronuncia Kiribás gracias a la curiosa manera que tenemos de transcribir el idioma gilbertés. Además de todo esto, en una de sus islas tiene una sucesión de nombres absolutamente escandalosa, un crescendo toponímico absurdo que empieza fuerte y acaba en el reino de la demencia. Con todos ustedes, la isla de Kiritimati (se pronuncia Kirismás)
Leer con voz de Minion: Poland. Paris. London. BANANAAAA
De mi cuerpo descompuesto nacerán las flores, y yo estaré en ellas. Eso es la eternidad.
Edvard Munch
En Colma casi no se usa la palabra «cementerio», pese a que casi toda la superficie del pueblo está ocupada por ellos. Prefieren llamarlos «parques»; porque a nadie le gusta vivir rodeado de cementerios, y a todos nos gusta estar rodeados de parques, de naturaleza. Apenas mil quinientas personas residen en la localidad, 15 kilómetros al sur del Golden Gate, en plena área metropolitana de San Francisco. La población de los cementerios, sin embargo, es ligeramente superior: un millón y medio de personas yacen bajo los cuidados céspedes de Colma, la ciudad de los muertos.
Que los muertos aquí se lo pasan muy bien / entre flores de colores (fuente)
Mi avión despegó de Venecia a las seis y veinticinco de la mañana y aterrizó en Praga una hora y veinte minutos más tarde. El mismo avión que me transportó haría cinco vuelos más ese mismo día, el de vuelta a Venecia y otros dos a y desde Varsovia y Londres. En esas mismas 24 horas Wizzair, la compañía propietaria del Airbus A321 que me llevó de Italia a Chequia, operó algo más de 1.400 vuelos que abarcaron 50 países en tres continentes, y que transportaron a unas 200.000 personas. Son cifras espectaculares, pero Wizzair figura en el número 7 de las aerolíneas con más tráfico de Europa. El primer puesto de la lista es desde hace años un cortijo propiedad de Ryanair. Aquel día de julio del año pasado casi seiscientos mil pasajeros se subieron a alguno de sus más de quinientos Boeing 737 para recorrer alguna de sus 1.800 rutas. El récord de mayor número de vuelos en un sólo día en Europa se había batido una semana antes, el 7 de julio de 2023, jornada en la que despegaron 34.000 vuelos transportando más de cinco millones de pasajeros. Y aparentemente todos ellos, absolutamente todos, estaban en la Plaza de la Ciudad Vieja de Praga, conmigo.