Por qué existe Mónaco

La mayoría de los países caben enteros en una foto desde el satélite, pero Mónaco se puede retratar en toda su integridad desde la colina más próxima con una cámara sin gran angular. Con una superficie total de dos kilómetros cuadrados cabría íntegro en el Central Park neoyorquino, y siete veces en la Casa de Campo de Madrid. Es, además, el país con la renta per cápita más alta del mundo y también el que tiene un coste de la vida más alto, y uno de los pocos con una fuerza laboral muy superior a su propia población. Hay mucho que hablar de Mónaco, pero la primera pregunta de todas es: ¿Por qué demonios existe? ¿Por qué no es un pueblo más de Francia?

Frontera de Mónaco y Francia a vista de Google. Desde el fondo sur del Estadio Luis II hasta el extremo norte del país hay 3 kilómetros. En su punto más estrecho, Mónaco tiene 300 metros de ancho

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Un pueblo llamado Satanás

Hace 17 años, 6 meses y 5 días se publicó la primera anotación en este blog. La de hoy hace la número 666. Y una cifra tan particular bien amerita un texto especialmente dedicado. Hoy nos vamos a ir de paseo por la toponimia más luciferina del mundo. Empezando, por qué no, por Estados Unidos:

El reino de Satán, Massachussets

La triple frontera entre Vermont, Nuevo Hampshire y Massachussets está señalizada por un mojón de granito de metro y medio de alto en mitad de un bosque tan frondoso que la luz del sol nunca toca el suelo. Es un lugar resplandeciente de verdor y humedad a la orilla del río Connecticut. Nadie lo asociaría a primera vista con el infierno, pero la piedra está a muy pocos kilómetros del Reino de Satán. Concretamente de Satan’s Kingdom, un poblado minúsculo y deshabitado compuesto por unas pocas cabañas de leñadores, cuyo mayor atractivo es una zona de fauna protegida. Como pasa en ocasiones, no se conoce el origen de nombre del lugar. Las dos teorías más extendidas afirman que un paisano salió de la iglesia después de un sermón sobre las llamas del infierno y se encontró un pequeño incendio forestal, que consideró una señal divina. La otra se refiere a la abundancia de serpientes venenosas, como la del relato bíblico de Adán y Eva.

Si en un lugar llamado Satanás no haces esto, no tienes corazón. Ni cabeza (I am a Honeybee)

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Cuatro días en Bakú, la capital del país del fuego (segunda parte)

Habíamos dejado el relato en el punto exacto en el que mis pantalones se convirtieron en una versión en miniatura del Río Ganges. Al día siguiente, ya con mi ropa limpia y seca, di un largo paseo por el bulevar junto al Caspio, mientras el sol derretía la nieve que todavía se acumulaba en los rincones. Subí en funicular hasta la base de las Torres Flamígeras y di un paseo por los memoriales de las diferentes guerras. Es inquietante, y asombroso, cómo cada país cuenta la historia no de manera diferente, sino incompatible. En el metro había carteles denunciando «el genocidio de los azeríes» en la guerra del Karabaj; en el palacio de los Shirvanshás un diagrama explicaba cómo los armenios genocidaron a un montón de azerbayanos durante la primera guerra mundial. Como sucede en Turquía, hablar públicamente contra la versión oficial es delito. Concluí mi paseo disfrutando de las imponentes vistas de la ciudad en una explanada de mármol donde la nieve y el hielo todavía no se habían derretido del todo, y mantener el equilibrio era ciencia-friccion. Mis zapatillas de caminar del Decathlon, con su suela lisa como un folio, se me antojaron bastante inadecuadas mientras una y otra vez resbalaba sobre el suelo, arriesgando el ridículo y la integridad física.

Este pollo dijo llamarse Yuri y ser de Kazajistán. Me pidió que le hiciera una foto y se la enviara por Whatsapp. Le hice la foto y se fue sin darme su número de teléfono. Yuri, si me lees, espero que te guste

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Cuatro días en Bakú, la capital del país del fuego

El taxista empotró en la ciénaga más infecta de Azerbaiyán su Lada 2107, 74 caballos, tracción delantera, con la tranquilidad del que no tiene nada que perder. El coche, más de treinta años de servicio, sólido como una roca e igual de cómodo, procedió a atascarse en el lodo. Pese a los acelerones enloquecidos que hacían humear el motor las ruedas simplemente patinaban y llenaban de barro la carrocería. No problem, mister. Otro taxista a los mandos de un Niva destartalado se paró para ayudar. Entre él y el guía consiguieron empujar el coche fuera del barro. Yo no me habría metido en ese lodazal desolado y mugriento ni con un carro de combate, pero quién soy yo para juzgar la temeridad demente de los taxistas azeríes. Hoy, en Fronteras, cuatro días en Bakú y alrededores.

Toto, tengo la sensación de que ya no estamos en Kansas

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El faro del desierto de Mojave

El desierto de Mojave no tiene extremos. El desierto es un extremo en sí mismo. La temperatura más alta jamás medida en el Planeta Tierra se dio allí. 57 grados a la sombra, suficiente para matar a un ser humano en un par de horas expuesto al sol despiadado. Por las noches, sin embargo, la cosa cambia. Incluso en verano la temperatura puede caer por debajo de los veinte grados, y en invierno se han medido temperaturas de diez bajo cero. Desde hace unos años, además, por la noche el desierto no es un lugar tan solitario. En la oscuridad infinita una luz brilla más que todas las estrellas. Se trata de un faro, el faro más inesperado y más raro del mundo, a 160 kilómetros de la costa más cercana. El faro del desierto

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Y Sevilla

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

El problema de Sevilla es que está en otra categoría. Durante dos años, los que pasé en un internado militar de Ronda por mis excepcionales dotes como estudiante, fui andaluz de adopción. Como malagueño sobrevenido, le agarré tirria a lo sevillano y a los sevillanos. Que malaje que tienen. Va en el pack, es inevitable. No se puede culpar al resto de lo andaluces por detestar Sevilla, si un sevillano universal como Antonio Machado escribió «Sevilla y su verde orilla, sin toreros ni gitanos, Sevilla sin sevillanos, ¡oh maravilla!». Los sevillanos tienen fama de tenérselo subidito, de mirar por encima del hombro, de arrugar la nariz cuando salen de Triana y de la Puerta de Jerez. Pero claro. Es que viven en Sevilla. Y Sevilla compite en otra liga. Sevilla está ahí ahí con Praga y Budapest, puede contemplar con desdén altanero al 80% de las capitales europeas. Es otro rollo. Granada es mágica, Málaga es jacarandosa, Almería es profunda y melancólica, pero Sevilla es Sevilla. Y contra eso no hay nada que hacer. Seguir leyendo

Huelva, la orilla de las tres carabelas

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

Cuando uno ve amarradas en el muelle de Palos de la Frontera a la Pinta, la Niña y la Santa María es inevitable hacerse preguntas. Especialmente una: qué clase de desesperación y enajenación mental tenían que sufrir los marinos del siglo XV para meterse en esas chalupas infectas y miserables a cruzar todo un Océano Atlántico. Cómo es posible que no murieran todos todo el rato, no ya de escorbuto o de fiebres, sino simplemente ahogados por la primera ola más grande que el propio buque. Es materialmente imposible exagerar la influencia en la historia universal de esos tres navíos, que con dificultad calificarían para hacer el trayecto de Ibiza a Formentera. Me hace las fotos Javi, nativo de Huelva y que ya estuvo conmigo en Túnez, mientras yo señalo muy fuerte hacia el otro lado del charco desde la proa de una carabela. «Nuestros hermanos españoles de América», así llama él a los herederos de aquellos tipos duros, aguerridos, desvergonzados y sin nada que perder que durante siglos se embarcaron en la aventura no ya de una vida, sino de una civilización.

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Plateado Jaén

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

El taxi me llevó hasta el Parador en poco más de quince minutos, en los que el chófer aprovechó para ponerme al día de los esoterismos de la ciudad. No sólo la fortaleza reconvertida en hotel de cinco estrellas tiene dos fantasmas para aterrorizar por las noches a los huéspedes, sino que la catedral de Jaén fue construida en un lugar «especialmente energético», donde antes había una mezquita y todavía antes un templo pagano. «La Iglesia sabe dónde construir sus edificios», aseveró muy serio. En eso tengo que darle la razón. Desde lo alto del Cerro de Santa Catalina la catedral destaca de manera masiva en la ciudad. De hecho, es lo único que destaca de la ciudad. Más aún, es lo único que justifica una visita a la ciudad. Eso, y querer, como yo, completar el álbum de cromos de todas las provincias. Jaén hizo la número 47 de 52 (Ceuta y Melilla cuentan como provincias aparte en mi lista, aunque no lo sean). En el autobús desde Granada lo único que se ve son olivos. Millones de ellos. Según la oficina de turismo, en la provincia hay 66 millones de olivos; tres cuartas partes de su superficie se dedican a la producción de aceite. Desde las alturas, también se ven olivos hasta donde alcanza la vista. Puedo recitar de memoria el poema del alicantino Miguel Hernández que la provincia adoptó como himno: «Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma, quién, quién levantó los olivos»

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Almería dorada

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

Desde la Alcazaba Almería no es dorada sino del mismo amarillo ceniciento del desierto que la rodea. Sólo mirarla da sed, pero en buena parte es culpa mía, por, una vez más, visitar monumentos en pleno agosto a la una de la tarde. Almería fue la cuarta de seis capitales que visité en un viaje de ocho días el verano del año pasado, destinado a incorporar cinco provincias andaluzas nuevas a mi historial viajero. Decir que pasé calor es como decir que Primo Levi tuvo una mala época en los años 40. Los gatos sesteaban a la sombra de las moreras, mecidos por el ruido del agua corriendo caño abajo, y los turistas nos asábamos como pollos en una brasería. Ahora quién es el animal más inteligente, ¿eh?. Por la tarde visité la catedral, que, como en Córdoba, también tiene nombre compuesto. Catedral-Fortaleza, seguramente la única de España; también es el color de la arenisca, ni siquiera mitigado por las palmeras junto a la portada. Huyendo del calor aterricé en los refugios de la Guerra Civil, cuatro kilómetros de túneles bajo la ciudad que sirvieron como búnker para los civiles durante el conflicto. Cuando callaron las bombas la infraestructura cerró, y permaneció medio siglo oscura y olvidada bajo los adoquines hasta que ya en el siglo XXI unos obreros se la encontraron excavando los cimientos de un edificio. Hoy son una atracción de primer orden en la ciudad, y se necesitan semanas o meses de antelación para encontrar un hueco en los pocos grupos que bajan diariamente durante el verano. Antes de abandonar la ciudad, me agencio un Indalo para la nevera. El Indalo es el símbolo de Almería; un dibujo torpe en una cueva que pasó cincuenta siglos oculto hasta que un arqueólogo lo descubrió a finales del siglo XIX. A partir de mediados del siglo XX se convirtió en el símbolo de la cultura almeriense más intelectual, y después de toda la provincia. La figura, un hombre sosteniendo un arco, o protegiéndose con él, es prácticamente ubicua. Coches, tiendas, casas, bolsas; es el orgullo de Almería.

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Málaga, cantaora

Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

Manuel Machado

En realidad mi primer libro no se publicó hace dos meses sino hace un cuarto de siglo. Lo que pasa es que únicamente se imprimió un ejemplar. Fue el regalo por nuestro segundo aniversario a mi novia de entonces. El libro era una compilación de las poesías que había escrito durante los dos o tres años anteriores, unos versos mayormente torpes pero apasionados, inspirados en buena parte por la destinataria del ejemplar. Llegué a Málaga con un diskette que contenía todos mis poemas, y los imprimí y encuaderné en una copistería junto a la estación de autobuses. Luego fui a su casa a cenar. Fue una noche feliz. Imaginaos. Un chaval de 20 años recién cumplidos regalándole un libro con sus poesías a la novia de la que está enamorado hasta el tuétano, y ella dedicando una hora larga a leerlo porque no puede esperar a terminar la cena. No te digo que me lo superes, sólo que me lo iguales.

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