Trenes rigurosamente sosegados. El placer de viajar despacio

Hace exactamente veinte años que vine a vivir a Barcelona. Mi primer trabajo fue de comercial, al igual que todos los que han venido después. Mi primera época en la ciudad la pasé trabajando para una compañía telefónica que hace ya una década que desapareció. Tardé seis meses en sacarme el carné de conducir, así que durante ese medio año acudí a todas las reuniones en transporte público, y como a menudo mis visitas eran muy lejos de Barcelona, acabé recorriéndome la práctica totalidad de la extensión de la red de Cercanías de la provincia. Siempre hubo una línea que me llamó mucho la atención: Hospitalet-La Tour de Carol, una línea de Cercanías tan atípica que acaba no ya en otra provincia sino en otro país. Durante veinte años pensé que sería divertido recorrerla en toda su extensión, y este verano me animé. Y luego, por qué no, seguimos más allá. En un tren aún más lento. Porque, como decía el poeta, a veces lo más importante del viaje no es el destino, sino el camino. Y la compañía.

¿Alguna vez habíais visto un grafitti desde atrás?

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Viento del Norte: el ferrocarril de los pueblos originarios del Canadá

De una antigua ciudad en el norte canadiense, hoy devenida pueblo, parte con rumbo sur uno de los ferrocarriles más extraordinarios del mundo. Si no es el único, es uno de los pocos que frena para en absolutamente cualquier punto de la línea para recibir o dejar pasajeros. Y, más extraordinario aún, si no estás donde acordaste esperarlo, aunque el convoy esté bajo el azote de una tormenta de nieve en el medio de Labrador; no se marcha hasta no saber de vos. Bienvenidos al Tshihuetin, el viento del norte.

CHOO-CHOO MOTHERF**ERS

(Como el lector habrá deducido del voseo del párrafo anterior, la anotación de hoy corre a cargo de uno de nuestros artistas invitados. En concreto de Santiago Cuadro, viejo conocido que ya nos ha honrado en otras ocasiones. No interrumpo más. Sigan leyendo. Es una orden)

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La estación de tren a la que sólo se puede llegar en tren

Hay estaciones de ferrocarril que dan servicio a grandes ciudades y reciben cientos de millones de pasajeros cada año. Por debajo de ellas en la pirámide de importancia están las estaciones que dan servicio a pequeñas ciudades, a suburbios, o a pueblos. En algunos lugares hay apeaderos remotos que únicamente sirven para que los habitantes de caseríos dispersos por el monte puedan subirse al tren sin necesidad de ir al pueblo más próximo. Y luego ya está Seiryu Miharashi, una estación de tren cuya única razón de existir es la propia estación de tren: no existe ninguna manera de llegar hasta ella que no sea precisamente en tren. Es la estación autocontenida. La metaestación. Una estación de tren más filosófica que práctica.

Próxima Estación: La nada (fuente)

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El tren del hierro de Mauritania y la paradoja del turismo extremo

«Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo; lleno de aventuras y experiencias». Así comienza uno de los poemas más conocidos del griego Konstantin Kavafis, un canto a la vida como viaje y experiencia, y el origen más citado del aforismo que reza que lo importante no es el  destino sino el viaje. Para aquellos que comulgan con los versos del poeta helénico (Pide que el camino sea largo) existe un aventura que es el epítome del viaje como fin y no como medio. El Tren del Hierro de Mauritania, un recorrido de 700 kilómetros a lo largo de una interminable sucesión de nada en absoluto cuyo origen y destino son muy a menudo completamente irrelevantes para los viajeros.

Choo Choo Motherfuckers (Ateker)

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Slow TV. Viajar desde casa a ritmo real

El 1 de enero de 2019 la televisión de la región española de Aragón emitió un programa de cuatro horas de duración titulado «El viaje». La producción consistía en la grabación a tiempo real de una única cámara montada en la locomotora de un tren viajando entre las estaciones de Zaragoza y Canfranc, en los Pirineos. 218 kilómetros en vías sin electrificar, sin más acompañamiento sonoro que el del propio tren haciendo clan clan sobre los raíles. Ni montaje, ni banda sonora, ni narración. Nada. Pese a lo inacostumbrado de la propuesta, un 7% de la audiencia acompañó la emisión, una cifra por encima de los números habituales de la cadena. Fue el primer (y hasta hace un par de semanas único) episodio español de lo que se ha dado en llamar Slow TV, televisión lenta, un fenómeno que apareció hace una década en Noruega y que hace tiempo que colonizó Youtube.

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¿Cuál es la forma más rápida de dar la vuelta al mundo sin aviones?

En enero de 2018 Andrew Fisher, un ejecutivo de la aerolinea emiratí Etihad Airways, estableció el récord de la vuelta al mundo más rápida usando únicamente aviones de línea subsónicos. Partiendo de Shangái voló a Auckland, Buenos Aires y Ámsterdam antes de regresar a la capital china, en un trayecto que le llevó 52 horas y 34 minutos en aviones de Air New Zealand, la KLM y la China Eastern. El récord de la vuelta al mundo más rápida usando cualquier vuelo programado lo tiene desde 1980 un señor británico llamado David Springbett que voló de Los Ángeles a Londres, Bahréin, Singapur, Bangkok, Manila, Tokio y Honolulu antes de regresar a la ciudad Californiana. El viaje supersónico de Los Ángeles a Londres consiguió reducir el tiempo de viaje a apenas 44 horas y 6 minutos; fue tan rápido que de hecho se trató de la circunnavegación más rápida jamás realizada, superando por hora y media el vuelo de un B-52 norteamericano unos años antes. Mantuvo el récord doce años hasta que en octubre de 1992 un Concorde de Air France celebró el V centenario de la llegada de Colón a Améica rodeando el planeta en apenas 32 horas, incluyendo nueve horas de escalas para repostar y 18 horas de vuelo supersónico. Estas cifras dejan a Phileas Fogg con un palmo de narices, pero Julio Verne hizo que su personaje diera la vuelta al mundo tres décadas antes de que los hermanos Wright hicieran volar su aparato. ¿Sigue siendo posible dar la vuelta al mundo en menos de 80 días sin usar un solo avión y utilizando medios de transporte públicos?

Mapa de La Vuelta al Mundo en 80 días, tomado de Trazado, un Atlas literario

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Próxima estación, la cocina. El metro que atraviesa un edificio de viviendas y tiene una estación en mitad de la nada.

Somos vagamente conscientes de hasta qué punto China se ha desarrollado y ha cambiado en las últimas décadas. Hasta finales de los ochenta el gigante asiático fue un país mayormente agrario donde un porcentaje enorme de la población vivía en la pobreza extrema, normalmente de la agricultura de subsistencia. Desde el año 90 hasta la actualidad el porcentaje de población urbana de China ha pasado del 26 al 60%. Teniendo en cuenta el aumento de la población, eso supone que las ciudades chinas han absorbido más de quinientos millones de habitantes en las últimas tres décadas. En toda Latinoamérica existen 50 ciudades con más de un millón de habitantes: en China hay más de cien, la mayoría de ellas desconocidas no sólo en occidente, sino incluso entre la mayoría de los chinos. ¿Alguien había oído hablar de Zibo (tres millones y medio de habitantes), Nanchang (cuatro millones) o Qingdao (seis millones)? Incluso megalópolis que en cualquier otro lugar del mundo serían centros de poder continental en China pasan desapercibidas. Shantou, Shengyan, Jinan, ciudades cuyas áreas metropolitanas cuentan con once, doce y trece millones de habitantes respectivamente y que en Occidente ni siquiera sabemos que existen. El desarrollo explosivo de China nos ha dejado estampas post apocalípticas como las ciudades fantasma en mitad de la nada esperando a ser habitadas, y también desmesuradas infraestructuras. La presa más grande del mundo, cuatro de los cinco puentes más largos del planeta, el edificio más grande conocido, la granja eólica con mayor potencia, la red de ferrocarril de alta velocidad más extensa… todo eso está en China… y tiene menos de quince años de antigüedad.

Un convoy de metro sumergiéndose en las profundidades de un bloque de viviendas en Chongqing, China (VCG/Getty)

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El Metro más corto del mundo

Para los estándares occidentales, Serfaus es un pueblito bastante pequeño y no menos remoto. Situado a mil quinientos metros de altitud, sus millar de habitantes tiene que viajar hora y media si quieren llegar a la ciudad digna de tal nombre más cercana, Innsbruck. A simple vista no parece un lugar donde podamos encontrar un sistema de Metro, pero resulta que sí. Tiene uno. El más pequeño del mundo.

La estación de «Iglesia» en el metro de Serfaus

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Viajar en el siglo XIX

Estamos acostumbrados a vivir en un mundo en el que ir de un extremo al otro del planeta es una custión de 24 horas; vemos normal desayunar en Londres y almorzar en Nueva York, y no nos produce ninguna sorpresa ni asombro poder ir a ciudades a miles de kilómetros por menos de lo que cuesta un menú del día. El ser humano, como especie y como individuo, se acostumbra muy rápido a los cambios, y procura enterrar el pasado, o modificarlo para que encaje con el presente.Hace cincuenta años, o incluso menos, viajar grandes distancias era el privilegio de unos pocos. Hace cien, uno no viajaba a otro continente salvo para quedarse a vivir en su destino. Hace doscientos años el viaje era una aventura de final incierto, cuyos tiempos no se medían en horas sino en semanas. Lo que vamos a ver hoy es la evolución de los tiempos de viaje a lo largo del siglo XIX en Estados Unidos, y cómo el país se fue haciendo cada vez más pequeño.

 USATravel1800 Tiempos de viaje estimados desde Nueva York, en 1800

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