Spomeniks, la Yugoslavia cósmica de hormigón

Suelen estar en mitad de ninguna parte. Enormes pedazos de hormigón en remotos campos de cultivo o colinas alejadas de cualquier lugar civilizado. Sus formas parecen sacadas de una película de ciencia ficción, y parecen algo que una civilización extraterrestre hubiera olvidado allí inadvertidamente. Los hay por todas las repúblicas de la antigua Yugoslavia. Para el ojo poco acostumbrado del visitante ocasional, simplemente no tienen sentido. Pero tienen un significado real y profundo, que combinado con su estética vanguardista inconfundible, los hacen fascinantes. Son los Spomeniks. La Yugoslavia cósmica de hormigón armado.

Monumento a la Revolución Popular de Moslavina, en Pódgaric, Croacia, y un señor ahí para hacer de escala

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España Bizarra: Capricho de Cotrina, el castillo alucinógeno que un albañil autodidacta construyó para su hija

En un rincón apartado de Extremadura hay una casa de campo absolutamente estupefaciente, como si Gaudí se hubiera metido un tripi después de ir a la sesión de noche del Sónar. Su autor no es un reputado estudio de arquitectura, sino un albañil autodidacta, don Francisco González Grajera, que cuando su hija le pidió que la casa de campo que iba a construir fuera especial, se sacó de la manga una fantasía de curvas, colores y trencadís. El Capricho de Cotrina

Esto no se lo ha inventado la IA

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Por qué está vacío el Flatiron, el icono más antiguo de Nueva York

En un lugar conocido como «la ciudad de los rascacielos», un edificio de 22 plantas no parece gran cosa, pero el Flatiron tiene su propio espacio en el imaginario neoyorquino, no sólo por ser el rascacielos más antiguo de la ciudad sino por su inconfundible forma y su estética Beaux Arts. Construido en 1902, automáticamente se convirtió en un icono de la ciudad no sólo entre los arquitectos sino para el público en general; durante los siguientes 117 años permaneció como una de las imágenes más reconocibles de la gran manzana, pero los últimos cuatro el edificio ha estado cubierto de andamios por fuera, y completamente vacío por dentro. ¿Por qué? A eso vamos.

El perpetrador de estas líneas, frente al edificio protagonista de hoy, en el verano de 2019, cuando ya estaba vacío. El edificio, digo. Yo estaba más bien rellenito.

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El puente que cruzó un océano para instalarse en medio del desierto

El Puente de Londres es una de las atracciones más conocidas de la capital británica. O bueno, en realidad no. Lo que un porcentaje elevadísimo de los turistas que visitan el lugar conocen como Puente de Londres (London Bridge) se llama en realidad Puente de la Torre (de Londres) (Tower Bridge). No se les puede culpar. La cantante Fergie, de los Black Eyed Peas, le dedicó una canción, y también usó el nombre incorrecto. Y hasta Google Imágenes tiene serios problemas para distinguir uno de otro. En realidad el Puente de Londres es una cosa de hormigón visualmente bastante anodina y normalita, 800 metros Támesis arriba del Tower Bridge. Pero el puente actual no es el primero con ese nombre. En el lugar donde se ubica ha habido puentes desde la época romana, una sucesión de estructuras a lo largo de los milenios de la que la actual, abierta al tráfico en 1973, es la última. ¿Y qué se hizo con el puente que ostentaba el nombre de London Bridge hasta entonces? Pues a eso íbamos: hoy en Fronteras, el Puente de Londres que acabó en Arizona.

This is NOT England

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Sathorn Unique, el rascacielos fantasma en el corazón de Bangkok

Las mejores vistas de Bangkok están en la Torre Sathorn Unique. Un rascacielos de cincuenta pisos con seiscientos apartamentos de lujo en pleno centro de la ciudad. A sus pies, decenas de locales comerciales para que se instalen las marcas más exclusivas del mundo. Sólo hay un pequeño problema: nadie ha llegado nunca a vivir allí. El edificio lleva 23 años abandonado, se cae a pedazos y es la atracción turística más disfuncional del país

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La última parada: las evanescentes áreas de descanso de las carreteras de EE.UU.

El viaje por carretera ocupa un lugar central dentro de la cultura popular norteamericana en el siglo XX. Como rito de paso al superar la adolescencia, por trabajo o simplemente como puro esparcimiento, desde los años cincuenta en adelante recorrer las inmensas distancias que cubren las carreteras de EE.UU. se convirtió en costumbre y a veces necesidad. A ello contribuyó mucho la creación del Sistema Interestatal de Carreteras impulsada por el presidente Eisenhower. Con las carreteras y los viajeros aparecieron algunos de los elementos más reconocibles de la cultura de carretera norteamericana: moteles, cafeterías, estaciones de servicio y, claro, áreas de descanso.

Organ, Nuevo México

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Las paradas de autobús, el secreto inesperado de las carreteras soviéticas

Cuando uno piensa en «arquitectura soviética» lo primero que le viene a la cabeza son grises y monótonos bloques de hormigón alineados como si fueran parte de un desfile norcoreano. Pero en la felizmente extinta URSS pueden encontrarse rincones donde la creatividad se desbordaba. No en grandes palacios de congresos o mastodónticos edificios gubernamentales sino en pequeñas marquesinas de autobús dispersas aquí y allá por todo el vasto territorio del imperio soviético. El fotógrafo canadiense Christopher Herwig descubrió este fascinante microcosmos viajando en bicicleta de Londres a San Petesburgo, allá por el año 2002. Durante la siguiente década recorrió más de treinta mil kilómetros en catorce países, de Estonia a Georgia y de Moldavia a Kirguistán, buscando esas pequeñas explosiones de imaginación en las cunetas de los caminos soviéticos.

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Gagra, Abjasia (Georgia)

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El Minarete de Jam, un faro en mitad de las montañas

Un remoto valle entre montañas de hasta 2.500 metros de altitud, en el corazón de Afganistán, esconde uno de los tesoros de la Humanidad más espectaculares y extraños que se conocen. El Minarete de Jam es una torre o alminar de ladrillo de nada menos que 65 metros de alto, situado en mitad de la nada, a decenas de kilómetros de la población más cercana. Es también una de las muestras más espectaculares de arte islámico oriental, y probablemente la más aislada. Fue descubierto para occidente en la década de los 80 del siglo XIX tras permanecer olvidado durante siglos y dado a conocer al resto del mundo a mediados del siglo XX por un equipo de arqueólogos franceses. Con casi un milenio de historia, el Minarete de Jam ha sobrevivido a guerras, revoluciones, terremotos y tempestades.

El Minarete de Jam, junto al río, entre las montañas

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Luces de neón

Cartel de Neón de un motel en Colorado Springs (fuente)

En los años posteriores a la II Guerra Mundial la cultura del coche se extendió como la pólvora por Estados Unidos. Entre 1945 y 1960 el número de automóviles se multiplicó por 3, pasando de 25 a 75 millones. Este aumento coincidió, lógicamente, con la expansión del Sistema Interestatal de Carreteras que impulsó el presidente Eisenhower, influido por el lobby de los fabricantes de automóviles. En un tiempo relativamente corto decenas de millones de personas tuvieron acceso a los viajes por carretera, y el transporte terrestre de mercancías abandonó el ferrocarril por los camiones. El coche, apoyado por campañas publicitarias y de marketing, se convirtió en un símbolo de libertad y de ascenso social. Simultáneamente, el nacimiento de la era espacial, inaugurada con los lanzamientos del Sputnik 1 soviético y del Explorer 1 americano, introdujo en la mentalidad americana de la época el concepto de un futuro brillantemente tecnológico. De ambas tendencias, la cultura del coche y la era espacial, nació la arquitectura Googie (también llamada Populuxe o Doo-Wap), caracterizada por lo rebuscado de sus formas y por el abuso del neón. Es la máxima representante de una época, veinte años (1945-1965), en la que la ciencia ficción conoció también su edad de oro y el futuro era casi cosa del pasado.

Bienvenido a Las Vegas, una de las creaciones Googie más conocidas.

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