El concepto de frontera tal y como lo conocemos hoy día es inherente al concepto de Estado-Nación: una línea finísima que señaliza dónde empieza el poder de un gobierno y termina el de otro. En todo el planeta hay un cuarto de millón de kilómetros de fronteras; la cifra exacta depende de qué consideremos país y por tanto de cuántos países creamos que hay en el mundo. Y de esos doscientos cincuenta mil kilómetros de límites internacionales hay uno, y sólo uno, que supone un 0,00006% del total. 156 metros de límite entre Botsuana y Zambia. Hoy, en Fronteras, el puente de Kazungula, la frontera más corta del mundo.
Elige tu propia aventura. Zambia, Zimbabue, Namibia o Pizza (fuente)
La frase de Churchill sobre la excesiva capacidad de los Balcanes de generar historia acaba llevándome siempre a un puente en Sarajevo. La capital bosnia acumula tanta historia que en uno de sus puentes se inició la primera guerra mundial y ni siquiera es el puente con más historia de la ciudad. Ese honor lo tiene otro a pocos kilómetros de allí, el lugar donde empezó y terminó la guerra de Bosnia. El puente de Suada y Olga.
El único escritor Yugoslavo que ha recibido el Premio Nobel de literatura es Ivo Andrić, galardonado en 1961 en una ceremonia en la que, según se supo más tarde, se impuso entre otros a J.R.R. Tolkien y a John Steinbeck, ganador al año siguiente. Andric nació en Croacia, pero se crió en Sarajevo y vivió la mayor parte de su vida adulta en Belgrado. De hecho, se identificaba cono serbio y su obra fue proscrita por el gobierno croata durante la guerra y los primeros años de independencia. Su novela más famosa, Un puente sobre el Drina, trata, claro, de la convivencia y las divisiones entre musulmanes y cristianos, simbolizadas en el Puente Puente Mehmed Paša Sokolović, que cruza el Drina en Visegrado. Pocos países tienen tan marcada su historia por su geografía como Bosnia, específicamente por dos de sus ríos, el Drina y el Neretva, que abren valles en la geografía terriblemente montañosa del país y que son históricamente fronteras entre culturas, lenguas, religiones y alfabetos. Así que alquilé un coche y me fui a recorrerlos.
Mi edificio favorito de Bosnia y Herzegovina es la Mezquita de Serefundin, en Visoko, a unos 30 kilómetros de Sarajevo, el único ejemplo conocido de mezquita brutalista. Eso sí que es mezclar tradición y modernidad
El canto de los muecines me despertó en plena noche. Miré el reloj del móvil: las cuatro y media de la mañana. No son horas, pensé. Pero aún así salí a la terraza, todavía en pijama, para escuchar la primera llamada al rezo del día. Desde el balcón de mi apartamento se divisaba buena parte de la ciudad, a esas horas todavía sumida en las tinieblas previas al alba. Entre las luces de las colinas destacaban los alminares desde los que me llegaban los versos del corán. Sarajevo tiene un lugar en la memoria colectiva europea, y también en la mía personal, desde que las imágenes del asedio llenaron los telediarios del continente a principios de los años noventa. Han pasado más de treinta años desde entonces, y las heridas no sólo no han cicatrizado; ni siquiera han llegado a cerrarse del todo.
Sarajevo desde lo alto del Teleférico de la ciudad
Durante el viaje a Japón que hice el año pasado llamaba cada noche a mis hijos para preguntarles por su día y contarles mis andanzas. Las nueve horas de diferencia horaria hacían que cuando yo les explicaba lo que íbamos a hacer al día siguiente, para ellos se tratara de algo que iba a suceder por la noche del mismo día. La pregunta «¿Qué día es hoy?» tiene dos respuestas posibles dependiendo de en qué lado de la Línea Internacional de Cambio de Fecha se encuentre uno, pero durante dos horas al día, las respuestas posibles no son dos, sino tres. ¿Por qué? Por Kiribati.
Kiribati es invisible en el mapa pero forja sus límites. Especialmente los cronológicos
La mayoría de las fronteras del planeta se han establecido a través de guerras, y la que hoy nos ocupa no es una excepción. Ahora bien, esta guerra no fue una guerra convencional. No hubo bajas, ni heridos, ni nadie disparó una sola arma. Fue una guerra incruenta que se libró a base de botellas de licor, y cuyo resultado es la frontera más al norte y más joven del mundo, la terccera más corta, pero sobre todo la más absurda y la mejor. Hoy, en Fronteras, la Isla de Hans: la frontera terrestre entre Canadá y Dinamarca.
Los siete guardianes vieron como el barco se marchaba con el resto del personal que había trabajado en la isla con ellos durante los últimos meses. Se quedaban al cuidado de un peñasco minúsculo en mitad del Océano Índico, a miles de kilómetros de cualquier lugar habitado, con la idea de preparar las instalaciones, ahora vacías, para el largo invierno austral. Era marzo de 1930, y les dijeron que en un par de meses regresarían a por ellos. Pero no lo hicieron. Los siete guardianes quedaron abandonados a su suerte en mitad de la más absoluta de las nadas. Hoy en Fronteras: Los Olvidados de la Isla de San Pablo.
El 29 de septiembre de 1707 una flota de quince barcos partió de Gibraltar con destino a Plymouth. Después de tres semanas de viaje se encontraban a las puertas del Canal de la Mancha; el tiempo empeoró a toda velocidad, convirtiéndose en una sucesión de tempestades con ráfagas de viento impredecibles y una visibilidad prácticamente nula. El 22 de octubre se produjo el desastre. Cuatro barcos de guerra se estrellaron contra los esal sur de las Islas Sorlingas y se hundieron con toda su tripulación. Mil quinientos marinos se ahogaron en el lugar, que se convirtió en el escenario de la segunda peor catástrofe de la marina británica hasta entonces. Para evitar que aquello volviera a suceder, la monarquía decidió que en aquellas rocas inhóspitas, remotas y solitarias tendría que construirse un faro. El faro más aislado del mundo.
En los años del cambio de siglo Viena era lo que podríamos llamar the place to be, el lugar en el que había que estar para ser alguien en cualquier campo. En la ciudad estuvieron viviendo Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, los compositores Johann Strauss y Gustav Mahler, los pintores Gustav Klimt y Oskar Kokoschka, y también tres figuras claves en la historia del siglo XX: Hitler, Stalin y Trotski. En medio del florecimiento cultural, filosófico y político que se dio en la capital del Imperio Austrohúngaro en los años anteriores a la primera guerra mundial, no es de extrañar que naciera también un estilo artístico y arquitectónico propio: la Secesión; la variante austríaca del modernismo que conquistó Europa durante la Belle Epoque. Sin embargo, el edificio más bonito de la ciudad no es un palacio, ni la ópera, ni la residencia de algún burgués. Ni siquiera el café donde Franz Sacher inventó la tarta que lleva su nombre. La construcción más singular de la antigua capital de un imperio es de lo más prosaico: una incineradora de basuras.
Prometo que eso es lo que digo que es y no un castillo de Disneylandia
Hay estaciones de ferrocarril que dan servicio a grandes ciudades y reciben cientos de millones de pasajeros cada año. Por debajo de ellas en la pirámide de importancia están las estaciones que dan servicio a pequeñas ciudades, a suburbios, o a pueblos. En algunos lugares hay apeaderos remotos que únicamente sirven para que los habitantes de caseríos dispersos por el monte puedan subirse al tren sin necesidad de ir al pueblo más próximo. Y luego ya está Seiryu Miharashi, una estación de tren cuya única razón de existir es la propia estación de tren: no existe ninguna manera de llegar hasta ella que no sea precisamente en tren. Es la estación autocontenida. La metaestación. Una estación de tren más filosófica que práctica.