Viaje a Sarajevo, la capital dividida de un país casi irreconciliable

El canto de los muecines me despertó en plena noche. Miré el reloj del móvil: las cuatro y media de la mañana. No son horas, pensé. Pero aún así salí a la terraza, todavía en pijama, para escuchar la primera llamada al rezo del día. Desde el balcón de mi apartamento se divisaba buena parte de la ciudad, a esas horas todavía sumida en las tinieblas previas al alba. Entre las luces de las colinas destacaban los alminares desde los que me llegaban los versos del corán. Sarajevo tiene un lugar en la memoria colectiva europea, y también en la mía personal, desde que las imágenes del asedio llenaron los telediarios del continente a principios de los años noventa. Han pasado más de treinta años desde entonces, y las heridas no sólo no han cicatrizado; ni siquiera han llegado a cerrarse del todo.

Sarajevo desde lo alto del Teleférico de la ciudad

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La frontera más joven y absurda del mundo es también la mejor

La mayoría de las fronteras del planeta se han establecido a través de guerras, y la que hoy nos ocupa no es una excepción. Ahora bien, esta guerra no fue una guerra convencional. No hubo bajas, ni heridos, ni nadie disparó una sola arma. Fue una guerra incruenta que se libró a base de botellas de licor, y cuyo resultado es la frontera más al norte y más joven del mundo, la terccera más corta, pero sobre todo la más absurda y la mejor. Hoy, en Fronteras, la Isla de Hans: la frontera terrestre entre Canadá y Dinamarca.

La increíblemente aburrida Isla de Hans (WP)

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El día que nos detuvo el ejército armenio, nos interrogaron durante horas sus servicios secretos y nos salvó el Real Madrid (Crónicas Caucásicas, 7)

«Tenéis suerte de que no os pegaran un tiro». Así resumió el coronel armenio la situación. Llevábamos seis horas en su despacho del cuartel, interrogados incesantemente por dos agentes de la policía secreta y unos cuantos oficiales de diversos rangos, desde el teniente que nos hacía de traductor hasta el general que llegó a última hora para aportar su granito de arena al surrealismo del trance. Para entonces estábamos física y mentalmente agotados por la incertidumbre acerca de nuestro futuro inmediato y por el larguísimo interrogatorio, que incluyó la revisión inmisericorde de los chats de WhatsApp y las galerías de fotos de nuestros móviles. Para entender cómo habíamos llegado hasta allí tendremos que recordar la regla número uno del viajero: no te acerques a las zonas fronterizas de dos países que están técnicamente en guerra. Y si lo haces, procura no hacer fotos con teleobjetivo.

El terraplén inane que nos costó un disgusto. Al otro lado está Azerbaiyán

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El Monte Ararat y la tragedia simbólica de Armenia (Crónicas Caucásicas, 6)

El texto de hoy corre a cargo de Christian Macías, veteranísimo lector de este blog pese a su insultante juventud, que con el transcurso de los años (y ya casi de las décadas) se ha convertido en compañero de viaje y amigo.  

El primer cambio que notamos cuando viajamos de Georgia hacia a Armenia es que este país es considerablemente más montañoso. Salvo por la primera jornada, las cumbres y valles nevados del centro y oeste del país fueron siempre el paisaje durante nuestra aventura de cuatro días. Llegamos a las 6:30 de la mañana a Ereván luego de un viaje de 10 horas en tren desde Tiflis. La capital armenia nos recibió con unos agradables nueve grados bajo cero y, tan pronto como salimos de la estación, intentamos procurarnos -sin éxito- un lugar donde ponernos a resguardo y desayunar, engañados por las luces extravagantes de gasolineras y máquinas expendedoras de café que, con sus letreros escritos en armenio y ruso, rompían la monotonía postsoviética de esta zona de la ciudad. Luego de encontrar la entrada hacia el metro (donde está prohibido tomar fotos, regla que obviamente violamos, en promedio, cada 30 segundos), nos dirigimos hacia el centro en búsqueda -ya desesperada- de alimentos y un lugar definitivo para hacer tiempo hasta que abriera la agencia de alquiler que nos daría nuestro nuevo transporte: un mítico y hermoso Lada Niva. Una vez montados en semejante insignia soviética rodante -fabricada en 2024 pero con los mismos estándares de seguridad que en 1982-, salimos de Ereván rumbo hacia el sur para conocer de cerca el mayor y más famoso símbolo natural del país: el monte Ararat.

Una estación de servicio nos deslumbra a las 6 de la mañana junto a la estación de ferrocarril Ereván. Más tarde descubriríamos que es así en todo el país
Presumiendo con Diego de nuestro Lada Niva sin conocer todavía las cantidades absurdas de combustible que consume cuando circula a su velocidad máxima: 100 kilómetros por hora

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Oradea, Szeged, Subotica: Viaje al triángulo modernista de los Balcanes

En mitad de un anodino prado de Europa del Este se alza un monumento de piedra blanca de dos metros y medio de altura. La parte superior tiene tres caras, y en cada una de ellas se puede ver un escudo y una fecha: 4 de junio de 1920. Ese día en particular y a mil quinientos kilómetros de allí, en París, se firmó el Tratado de Trianon, que tras la I Guerra Mundial dividió el Reino de Hungría en varios pedazos, dos de los cuales fueron entregados a Rumanía y Serbia. Los escudos de los dos países, junto con el de la propia Hungría, son los que adornan el monumento, conocido como Triplex Confinium y que indica el punto exacto donde las tres fronteras se cruzan. Tres milllones de húngaros quedaron fuera de las fronteras del reino de Hungría en 1920, y hoy sus descendientes se extienden por Transilvania en Rumanía y por Vojvodina en Serbia. La huella del Reino de Hungría no sólo permanece en la lengua y la cultura, también en la expresión artística. Cien años después de aquel tratado, tres ciudades en un radio de tres horas de viaje en coche comparten urbanismo y arquitectura, en una unidad separada por la geografía pero cohesionada por el arte. Concretamente, el art-nouveau.

Trifinio entre Hungría, Serbia y Rumanía, visto desde este último país

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El tren del hierro de Mauritania y la paradoja del turismo extremo

«Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo; lleno de aventuras y experiencias». Así comienza uno de los poemas más conocidos del griego Konstantin Kavafis, un canto a la vida como viaje y experiencia, y el origen más citado del aforismo que reza que lo importante no es el  destino sino el viaje. Para aquellos que comulgan con los versos del poeta helénico (Pide que el camino sea largo) existe un aventura que es el epítome del viaje como fin y no como medio. El Tren del Hierro de Mauritania, un recorrido de 700 kilómetros a lo largo de una interminable sucesión de nada en absoluto cuyo origen y destino son muy a menudo completamente irrelevantes para los viajeros.

Choo Choo Motherfuckers (Ateker)

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El día que vimos Osetia del Sur (Crónicas caucásicas, 4)

Parte 1 | Parte 2 | Parte 3 | Parte 5

Las recomendaciones de viaje del Ministerio de Exteriores son útiles para saber qué no hay que hacer en según que sitios. Por ejemplo, no se puede llevar chicle a Singapur, conejos a Australia o jamón cinco jotas a las Maldivas. En el caso de Georgia, indicaban dos cosas: una, no ir a manifestaciones políticas (oops) y dos, no acercarse ni de broma a la línea de control entre el país y la República de Osetia del Sur. Hay minas, soldados rusos, paramilitares y cosas malas en general. Así que ahí estábamos Christian y yo, después de meter el coche de alquiler por caminos que harían marearse a una cabra, exactamente junto al alambre de espino de la frontera, haciéndonos selfis. Porque el irresponsable se hace, pero idiota se nace.

Esto es la Osetia, oiga

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El edificio de oficinas en el que enviar una carta de una sala a otra requiere franqueo internacional

A un lado de la puerta principal del Eurode Business Center hay un buzón amarillo de la Deutsche Post. Al otro lado, a no más de tres metros de distancia, una caja anaranjada de PostNL. Cada uno de los buzones está, claro, en su país. La frontera entre Alemania y los Países Bajos discurre equidistante de ambos, exactamente por el centro de la puerta de entrada al edificio, pero también la rotonda ante él, y toda la calle que lleva hasta allí. A un lado está Herzogenrath, en Renania del Norte, al otro Kerkrade, en Limburgo. Originalmente eran un solo pueblo pero los avatares de la historia lo convirtieron en dos, y con el paso de las décadas y los siglos volvieron a ser una única localidad, aunque en dos países diferentes. Antes de que el tratado de Schengen borrara las fronteras europeas, ellos ya habían hecho lo propio con la que les dividía, y se habían renombrado para un futuro de unión: Eurode, el primer pueblo transnacional de Europa.

Buzones neerlandés y alemán en la puerta del Eurode Business Center (fuente)

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Schengen, contigo empezó todo

Como les sucede a todos los padres del mundo, a veces hablando con mis hijos me preguntan cómo era la vida cuando yo tenía su edad, algo que sucedió en la primera mitad de los noventa. Han pasado muchas cosas en el mundo desde aquella época; para empezar la ONU tiene dos docenas de miembros más. El cambio más obvio de todos es el cacharro con el que estás leyendo estas líneas. A principios de los noventa ya existían tanto Internet como la telefonía móvil, pero ambas tecnologías estaban muy restringidas incluso en el país más avanzado del mundo por entonces, Estados Unidos. La explosión de ambas en los veinte años que siguieron al colapso de la Unión Soviética han tenido un impacto en el mundo que sólo podrá ser valorado por los historiadores de finales del siglo XXI. La otra diferencia obvia en la vida de un europeo treinta años después del suicidio de Kurt Cobain es, claro, Schengen.

Banderas de los 29 países que forman parte del Espacio Schengen, en el pueblo luxemburgués del mismo nombre. En la otra orilla del río, Alemania, y cien metros más a la derecha se encuentra Francia

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Valga y Valka, el pueblo dividido por una letra y una frontera (Crónicas Bálticas, 3)

Capítulo 1 | Capítulo 2

El museo municipal de Valga es un divertidísimo compendio de maniquís con ropa vieja representando la historia del pueblo. Según nos informó el reloj del coche, la temperatura en el exterior oscilaba entre los muchos y los demasiados grados bajo cero, y en los dos pisos del edificio se estaba tan maravillosamente calentito que no teníamos intención de salir pese a lo bizarro de la exposición. Un rato antes habíamos estado triscando por la nieve buscando postes de madera de colores y charlando con un adolescente asomado a la ventana del segundo piso de un commieblock gris como el cielo invernal de Estonia. Todo esto lo hicimos por una razón: la frontera, que parte en dos el pueblo y deja al otro lado la otra mitad, llamada Valka (Letonia). El lema de ambas ciudades es: «Un pueblo, dos países».

Colosal representación de una escena histórica en el Museo Municipal de Valga (Estonia)

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