Cuando Carl Cox lo hizo en la nochevieja de 1999 los vuelos que cruzaban la línea de cambio de fecha eran pocos, y menos aún los que lo hacían la última noche del año, pero en el cuarto de siglo que ha pasado desde entonces el tráfico aéreo internacional se ha multiplicado por cuatro, y ahora los vuelos que despegan un día para aterrizar el día anterior son una ocurrencia cotidiana. Y en la nochevieja de 2025 tenemos nada menos que dos docenas de vuelos que despegarán el 1 de enero de 2026 y aterrizarán a tiempo de comerse las uvas una segunda vez. Y son estos:
El día de Navidad es festivo en más de ciento cincuenta países, ya sea en su versión gregoriana (el 25 de diciembre) o juliana (el 7 de enero, en los países de mayoría Ortodoxa donde la iglesia sigue usando el calendario juliano). En muchos de los países donde se celebra la Navidad los cristianos son una minoría, como sucede en Irak, la India, Indonesia, Egipto, Corea del Sur o Kazajistán. En otros lugares no es festivo pero las comunidades cristianas locales lo celebran igualmente tanto en sus casas como en la calle. Y luego están los lugares donde la Navidad está prohibida, países enteros donde hasta El Grinch se escandalizaría por el trato que se le otorga. Los lugares donde la Navidad perdió la batalla.
A orillas del estrecho de Malaca, donde se junta con el breve brazo de mar que separa Malasia de Singapur, se alza una isla artificial. En ella crecen los rascacielos como setas en el bosque después de una tormenta, formando un farallón de cemento de cien metros de altura que se alza de forma casi amenazadora sobre el mar. Una ciudad pensada para alojar tres cuartos de millón de habitantes y que, diez años después de su concepción, permanece casi completamente vacía. Torres, edificios, casas, tiendas, prácticamente todo lo que hay en Forest City son cáscaras huecas a la espera de tiempos mejores. Hoy en Fronteras, la ciudad fantasma más cara del mundo.
El material del que están hechas las pesadillas (Yes Theory)
Julio de 1996. Hassanal Bolkiah cumple cincuenta años y decide darse un homenaje. En el aeropuerto de Bandar Seri Begawán aterriza un jet privado. De él se baja nada menos que Michael Jackson. Esa noche dará un concierto para el sultán, sus amigos, su familia y miles de ciudadanos escogidos cuidadosamente. El concierto es gratuíto, un regalo de cumpleaños del soberano para sus súbditos, pero el rey del pop no actúa precisamente por amor al arte. Su tarifa asciende a diecisiete millones de dólares. ¿Es mucho dinero? Habría que sumarle lo que cuesta construir un recinto con capacidad para miles de personas: el lugar donde se celebró el evento fue levantado específicamente para la ocasión. Es sólo una de las muchas excentricidades del Sultán de Brunéi, uno de los últimos monarcas absolutos del mundo, que dirige uno de los países más raros de la Tierra, y goza de una de las fortunas más grandes de la humanidad.
El nombre completo del país es Negara Brunei Darussalam, y el de su capital Bandar Seri Begawan. La pesadilla de las clases de geografía del instituto (PN)
La caída de la URSS y la consiguiente descolonización de todos los territorios que habían permanecido bajo el dominio de Moscú durante siete décadas no se hizo de manera precisamente pacífica. Decenas de conflictos y guerras aparecieron por doquier, en buena parte alimentados por el trazado arbitrario de muchas fronteras durante los años de ocupación soviética, pensado no para facilitar la convivencia o la administración, sino para hacer más sencillo el dominio del territorio y la población por parte de las autoridades. Uno de los lugares donde más fácil de percibir esto es en el Valle de Ferganá, donde se encuentran, se retuercen y se entrelazan las fronteras de tres antiguas repúblicas soviéticas: Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán.
Mapa de las fronteras en la zona del valle de Ferganá; el término técnico anglosajón en ciencia geográfica para esto es «What the actual flying fuck» (Wikiimedia Commons)
En un rincón desértico de la Península Arábiga hay un agujero en el suelo. No parece un dato especialmente interesante, pero lo es. No es un boquete común, ni un pozo petrolífero; es un crater enorme, de treinta metros de ancho, y es tan profundo que hasta hace bien poco nadie había visto su fondo, pese a que lleva millones de años en el mismo sitio. Nada de lo que entra puede volver a salir salvo que tenga alas, y su existencia ha generado todo tipo de leyendas en los alrededores, y no es de extrañar: es tan remoto, tan profundo y tan complejo que nadie lo exploró en su totalidad hasta nada menos que 2021. Hoy en Fronteras, el Pozo del Infierno de Yemen.
Este es uno de los vídeos más espectaculares que jamás haya visto en el Tubo. Todo el recorrido que se sigue para coronar el Monte Everest, desde los 5.300 metros de altitud del campamento base hasta los 8.848 metros de la cima más alta de la Tierra. Es el único vídeo que he visto que de verdad da una idea de la absoluta salvajada que supone escalar la montaña más alta del mundo, a través de glaciares, collados, cornisas y laderas cubiertas de hielo y nieve todo el año. Un cuarto de hora de imágenes mágicas que transportan al espectador a un lugar al que, seamos sinceros, ninguno de nosotros irá jamás. Súbete el Everest sin ni siquiera levantarte de la silla una perezosa mañana de sábado. Recomendadísimos los auriculares y, si es posible, verlo en una pantalla de verdad, no la del móvil. Levanta de la cama ya, vago.
Una búsqueda en Google con el título de esta anotación nos ofrece una respuesta bastante clara: la isla con mayor densidad de población del planeta es Santa Cruz del Islote, una isla artificial frente a las costas de Colombia donde hasta 1.200 personas se hacinan en una superficie de una héctárea. Esta historia iba a ser sobre esa isla. Pero en seguida me percaté de que hay varios problemas. El primero, que la población de Santa Cruz no es de 1.200 personas. Según el último censo (2020), Santa Cruz del Islote tiene 779 habitantes, y la cifra de más de mil personas parece provenir de los guías turísticos, que la usan como reclamo para llevar allí cantidades ingentes de turistas. Y el segundo problema es que su superficie no es de una hectárea, sino de algo más: unos 12.100 metros cuadrados (1,21 hectáreas). Así pues, Santa Cruz del Islote tiene una densidad de población de exactamente 64.380 habitantes por kilómetro cuadrado. Elevadísima, pero poco más de la mitad de lo que se afirma. Entonces, ¿cuál es la isla con mayor densidad de población? Bien. Responder a esa pregunta no sólo no es fácil sino que me ha llevado a meterme en una madriguera de conejo de mediciones de mapas, verificaciones de tablas y consulta de archivos oficiales en idiomas incomprensibles. Y todo empieza, también, en el Caribe. Concretamente en Haití. Acompáñame, lector, en este viaje al fondo de la demografía extrema.
Los siete guardianes vieron como el barco se marchaba con el resto del personal que había trabajado en la isla con ellos durante los últimos meses. Se quedaban al cuidado de un peñasco minúsculo en mitad del Océano Índico, a miles de kilómetros de cualquier lugar habitado, con la idea de preparar las instalaciones, ahora vacías, para el largo invierno austral. Era marzo de 1930, y les dijeron que en un par de meses regresarían a por ellos. Pero no lo hicieron. Los siete guardianes quedaron abandonados a su suerte en mitad de la más absoluta de las nadas. Hoy en Fronteras: Los Olvidados de la Isla de San Pablo.
Hay estaciones de ferrocarril que dan servicio a grandes ciudades y reciben cientos de millones de pasajeros cada año. Por debajo de ellas en la pirámide de importancia están las estaciones que dan servicio a pequeñas ciudades, a suburbios, o a pueblos. En algunos lugares hay apeaderos remotos que únicamente sirven para que los habitantes de caseríos dispersos por el monte puedan subirse al tren sin necesidad de ir al pueblo más próximo. Y luego ya está Seiryu Miharashi, una estación de tren cuya única razón de existir es la propia estación de tren: no existe ninguna manera de llegar hasta ella que no sea precisamente en tren. Es la estación autocontenida. La metaestación. Una estación de tren más filosófica que práctica.