Casey, el pequeño pueblo de las cosas grandes

El road trip, el largo viaje por carretera por placer u obligación, es un invento norteamericano; aunque en 1913 se estableció la primera carretera transcontinental (la Lincoln Highway), no fue hasta los años 3o cuando comenzó a ser posible viajar de forma relativamente rápida (menos de dos semanas) entre ambas costas, y hasta después de la II Guerra Mundial cuando el concepto se popularizó. Entre 1945 y 1960 el número de automóviles circulando por las carreteras de Estados Unidos se multiplicó por tres, pasando de 25 a 75 millones, y en una época en la que el Sistema de Interestatales no existía o estaba todavía en pañales, la mayoría de las carreteras  eran de un carril por sentido y cruzaban el downtown de pueblos y ciudades. Muchos lugares intentaron agarrar su parte del pastel del incipiente turismo instalando todo tipo de atracciones que llamaran la atención del viajero para así animarle a detenerse un rato y dejarse unos dólares. Así aparecieron lo que en inglés llaman Roadside Attractions o iconos de carretera, esculturas, edificios, muñecos gigantes o cualquier cosa que haga que el señor y la señora Smith detengan su coche, liberen a los niños del asiento trasero y se dejen unos pocos billetes allí. Si hay un lugar donde esa clase de expresión artística profundamente kitsch ha alcanzado su máxima expresión es Casey, Illinois.

La mecedora más grande del mundo junto a carteles indicadores del resto de récords mundiales (fuente)

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33 días recorriendo Estados Unidos. Y bailando

Hace unos meses que Rafa recogió un guante que lancé a los escasos pero aún así inmerecidos lectores de este blog y me envió un vídeo de esos que gustan tanto por estos lares. La familia Pérez-Cerdá pasó 33 días recorriendo Estados Unidos y Canadá y bailando en cada lugar emblemático que se les pusiera por delante. Al final, y al ritmo de América de los Imagine Dragons, quedó un recorrido de cuatro minutos por todos esos lugares que conocemos de películas y documentales y que, bueno, nos gustaría visitar. Hoy es viernes, estamos en pleno verano y desde aquí os deseo que estas vacaciones os traigan viajes con la gente que queréis. Feliz fin de semana.

America, Youtube, 4:28

¿No tienes un dique seco a mano? Te prestamos un barco para que subas encima tu crucero de 300 metros de eslora

El BOKA Vanguard es un buque semisumergible especializado en transporte de grandes cargas. Se suele usar, como la mayor parte de los de su clase, para transportar plataformas petrolíferas desde el dique seco donde se construyen hasta su ubicación sobre el depósito de petróleo o gas natural correspondiente. Lo que lo hace especial es que es el más grande de su tipo jamás construido: 275 metros de eslora, 80 de manga y 110.000 toneladas de desplazamiento, que vienen a ser lo que pesan la Torre Picasso, noventa mil Volkswagen Golf o la totalidad de la población de la ciudad de Barcelona, por hacer comparaciones enloquecidas. El pasado sábado el Vanguard sirvió de dique seco al Carnival Vista, un crucero de 325 metros de eslora de la Carnival Cruise Line basado en Galveston, Texas, y que suele hacer rutas caribeñas de una semana visitando lugares como Aruba o Jamaica.

Boka Vanguard loading Carnival Vista (Royal Boskalis)

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El tratado internacional en vigor más antiguo de Europa: El tributo de las tres vacas

Cada trece de julio se repite el ritual. Tres alcaldes españoles se acercan al hito número 262 de la frontera francoespañola, en un lugar llamado Collado de Ernaz. Su indumentaria, para el profano, es notablemente chapada a la antigua. Capote, valona, calzón corto y sombrero. En la piedra limítrofe les esperan tres alcaldes franceses, también vestidos con sus mejores galas y con una banda tricolor cruzada sobre el pecho. Los seis mandatarios superponen sus manos sobre en pesado mojón, alternándose los regidores de uno y otro país. Al finalizar gritan Pax avant!. Paz en adelante. Más de seiscientos años después de la primera vez, bearneses y roncaleses acaban de cumplir una vez más con el ritual anual que preserva la paz entre sus valles. Es el Tributo de las Tres Vacas, el tratado transfronterizo más antiguo de Europa.

Alcaldes y alcaldesas de ambos lados de la frontera sellan la renovación del Tributo en 2015 (Diario de Navarra)

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Vennbahn, el carril bici belga que parte Alemania en dos

Las fronteras son las cicatrices que la Historia deja sobre la piel de la tierra“. En pocos lugares esa frase del actual ministro de Exteriores español se cumple tanto como en Europa, donde cada frontera ha sido desplazada varias veces al coste de miles de vidas por cada kilómetro arriba o abajo. Hay ocasiones en las que el concepto de frontera como cicatriz es todavía más visible: un costurón de decenas de kilómetros de largo que parte un país en varios trozos, heredado de un conflicto de hace cien años. Pero como el mundo y la historia evolucionan, sobre esa cicatriz tallada con la sangre de miles de soldados hoy pasean familias con niños en bicicleta o patinando. Hoy en Fronteras visitamos el Vennbahn, una antigua vía férrea reconvertida en carril bici que pertenece a Bélgica, incluso en los más de veinte kilómetros que recorre dentro de Alemania.

El carril asfaltado y la parte plana a ambos lados del mismo son territorio belga. El bosque a ambos lados, Alemania. Así durante más de veinte kilómetros. Lo normal.

Nótese la doble frontera en Google Maps. Haciendo zoom se puede comprobar lo exiguo del territorio belga a lo largo de todo el carril bici

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Las fascinantes cartas náuticas de ramas de las Islas Marshall

Las primeras embarcaciones creadas por el ser humano probablemente fueron precarias balsas de madera botadas en los ríos Tigris y Eúfrates hará unos diez mil años. Durante los siguientes noventa siglos la navegación fue mejorando muy lentamente, sin alejarse nunca de la costa, hasta que los navegantes fenicios decidieron salir a mar abierto guiándose por la posición del sol y las estrellas. Sin embargo, y hasta milenio y medio más tarde, cuando comenzó la era de los descubrimientos, casi toda la navegación comercial y de guerra siguió siendo de cabotaje, al menos en Europa. Entre dos puertos cualesquiera del Mediterráneo siempre había una costa que seguir. Pero en otros lugares del mundo la cosa no era tan sencilla. En lo que hoy llamamos región de Micronesia no existía una costa que sirviera de guía y ancla entre un puerto y el más cercano, sino que estaban separados por decenas, cuando no cientos de kilómetros de alta mar; los treinta atolones de las Islas Marshall se extienden por dos millones de kilómetros cuadrados de mar, casi la superficie del Mediterráneo, pero con apenas un par de cientos de kilómetros de costa. Sin los instrumentos que se usaban en el Mediterráneo desde la antigüedad y hasta la edad moderna (astrolabios, cuadrantes, brújulas, cosas así), y sin cartas náuticas, ¿cómo se las apañaron para viajar de una isla a otra y mantener el comercio y el intercambio durante milenios? La respuesta o al menos parte de ella está hecha de pequeños palos de madera y conchas. Los mapas de ramas de las Islas Marshall.

Carta náutica heha con palitos y conchas marinas (National Geographic)

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