Cruzar la frontera

La ruta me llevaba, a veces, a aldeas cercanas a alguna frontera. Pero no muy a menudo, pues a medida que uno se aproximaba a la frontera, la tierra se volvía cada vez más desierta y menguaban las posibilidades de toparse con personas. Aquel vacío acentuaba el misterio de aquellos lugares. También me llamó la atención el silencio que reinaba en las zonas fronterizas. Aquel misterio unido al silencio me atraía y me intrigaba. Me sentía tentado a asomarme al otro lado, a ver qué había allí. Me preguntaba qué sensación se experimentaba al cruzar la frontera. ¿Qué sentía uno? ¿En qué pensaba? Debía de tratarse de un momento de gran emoción, de turbación, de tensión. ¿Cómo era ese otro lado? Seguro que diferente. Pero, ¿qué significaba “diferente”? ¿Qué aspecto tenía? ¿A qué se parecía? ¿Y si no se parecía a nada de lo que yo conocía y, por lo tanto, era algo incomprensible e inimaginable? Pero en el fondo, mi más ardiente deseo, mi anhelo tentador y torturador que no me dejaba tranquilo, era de lo más modesto, pues lo único que me intrigaba era ese instante concreto, ese paso, ese acto básico que encierra la expresión de cruzar la frontera. Cruzarla y volver enseguida, con eso –pensaba– me bastaría, saciaría esa inexplicable y, sin embargo, cuán acuciante sed psicológica.

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Ryzsyard Kapuściński. Viajes con Herodoto. Del primer capítulo: Cruzar la frontera.

La fotografía está tomada en la ciudad polaca de Slubice, frente a la alemana de Fráncfort del Óder, y se la debemos a despod.

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En la frontera

El programa Callejeros, de la cadena de televisión española Cuatro, emitió ayer la repetición de un reportaje sobre las fronteras españolas. Lugares ya mencionados por aquí como la verja de Melilla o el pueblo dividido de El Pertús desfilan por la pantalla. El vídeo está dividido en cuatro partes, y dura en total algo más de media hora. Que lo disfruten.

(Advertencia: partes del reportaje no son recomendadas para menores, y, sobre todo, no deben verse desde el trabajo).

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Los enclaves de Liechtenstein

800px-flag_of_liechtensteinsvgLiechtenstein es un país curioso. Además de ser, por extensión, el sexto estado más pequeño del mundo (por población es el séptimo), es una de las dos únicas naciones cuyo nombre procede directamente de la casa gobernante (la otra es Arabia Saudí). A su vez, la Dinastía Liechtenstein toma su nombre de un castillo situado al sur de Viena. También es uno de los dos únicos países doblemente sin litoral, es decir, que, sin tener salida al mar, únicamente tienen fronteras con otros países en la misma situación (Austria y Suiza). Su sistema político también tiene su aquel. Oficialmente una monarquía parlamentaria, como España o los Países Bajos, en Liechtenstein el Príncipe Hans Adam II tiene el poder de, entre otras cosas, disolver el parlamento, convocar elecciones o vetar leyes emanadas de aquel. Curiosamente, estos poderes se le otorgaron mediante un referéndum, realizado en 2003, con el apoyo de dos terceras partes de la población. La consulta fue celebrada bajo la amenaza de la familia real de marcharse del país (junto con su fortuna de 4.000 millones de euros) si el pueblo no apoyaba la reforma. Otro referéndum, esta vez celebrado en 1984, sirvió para que los hombres les dieran el derecho a voto a las mujeres.

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Frontera entre Austria y Liechtenstein, vista desde Austria. © Ian Kellman, 2003. En el año 2006 las autoridades del principado midieron las fronteras y descubrieron que el país era medio kilómetro cuadrado más grande de lo que se pensaba. No es mucho, pero proporcionalmente es como si España ganara 1.500 kilómetros cuadrados de la noche a la mañana.

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Ciudades divididas: Le Perthus y Els Limits

Aparcar el coche en Francia y bajar de él en España. Ese podría ser el título de esta entrada, y es perfectamente posible hacerlo si uno viaja al pequeño pueblo fronterizo de Le Perthus (El Pertús en catalán y castellano), que comparte la calle principal con el pueblo de Els Limits (Los Límites, en castellano), oficialmente un barrio del pueblo gerundense de La Junquera, a unos 180 kilómetros de Barcelona. La división de ambos pueblos es tal que la calle mayor de El Pertús se encuentra partida en dos. Los edificios situados en el lado occidental de la calle se encuentran en la Avenue de France, mientras que los del lado oriental tienen como dirección postal la Avinguda de Catalunya. En una acera se encuentran bancos españoles y en la de enfrente entidades francesas. Hay un jardín dividido entre los dos países, un árbol binacional y un supermercado llamado, muy propiamente, La Frontera. Si no me pillara tan lejos iría a hacer la compra allí cada semana.

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Hito fronterizo nº 574, visto desde España (click para ampliar). En el asfalto se observa la línea discontínua que marca el límite entre España y Francia. Al fondo, el supermercado La Frontera. La parada de autobús que se ve tras el autocar amarllo está en España y lleva el logotipo del gobierno catalán. Tras ella se ve el hito 575.

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Libros: Historias de Nueva York

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Historias de Nueva York. Enric González. RBA, Barcelona, 2006

Vuelve Enric González a esta sección dominical de libros. Es un tipo por el que tengo absoluta debilidad. No importa cuán menguada esté mi economía; si encuentro un libro suyo, me lo compro. Descubrí a Enric González como corresponsal de El País en Roma, cuando realizaba unas crónicas semanales sobre el Calcio absolutamente geniales. Tiempo después encontré Historias de Londres en mi librería de viajes favorita, a la que tuve que volver unas dieciocho horas más tarde para comprarme las historias neoyorquinas e inyectármelas en vena.

ny1Enric González llegó a Nueva York como corresponsal del diario El País a principios del año 2000. A partir de ahí el libro entero es un recorrido por los distintos aspectos de la historia y el día a día neoyorquinos. Cualquiera que haya pisado la Gran Manzana sabe lo absolutamente dinámica y enfebrecida que puede llegar a ser la ciudad. Los primeros cuatrocientos habitantes de la isla hablaban dieciocho idiomas distintos, pese a provenir todos de Ámsterdam. Hoy en día se dice que se hablan 180 idiomas distintos en las calles de Manhattan. En esas calles, el autor bucea por los bares, hamburgueserías, abrevaderos y tugurios de todo tipo. Como reza la contaportada, “se puede vivir perfectamente sin saber dónde se hacen las mejores hamburguesas de Manhattan”. Y es cierto. Pero lo bien que lo cuenta González hace que uno se pregunte cómo ha podido vivir todo este tiempo sin saberlo.

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Por las carreteras del mundo (II)

Siguiendo con nuestro recorrido por algunas de las carreteras más fascinantes del planeta, hoy nos iremos a América y Asia.

La carretera de la muerte

La ciudad boliviana de La Paz es la capital de un estado a mayor altitud del mundo. A 3.600 metros sobre el nivel del mar, es también una de las pocas ciudades donde los “barrios altos” están a menor altitud que los “barrios bajos”, por razones obvias. De La Paz parte el Camino a Los Yungas, también conocido como la carretera de la muerte. Se trata de un camino de unos ochenta kilómetros, sin asfaltar, excavado en la roca viva. En su punto de mayor altitud alcanza los 4.300 metros sobre el nivel del mar. En muchos de los tramos la anchura de la vía es de apenas tres metros. Carece de guardarraíles o cualquier tipo de medida de seguridad, y está bordeado en todo su recorrido por barrancos y precipicios de hasta ochocientos metros de alto. Durante gran parte del año el tiempo es lluvioso, lo que causa desprendimientos y convierte la calzada en una piscina de barro resbaladizo añadiendo más peligro si cabe al recorrido. Para aumentar la emoción, muchos días hay una niebla espesa como el puré de guisantes, cosa lógica teniendo en cuenta la altitud. Con esos datos, es más que lógico el mote que recibe la carretera. En 1995 el Banco Interamericano le otorgó el dudoso honor de ser la carretera más peligrosa del mundo.

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Un tramo relativamente sencillo de la Carretera de los Yungas (click para ampliar). © Jordi Busqué

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