La última frontera privada de Europa

Para llegar a Cedillo hay que ir a Cedillo. El pueblo está en el extremo occidental de la provincia de Cáceres, en un saliente de territorio español que, colgado del Tajo, se adentra decenas de kilómetros en Portugal. Para llegar allí hay que recorrer la carretera 374 de la Junta de Extremadura, que atraviesa 35 kilómetros de dehesas donde se cría el cerdo ibérico, entre alcornoques y quejigos. Cedillo no está de camino a ninguna parte, la única manera de salir de allí es por donde se ha venido. Salvo los fines de semana. Los sábados y los domingos se puede cruzar sobre la presa que lleva el nombre del pueblo y adentrarse en tierras portuguesas. Porque la frontera, en Cedillo, tiene un dueño, que la abre y la cierra cuando considera oportuno.

Poniendo los puntos sobre las Oes

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Veintisiete horas en un avión

Desde la ventanilla del avión la Tierra parece girar más rápido. A doce kilómetros del suelo las ciudades son pequeñas manchas bidimensionales en una infinita superficie monocromática, las cordilleras parecen de juguete y el azul del cielo lo invade todo. En el aire la vida está en pausa: el interior de un avión es el no-lugar por excelencia, un espacio anónimo donde las normas que rigen a ras de suelo han quedado momentáneamente suspendidas. El viajero está yendo del punto A al punto B, pero no está en ninguno de los dos. A es el pasado y B es el futuro, pero durante unas cuantas horas, no hay ninguna de las dos cosas, sólo un cilindro metálico a doce kilómetros del suelo con sus propias reglas, usos y costumbres.

Nuestra casa durante más de un día. Nótese la bandera francesa con la iluminación

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Spomeniks, la Yugoslavia cósmica de hormigón

Suelen estar en mitad de ninguna parte. Enormes pedazos de hormigón en remotos campos de cultivo o colinas alejadas de cualquier lugar civilizado. Sus formas parecen sacadas de una película de ciencia ficción, y parecen algo que una civilización extraterrestre hubiera olvidado allí inadvertidamente. Los hay por todas las repúblicas de la antigua Yugoslavia. Para el ojo poco acostumbrado del visitante ocasional, simplemente no tienen sentido. Pero tienen un significado real y profundo, que combinado con su estética vanguardista inconfundible, los hacen fascinantes. Son los Spomeniks. La Yugoslavia cósmica de hormigón armado.

Monumento a la Revolución Popular de Moslavina, en Pódgaric, Croacia, y un señor ahí para hacer de escala

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Estocolmo en primavera. Carne de reno, vino en lata y el cementerio más bonito del mundo

Como casi todas las ciudades, Estocolmo son muchas ciudades en una, círculos más o menos concéntricos que como los anillos de un árbol revelan la historia del lugar. Pero en el caso de la capital sueca esa trama urbana incluye al mar: no es que la ciudad mire al mar, es que el mar es parte integral e inseparable de la ciudad, como lo son las calles y los edificios, o como lo es un cementerio. En el caso de Estocolmo, el más bonito del mundo, y el único que es Patrimonio de la Humanidad.

Estocolmo y el mar

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España Bizarra: Capricho de Cotrina, el castillo alucinógeno que un albañil autodidacta construyó para su hija

En un rincón apartado de Extremadura hay una casa de campo absolutamente estupefaciente, como si Gaudí se hubiera metido un tripi después de ir a la sesión de noche del Sónar. Su autor no es un reputado estudio de arquitectura, sino un albañil autodidacta, don Francisco González Grajera, que cuando su hija le pidió que la casa de campo que iba a construir fuera especial, se sacó de la manga una fantasía de curvas, colores y trencadís. El Capricho de Cotrina

Esto no se lo ha inventado la IA

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Transfăgărășan, osos y pantanos. La carretera más bonita de Europa

Yo no había escuchado antes ese sonido. Nunca. Los dos móviles que llevaba encima empezaron a emitir de forma simultánea un zumbido aterrador, un tono de alarma desconocido que me puso en tensión de manera instantánea. Asustado, detuve el coche y leí el mensaje en la pantalla de uno de los aparatos. Esperaba encontrar un aviso de ataque nuclear o de impacto inminente de meteorito, pero el texto, en rumano e inglés, era algo más mundano: alertaba de osos en la zona. Aliviado dejé el móvil en el asiento del copiloto y me dispuse a arrancar de nuevo; repentinamente entendí la necesidad del aviso. El escalofrío me bajó por la columna vertebral y me erizó hasta el último pelo del cuerpo. Nunca había visto un oso de cerca en mi vida. Ese día me iba a hartar.

Por poco me da un infarto.

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Europa Low Cost: un paseo por Zagreb

La última vez que la vi era Nochebuena. Sus hijos y los míos cenaban con sus correspondientes mitades opuestas de la familia. Dejamos de hablarnos muy poco después y nunca he vuelto a saber de ella. Le envié una caja con los restos del naufragio (una taza que le había regalado, un jersey olvidado en mi casa, esa clase de cosas), y esa fue la última vez que me escribió. Al día siguiente me percaté de que había olvidado meter en la caja el bote de espuma para el pelo «con color, para morenas» que tenía para cuando se quedaba a dormir. No supe que hacer con él y lo dejé allí, al fondo del armario del baño. Y ahí sigue. Toda esta serie de recuerdos cruzó por mi cabeza mientras miraba un objeto cualquiera en un minúsculo museo del que nunca había oído hablar hasta esa mañana. Miré a mi alrededor. Me di cuenta de que llevaba varios minutos absorto en mis pensamientos. Decenas de personas leían en un silencio sepulcral las historias detrás de objetos absolutamente anodinos. Algunas de ellas tenían incluso los ojos humedecidos. Sin duda, era el museo más raro en el que había estado. Hoy en Fronteras: Zagreb

La gente es una cachonda

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Åland, el archipiélago sueco de Finlandia, la frontera más absurda de la Tierra, y el champán más caro del mundo

Justo a la entrada del Golfo de Botnia, a medio camino entre Suecia y Finlandia hay un archipiélago que pertenece a los segundos pero donde únicamente se habla el idioma de los primeros. A pesar de contar con poco más de 30,000 habitantes, el territorio tiene su propio parlamento, bandera, fiscalidad y leyes, que se aplican sobre las más de 6700 islas que lo componen. Åland es un lugar muy peculiar dentro del orden político europeo e internacional, y lo es debido a su historia y a su geografía, que incluye la frontera más absurda del planeta. Y además allí se vendió el champán más caro (y más antiguo) del mundo. Así que aprovechando una visita a Estocolmo fui allí para ver si seguía en su sitio.

Mapa del archipiélago de Åland (Proyecto Viajero)

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Cómo me enamoré de Skopje, la capital más absurda de Europa

Skopje es un pastiche. Todas las ciudades lo son en mayor o menor medida, la suma de diferentes épocas, visiones urbanísticas y corrientes arquitectónicas, pero la capital de Macedonia concentra una cantidad tal de incongruencias e incoherencias en un espacio tan pequeño que cuando uno camina por sus calles lo único que puede hacer es reírse y disfrutar como un maníaco. Si las ciudades fueran personas, Skopje sería tu amiga la rarita ciclotímica con un pasado emo del que nunca habla y ciertas cicatrices sospechosas en las muñecas, pero que por alguna razón es increíblemente alegre y vive cada día como si fuera el último. Es completamente absurda pero por esa misma razón es imposible no quererla. Hoy en Fronteras: Skopje (se pronuncia Escopia)

Banderas, estatuas y una cruz descomunal. Skopje in a nutshell

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Caminar sin rumbo: Atardecer veneciano

«Voy a tomar el barco del aeropuerto» es una frase que se puede decir en muy pocos sitios. Yo sólo conozco uno: Venecia. Llegué allí después de conducir 1.700 kilómetros entre San Marino, Italia, Eslovenia y el norte de Croacia. El vaporetto me depositó en los Fondamente Nove a las siete de la tarde de un día increíblemente caluroso y húmedo del mes de julio, diez horas antes del embarque del avión que me llevaría a Praga. Así que hice lo único que realmente podía hacerse con tan poco tiempo en la ciudad: caminar.

Cúpulas y campanile de la Basílica de San Marcos, vistos desde el vaporetto del aeropuerto

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