Oradea, Szeged, Subotica: Viaje al triángulo modernista de los Balcanes

En mitad de un anodino prado de Europa del Este se alza un monumento de piedra blanca de dos metros y medio de altura. La parte superior tiene tres caras, y en cada una de ellas se puede ver un escudo y una fecha: 4 de junio de 1920. Ese día en particular y a mil quinientos kilómetros de allí, en París, se firmó el Tratado de Trianon, que tras la I Guerra Mundial dividió el Reino de Hungría en varios pedazos, dos de los cuales fueron entregados a Rumanía y Serbia. Los escudos de los dos países, junto con el de la propia Hungría, son los que adornan el monumento, conocido como Triplex Confinium y que indica el punto exacto donde las tres fronteras se cruzan. Tres milllones de húngaros quedaron fuera de las fronteras del reino de Hungría en 1920, y hoy sus descendientes se extienden por Transilvania en Rumanía y por Vojvodina en Serbia. La huella del Reino de Hungría no sólo permanece en la lengua y la cultura, también en la expresión artística. Cien años después de aquel tratado, tres ciudades en un radio de tres horas de viaje en coche comparten urbanismo y arquitectura, en una unidad separada por la geografía pero cohesionada por el arte. Concretamente, el art-nouveau.

Trifinio entre Hungría, Serbia y Rumanía, visto desde este último país

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Georgia de punta a punta (Crónicas caucásicas, 5)

Primera parte | Segunda parte | Tercera parte | Cuarta parte

Era ya de madrugada y las únicas luces en la carretera eran las de nuestro coche y la de la Luna llena. Habíamos pasado el día en una utopía de neón junto al Mar Negro y regresábamos a nuestro hostal de bajo coste en Kutaisi, la tercera ciudad de Georgia. En la radio la programación no podía ser más ecléctica. Música tradicional turca, tecno árabe y algún pop centroasiático que no éramos capaces de clasificar. De repente la radio escupió una versión de With or without you increíblemente cutre con toques de Bossa Nova; como mandan las leyes de mi tribu generacional, procedí a aullarla a pleno pulmón sin preocuparme del rostro atenazado por el pánico y la grima de Christian. El cringe, que dicen ellos. «¿No te la sabes?», le pregunté. «No la conozco», me respondió, y entonces el que quedó paralizado por el terror fui yo. «¿De cuándo es?», preguntó. La canción había sido publicada diez años antes de su nacimiento. Lo peor estaba por llegar: «¿Y de quién es?» En España pronunciamos «U Dos» y en el resto del planeta el grupo de Bono es, claro, «Iu Tu«, así que lo que siguió fue una sucesión de burlas inmisericordes a los usos lingüísticos de ambos lados del Atlántico.

– Llamáis Guasón al Joker. GUA-SÓN. No se admiten lecciones
– Oh, lo dice uno del país que tradujo Beverly Hills Ninja como La Salchicha Peleona.
– Claro, cuéntaselo a Mi pobre angelito
– Sí, en la Jungla de cristal
– ¡NO OSES criticar a La jungla de Cristal!

¿Trabalenguas georgiano o cuadernillos de caligrafía?

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El día que vimos Osetia del Sur (Crónicas caucásicas, 4)

Parte 1 | Parte 2 | Parte 3 | Parte 5

Las recomendaciones de viaje del Ministerio de Exteriores son útiles para saber qué no hay que hacer en según que sitios. Por ejemplo, no se puede llevar chicle a Singapur, conejos a Australia o jamón cinco jotas a las Maldivas. En el caso de Georgia, indicaban dos cosas: una, no ir a manifestaciones políticas (oops) y dos, no acercarse ni de broma a la línea de control entre el país y la República de Osetia del Sur. Hay minas, soldados rusos, paramilitares y cosas malas en general. Así que ahí estábamos Christian y yo, después de meter el coche de alquiler por caminos que harían marearse a una cabra, exactamente junto al alambre de espino de la frontera, haciéndonos selfis. Porque el irresponsable se hace, pero idiota se nace.

Esto es la Osetia, oiga

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Viaje al final de Georgia: Los balnearios soviéticos en ruinas de Tskaltubo (Crónicas Caucásicas, 3)

Parte 1 | Parte 2 | Parte 4 | Parte 5

Hay quien dedica sus vacaciones a visitar monumentos prodigiosos, lugares patrimonio de la humanidad, museos llenos de arte y gloria a partes iguales, maravillas de la naturaleza, discotecas abiertas hasta el amanecer o playas paradisíacas bañadas por aguas cristalinas. Todo eso está muy bien, pero carece del encanto de un balneario soviético semiderruido y comido por el óxido a las afueras de un pueblo georgiano de siete mil habitantes. Así que allí nos dirigimos, a las ruinas de Tskaltubo, el spa de Stalin.

Fronterasblog. Ahora con un 50% más de creepypasta

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Georgia quiere ser Europa pero Rusia no le deja (Crónicas caucásicas, 2)

Parte 1 | Parte 3 | Parte 4 | Parte 5

La historia de la Georgia independiente es mucho más convulsa de lo que cabría esperar en un país de apenas cuatro millones de habitantes e independizado hace poco más de 30 años. Al menos cuatro guerras, dos revoluciones e innumerables crisis constitucionales convierten la historia reciente del país en un caos. En las recomendaciones de viaje del Ministerio de Asuntos Exteriores de España se lee lo siguiente en su sección dedicada a Georgia: «Se recomienda a los viajeros evitar las aglomeraciones y manifestaciones, en particular tras las protestas violentas ante la sede del Parlamento en Tiflis». No era la primera recomendación que ignorábamos y tampoco sería la última. Así que ahí estábamos, en la escalinata del parlamento en Tiflis, con un par de miles de personas armadas de banderas georgianas y europeas protestando contra su gobierno. Nosotros sólo fuimos una vez, pero para ellos eran ya 58 días consecutivos manifestándose, y siguen haciéndolo a fecha de hoy. En Tiflis operaban las mismas fuerzas que actúan hoy en Moldavia, que son las mismas que sacudieron Ucrania en 2014, que a su vez fueron un eco de lo sucedido en las Repúblicas Bálticas a principios de los 90. Los georgianos no quieren ser rusos, pero Rusia se niega a dejar que sus antiguas colonias elijan su propio destino.

Manifestación en Tiflis el 28 de enero

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El road trip de un Gen X español y un Gen Z uruguayo por las carreteras del Cáucaso (Crónicas Caucásicas, 1)

– OK, boomer
– Te repito que no soy boomer. Esos eran mis padres. Soy Generación X. Xennial, concretamente.
– Lo que tu digas, boomer

Cuando Christian nació, yo ya era mayor de edad e iba por mi segunda novia formal. Cuando empecé a escribir este blog a él le quedaban un par de años para abandonar la primaria. Este año Christian cumplirá 28 años, que son los que tenía yo cuando en enero de 2008 publiqué el primer texto de Fronteras. Nos conocimos en persona hace cuatro veranos en su primer Eurotrip. Él mismo contó aquel encuentro en el texto increíblemente largo que escribió para Fronteras relatando su viaje a la triple frontera entre Colombia, Brasil y Perú. Hace unos cuantos meses empezó a organizar su segundo viaje a Europa y me propuso que participara. Nuestra primera idea fue quedar un fin de semana en Malta o Roma, pero luego la cosa se fue un poco más allá. «Me gustaría visitar Armenia», me dijo, como si Armenia fuera Sabadell y no un país asiático a cinco horas y media de vuelo de Barcelona. Lo descarté de inicio pero según iban pasando las semanas los astros se fueron alineando. «Hay un tren nocturno soviético para ir de Georgia a Armenia». No hay una sola versión del multiverso en la que yo pueda ignorar una declaración así, y poco después me vi una madrugada entre semana hablando por Skype con Christian mientras comprábamos billetes de avión al Cáucaso.

Chris y yo en un monasterio armenio

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Recorriendo Lanzarote en la camper más vieja de la isla: un 4 Latas

La primera vez que arranqué la furgoneta se me caló. La segunda también. De hecho las diez primeras veces que intenté arrancar se me caló todas y cada una de ellas. Pero luego conseguí que funcionara. Entonces tuve que aprender a conducir. ¿Por qué tendría que aprender a conducir si tengo veinte años de carné y he manejado docenas de coches en otros tantos países? Bueno, he conducido muchos vehículos, pero ninguno tan antiguo. Había encontrado un vuelo insolentemente barato a Lanzarote, pero mi presupuesto no permitía pagar hotel y coche de alquiler, así que pensé en dejar pasar la ocasión… hasta que encontré esto. Una furgoneta Renault 4 de 1983 convertido en una camper. 800 centímetros cúbicos, 34 caballos y cuatro marchas. Me enamoré instantáneamente y me dispuse a recorrer la isla con un coche casi tan viejo como yo. ¿Qué podría salir mal?

Mi vehículo y mi hotel, todo en uno

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Europa Low Cost: Dublín. El día en el que por fin me robaron

Lo noté en seguida. Al fin y al cabo no estoy acostumbrado a contactos indeseados en según qué partes del cuerpo. Llevábamos menos de dos horas en la ciudad y acabábamos de hacerlos las típicas fotos dublinesas en el Temple Bar, el icónico pub símbolo no oficial de la ciudad.  Estábamos cruzando un puente peatonal sobre el río Liffey y noté un brevísimo contacto en el bolsillo trasero del pantalón. En seguida me llevé allí la mano, pero la billetera no estaba. El susto fue tan grande que dije en voz bien alta que me acababan de robar la cartera. Miré a mi alrededor, pero el puente estaba abarrotado. Podía haber sido cualquiera en veinte metros a la redonda. Así que elevé el tono de voz lo más que pude y grité que me habían robado, esta vez en inglés. En la cartera llevaba apenas diez euros, pero también el DNI, el carné de conducir y las tarjetas de crédito. Me quedaba indocumentado y más tieso que el palo de una escoba. Después de casi cincuenta países en cuatro continentes, esta era la primera vez que me robaban.

¿Puede concebirse una nuca más irlandesa? Nunca en toda mi vida he sentido una necesidad tan apremiante de pegarle una colleja a alguien.

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El resumen de mi 2024 en viajes

El año que termina ha sido en el que más he viajado en toda mi vida, lo que tiene su mérito porque es el tercer año consecutivo que sucede. Como buen maniático, tengo un Excel donde apunto todo lo que hago durante los viajes (y otro donde apunto lo que hago cuando no viajo), así que tengo una idea bastante clara de cuánto me he movido y por donde. Ahí va mi recap de viajes de 2024.

Corea y Japón, el viaje del año

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Schengen, contigo empezó todo

Como les sucede a todos los padres del mundo, a veces hablando con mis hijos me preguntan cómo era la vida cuando yo tenía su edad, algo que sucedió en la primera mitad de los noventa. Han pasado muchas cosas en el mundo desde aquella época; para empezar la ONU tiene dos docenas de miembros más. El cambio más obvio de todos es el cacharro con el que estás leyendo estas líneas. A principios de los noventa ya existían tanto Internet como la telefonía móvil, pero ambas tecnologías estaban muy restringidas incluso en el país más avanzado del mundo por entonces, Estados Unidos. La explosión de ambas en los veinte años que siguieron al colapso de la Unión Soviética han tenido un impacto en el mundo que sólo podrá ser valorado por los historiadores de finales del siglo XXI. La otra diferencia obvia en la vida de un europeo treinta años después del suicidio de Kurt Cobain es, claro, Schengen.

Banderas de los 29 países que forman parte del Espacio Schengen, en el pueblo luxemburgués del mismo nombre. En la otra orilla del río, Alemania, y cien metros más a la derecha se encuentra Francia

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