Una Gran Duna Roja

Birdsville, en el estado australiano de Queensland, es uno de esos pueblos remotos, aislados, solitarios y, en general, muertos de asco tan típicos del Outback. Se encuentra situado justo junto a la frontera con Australia Meridional, a doscientos y pico kilómetros del pueblo más cercano. Un hotelito, una pista de aterrizaje, un bar y cien habitantes son todo lo que Birdsville tiene que ofrecer al ocasional visitante. Dicho visitante puede llegar por una de los caminos desérticos más largos del Outback, la llamada Birdsville Track, 517 kilómetros de polvoriento camino sin asfaltar. Según Google Maps, se tardan unas 16 horas en recorrer esa distancia, y Google Maps es extremadamente optimista. Una joyita de sitio. El condado de Diamantina, donde se asienta el pueblo, posee la espectacular cifra de 319 habitantes, repartidos en una extensión de 93.000 kilómetros cuadrados. Tocan a trescientos kilómetros cuadrados por barba. Birdsville se encuentra en el limite oriental del Desierto de Simpson, una región del tamaño de Uruguay (176.000 km²) completamente deshabitada. No existen carreteras que crucen el desierto, salvo precarios caminos abiertos en los años sesenta y setenta en la búsqueda de yacimientos de gas. Uno de esos caminos es el llamado French Line, una pista de arena de cuatrocientos kilómetros de longitud que cruza el desierto de este a oeste en la que no hay nada salvo espectaculares paisajes. Y dunas. Muchas dunas. Muchísimas dunas. Como mil doscientas dunas, que discurren de norte a sur en el desierto a lo largo de cientos de kilómetros y que permanecen estables gracias a la vegetación que crece en ellas. Desde Birdsville, la primera de todas es también la más alta. La duna llamada Nappanerica (no sé si hay muchas dunas en el mundo con nombre propio, la verdad), que debido a sus más de cuarenta metros de alto y su color rojizo es conocida como Big Red. La Gran Duna Roja.

Big Red, o Nappanerica. Una inmensa duna con nombre propio. (© Garry Schlatter, de Vision&Imagination; se puede ver más grande aquí)

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Tienes todo el campo del mundo para correr (o mi pueblo es más grande que tu país)

¿Cuál es la ciudad más grande del mundo? Depende de lo que entendamos por grande y por ciudad. El municipio con más habitantes es Shangai, aunque el área metropolitana más poblada es la de Tokio, con 32 millones de habitantes. Ahora bien, reformulemos la pregunta: ¿cuál es la ciudad, municipio o pueblo más extenso del mundo? Dentro de lo complicado que resulta definir qué es un municipio, en Fronteras nos hemos tomado la molestia de reunir a los mayores municipios del planeta y ponerlos unos junto a otros. Y, la verdad, es que hay pueblos verdaderamente inmensos, lugares donde ir al pueblo de al lado supone casi tanto recorrido como ir al continente de al lado; municipios tan grandes como países (y no precisamente como San Marino) y, en general, lugares absolutamente desconocidos, desmesuradamente enormes y, en ocasiones, completamente vacíos. Con todos ustedes, los pueblos más absurdamente grandes del planeta.

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Los límites administrativos de una población no suelen coincidir con el final de la zona urbanizada (afortunadamente). Sin embargo hay casos extremos en los que el límite del término municipal se encuentra a decenas o incluso centenares de kilómetros del pueblo propiamente dicho.

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El último pueblo del mundo… por orden alfabético

Al ordenar todos los pueblos y ciudades del mundo por orden alfabético, Aquisgrán (Aachen en alemán) o Aalborg (Dinamarca) estarían sin duda en los primeros puestos. A ambas les adelanta por poco la localidad de Aa, en Estonia; y ésta a su vez se ve superada por Å (pronúnciese “O”) , una localidad de las Islas Lofoten, en Noruega. Pero, ¿el último pueblo de la Tierra por orden alfabético? Podría ser Zweirbrücken, en Alemania, Zwolle, en Holanda, o más probablemente Żyrardów, en Polonia. Pero no es ninguno de ellos. El honor le corresponde a un pueblo de nombre absolutamente inverosímil: Zzyzx, en California, cuyos orígenes son casi tan curiosos como su nombre.

Salida de la autopista hacia Zzyzx desde la Interestatal 15, la autopista que va de Los Ángeles a Las Vegas (fuente)

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Las ciudades fantasma de la Unión Soviética (y II)

Primera parte, aquí.

Kadykchan, la ciudad de los sueños rotos

Kadykchan se encuentra en el Óblast de Magadán, en el noreste de Rusia, más cerca de Alaska que de Moscú, no muy lejos del Círculo Polar Ártico. Fundado en 1937 como pueblo minero, fue después de la II Guerra Mundial cuando conoció su mayor crecimiento, gracias, en parte, a la mano de obra gratuíta que significaban los prisioneros de guerra en la Rusia estalinista (el viaje hasta allí desde el frente debió ser de los que curten). Fueron los presos quienes construyeron el pueblo para alojar a los mineros que extraían carbón del subsuelo. El apogeo de la localidad, que realmente nunca llegó a ser Nueva York, tuvo lugar durante los años 80, cuando alcanzó los 10.000 habitantes. La caída de la Unión Soviética y la irrentabilidad de las minas provocaron el declive irreversible del pueblo; en 1996, cuando la localidad tenía seis mil habitantes, una explosión en la mina mató a seis personas y provocó el cierre de las instalaciones, lo que a su vez se tradujo en el definitivo final de la localidad. La práctica totalidad de la población fue trasladada por el Estado a nuevas viviendas en otras poblaciones, y el éxodo dejó atrás decenas de edificios convertidos en cascarones vacíos.

Edificios abandonados en Kadykchan. Imágenes de English Russia.

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Las ciudades fantasma de la Unión Soviética (I)

La Unión Soviética posee varios récords históricos difícilmente igualables. Durante más de cinco décadas fue no sólo el Estado más extenso del planeta, y con amplísima diferencia sobre el segundo, sino probablemente el más extenso de toda la Historia. La República Soviética de Rusia fue también, durante ese tiempo, y de lejos, la entidad subnacional más grande del mundo. Y la desintegración de la URSS supuso la aparición de más países que cualquier otro proceso de desmembración conocido. Hasta 15 nuevos países, Rusia aparte, nacieron entre 1990 y 1991. En ese territorio inmenso, que abarca tres océanos, dos continentes y veintidos millones de kilómetros cuadrados, la caída del sistema supuso también el abandono de ciudades enteras cuya existencia era debida únicamente al interés estratégico o militar del gobierno de Moscú. Otros lugares quedaron abandonados por guerras, desastres naturales y artificiales o, sencillamente, porque se murieron poco a poco. Por todo el territorio ex soviético, de Ucrania a Siberia y del Ártico al Mar Negro, docenas de ciudades y pueblos han quedado abandonados, a merced de los elementos y de la naturaleza, que se ceba con ellos. Prípiat, Kadykchan, Agdam, nombres de ciudades que en su día fueron el centro de la vida de miles de personas y hoy no son más que cáscaras. Pecios de un sistema insostenible, monumentos a la nostalgia, derrelictos repletos de historia, son muchos lugares que bien merecen una visita, aunque sea virtual.

La base soviética de Skrunda-1, en Letonia, abandonada en 1998 y vendida este mismo año por 2 millones de euros a un anónimo ruso en una subasta.

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Las islas del fin del mundo y el Telón de Hielo

En los días que precedieron al vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín se habló mucho del Telón de Acero, de su condición de frontera entre dos mundos, el capitalista y el comunista, entre dos bloques, la OTAN y el pacto de Varsovia, entre dos concepciones de la vida y la libertad, con todos los matices que se quieran. Apenas se ha hablado, sin embargo, del descongelamiento de la que era la única frontera directa entre las dos superpotencias que ejercían de líderes de sus respectivos bloques, Estados Unidos y la Unión Soviética. En el límite entre el Océano Glacial Ártico y el Pacífico se encontraban, y se encuentran, dos islotes, uno perteneciente a cada superpotencia, y separados tan sólo por un brazo de mar de apenas tres kilómetros de ancho. En un mundo donde los misiles intercontinentales amenazaban con recorrer miles de kilómetros de un lado al otro del mundo, uno y otro país podían atacarse casi a pedradas cada uno desde su propio territorio. Entre los dos islotes discurría una línea invisible y amenazadora, que dada su situación sólo podía denominarse de una manera: El Telón de Hielo.

El Estrecho de Bering, con EE.UU. a la derecha y Rusia a la izquierda. Entre medias, las islas Diómedes.

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Los vigilantes de la nada

A simple vista, no hay nada que vigilar en la región noreste de Groenlandia: sólo cientos de kilómetros y kilómetros helados en donde lo raro sería encontrar vida. La amenaza de una invasión resulta inverosímil. Sin embargo, existe una patrulla bajo las órdenes del Reino de Dinamarca, un cuerpo de elite que se encuentra entre el más especializado del mundo. El funcionamiento de la patrulla no es ni más ni menos que una perdurable demostración de soberanía, todo sobre un territorio, que se parece en mucho a la nada.

La Patrulla Sirius (Slædepatruljen Sirius), es la encargada de preservar la soberanía danesa en el parque nacional más grande y seguramente, uno de los menos visitados del planeta. Nace en el año 1950 ante un fallo de la Corte Internacional de La Haya que condicionaba la posesión de Groenlandia por parte de Dinamarca a cambio de una demostración de voluntad para poseer la zona, en un escenario de casi nulo poblamiento. Así nacería el Parque Nacional del noreste de Groenlandia con su patrulla.

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El resto de la historia, muy middle of nowhere, se puede leer en Visión Beta, blog recomendado por las autoridades sanitarias como método infalible para reducir la productividad laboral. Como bonus, El verdadero tamaño de la Antártida, en Fogonazos. Próximamente, cuando consiga organizarme, contenido propio y no vulgar copypaste. Uno no tiene la suficiente fama como para dedicarse exclusivamente a eso…

Los letreros gigantes de Rusia

La aparición de Google Maps en el año 2005 supuso una revolución en la manera de ver el mundo de los internautas.  Si bien ya existían servicios en línea de mapas y cartografía en general, éstos eran lentos y poco intuitivos. Ambos problemas los solucionó la compañía de Mountain View con su producto, que pasó a ser una de las herramientas más usadas y conocidas de la llamada «web 2.0». Inmediatamente después de la aparición de Google Maps todo el mundo se puso a buscar su casa, su barrio, su calle, su lugar de vacaciones o cualquier lugar conocido. Muy poco después comenzó la búsqueda de lugares famosos, extraños, curiosos o divertidos, y aparecieron decenas de gigantescos letreros en calles y tejados, originalmente creados para ser vistos desde un avión o helicóptero, y a partir de entonces visibles para todo el mundo. En poco tiempo, en algunos lugares se instalaron grandes anuncios con la idea de que pudieran ser localizados a vista de Google.

Phoenix

Una gigantesca señal de 200 metros de largo apuntando en la dirección de Fénix, en Arizona (ver en Google Maps)

Pero mucho antes de que existiera Google Maps, de hecho, mucho antes de que existiera Internet como tal, en la extinta Unión Soviética ya se dedicaban a realizar descomunales inscripciones glorificando a sus líderes, al Partido o a la nación. La finalidad de semejantes letreros no está clara; quizá mandar un mensaje a los satélites americanos, quizá puro culto a la personalidad. Por todo el inmenso país, en las llanuras siberianas, en el extrarradio de grandes ciudades, en las orillas del Mar Negro o en mitad de los Montes Urales, se encuentran gigantescos homenajes a Lenin, el Partido Comunista, o la Unión Soviética. Seguir leyendo

Al norte del Norte: Nunavut

(Previamente, en Fronteras, primera y segunda partes)

Nunavut
Nunavut, Canadá

De los tres territorios canadienses que se encuentran al norte del paralelo 60 el más joven es el de Nunavut. Fue creado en 1999 como una escisión de los Territorios del Noroeste para dotar a los pueblos Inuit del Ártico de una mayor autonomía; es de los pocos lugares en los que el inuktitut, o esquimal, es lengua oficial (y su sistema escrito, el silabario, es de uso común). De hecho, Nunavut en aquella lengua significa «nuestra tierra». El territorio nunavummiuq (gastan unos gentilicios del carajo, los esquimales) abarca la mayor parte del Archipiélago Ártico Canadiense y, por tanto, la inmensa mayoría de las costas de Canadá. Prácticamente cualquier metáfora se queda corta para describir la soledad, vastedad y absoluta desolación de Nunavut. Dos millones y pico de kilómetros cuadrados (como tres veces Chile o cincuenta Dinamarca) para poco más de treinta mil habitantes. Como si México tuviera la población de Mónaco. Ni siquiera Groenlandia tiene una densidad de población tan baja. Únicamente la Antártida está por debajo de Nunavut en ese aspecto. 0,015 habitantes por km2, lo que viene a significar que tocan a sesenta km2 por cabeza.

Resolute

Clásico cartel ártico situado en Resolute indicando la dirección a un montón de sitios que, en cualquier caso, están en el quinto pino. Viene a querer decir «no sólo estamos en mitad de la nada sino que además nos gusta». © Northern Xander

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Al norte del Norte: los Territorios del Noroeste

Primera parte: Al norte del Norte: Yukón

Inuvik, donde termina la Dempster Highway,  es una de las ciudades más grandes de los Territorios del Noroeste. Con sus cuatro mil habitantes, concentra el 10 % de la población del territorio. 1.350.000 kilómetros cuadrados de territorio, concretamente, en los que viven algo más de  cuarenta mil personas. Tocan a más treinta kilómetros cuadrados por cabeza. Además de ser poco poblados los Territorios del Noroeste son, sobre el papel, asquerosamente ricos. Su renta per cápita es casi de cien mil dólares, un poco por debajo de la de Luxemburgo, un poco por encima de la de Noruega, y más del doble de la media canadiense. O de la de Estados Unidos. Esto es así gracias a la vastísima variedad y cantidad de recursos naturales que posee el territorio. Oro, petróleo, gas natural, wolframio y, sobre todo, diamantes.

Diavik

La mina de diamantes de Diavik, una de las más grandes del mundo.

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