Las islas del fin del mundo y el Telón de Hielo

En los días que precedieron al vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín se habló mucho del Telón de Acero, de su condición de frontera entre dos mundos, el capitalista y el comunista, entre dos bloques, la OTAN y el pacto de Varsovia, entre dos concepciones de la vida y la libertad, con todos los matices que se quieran. Apenas se ha hablado, sin embargo, del descongelamiento de la que era la única frontera directa entre las dos superpotencias que ejercían de líderes de sus respectivos bloques, Estados Unidos y la Unión Soviética. En el límite entre el Océano Glacial Ártico y el Pacífico se encontraban, y se encuentran, dos islotes, uno perteneciente a cada superpotencia, y separados tan sólo por un brazo de mar de apenas tres kilómetros de ancho. En un mundo donde los misiles intercontinentales amenazaban con recorrer miles de kilómetros de un lado al otro del mundo, uno y otro país podían atacarse casi a pedradas cada uno desde su propio territorio. Entre los dos islotes discurría una línea invisible y amenazadora, que dada su situación sólo podía denominarse de una manera: El Telón de Hielo.

El Estrecho de Bering, con EE.UU. a la derecha y Rusia a la izquierda. Entre medias, las islas Diómedes.

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Los vigilantes de la nada

A simple vista, no hay nada que vigilar en la región noreste de Groenlandia: sólo cientos de kilómetros y kilómetros helados en donde lo raro sería encontrar vida. La amenaza de una invasión resulta inverosímil. Sin embargo, existe una patrulla bajo las órdenes del Reino de Dinamarca, un cuerpo de elite que se encuentra entre el más especializado del mundo. El funcionamiento de la patrulla no es ni más ni menos que una perdurable demostración de soberanía, todo sobre un territorio, que se parece en mucho a la nada.

La Patrulla Sirius (Slædepatruljen Sirius), es la encargada de preservar la soberanía danesa en el parque nacional más grande y seguramente, uno de los menos visitados del planeta. Nace en el año 1950 ante un fallo de la Corte Internacional de La Haya que condicionaba la posesión de Groenlandia por parte de Dinamarca a cambio de una demostración de voluntad para poseer la zona, en un escenario de casi nulo poblamiento. Así nacería el Parque Nacional del noreste de Groenlandia con su patrulla.

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El resto de la historia, muy middle of nowhere, se puede leer en Visión Beta, blog recomendado por las autoridades sanitarias como método infalible para reducir la productividad laboral. Como bonus, El verdadero tamaño de la Antártida, en Fogonazos. Próximamente, cuando consiga organizarme, contenido propio y no vulgar copypaste. Uno no tiene la suficiente fama como para dedicarse exclusivamente a eso…

Los letreros gigantes de Rusia

La aparición de Google Maps en el año 2005 supuso una revolución en la manera de ver el mundo de los internautas.  Si bien ya existían servicios en línea de mapas y cartografía en general, éstos eran lentos y poco intuitivos. Ambos problemas los solucionó la compañía de Mountain View con su producto, que pasó a ser una de las herramientas más usadas y conocidas de la llamada «web 2.0». Inmediatamente después de la aparición de Google Maps todo el mundo se puso a buscar su casa, su barrio, su calle, su lugar de vacaciones o cualquier lugar conocido. Muy poco después comenzó la búsqueda de lugares famosos, extraños, curiosos o divertidos, y aparecieron decenas de gigantescos letreros en calles y tejados, originalmente creados para ser vistos desde un avión o helicóptero, y a partir de entonces visibles para todo el mundo. En poco tiempo, en algunos lugares se instalaron grandes anuncios con la idea de que pudieran ser localizados a vista de Google.

Phoenix

Una gigantesca señal de 200 metros de largo apuntando en la dirección de Fénix, en Arizona (ver en Google Maps)

Pero mucho antes de que existiera Google Maps, de hecho, mucho antes de que existiera Internet como tal, en la extinta Unión Soviética ya se dedicaban a realizar descomunales inscripciones glorificando a sus líderes, al Partido o a la nación. La finalidad de semejantes letreros no está clara; quizá mandar un mensaje a los satélites americanos, quizá puro culto a la personalidad. Por todo el inmenso país, en las llanuras siberianas, en el extrarradio de grandes ciudades, en las orillas del Mar Negro o en mitad de los Montes Urales, se encuentran gigantescos homenajes a Lenin, el Partido Comunista, o la Unión Soviética. Seguir leyendo

Al norte del Norte: Nunavut

(Previamente, en Fronteras, primera y segunda partes)

Nunavut
Nunavut, Canadá

De los tres territorios canadienses que se encuentran al norte del paralelo 60 el más joven es el de Nunavut. Fue creado en 1999 como una escisión de los Territorios del Noroeste para dotar a los pueblos Inuit del Ártico de una mayor autonomía; es de los pocos lugares en los que el inuktitut, o esquimal, es lengua oficial (y su sistema escrito, el silabario, es de uso común). De hecho, Nunavut en aquella lengua significa «nuestra tierra». El territorio nunavummiuq (gastan unos gentilicios del carajo, los esquimales) abarca la mayor parte del Archipiélago Ártico Canadiense y, por tanto, la inmensa mayoría de las costas de Canadá. Prácticamente cualquier metáfora se queda corta para describir la soledad, vastedad y absoluta desolación de Nunavut. Dos millones y pico de kilómetros cuadrados (como tres veces Chile o cincuenta Dinamarca) para poco más de treinta mil habitantes. Como si México tuviera la población de Mónaco. Ni siquiera Groenlandia tiene una densidad de población tan baja. Únicamente la Antártida está por debajo de Nunavut en ese aspecto. 0,015 habitantes por km2, lo que viene a significar que tocan a sesenta km2 por cabeza.

Resolute

Clásico cartel ártico situado en Resolute indicando la dirección a un montón de sitios que, en cualquier caso, están en el quinto pino. Viene a querer decir «no sólo estamos en mitad de la nada sino que además nos gusta». © Northern Xander

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Al norte del Norte: los Territorios del Noroeste

Primera parte: Al norte del Norte: Yukón

Inuvik, donde termina la Dempster Highway,  es una de las ciudades más grandes de los Territorios del Noroeste. Con sus cuatro mil habitantes, concentra el 10 % de la población del territorio. 1.350.000 kilómetros cuadrados de territorio, concretamente, en los que viven algo más de  cuarenta mil personas. Tocan a más treinta kilómetros cuadrados por cabeza. Además de ser poco poblados los Territorios del Noroeste son, sobre el papel, asquerosamente ricos. Su renta per cápita es casi de cien mil dólares, un poco por debajo de la de Luxemburgo, un poco por encima de la de Noruega, y más del doble de la media canadiense. O de la de Estados Unidos. Esto es así gracias a la vastísima variedad y cantidad de recursos naturales que posee el territorio. Oro, petróleo, gas natural, wolframio y, sobre todo, diamantes.

Diavik

La mina de diamantes de Diavik, una de las más grandes del mundo.

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Al norte del Norte: el Yukón

CNTowerPor extensión, Canadá es el segundo país más grande del mundo, sólo por detrás (muy por detrás, eso sí), de Rusia. Casi diez millones de kilómetros cuadrados, lo que vienen a ser, a grandes rasgos, tres Argentinas, veinte Españas, cuarenta Ecuadores o doscientas cincuenta Suizas. Vamos, que es muy grande. Su población, sin embargo, no lo es tanto. De los países del G8 es, de lejos, el menos poblado; cuenta con poco más de treinta y tres millones de habitantes. Además, al igual que ocurre en Australia, la mayor parte de la población se concentra en una franja de territorio. En Australia es la costa, en Canadá, la frontera con Estados Unidos. «El norte de Canadá», la zona más despoblada del país, es en realidad prácticamente la totalidad de Canadá, igual que en Australia el Outback es casi todo el territorio del continente. De las grandes ciudades sólo Edmonton está a más de doscientos cincuenta kilómetros del límite con EE.UU. De hecho, la inmensa mayoría de las grandes ciudades están a poco más de una hora en coche de la frontera, o menos. Casi todas las provincias canadienses tienen una densidad de población por debajo de los veinte habitantes por kilómetro cuadrado. Pero donde la despoblación alcanza cotas enfermizas es al norte del paralelo 60, que marca la frontera entre los territorios del salvaje norte y las civilizadas provincias del sur. Al norte del norte encontramos los territorios del Yukón, del Noroeste y de Nunavut. Entre los tres tienen la superficie de la Unión Europea; entre los tres apenas superan la población de Andorra.

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La tierra que nadie quiere

El término tierra de nadie, o Terra Nullius, suele usarse para designar un territorio no reclamado por nadie o sobre cuya propiedad no existe ningún tipo de reclamación. A nivel internacional, Terra Nullius es aquel territorio no reclamado por ningún estado, o sobre el que ningún país o ente tiene soberanía alguna. El concepto fue usado durante la colonización con total alegría para considerar cualquier tierra en la que vivieran aborígenes como no ocupada, y así poder repartirla legalmente entre los colonos. En la actualidad, el caso más evidente es la Antártida. Todo pedazo de tierra que sobresalga del mar al sur del paralelo 60 es, por definición, tierra de nadie, merced al Tratado Antártico, que congela las reclamaciones de soberanía en el territorio polar.

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La gran tarta de hielo antártica. En puridad, únicamente el territorio comprendido entre los meridianos 90º O y 150º O puede ser calificado de Terra Nullius, al no existir ninguna reclamación sobre él. Otro día nos ocuparemos de ese asunto.

Además de ese inmenso pedazo de hielo, sólo existe un lugar en todo el planeta Tierra que actualmente se pueda calificar de tierra de nadie. Se trata de Bir Tawil, un pequeño triángulo de desierto entre Sudán y Egipto que ninguno de los dos reclama. De hecho, ambos países lo reconocen oficialmente como territorio del país vecino. Ningún otro país tiene acceso al territorio. No es de nadie. Si siempre quisiste ser David Livingstone, esta es tu oportunidad. Bienvenido al siglo XIX.

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Los siete gigantes de los Urales

Al norte de los Urales, cuando estos dejan atrás la vegetación para convertirse en aterciopeladas colinas que se pierden en el horizonte, se levantan majestuosamente siete gigantes. Siete colosos de piedra que, en medio de la nada, parecen haber hecho un alto en el camino para contemplar el paisaje desde la cima de un altiplano. Con alturas que van desde los 30 hasta los 42 metros, estos siete moais, que la naturaleza ha moldeado durante más de 200 millones de años, forman uno de los legados geológicos más impresionantes y mágicos del planeta.

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El resto, tan fascinante como asombroso, en Soviet Russia, cuyo regreso al mundo de los blogs vivos nunca será suficientemente celebrado.

Nota desde el futuro cercano: SovietRussia.es dejó de existir en algún momento de finales de 2012, por lo que el enlace apuntaba a sitios de spammers y malware. El enlace ahora lleva a su versión archivada en Archive.org,

En mitad de la nada (II)

Hace unos cuantos años, tantos que las Spice Girls aún no habían sacado su primer disco, tuve la suerte o la desgracia de viajar en tren con relativa frecuencia entre Madrid y Andalucía. En aquellos años el AVE (el tren de Alta Velocidad Español, para los lectores del otro lado del Atlántico) estaba recién inaugurado, pero el resto de la red de ferrocarriles, y especialmente en Andalucía, dejaba mucho que desear. Por esa razón pasé horas y horas en uno de esos pueblos cuya única función es servir de cruce de caminos. Aquel lugar se llamaba Bobadilla-Estación, y, pese a estar relativamente cerca de un pueblo grande como Antequera, a mis ojos se aparecía tan perdida y desolada como una aldea de la Mongolia rural (ayudaban bastante los 40 grados a la sombre que azotaban la localidad en los meses de verano). En el pueblo apenas había un lugar de interés: el Bar y pensión Pepe, abrevadero para viajantes decorado con un escudo del Real Madrid de unos seis metros de alto en su fachada. Un sitio de gente decente. Más allá todo era polvo y desolación. Toda esta introducción egonostálgica viene a cuento porque la entrada de hoy inaugura una serie sobre esta clase de lugares. Pueblos perdidos en el desierto, estaciones de tren dejadas de la mano de Dios, regiones del tamaño de continentes y con la población de barrios medianos. Pero sobre todo, sitios donde vive gente.

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Una carretera pelín aislada en la Península del Labrador, en Canadá.

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El cuarto lleno en el cuarto vacío

Es una de las regiones más inhóspitas del mundo, y lo más parecido a la nada que podamos imaginar sobre la tierra. Ocupa la cuarta parte de la península Arábiga, por lo que se la conoce como elCuarto Vacío, un desierto que ni siquiera fue explorado en su totalidad, ni atravesado por los beduinos. Sin embargo, bajo el manto de arena se esconde un tesoro capaz de solventar la economía de un país entero.

El Cuarto Vacío se conoce en árabe como Rub al Khali, (oRub al-Jali), y abarca parte del territorio de Yemen, Omán, y en su mayor parte, los Emiratos Árabes Unidos. Abarca con su mar de arena unos 650.000 kilómetros cuadrados, con dunas de más de 300 metros de altura, temperaturas propias de la Antártida durante la noche y un termómetro que dispararía las alarmas del infierno en el día.

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El resto, igual de sugerente, en Visión Beta. Feliz fin de semana.