Cuatro días en Bakú, la capital del país del fuego (segunda parte)

Habíamos dejado el relato en el punto exacto en el que mis pantalones se convirtieron en una versión en miniatura del Río Ganges. Al día siguiente, ya con mi ropa limpia y seca, di un largo paseo por el bulevar junto al Caspio, mientras el sol derretía la nieve que todavía se acumulaba en los rincones. Subí en funicular hasta la base de las Torres Flamígeras y di un paseo por los memoriales de las diferentes guerras. Es inquietante, y asombroso, cómo cada país cuenta la historia no de manera diferente, sino incompatible. En el metro había carteles denunciando «el genocidio de los azeríes» en la guerra del Karabaj; en el palacio de los Shirvanshás un diagrama explicaba cómo los armenios genocidaron a un montón de azerbayanos durante la primera guerra mundial. Como sucede en Turquía, hablar públicamente contra la versión oficial es delito. Concluí mi paseo disfrutando de las imponentes vistas de la ciudad en una explanada de mármol donde la nieve y el hielo todavía no se habían derretido del todo, y mantener el equilibrio era ciencia-friccion. Mis zapatillas de caminar del Decathlon, con su suela lisa como un folio, se me antojaron bastante inadecuadas mientras una y otra vez resbalaba sobre el suelo, arriesgando el ridículo y la integridad física.

Este pollo dijo llamarse Yuri y ser de Kazajistán. Me pidió que le hiciera una foto y se la enviara por Whatsapp. Le hice la foto y se fue sin darme su número de teléfono. Yuri, si me lees, espero que te guste

Seguir leyendo

Cuatro días en Bakú, la capital del país del fuego

El taxista empotró en la ciénaga más infecta de Azerbaiyán su Lada 2107, 74 caballos, tracción delantera, con la tranquilidad del que no tiene nada que perder. El coche, más de treinta años de servicio, sólido como una roca e igual de cómodo, procedió a atascarse en el lodo. Pese a los acelerones enloquecidos que hacían humear el motor las ruedas simplemente patinaban y llenaban de barro la carrocería. No problem, mister. Otro taxista a los mandos de un Niva destartalado se paró para ayudar. Entre él y el guía consiguieron empujar el coche fuera del barro. Yo no me habría metido en ese lodazal desolado y mugriento ni con un carro de combate, pero quién soy yo para juzgar la temeridad demente de los taxistas azeríes. Hoy, en Fronteras, cuatro días en Bakú y alrededores.

Toto, tengo la sensación de que ya no estamos en Kansas

Seguir leyendo

Recorriendo Armenia a lomos de un Lada Niva (Crónicas Caucásicas, 8)

It’s not even a car. Ni siquiera es un coche de verdad. Eso nos había dicho un teniente del ejército de tierra armenio mientras nos tenían retenidos en un cuartel. «Tiene que caerte muy bien Putin para conducir esa basura», nos dijo de primeras el dueño del hotel donde pasamos dos noches. «Aquí sólo conduce eso la gente que está muy mal de la cabeza». Esto último es del encargado de noche en la Europcar del aeropuerto de Ereván. Durante cuatro días recorrimos Armenia con un Lada Niva, un cacharro infame con las prestaciones de un ciclomotor y el consumo de un Airbus A380. El peor-mejor coche que jamás hayamos alquilado. Y lo volveríamos a hacer una y mil veces. Esta es la historia.

Chatgepeté, define espacio post soviético en una imagen

Seguir leyendo

El día que nos detuvo el ejército armenio, nos interrogaron durante horas sus servicios secretos y nos salvó el Real Madrid (Crónicas Caucásicas, 7)

«Tenéis suerte de que no os pegaran un tiro». Así resumió el coronel armenio la situación. Llevábamos seis horas en su despacho del cuartel, interrogados incesantemente por dos agentes de la policía secreta y unos cuantos oficiales de diversos rangos, desde el teniente que nos hacía de traductor hasta el general que llegó a última hora para aportar su granito de arena al surrealismo del trance. Para entonces estábamos física y mentalmente agotados por la incertidumbre acerca de nuestro futuro inmediato y por el larguísimo interrogatorio, que incluyó la revisión inmisericorde de los chats de WhatsApp y las galerías de fotos de nuestros móviles. Para entender cómo habíamos llegado hasta allí tendremos que recordar la regla número uno del viajero: no te acerques a las zonas fronterizas de dos países que están técnicamente en guerra. Y si lo haces, procura no hacer fotos con teleobjetivo.

El terraplén inane que nos costó un disgusto. Al otro lado está Azerbaiyán

Seguir leyendo

El Monte Ararat y la tragedia simbólica de Armenia (Crónicas Caucásicas, 6)

El texto de hoy corre a cargo de Christian Macías, veteranísimo lector de este blog pese a su insultante juventud, que con el transcurso de los años (y ya casi de las décadas) se ha convertido en compañero de viaje y amigo.  

El primer cambio que notamos cuando viajamos de Georgia hacia a Armenia es que este país es considerablemente más montañoso. Salvo por la primera jornada, las cumbres y valles nevados del centro y oeste del país fueron siempre el paisaje durante nuestra aventura de cuatro días. Llegamos a las 6:30 de la mañana a Ereván luego de un viaje de 10 horas en tren desde Tiflis. La capital armenia nos recibió con unos agradables nueve grados bajo cero y, tan pronto como salimos de la estación, intentamos procurarnos -sin éxito- un lugar donde ponernos a resguardo y desayunar, engañados por las luces extravagantes de gasolineras y máquinas expendedoras de café que, con sus letreros escritos en armenio y ruso, rompían la monotonía postsoviética de esta zona de la ciudad. Luego de encontrar la entrada hacia el metro (donde está prohibido tomar fotos, regla que obviamente violamos, en promedio, cada 30 segundos), nos dirigimos hacia el centro en búsqueda -ya desesperada- de alimentos y un lugar definitivo para hacer tiempo hasta que abriera la agencia de alquiler que nos daría nuestro nuevo transporte: un mítico y hermoso Lada Niva. Una vez montados en semejante insignia soviética rodante -fabricada en 2024 pero con los mismos estándares de seguridad que en 1982-, salimos de Ereván rumbo hacia el sur para conocer de cerca el mayor y más famoso símbolo natural del país: el monte Ararat.

Una estación de servicio nos deslumbra a las 6 de la mañana junto a la estación de ferrocarril Ereván. Más tarde descubriríamos que es así en todo el país
Presumiendo con Diego de nuestro Lada Niva sin conocer todavía las cantidades absurdas de combustible que consume cuando circula a su velocidad máxima: 100 kilómetros por hora

Seguir leyendo

Tu moneda me suena (2): las monedas de curso legal que se llaman igual aunque sean diferentes

La moneda que más países utilizan como oficial en el mundo es el Euro: los veinte estados de la Eurozona, más cuatro microestados europeos, a los que se suman Montenegro y Kosovo. Pero Euro sólo hay uno. La segunda moneda utilizada por un mayor número de naciones es el Franco CFA, oficial en 14 países africanos. Francos, sin embargo, hay muchos. Emitidos por países y bancos centrales diferentes, pero que comparten el mismo nombre. Y eso es lo que vamos a ver hoy aquí: Monedas que comparten nombre alrededor del mundo.

Billete de mil francos suizos, uno de los más valiosos del mundo (equivale a más de mil euros)

Hay algunas monedas que se repiten sólo un par de veces, como el Leu (Rumanía y Moldavia), el Manat (Turkmenistán y Azerbaiyán) o el Won (las Coreas). Sorprendentemente, tengo un ejemplar de cada en mi casa. Con tres monedas diferentes llamadas igual están el Rublo (Rusia, Bielorrusia y Transnistria), y el Dirham (Emiratos Árabes, Marruecos y Armenia, donde se llama Dram, pero el origen etimológico de la palabra es el mismo). A partir de aquí las cifras crecen

Seguir leyendo

Georgia de punta a punta (Crónicas caucásicas, 5)

Primera parte | Segunda parte | Tercera parte | Cuarta parte

Era ya de madrugada y las únicas luces en la carretera eran las de nuestro coche y la de la Luna llena. Habíamos pasado el día en una utopía de neón junto al Mar Negro y regresábamos a nuestro hostal de bajo coste en Kutaisi, la tercera ciudad de Georgia. En la radio la programación no podía ser más ecléctica. Música tradicional turca, tecno árabe y algún pop centroasiático que no éramos capaces de clasificar. De repente la radio escupió una versión de With or without you increíblemente cutre con toques de Bossa Nova; como mandan las leyes de mi tribu generacional, procedí a aullarla a pleno pulmón sin preocuparme del rostro atenazado por el pánico y la grima de Christian. El cringe, que dicen ellos. «¿No te la sabes?», le pregunté. «No la conozco», me respondió, y entonces el que quedó paralizado por el terror fui yo. «¿De cuándo es?», preguntó. La canción había sido publicada diez años antes de su nacimiento. Lo peor estaba por llegar: «¿Y de quién es?» En España pronunciamos «U Dos» y en el resto del planeta el grupo de Bono es, claro, «Iu Tu«, así que lo que siguió fue una sucesión de burlas inmisericordes a los usos lingüísticos de ambos lados del Atlántico.

– Llamáis Guasón al Joker. GUA-SÓN. No se admiten lecciones
– Oh, lo dice uno del país que tradujo Beverly Hills Ninja como La Salchicha Peleona.
– Claro, cuéntaselo a Mi pobre angelito
– Sí, en la Jungla de cristal
– ¡NO OSES criticar a La jungla de Cristal!

¿Trabalenguas georgiano o cuadernillos de caligrafía?

Seguir leyendo

El día que vimos Osetia del Sur (Crónicas caucásicas, 4)

Parte 1 | Parte 2 | Parte 3 | Parte 5

Las recomendaciones de viaje del Ministerio de Exteriores son útiles para saber qué no hay que hacer en según que sitios. Por ejemplo, no se puede llevar chicle a Singapur, conejos a Australia o jamón cinco jotas a las Maldivas. En el caso de Georgia, indicaban dos cosas: una, no ir a manifestaciones políticas (oops) y dos, no acercarse ni de broma a la línea de control entre el país y la República de Osetia del Sur. Hay minas, soldados rusos, paramilitares y cosas malas en general. Así que ahí estábamos Christian y yo, después de meter el coche de alquiler por caminos que harían marearse a una cabra, exactamente junto al alambre de espino de la frontera, haciéndonos selfis. Porque el irresponsable se hace, pero idiota se nace.

Esto es la Osetia, oiga

Seguir leyendo

Viaje al final de Georgia: Los balnearios soviéticos en ruinas de Tskaltubo (Crónicas Caucásicas, 3)

Parte 1 | Parte 2 | Parte 4 | Parte 5

Hay quien dedica sus vacaciones a visitar monumentos prodigiosos, lugares patrimonio de la humanidad, museos llenos de arte y gloria a partes iguales, maravillas de la naturaleza, discotecas abiertas hasta el amanecer o playas paradisíacas bañadas por aguas cristalinas. Todo eso está muy bien, pero carece del encanto de un balneario soviético semiderruido y comido por el óxido a las afueras de un pueblo georgiano de siete mil habitantes. Así que allí nos dirigimos, a las ruinas de Tskaltubo, el spa de Stalin.

Fronterasblog. Ahora con un 50% más de creepypasta

Seguir leyendo

Georgia quiere ser Europa pero Rusia no le deja (Crónicas caucásicas, 2)

Parte 1 | Parte 3 | Parte 4 | Parte 5

La historia de la Georgia independiente es mucho más convulsa de lo que cabría esperar en un país de apenas cuatro millones de habitantes e independizado hace poco más de 30 años. Al menos cuatro guerras, dos revoluciones e innumerables crisis constitucionales convierten la historia reciente del país en un caos. En las recomendaciones de viaje del Ministerio de Asuntos Exteriores de España se lee lo siguiente en su sección dedicada a Georgia: «Se recomienda a los viajeros evitar las aglomeraciones y manifestaciones, en particular tras las protestas violentas ante la sede del Parlamento en Tiflis». No era la primera recomendación que ignorábamos y tampoco sería la última. Así que ahí estábamos, en la escalinata del parlamento en Tiflis, con un par de miles de personas armadas de banderas georgianas y europeas protestando contra su gobierno. Nosotros sólo fuimos una vez, pero para ellos eran ya 58 días consecutivos manifestándose, y siguen haciéndolo a fecha de hoy. En Tiflis operaban las mismas fuerzas que actúan hoy en Moldavia, que son las mismas que sacudieron Ucrania en 2014, que a su vez fueron un eco de lo sucedido en las Repúblicas Bálticas a principios de los 90. Los georgianos no quieren ser rusos, pero Rusia se niega a dejar que sus antiguas colonias elijan su propio destino.

Manifestación en Tiflis el 28 de enero

Seguir leyendo