Yugoslavia por un día

El hotel Claridge’s de Londres es uno de tantos establecimientos con solera, historia y unos precios que tiran de espaldas de los que pueblan la capital británica. Está situado muy cerca de Westminster, el Big Ben y todos esos lugares donde los guiris corremos a hacernos fotos nada más llegar a la ciudad. Fue fundado en la primera mitad del siglo XIX, así que ya gasta siglo y medio de solera y lujo, que se reflejan en las seiscientas libras (setecientos euros o casi mil dólares) que cuesta una noche en la más pequeña de sus suites. Hoy aparece en este rincón fronterizo de la web por una razón muy especial. Entre sus muros no sólo se han alojado reyes, estrellas de la música y celebrities diversas, sino que sus paredes alojaron el que fue a la vez el enclave más pequeño del mundo, y también el más efímero. El 17 de julio de 1945, la suite 212 del hotel fue, durante 24 horas, y de forma oficial, territorio yugoslavo.

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Fachada del Hotel Claridge’s, en el centro de Londres

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De Los Ángeles a Nueva York en cuatro minutos

El viaje que hoy traemos aquí es algo viejuno y ya fue ampliamente divulgado en su día, pero no por eso deja de ser fantástico. Grabado mediante time-lapse, el vídeo muestra un recorrido entre Los Ángeles y Nueva York de siete días de duración comprimido en cuatro minutos. Amaneceres, anocheceres, averías, las luces de la ciudad, túneles, lluvia y mucho más caben en este mítico vídeo viajero cuya música, hipnótica, sirve de perfecta ambientación. Si ya lo conocíais, es una buena ocasión para volver a verlo. Y si no, pues a disfrutar.

Time-lapse video of guy driving across the country (Dailymotion, 4:00 mins)

 

La tierra que nadie quiere

El término tierra de nadie, o Terra Nullius, suele usarse para designar un territorio no reclamado por nadie o sobre cuya propiedad no existe ningún tipo de reclamación. A nivel internacional, Terra Nullius es aquel territorio no reclamado por ningún estado, o sobre el que ningún país o ente tiene soberanía alguna. El concepto fue usado durante la colonización con total alegría para considerar cualquier tierra en la que vivieran aborígenes como no ocupada, y así poder repartirla legalmente entre los colonos. En la actualidad, el caso más evidente es la Antártida. Todo pedazo de tierra que sobresalga del mar al sur del paralelo 60 es, por definición, tierra de nadie, merced al Tratado Antártico, que congela las reclamaciones de soberanía en el territorio polar.

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La gran tarta de hielo antártica. En puridad, únicamente el territorio comprendido entre los meridianos 90º O y 150º O puede ser calificado de Terra Nullius, al no existir ninguna reclamación sobre él. Otro día nos ocuparemos de ese asunto.

Además de ese inmenso pedazo de hielo, sólo existe un lugar en todo el planeta Tierra que actualmente se pueda calificar de tierra de nadie. Se trata de Bir Tawil, un pequeño triángulo de desierto entre Sudán y Egipto que ninguno de los dos reclama. De hecho, ambos países lo reconocen oficialmente como territorio del país vecino. Ningún otro país tiene acceso al territorio. No es de nadie. Si siempre quisiste ser David Livingstone, esta es tu oportunidad. Bienvenido al siglo XIX.

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Los siete gigantes de los Urales

Al norte de los Urales, cuando estos dejan atrás la vegetación para convertirse en aterciopeladas colinas que se pierden en el horizonte, se levantan majestuosamente siete gigantes. Siete colosos de piedra que, en medio de la nada, parecen haber hecho un alto en el camino para contemplar el paisaje desde la cima de un altiplano. Con alturas que van desde los 30 hasta los 42 metros, estos siete moais, que la naturaleza ha moldeado durante más de 200 millones de años, forman uno de los legados geológicos más impresionantes y mágicos del planeta.

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El resto, tan fascinante como asombroso, en Soviet Russia, cuyo regreso al mundo de los blogs vivos nunca será suficientemente celebrado.

Nota desde el futuro cercano: SovietRussia.es dejó de existir en algún momento de finales de 2012, por lo que el enlace apuntaba a sitios de spammers y malware. El enlace ahora lleva a su versión archivada en Archive.org,

En mitad de la nada (II)

Hace unos cuantos años, tantos que las Spice Girls aún no habían sacado su primer disco, tuve la suerte o la desgracia de viajar en tren con relativa frecuencia entre Madrid y Andalucía. En aquellos años el AVE (el tren de Alta Velocidad Español, para los lectores del otro lado del Atlántico) estaba recién inaugurado, pero el resto de la red de ferrocarriles, y especialmente en Andalucía, dejaba mucho que desear. Por esa razón pasé horas y horas en uno de esos pueblos cuya única función es servir de cruce de caminos. Aquel lugar se llamaba Bobadilla-Estación, y, pese a estar relativamente cerca de un pueblo grande como Antequera, a mis ojos se aparecía tan perdida y desolada como una aldea de la Mongolia rural (ayudaban bastante los 40 grados a la sombre que azotaban la localidad en los meses de verano). En el pueblo apenas había un lugar de interés: el Bar y pensión Pepe, abrevadero para viajantes decorado con un escudo del Real Madrid de unos seis metros de alto en su fachada. Un sitio de gente decente. Más allá todo era polvo y desolación. Toda esta introducción egonostálgica viene a cuento porque la entrada de hoy inaugura una serie sobre esta clase de lugares. Pueblos perdidos en el desierto, estaciones de tren dejadas de la mano de Dios, regiones del tamaño de continentes y con la población de barrios medianos. Pero sobre todo, sitios donde vive gente.

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Una carretera pelín aislada en la Península del Labrador, en Canadá.

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