Antología de la toponimia triste

¿Quién le pone los nombres a los sitios? ¿Y por qué? La toponimia en muchas ocasiones no es más que un reflejo de la Historia. No necesariamente de la Historia del lugar, eso sí. Las Islas Salomón se llaman así porque Álvaro de Mendaña, el español que les dio su actual nombre, estaba convencido de que eran ricas como el viejo personaje bíblico. Canadá, según el investigador de la Universidad de Vermont Juan Francisco Maura, tiene su origen en la palabra española Cañada, como el estado de Montana lo tiene en la palabra Montaña. Más de veinte países, entre otros Filipinas, Colombia, las Islas Marshall, China o Kiribati, deben su nombre a una persona concreta (en los casos citados anteriormente, Felipe II, Cristóbal Colón, John Marshall, el emperador Quin y Thomas Gilbert). Siempre, o casi siempre, hay un por qué para el nombre de los lugares. Puede tratarse, como en el famoso caso de los lagos “Another Lake” y “And Another Lake”, de puro aburrimiento topográfico, o, como sucede con las islas Árticas o algunos estados de Australia, homenaje o peloteo a patrocinadores y mandatarios. A veces, sin embargo, el nombre de un lugar despierta asociaciones mentales que pueden tener o no que ver con la realidad física del territorio al que nombra. Son lugares en los mapas que nos inspiran sentimientos, bien porque los asociamos con productos culturales o leyendas (Tombuctú, Samarkanda) o, simplemente porque el nombre es la expresión de un sentimiento. Los lugares que hoy vamos a visitar se caracterizan por su toponimia alicaída, deprimente, afligida o contrita. También visitaremos lugares con nombres oscuros, siniestros o infaustos. Porque la geografía también puede ser inquietante.

Nada para ver en Arizona

La Ruta 93 entre Fénix y Las Vegas transcurre por un pedregal yermo, poblado únicamente por matorrales medio secos y Árboles de Josúé. De repente, entre los miliarios 148 y 149 un letrero que se eleva del terreno más que cualquier otra cosa en cien millas a la redonda llama la atención del viajero. Al acercarse con el coche, puede leerse: “Nothing”. No se puede decir que el letrero mienta. No hay absolutamente nada que ver en Nothing, Arizona. El lugar conoció tiempos mejores, aunque, siendo sinceros, no mucho mejores. Fue fundado en 1977 por cuatro zumbados puestos de peyote hasta las cejas que pretendían vivir lo que ellos llamaban “la experiencia del desierto”, así que abrieron una gasolinera y una tienda de conveniencia en mitad de la Nothing y se sentaron a ver los coches pasar. Así estuvieron 28 años hasta 2005, cuando el último de los cuatro amigos vendió la propiedad y se marchó buscando algo más de entretenimiento del que podrían proporcionarle las plantas rodadoras que cruzaban de lado a lado de la carretera. En 2009 otro enajenado mental compró la propiedad y reabrió la tienda añadiéndole un horno para pizzas esperando un alud de curiosos que, bueno, no llegó. Antes de que finalizara 2011 el lugar estaba otra vez desierto.

(Fuentes: 1, 2)

Letrero en los restos semiderruidos de la tienda de conveniencia de Nothing: “Los leales ciudadanos de Nothing están llenos de esperanza y fe y creen en la ética del trabajo. A lo largo de los años estas laboriosas gentes tuvieron fe en Nada, esperanza en Nada y trabajaron en Nada, para Nada”. La alegría de la huerta, oigan.

Camino a ninguna parte… en medio de ninguna parte.

Iqualuit es la capital de la región más grande de Canadá: el territorio de Nunavut. Nunavut es una provincia con dos millones de kilómetros cuadrados de superficie y treinta mil habitantes, una densidad de población tan baja que hace que Mongolia parezca Manhattan. Iqualuit en sí está habitada por algo menos de siete mil personas, y es la única capital canadiense a la que no se puede llegar por carretera o ferrocarril. Lógico, teniendo en cuenta que el villorrio está en la Isla de Baffin, a 63 grados de latitud norte, a 300 km del Círculo Polar Ártico y a más de 1200 de la población más próxima conectada a la red general de carreteras del Canadá. Desde Iqualuit se puede ir a Apex, que está a 5 kilómetros, o al aeropuerto, que está a dos. O se puede tomar una carretera literalmente llamada “Road to Nowhere“, camino a ninguna parte, y que como su propio nombre indica, sorpresa, no lleva a ninguna parte. Apenas mide cuatro kilómetros de largo y su único dato reseñable es que pasa junto a un estanque llamado “Lago del Perro Muerto”, que es también bastante siniestro. ¿Y qué hay al final del Camino a Ningún Sitio? Lo mismo que en Nothing, Arizona. La nada.

Fuentes: 1, 2

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La señalización no miente. Al menos la que está en inglés (fuente)

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La Carretera a Ningún Sitio termina, como se ve, en mitad de ningún sitio (fuente)

Isla de los Muertos, cuando la toponimia es perectamente descriptiva

Cuando uno viaja al extranjero tiene que tener en cuenta en la medida de lo posible los usos y costumbres del lugar que visita. Así, hay que evitar comer chicle en Singapur (penado con un par de años de cárcel), llegar un minuto tarde a una cita en Tokio o, en el caso que nos ocupa, hacer chistes en Australia sobre el pasado como colonia penal del país y el origen carcelario de la mayoría de sus antepasados. Hubo varias colonias penales en Australia, principalmente en Nueva Gales del Sur, pero también en la mayoría de los demás estados. Durante 80 años unos 160.000 presos fueron deportados a Australia (un 20% de ellos, mujeres); bajo la fachada del correctivo penal se ocultaba la necesidad de mano de obra barata o gratuita de los colonos establecidos. Una vez cumplida la sentencia (de media, siete años de trabajos forzados) el ex convicto quedaba libre y generalmente se establecía como colono. Australia permitía hacer borrón y cuenta nueva y olvidar cualquier mancha del pasado. Pero no todos los presos tenían la suerte suficiente para sobrevivir a su condena. Un 10% murieron bien en el viaje o bien de hambre al llegar o durante la duración de su castigo por enfermedades y otras mil causas. En la colonia penal de Port Arthur, en la isla de Tasmania, más de mil presos murieron durante los 44 años (1833-1877) que permaneció abierta. También guardias, empleados y colonos fallecieron como chinches en una época y un lugar donde sobrevivir era una odisea. Todos ellos fueron enterrados en el cementerio que se habilitó en una isla frente a las factorías madereras que hacían las veces de cárcel y campo de trabajos forzados. A la isla, claro, se la llamó en consonancia con su función: Isle of the Dead. 180 tumbas, las de los civiles, tienen su correspondiente lápida. Las demás, las de los presos, permanecen sin nombre; las vidas de aquellos que reposan allí se disolvieron sin dejar rastro ni siquiera en el lugar donde reposan sus restos.

Fuentes 1, 2, 3

Los muertos de la Isla de los Muertos

Las islas de las masacres

Cuando en 2016 Leonardo DiCaprio obtuvo finalmente su merecido Óscar innumerables chistes y memes de Internet llegaron a su fin. La película que le sirvió para alcanzar la estatuilla dorada fue El Renacido, una historia basada en la vida de Hugh Glass, un trampero y hombre de la frontera de la primera mitad del siglo XX. La belleza extrema de los paisajes canadienses que enmarcan la historia (que transcurre en lo que hoy es Minesota) sólo se ve superada por la dureza de la narración. Tramperos, cazadores, indios y frontiermen se matan unos a otros, y entre ellos, con encomiable empeño. La vida en la frontera norteamericana era extremadamente dura y peligrosa, para los indios pero también para los rostros pálidos.

De arriba abajo, las masacres de Nueva Escocia, Ontario y Quebec

Y no son pocos los restos que ha dejado en la toponimia. En Canadá hay hasta tres islas llamadas “de la Masacre”, una en Ontario, otra en Nueva Escocia y una tercera en Quebec. La más conocida es la que se encuentra en el Lago de los Bosques (Lake of the Woods), en la frontera entre Ontario y Minesota. Según la historia oral transmitida durante un par de siglos, la isla le debe su nombre a la escabechina que unos Sioux llevaron a cabo sobre un grupo de veinte franceses y sus guías Cree en 1736, y que llevó a la guerra a varias naciones indias durante décadas. Las descripciones de otros viajeros que llegaron al lugar semanas después y retiraron los cadáveres son bastante gráficas:

Sus cabezas estaban envueltas en pieles de castor, la mayoría con el cuero cabelludo arrancado. El misionero yacía rodilla en tierra con una flecha en la espalda y un boquete en el pecho; Jean-Baptiste de La Vérendrye yacía bocabajo con la espalda abierta en canal con un cuchillo, y su tronco decapitado cubierto de púas de puercoespín”.

En realidad se ignora si la isla que lleva el nombre de la Masacre fue donde sucedió esto. Dicho sea de paso, tampoco importa porque los nombres ya están puestos. Las islas homónimas de Nueva Escocia y Quebec tienen historias similares detrás, aunque menos comprobables porque en ellas no murió ningún explorador famoso. Hoy una cruz recuerda a los exploradores y viajeros masacrados en la isla de Ontario. En las otras dos islas, el recuerdo es sólo el nombre.

Fuentes: 1, 2, 3, 4

Llegué aquí por Accidente

¿Cómo demonios se llaman los nativos de un lugar llamado “Accidente”? Accidentales, obviamente. Accident está situado en el extremo oriental del estado de Maryland; según la leyenda incomprobable que todo el mundo da por cierta, cuando en el siglo XVIII el señor Baltimore (el que le da nombre a la ciudad) permitió la colonización de sus tierras al oeste de la colonia de Maryland, dos de los muchos individuos que acudieron a la llamada acabaron apropiándose de exactamente las mismas tierras by Accident, y de ahí el nombre del sitio. Un lugar llamado Accidente cuyo gentilicio es “accidental” abre infinitas posibilidades en el ámbito del chascarrillo inane en todo lo referido a sucesos de tráfico, percances laborales y embarazos no deseados. Nada más fácil que ser de un pueblo vecino de Accident, un Shelbyville del mundo real, y despreciar a los accidentales, porque, ¿cómo demonios va a ser buena gente alguien que le puso a su pueblo semejante nombre?

Fuentes, 1, 2

Lugares sin nombre

 

Mil quinientas palabras atrás visitábamos Nothing, un lugar donde no hay Nada. Nada de interés al menos. Nothing tenía un nombre. Un nombre descriptivo, además. Pero hay lugares donde la ausencia de interés es tan notable que ni siquiera tienen tal cosa. Lugares sin nombre. “Sin nombre” es la traducción literal de “Nameless“, un pueblo de Tennessee con apenas unas docenas de habitantes que en su momento de mayor gloria, a principios del siglo XX, llegó a contar con unas 250 almas, una escuela de educación primaria y una oficina de correos. Según el folclore local el nombre del lugar viene, precisamente, de la dificultad en ponerle nombre a la oficina postal. Varios nombres fueron rechazados y la solicitud devuelta con un “nameless” escrito en la casilla de la dirección. Y así se quedó. O eso dicen.

No menos rara es la historia de No Name, en Colorado. Si Nameless obtuvo su nombre de la oficina postal, No Name lo hizo de una señal de tráfico en la autopista. Cuando se construyó la Interestatal 70 a su paso por el norte de Colorado se planificó una salida de la autopista hacia una comunidad bastante desperdigada que había en la zona. Esa comunidad (que no pertenece a ningún municipio al tratarse de una zona no incorporada) no tenía ningún topónimo reconocido así que el burócrata encargado de rotular la salida de la autopista escribió literalmente No Name. “Sin nombre”. Y la población local no sólo aceptó el nombre sino que lo acogió con entusiasmo, lo hizo suyo y rechazó todos los intentos del Condado de Garfield de ponerle un nombre normal a la población, que, de todos modos, apenas concentra docena y media de casas y pequeños negocios.

Fuentes 1, 2, 3

Los No Lugares

Tanto Nameless como No Name son lugares sin nombre. Pero, ¿qué decir de No Place, en Inglaterra, que ni siquiera llega a ser un lugar? A principios de los noventa el sociólogo francés Marc Augé escribió una obra llamada precisamente “Los No Lugares”. El libro es un coñazo insoportable escrito para eruditos y lameculos, pero resultó ser bastante influyente en el arte y el pensamiento de los siguientes años. Los no lugares, para Augé, son espacios anónimos genéricos sin identidad y perfectamente intercambiables, lugares no antropológicos que no dicen nada de la cultura a la que pertenecen porque podrían estar perfectamente en la otra punta del mundo sin cambiar nada. Aeropuertos, áreas de autopista, polígonos industriales o discotecas entran dentro de esa categoría.

Darse una vuelta en Google Street View por No Place (No-lugar), un pueblo de unas pocas docenas de habitantes al noreste de Inglaterra, casi confirma la tesis del antropólogo francés. Casas unifamilares de ladrillo visto y amplios ventanales, calles sin vida de aceras estrechas y patios traseros donde acumular la basura real y metafórica, en un compendio de la arquitectura residencial suburbial inglesa más típica, esa que todos reconocemos nada más bajar de un Easyjet en el aeropuerto de Luton. Sin embargo, No Place no es una celebración de lo anodino y superfluo del lugar sino simplemente una corrupción del topónimo original: North Place

Fuentes: 1, 2

 

Mi problema con los lagos

Es sabido (lo hemos comentado en el primer párrafo) que los canadienses tienen a la hora de ponerle nombre a los lagos, por aquello de que tienen más que el resto del Planeta Tierra junto. Así que es fácil que el señor encargado de ponerle nombres a las cosas en un momento dado sufra un ataque de exasperación. Sólo así podría explicarse la existencia del Lago Despreciable (Miserable Lake). O mejor dicho, de los Lagos Despreciables, porque hay tres, dos en Ontario y un tercero en Illinois, formando un triángulo alrededor de los Grandes Lagos. ¿Por qué ese desprecio lacustre? ¿Qué razón hay para escupir figuradamente sobre esas masas de agua que no han hecho daño a nadie? Sinceramente lo ignoro. Pero parece ser que los lagos, estanques, lagunas y masas de agua en general son propicios para recibir nombres peyorativos. Pensemos en el Lago del Terror (Terror Lake), en Alaska. ¿Pasaría el lector una noche allí acampado? Sin llegar a esos extremos de pánico, ¿por qué iría uno a pasar un fin de semana a un lugar llamado Lago Triste (Sad Lake)? Que también hay tres, y dos de ellos también están en Ontario (el tercero en Oregón). Ya dijimos que en Canadá de lagos sabían un rato. ¿Y llevarse al crush al Lago del Desamor (Loveless Lake) en un apartado rincón de Wisconsin? Podría acabar la cosa muy mal, pero no tanto como en el Lago del Suicidio (Suicide Lake), en Wyoming, o, entrando en las zonas más macabras de la toponimia, el Estanque de la Mujer Muerta (Dead Woman Pond). Nos podríamos situar en algo intermedio, como el Lago de la Calamidad (Calamity Lake), del que encontramos ejemplos en Minesota, Ontario o la Columbia Británica (en serio, hay muchos lagos en Canadá). Finalmente, habría que evitar como la peste el Lago Sin Retorno (Lake of No Return), que está entre la India y Birmania. ¿Entiendes, querido lector, mi problema con los lagos? 

(Fuente)

Esta anotación está inspirada en el libro Sad Topographies, a su vez proveniente de una famosa cuenta de Instagram cuyo seguimiento recomiendo fervorosamente. El libro puede adquirirse por los medios habituales de robo o encargo, o directamente en Amazon dándole unos centimillos a este amable bloguero fronterizo pinchando en la imagen de aquí abajo.

Si te gustó toda esta chapa, te gustarán seguramente las tres mil y pico palabras de Sesenta grados sur, las Islas de la Desolación, que también tiene algo de toponimia depresiva.

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17 respuestas a “Antología de la toponimia triste

  1. Antonio 10-enero-2019 / 12:18 pm

    El propio nombre de Iqaluit ya es de por si triste: lugar donde hay pescado.

  2. No 10-enero-2019 / 5:21 pm

    En Nothing abrieron un “convenience store” y en España no hay ni una sola “tienda de conveniencia”.

  3. javidiaz29 10-enero-2019 / 11:05 pm

    …pues me pillo el libro… si está recomendado por este blog seguro que es buenisimo! 😀

    Una entrada de lo más divertida.. bueno, como todas las publicadas 😀

  4. QA 11-enero-2019 / 1:48 am

    En Asturias hay un puerto -de montaña- llamado el pozo de las mujeres muertas. También hay mucha leyenda al respecto (historias de la guerra y cosas por el estilo) pero teorías más fiables hablan de una corrupción del vocablo ‘mulleres’ que vendría a significar ‘aguas’ (muy parecido al asturiano ‘muyeres’ que significa, obviamente, ‘mujeres’).

    • QA 11-enero-2019 / 1:51 am

      Otra teoría habla de ‘mul.lares’ (con che vaqueira) que significaría ‘blandas’ en referencia a la dureza -escasa- de las rocas de la zona.

  5. Santiago 12-enero-2019 / 9:20 pm

    En Montevideo hay un estadio Charrua, sito dentro del parque Rivera. Rivera fue un caudillo que precisamente, extermino a los charruas a pedido de los terratenientes de la novel Republica Oriental del Uruguay,

  6. Piscarciano 13-enero-2019 / 6:14 pm

    Estoy pendiente de hacer en Burgos lo que podríamos llamar la “Ruta del Miedo”. A saber, una marcha de dos días, un día para las máquinas, que comienza en Villaescusa la Sombría, continúa por Tinieblas y acaba en Quintanilla del Coco. Si alguien quiere, puede desviarse un poco y abrevar en el arroyo Mataviejas.

  7. oraculador 14-enero-2019 / 11:33 am

    Accident está en el extremo occidental de Maryland, no en el oriental!!

  8. Michele drouilly 15-enero-2019 / 1:11 am

    Puerto del Hambre en Magallanes, Chile

  9. Michele drouilly 15-enero-2019 / 1:12 am

    Y Golfo de Penas igualmente en el extremo sur de Chile

  10. Victor Tovar 15-enero-2019 / 6:46 pm

    Ayacucho en Perú. Literalmente: Rincón de los Muertos. Tristemente, fue el departamento que más sufrió durante la época del terrorismo de Sendero Luminoso en los 80s y 90s..

    • The Rock of 1-febrero-2019 / 10:58 am

      Este me macroencata

    • The Rock of 1-febrero-2019 / 10:59 am

      Mismo le pasa al Jebel Musa. Desde Ceuta: la mujer muerta 😉

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