Viaje a Malta, la isla de arena (segunda parte)

Un ferry une cada media hora el puerto de La Valeta con el de Birgu, a la que en italiano y desde el Sitio de Malta se conoce como Vittoriosa. Las callejuelas de Birgu, Bormla (Cospicua en italiano) y Senglea forman lo que conjuntamente se denomina las Tres Ciudades, que concentraban la mayor parte de la actividad económica de la isla antes de la fundación de La Valeta. No es un lugar «imprescindible» según las guías de viaje maltesas, pero sí extremadamente recomendable, especialmente en un día laborable y soleado de invierno, cuando las calles residenciales aparecen vacías salvo por sus habitantes y dueños, que son pocos. En el extremo de Vittoriosa está el Fuerte de San Ángel (Forti Sant’Anglu), reconstruido tras el asedio, y hoy sede de museos y exposiciones. En la otra punta del pueblo, está el Museo de Malta en guerra. En la península contigua (Senglea) está el Fuerte de San Miguel (Forti San Mikiel), el único de los tres que sobrevivió a los turcos. A las afueras de Bormla, es decir, a medio kilómetro del puerto, están las murallas de la Cottonera, las fortificaciones levantadas en el siglo XVII para proteger la ciudad y el puerto. El paseo por las Tres Ciudades es un recorrido por la historia de Malta y sus guerras, desde la llegada de los Hospitalarios hasta los bombardeos nazis durante la II Guerra Mundial, cuando según los malteses, la isla se convirtió en «el lugar más bombardeado de la Tierra».

Malta tiene un malcapasos… que le ayuda al colazón

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Viaje a Malta, la isla de arena

Viajar fuera de temporada tiene sus inconvenientes. El tiempo, principalmente. Eso y que dos tercios de la infraestructura turística estén cerrados. Pero también tiene sus ventajas obvias. El precio, claro. Subirse a un avión por la mitad de lo que cuesta un taxi. Pagar por una noche de hotel lo mismo que por un par de menús Big Mac. Pero sobre todo la sensación de estar viendo el lugar en su esencia real, no el escaparate que se muestra a los turistas entre mayo y septiembre. Los turistas lo somos todo el año, pero viajar en enero a un destino clásico de sol y playa otorga una sensación de privilegio, producto de, bueno, algo tan sencillo como tener lugares increíbles casi para uno solo. Así que un miércoles de enero nos subimos al Ryanair más próximo y nos plantamos por primera vez en Malta, el penúltimo de los países de la Unión Europea que me faltaban por tachar de la lista. Pocos países me han sorprendido tanto para bien.

El balcón maltés

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Me quedo con tu matrícula: un viaje alrededor del mundo a través de las placas de los coches

Las matrículas de los vehículos pertenecen a esa categoría de objetos que son simultáneamente burocráticos y sugerentes, como las pantallas de destinos de los aeropuertos o la señalización geográfica de las autopistas. Una matrícula es en esencia un objeto puramente administrativo, cuya utilidad es identificar un vehículo determinado y a su dueño, certificar que la maquinaria del Estado ha dado su visto bueno para su circulación. Pero también es más que eso. Un automóvil extranjero es como un pedacito de otro país circulando por nuestros caminos. Cruzarse con un coche, una moto, o una autocaravana con una matrícula extranjera nos evoca el recorrido que habrá realizado el vehículo desde su hogar hasta la calle donde lo vemos aparcado o el cruce donde nos lo topamos. Nos inspira preguntas y nos sugiere itinerarios, y más cuanto más lejano es el país de procedencia del vehículo.

Una furgoneta marca Toyota matriculada en Iowa y fotografiada en Sitges (Barcelona)

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Cómo meter tres países por el ojo de una cerradura

¿Cuál es el estado más pequeño del mundo? El Vaticano, diréis. Y yo os responderé altiva, tramposa y prepotentemente: ERROR. El Vaticano tiene una densidad de población de dos papas por kilómetro cuadrado (el doble si se cuenta al Papa Emérito), y una superficie que equivale a un cuadrado de setecientos metros de lado, palmo arriba o abajo. Es un territorio exiguo, pero es un territorio. Resulta que existe un sujeto soberano, con sus pasaportes, sus embajadas, su membresía de la ONU, su diplomacia y sus cosas varias que, sin embargo, carece por completo de eso de lo que el Vaticano tiene tan poco y a Rusia le sobra. No, no hablo de vodka o vecinos invadidos, sino de territorio, claro. Se trata, como los lectores más avezados y sabios habrán sin duda adivinado, de la Orden de Malta, cuyo tediosísimo nombre completo es Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta. Chúpate esa.

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No, esta no es la bandera de Dinamarca, sino la de la Orden de Malta.  La otra bandera, más conocida, es la que tiene la Cruz de Ídem.

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De qué viven los trece países más pequeños de la Tierra

¿De qué vive un país cuyos habitantes cabrían todos en un estadio medianito? ¿A qué se dedican los habitantes de un país tan pequeño que recorrerlo de una punta a otra es un paseo a pie? ¿Cómo sobrevive un Estado cuyo territorio está compuesto de cientos de minúsculos islotes de coral? ¿Cuántos impuestos recauda un gobierno cuyos ciudadanos apenas llenarían un par de manzanas de un suburbio de cualquier capital europea o americana? Eso es exactamente lo que vamos a ver.  De qué viven los países más pequeños del mundo.

Cajero automático en la Ciudad del Vaticano, con las instrucciones en latín… y en Comic Sans.

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