Los muros que aún permanecen en pie (I)


El 9 de noviembre de 1989, cerca de la medianoche local, la ciudad de Berlín estalló de pura euforia cuando la policía de la República Democráctica Alemana, los temidos Vopos, abrieron la frontera y permitieron la salida de miles de ciudadanos germano orientales. Ese día cayó el Muro de Berlín, y fue un día de alegría y celebración. Pero el de Berlín ni era el único ni fue el último en alzarse. A lo largo del planeta existen decenas de fronteras amuralladas; la única diferencia es que en la mayoría de los casos existen para mantener a la gente fuera de aquello que protegen, no dentro. Me hubiera gustado titular esta entrada “Los últimos muros que aún permanecen en pie”, pero no soy tan optimista.En la última década más de una docena de nuevas barreras, muros o verjas se han levantado en fronteras de todo el mundo. De hecho, la mayoría de las que hoy vamos a ver se levantaron después de la caída del Muro de Berlín. Sigue leyendo

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Seis ciudades en dos continentes

Hay varios países que pertenecen a más de un continente, o que poseen territorios en varios continentes. Un caso evidente es el de Rusia, simultáneamente el país más grande de Europa y el país más grande de Asia (y el más grande del mundo, claro). En Europa tenemos varios casos. Dinamarca, país eminentemente europeo cuyo territorio americano (Groenlandia) es cincuenta veces más grande que la metrópoli,  Turquía, situado entre Europa y Asia o España, o Ceuta y Melilla como bastiones africanos de España son algunos ejemplos. Egipto, por su parte, es un país afroasiático, al igual que Yemen, que posee varias islas en la costa africana. Francia es un caso especial, puesto que la metrópolis (dejando aparte colonias y asimilables) comprende territorios en tres continentes, Europa, América y África. Estados Unidos posee territorios en América (la inmensa mayoría), Oceanía (Hawai) y Asia (las Aleutianas orientales), además de algunas islas en Oceanía no incorporadas a la Unión. Y así hasta docena y media de países situados en varios continentes. Pero podemos ir más allá. En este blog hemos visto numerosas ciudades divididas entre dos países, pero hasta ahora nunca habíamos visto ninguna en dos continentes. A ello vamos

Monumento en el límite entre Europa y Asia, situado en los montes Urales a unos 40 kilómetros al oeste de Ekaterimburgo. Debajo, otro monumento similar en el Ártico, que también separa a las ciudades de Vorkutá y Salejard (fuente)


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La tierra que nadie quiere

El término tierra de nadie, o Terra Nullius, suele usarse para designar un territorio no reclamado por nadie o sobre cuya propiedad no existe ningún tipo de reclamación. A nivel internacional, Terra Nullius es aquel territorio no reclamado por ningún estado, o sobre el que ningún país o ente tiene soberanía alguna. El concepto fue usado durante la colonización con total alegría para considerar cualquier tierra en la que vivieran aborígenes como no ocupada, y así poder repartirla legalmente entre los colonos. En la actualidad, el caso más evidente es la Antártida. Todo pedazo de tierra que sobresalga del mar al sur del paralelo 60 es, por definición, tierra de nadie, merced al Tratado Antártico, que congela las reclamaciones de soberanía en el territorio polar.

AntarcticStationsMap

La gran tarta de hielo antártica. En puridad, únicamente el territorio comprendido entre los meridianos 90º O y 150º O puede ser calificado de Terra Nullius, al no existir ninguna reclamación sobre él. Otro día nos ocuparemos de ese asunto.

Además de ese inmenso pedazo de hielo, sólo existe un lugar en todo el planeta Tierra que actualmente se pueda calificar de tierra de nadie. Se trata de Bir Tawil, un pequeño triángulo de desierto entre Sudán y Egipto que ninguno de los dos reclama. De hecho, ambos países lo reconocen oficialmente como territorio del país vecino. Ningún otro país tiene acceso al territorio. No es de nadie. Si siempre quisiste ser David Livingstone, esta es tu oportunidad. Bienvenido al siglo XIX.

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La soledad del corredor de fondo

Siempre he pensado que los maratonianos están hechos de otra pasta distinta a la del resto de los mortales. Uno, que se asfixia cada vez que tiene que correr para que el autobús no se escape, y que se agota subiendo cuatro pisos de escaleras, se echa a temblar cuando piensa en 42 kilómetros, uno detrás de otro, de asfalto. Pero se me ocurre algo peor. Que la carrera no sea sobre asfalto, sino sobre tierra, nieve, hielo o arena del desierto. Y que además no sea de 42 kilómetros y pico, sino de 50. O de 75. O de 100. Hoy daremos un garbeo por las carreras más duras, extrañas y exóticas del mundo.

Una de las carreras más duras imaginables es la maratón de montaña. A la longitud del recorrido se añaden los enormes desniveles a salvar a lo largo de la carrera. En el pico más alto de Europa se disputa la Maratón del Mont Blanc, una carrera en la que los participantes deben salvar un desnivel de más de mil metros… dos veces. El recorrido pasa cerca del trifinium entre Suiza, Francia e Italia, por cierto. El récord de la carrera está por encima de las tres horas (la mejor marca en la maratón tradicional está muy poco por encima de las dos). Pero tanto mérito o más que los que acaban primeros tienen los que acaban como farolillo rojo. El año pasado los dos últimos en llegar a la meta fueron Peter y Moira Reed, dos británicos que terminaron la prueba en 8 horas y 40 minutos. Pero llegaron.

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