Hay muchas maneras por las que un país puede llegar a existir. Generalmente a través de procesos de siglos, guerras, revoluciones, pactos y tratados internacionales. Pero hay otros países que aparecen simplemente por pura casualidad. Y es fue el caso de la República de Cospaia, un pueblecito italiano que durante más de cuatrocientos años existió sin que nadie le molestara, y que apareció por un error de interpretación en un tratado internacional. Uno de los estados más pequeños, más extraños y probablemente más absurdos de la historia humana, y por lo tanto, uno de los más divertidos.
Un ferry une cada media hora el puerto de La Valeta con el de Birgu, a la que en italiano y desde el Sitio de Malta se conoce como Vittoriosa. Las callejuelas de Birgu, Bormla (Cospicua en italiano) y Senglea forman lo que conjuntamente se denomina las Tres Ciudades, que concentraban la mayor parte de la actividad económica de la isla antes de la fundación de La Valeta. No es un lugar «imprescindible» según las guías de viaje maltesas, pero sí extremadamente recomendable, especialmente en un día laborable y soleado de invierno, cuando las calles residenciales aparecen vacías salvo por sus habitantes y dueños, que son pocos. En el extremo de Vittoriosa está el Fuerte de San Ángel (Forti Sant’Anglu), reconstruido tras el asedio, y hoy sede de museos y exposiciones. En la otra punta del pueblo, está el Museo de Malta en guerra. En la península contigua (Senglea) está el Fuerte de San Miguel (Forti San Mikiel), el único de los tres que sobrevivió a los turcos. A las afueras de Bormla, es decir, a medio kilómetro del puerto, están las murallas de la Cottonera, las fortificaciones levantadas en el siglo XVII para proteger la ciudad y el puerto. El paseo por las Tres Ciudades es un recorrido por la historia de Malta y sus guerras, desde la llegada de los Hospitalarios hasta los bombardeos nazis durante la II Guerra Mundial, cuando según los malteses, la isla se convirtió en «el lugar más bombardeado de la Tierra».
Malta tiene un malcapasos… que le ayuda al colazón
Viajar fuera de temporada tiene sus inconvenientes. El tiempo, principalmente. Eso y que dos tercios de la infraestructura turística estén cerrados. Pero también tiene sus ventajas obvias. El precio, claro. Subirse a un avión por la mitad de lo que cuesta un taxi. Pagar por una noche de hotel lo mismo que por un par de menús Big Mac. Pero sobre todo la sensación de estar viendo el lugar en su esencia real, no el escaparate que se muestra a los turistas entre mayo y septiembre. Los turistas lo somos todo el año, pero viajar en enero a un destino clásico de sol y playa otorga una sensación de privilegio, producto de, bueno, algo tan sencillo como tener lugares increíbles casi para uno solo. Así que un miércoles de enero nos subimos al Ryanair más próximo y nos plantamos por primera vez en Malta, el penúltimo de los países de la Unión Europea que me faltaban por tachar de la lista. Pocos países me han sorprendido tanto para bien.
31 de agosto de 1939, ocho de la tarde. En la estación de radio alemana de Gleiwitz, muy cerca de la frontera con Polonia, tres técnicos trabajan, charlan y fuman, compartiendo un rato con un agente de policía que pasaba de visita. Repentinamente, cinco hombres vestidos con uniformes del ejército polaco irrumpen en la emisora y encierran a todo el mundo en el sótano. Encuentran un micrófono y leen un comunicado en polaco en el que llaman al ataque contra Alemania y los alemanes. De fondo se escuchan disparos. Pero no hay nadie que pueda oponer resistencia. En pocos minutos, los asaltantes se marchan. Uno de ellos, aparentemente, ha muerto en el ataque; su cadáver tiroteado aparece junto a la puerta del recinto. La prensa alemana es contundente: Polonia ha invadido Alemania. Adolf Hitler da la orden: a las cinco de la mañana del día siguiente las tropas nazis invaden a sus vecinos polacos. La segunda guerra mundial acaba de comenzar en Europa, usando como excusa el asalto a la estación de radio. Pero en realidad ese ataque no existió. Fue todo una farsa, una excusa para dar inicio al conflicto más sangriento de la historia de la humanidad.
Desde lejos parece un ventilador de sobremesa. Uno especialmente inmenso, que sobresale sobre el paisaje circundante como una nave alienígena que hubiera tenido un accidente. Pero es el proyecto de toda una vida. Concretamente de la vida de Józef Antos, un polaco nacido en los años treinta que soñó con un futuro en el que su país produjera toda su electricidad con el viento, y que puso manos a la obra para conseguirlo. Esta es la historia del molino de viento más inusual que haya existido sobre la faz de la Tierra, y del hombre que lo construyó.
En España no existe un solo centímetro cuadrado de territorio que no pertenezca a algún ayuntamiento, con la única excepción de las Bárdenas Reales de Navarra, que pertenecen a la Corona Española. De hecho, la organización territorial española se basa en los municipios: Fue en 1833 cuando Javier de Burgos asignó cada municipio a una provincia determinada basándose en su distancia a la capital, con la idea de que ningún lugar estuviera a más de una jornada de distancia de su capital provincial. El territorio de un municipio puede abarcar un sólo núcleo de población o varios (generalmente los segundo), y, salvo en entornos muy urbanos, siempre incluye algo de campo. O sea de terreno sin urbanizar. Ahora bien: hay algunos términos municipales que parecen diseñados en un frenopático. Formas absurdas, enclaves múltiples, pueblos dentro de otros pueblos. Y muchas veces eso implica extremas disfuncionalidades. Hoy en Fronteras nos vamos a ver los pueblos y ciudades con las formas más raras de España.
Es un dato poco conocido fuera de la capital donostiarra, e incluso dentro, pero la bella Easo tiene tres exclaves en el resto de la provincia, algunos a varios kilómetros del resto del término municipal. El más grande de ellos, Zubieta, comparte nucleo urbano con el municipio de Usúrbil, que a su vez tiene dos pequeños enclaves dentro de Zubieta. El segundo enclave, Landarbaso, es un bosque en la ladera del monte Igoin, que quedó separado del resto de San Sebastián cuando Astigarriaga formó su propio ayuntamiento en 1987. Y el tercero, Urdaburu, está situado a más de ocho kilómetros del límite de la ciudad, casi tocando Navarra; también se encuentra deshabitado, y es producto de un deslinde de montes del siglo XVIII entre la capital y otros dos municipios.
Año 297 de nuestra era. En la isla de Rab, en la costa de la provincia romana de Dalmacia, un cantero al que todo el mundo conoce simplemente como Marinus se entera de que en Rimini están buscando gente para reconstruir las murallas de la ciudad. Así que se embarca en la primera chalupa disponible y se planta al otro lado del Adriático. Después de unos años allí decide ordenarse como diácono, y vive una vida normal, con sus misas y sus piedras hasta que una mujer bastante mal de la chaveta le acusa de ser el padre de su hijo. Marinus, cristiano y poco deseoso de meterse en líos en una época en la que el emperador Diocleciano no les tiene especial afecto a los seguidores de Cristo, decide huir a una montaña cercana, el Monte Titano. Una vez allí se construye una capilla y se encierra en ella a vivir como un eremita. Rápidamente se ganó fama de santo y de curar las enfermedades con la imposición de manos, así que un día la dueña del terreno, también cristiana, decide regalárselo. Era el 3 de septiembre del año 301 de nuestra era, y ese día se considera el de la fundación de San Marino. Cómo un país del tamaño de un bosque pequeñito ha sobrevivido 17 siglos es algo cuanto menos, sorprendente. Y eso es exactamente lo que vamos a ver hoy.
Era una mañana más del mes de octubre de 2005. En el anodinio edificio de oficinas en el que trabajaba como teleoperador un rumor fue creciendo lentamente sobre el sonido de los teléfonos y las voces de los trabajadores, hasta ocultarlo por completo. Era gente levantándose de sus sillas y abandonando sus puestos de trabajo para acudir hacia la ventana más próxima, la escalera de emergencia o directamente la salida del edificio. Lo que sucedía no era ninguna emergencia, es más estaba absolutamente previsto desde mucho, muchísimo antes de que cualquiera de nosotros, nuestros padres o nuestros abuelos hubieran nacido. A las once menos cuarto de la mañana el trabajo quedó suspendido; ni una sola persona permaneció en su puesto. Todos estábamos mirando al cielo. Por toda la ciudad, por toda la región, las escenas eran idénticas. Decenas, cientos de miles de personas detenidas en calles, colegios, aceras, azoteas y parques alzando la mirada hacia el sol. Para casi todos nosotros era el primer eclipse solar que habíamos visto, aunque no fuera total sino sólo anular. Pero ver desaparecer el sol casi completamente nos dejó sin palabras. A eso de las once y cuarto volvimos en tromba a nuestros puestos de trabajo. Antes de conectarme a la inevitable riada de llamadas de clientes insatisfechos, hice una consulta breve en Internet: «¿Cuándo será el próximo eclipse total de sol en España?». La respuesta no se hizo esperar. El eclipse, sin embargo, sí lo haría. Hasta el 12 de agosto de 2026. Quedaban, pues, más de dos décadas. Querido Diego de 26 años de edad: ya estamos aquí. Llegó el Año del Eclipse. El primero de ellos.
Trayectoria de la totalidad del Eclipse de sol del 12 de agosto de 2026 sobre la Península Ibérica y las islas Baleares (Observatorio de Borobia)
Cuando uno visita el observatorio de Greenwich se lleva dos sorpresas. Una: se pronuncia «grénich«. Y dos: si uno lleva un GPS encima, y todos lo hacemos puesto que llevamos un teléfono móvil a todas partes, podrá comprobar que la longitud que se indica en el mapa no es la que debería. Teóricamente, si uno se sitúa con un pie a cada lado del meridiano que está pertinentemente dibujado en el patio del edificio, el dispositivo debería indicar longitud cero. Cero patatero. Pero no lo hace: la medición puede variar de dispositivo en dispositivo, pero lo normal es que nos sitúe unos 0,0014 grados al oeste del cero. Más o menos unos cien metros, metro arriba o abajo. ¿Por qué sucede esto? ¿Está mal colocado el Oberservatorio de Greenwich? ¿Cómo puede estar mal colocado si es el que le otorga su nombre al único meridiano que lo tiene? La realidad es más sencilla: el Meridiano de Greenwich ya no es el Meridiano Cero, y no lo es desde hace muchos años.
El Meridiano de Greenwich pasando por entre mis testículos
Hace exactamente veinte años que vine a vivir a Barcelona. Mi primer trabajo fue de comercial, al igual que todos los que han venido después. Mi primera época en la ciudad la pasé trabajando para una compañía telefónica que hace ya una década que desapareció. Tardé seis meses en sacarme el carné de conducir, así que durante ese medio año acudí a todas las reuniones en transporte público, y como a menudo mis visitas eran muy lejos de Barcelona, acabé recorriéndome la práctica totalidad de la extensión de la red de Cercanías de la provincia. Siempre hubo una línea que me llamó mucho la atención: Hospitalet-La Tour de Carol, una línea de Cercanías tan atípica que acaba no ya en otra provincia sino en otro país. Durante veinte años pensé que sería divertido recorrerla en toda su extensión, y este verano me animé. Y luego, por qué no, seguimos más allá. En un tren aún más lento. Porque, como decía el poeta, a veces lo más importante del viaje no es el destino, sino el camino. Y la compañía.
¿Alguna vez habíais visto un grafitti desde atrás?