Cuando el plano del pueblo es un test de Rorschach: los términos municipales más absurdos y retorcidos de España

En España no existe un solo centímetro cuadrado de territorio que no pertenezca a algún ayuntamiento, con la única excepción de las Bárdenas Reales de Navarra, que pertenecen a la Corona Española. De hecho, la organización territorial española se basa en los municipios: Fue en 1833 cuando Javier de Burgos asignó cada municipio a una provincia determinada basándose en su distancia a la capital, con la idea de que ningún lugar estuviera a más de una jornada de distancia de su capital provincial. El territorio de un municipio puede abarcar un sólo núcleo de población o varios (generalmente los segundo), y, salvo en entornos muy urbanos, siempre incluye algo de campo. O sea de terreno sin urbanizar. Ahora bien: hay algunos términos municipales que parecen diseñados en un frenopático. Formas absurdas, enclaves múltiples, pueblos dentro de otros pueblos. Y muchas veces eso implica extremas disfuncionalidades. Hoy en Fronteras nos vamos a ver los pueblos y ciudades con las formas más raras de España.

Mapa de todos los términos municipales de España (IGN – Instituto Geográfico Nacional)

San Sebastián (Guipúzcoa, País Vasco) 

Es un dato poco conocido fuera de la capital donostiarra, e incluso dentro, pero la bella Easo tiene tres exclaves en el resto de la provincia, algunos a varios kilómetros del resto del término municipal. El más grande de ellos, Zubieta, comparte nucleo urbano con el municipio de Usúrbil, que a su vez tiene dos pequeños enclaves dentro de Zubieta. El segundo enclave, Landarbaso, es un bosque en la ladera del monte Igoin, que quedó separado del resto de San Sebastián cuando Astigarriaga formó su propio ayuntamiento en 1987. Y el tercero, Urdaburu, está situado a más de ocho kilómetros del límite de la ciudad, casi tocando Navarra; también se encuentra deshabitado, y es producto de un deslinde de montes del siglo XVIII entre la capital y otros dos municipios.

Fuentes: 1, 2

El término municipal de San Sebastián (Ayuntamiento de San Sebastián | Tuíter)

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Por qué existe San Marino, la república más antigua del mundo

Año 297 de nuestra era. En la isla de Rab, en la costa de la provincia romana de Dalmacia, un cantero al que todo el mundo conoce simplemente como Marinus se entera de que en Rimini están buscando gente para reconstruir las murallas de la ciudad. Así que se embarca en la primera chalupa disponible y se planta al otro lado del Adriático. Después de unos años allí decide ordenarse como diácono, y vive una vida normal, con sus misas y sus piedras hasta que una mujer bastante mal de la chaveta le acusa de ser el padre de su hijo. Marinus, cristiano y poco deseoso de meterse en líos en una época en la que el emperador Diocleciano no les tiene especial afecto a los seguidores de Cristo, decide huir a una montaña cercana, el Monte Titano. Una vez allí se construye una capilla y se encierra en ella a vivir como un eremita. Rápidamente se ganó fama de santo y de curar las enfermedades con la imposición de manos, así que un día la dueña del terreno, también cristiana, decide regalárselo. Era el 3 de septiembre del año 301 de nuestra era, y ese día se considera el de la fundación de San Marino. Cómo un país del tamaño de un bosque pequeñito ha sobrevivido 17 siglos es algo cuanto menos, sorprendente. Y eso es exactamente lo que vamos a ver hoy.

Hoy en Diversión con Banderas

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2026, el año del eclipse

Era una mañana más del mes de octubre de 2005. En el anodinio edificio de oficinas en el que trabajaba como teleoperador un rumor fue creciendo lentamente sobre el sonido de los teléfonos y las voces de los trabajadores, hasta ocultarlo por completo. Era gente levantándose de sus sillas y abandonando sus puestos de trabajo para acudir hacia la ventana más próxima, la escalera de emergencia o directamente la salida del edificio. Lo que sucedía no era ninguna emergencia, es más estaba absolutamente previsto desde mucho, muchísimo antes de que cualquiera de nosotros, nuestros padres o nuestros abuelos hubieran nacido. A las once menos cuarto de la mañana el trabajo quedó suspendido; ni una sola persona permaneció en su puesto. Todos estábamos mirando al cielo. Por toda la ciudad, por toda la región, las escenas eran idénticas. Decenas, cientos de miles de personas detenidas en calles, colegios, aceras, azoteas y parques alzando la mirada hacia el sol. Para casi todos nosotros era el primer eclipse solar que habíamos visto, aunque no fuera total sino sólo anular. Pero ver desaparecer el sol casi completamente nos dejó sin palabras. A eso de las once y cuarto volvimos en tromba a nuestros puestos de trabajo. Antes de conectarme a la inevitable riada de llamadas de clientes insatisfechos, hice una consulta breve en Internet: «¿Cuándo será el próximo eclipse total de sol en España?». La respuesta no se hizo esperar. El eclipse, sin embargo, sí lo haría. Hasta el 12 de agosto de 2026.  Quedaban, pues, más de dos décadas. Querido Diego de 26 años de edad: ya estamos aquí. Llegó el Año del Eclipse. El primero de ellos.

Trayectoria de la totalidad del Eclipse de sol del 12 de agosto de 2026 sobre la Península Ibérica y las islas Baleares (Observatorio de Borobia)

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¿Por qué el Meridiano Cero no pasa por Greenwich?

Cuando uno visita el observatorio de Greenwich se lleva dos sorpresas. Una: se pronuncia «grénich«. Y dos: si uno lleva un GPS encima, y todos lo hacemos puesto que llevamos un teléfono móvil a todas partes, podrá comprobar que la longitud que se indica en el mapa no es la que debería. Teóricamente, si uno se sitúa con un pie a cada lado del meridiano que está pertinentemente dibujado en el patio del edificio, el dispositivo debería indicar longitud cero. Cero patatero. Pero no lo hace: la medición puede variar de dispositivo en dispositivo, pero lo normal es que nos sitúe unos 0,0014 grados al oeste del cero. Más o menos unos cien metros, metro arriba o abajo. ¿Por qué sucede esto? ¿Está mal colocado el Oberservatorio de Greenwich? ¿Cómo puede estar mal colocado si es el que le otorga su nombre al único meridiano que lo tiene? La realidad es más sencilla: el Meridiano de Greenwich ya no es el Meridiano Cero, y no lo es desde hace muchos años.

El Meridiano de Greenwich pasando por entre mis testículos

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Trenes rigurosamente sosegados. El placer de viajar despacio

Hace exactamente veinte años que vine a vivir a Barcelona. Mi primer trabajo fue de comercial, al igual que todos los que han venido después. Mi primera época en la ciudad la pasé trabajando para una compañía telefónica que hace ya una década que desapareció. Tardé seis meses en sacarme el carné de conducir, así que durante ese medio año acudí a todas las reuniones en transporte público, y como a menudo mis visitas eran muy lejos de Barcelona, acabé recorriéndome la práctica totalidad de la extensión de la red de Cercanías de la provincia. Siempre hubo una línea que me llamó mucho la atención: Hospitalet-La Tour de Carol, una línea de Cercanías tan atípica que acaba no ya en otra provincia sino en otro país. Durante veinte años pensé que sería divertido recorrerla en toda su extensión, y este verano me animé. Y luego, por qué no, seguimos más allá. En un tren aún más lento. Porque, como decía el poeta, a veces lo más importante del viaje no es el destino, sino el camino. Y la compañía.

¿Alguna vez habíais visto un grafitti desde atrás?

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Los túneles bajo el Muro de Berlín

Trece de agosto de 1961. Antes de que salga el sol, tropas de la República Democrática Alemana arrancan los adoquines en todos los cruces entre la zona soviética de Berlín y el resto de zonas de la ciudad. Inmediatamente después instalan alambradas y barricadas para impedir cualquier tipo de tráfico. Batallones de trabajadores comienzan a colocar ladrillos, mientras los soldados impiden por la fuerza el cruce de la frontera. Así comienza la construcción del Muro de Berlín, la barrera que la Unión Soviética levantó para evitar que los ciudadanos alemanes bajo su control se fugaran al mundo libre. Tres días después un soldado germano oriental encargado de vigilar uno de los cruces decidió escapar de la prisión en la que estaban convirtiendo Berlín Oriental. La foto del soldado saltando sobre la concertina se convirtió en una de las más famosas de la historia. Su nombre era Conrad Schumann, y fue la primera persona conocida en fugarse de la Alemania del Este. Pero desde luego no sería la última. A lo largo de los siguientes 28 años los alemanes inventaron infinidad de métodos para escapar de la tiranía comunista, muchas veces con éxito, otras dejándose la vida por el camino. Esta es la historia de una de las más exitosas: los túneles bajo el Muro de Berlín.

«Salto a la libertad», la foto de Peter Leibing que simboliza la Guerra Fría

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Estado Libre de Gollete, la micronación producto de un error de cálculo

El humor alemán tiene la misma buena fama que la gastronomía británica o la ingeniería india. Pero hay que reconocerles que a veces tienen cierta gracia. Esta es una historia de entreguerras y los conceptos «Alemania» y «humor» en esa época no se llevaban del todo bien, pero digamos que es una excepción. En 1918 Alemania inauguró su tradición de perder guerras mundiales. Como consecuencia y tras la firma del Tratado de Versalles, las potencias vencedoras decidieron ocupar una parte del país, concretamente la orilla oriental del Rin, lo que conocemos en castellano como Renania. Británicos, belgas, franceses y norteamericanos se repartieron zonas de influencia al oeste del río. Centrándose en una ciudad, trazaban una circunferencia en el mapa: todo lo que quedara dentro del círculo, quedaba bajo su control. Americanos y franceses no se percataron de un detallito: sus zonas de ocupación no se superponían, lo que dejaba un pedazo de territorio entre ambas. Un territorio que no tenía conexión con el resto de la Alemania sin ocupar y que por tanto, quedó completamente aislado. Y debido a que las zonas de ocupación aliadas eran circulares, la silueta de esta tierra de nadie adoptó la forma del cuello de una botella: El Estado Libre de Gollete.

Estado Libre de Gollete: El Mapa (fuente)

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El puente con más historia de Sarajevo

La frase de Churchill sobre la excesiva capacidad de los Balcanes de generar historia acaba llevándome siempre a un puente en Sarajevo. La capital bosnia acumula tanta historia que en uno de sus puentes se inició la primera guerra mundial y ni siquiera es el puente con más historia de la ciudad. Ese honor lo tiene otro a pocos kilómetros de allí, el lugar donde empezó y terminó la guerra de Bosnia. El puente de Suada y Olga.

Uno de los puentes más anodinos de la ciudad es el que tiene más historias que contar

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De Mostar a Srebrenica: crónicas de un país dividido y casi irreconciliable (segunda parte)

El único escritor Yugoslavo que ha recibido el Premio Nobel de literatura es Ivo Andrić, galardonado en 1961 en una ceremonia en la que, según se supo más tarde, se impuso entre otros a J.R.R. Tolkien y a John Steinbeck, ganador al año siguiente. Andric nació en Croacia, pero se crió en Sarajevo y vivió la mayor parte de su vida adulta en Belgrado. De hecho, se identificaba cono serbio y su obra fue proscrita por el gobierno croata durante la guerra y los primeros años de independencia. Su novela más famosa, Un puente sobre el Drina, trata, claro, de la convivencia y las divisiones entre musulmanes y cristianos, simbolizadas en el Puente Puente Mehmed Paša Sokolović, que cruza el Drina en Visegrado. Pocos países tienen tan marcada su historia por su geografía como Bosnia, específicamente por dos de sus ríos, el Drina y el Neretva, que abren valles en la geografía terriblemente montañosa del país y que son históricamente fronteras entre culturas, lenguas, religiones y alfabetos. Así que alquilé un coche y me fui a recorrerlos.

Mi edificio favorito de Bosnia y Herzegovina es la Mezquita de Serefundin, en Visoko, a unos 30 kilómetros de Sarajevo, el único ejemplo conocido de mezquita brutalista. Eso sí que es mezclar tradición y modernidad

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Viaje a Sarajevo, la capital dividida de un país casi irreconciliable

El canto de los muecines me despertó en plena noche. Miré el reloj del móvil: las cuatro y media de la mañana. No son horas, pensé. Pero aún así salí a la terraza, todavía en pijama, para escuchar la primera llamada al rezo del día. Desde el balcón de mi apartamento se divisaba buena parte de la ciudad, a esas horas todavía sumida en las tinieblas previas al alba. Entre las luces de las colinas destacaban los alminares desde los que me llegaban los versos del corán. Sarajevo tiene un lugar en la memoria colectiva europea, y también en la mía personal, desde que las imágenes del asedio llenaron los telediarios del continente a principios de los años noventa. Han pasado más de treinta años desde entonces, y las heridas no sólo no han cicatrizado; ni siquiera han llegado a cerrarse del todo.

Sarajevo desde lo alto del Teleférico de la ciudad

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