«No te preguntes por qué; pregúntate en cambio: ¿por qué no?». Podría ser una frase motivacional más, sacada de algún libro donde alguien se ha llevado el queso de otra persona, o de algún post de Linkedin escrito por ChatGPT, pero yo me acordé del adagio mientras miraba asombrado en la cima de una montaña búlgara un mamotreto abandonado gris, horrendo, gigantesco y sobre todo, completa, total y absolutamente inncesario. El Monumento de Buzludja, el ovni de hormigón.

1.441 metros. Esa era la altitud del monte Buzludja a principios de los años setenta. Uso el pasado simple porque, como el lector ya habrá concluido, la altura actual no es la misma. En 1971 el Comité Central del Partido Comunista de Bulgaria tomó la decisión de levantar un monumento para conmemorar la primera asamblea de socialistas búlgaros, que se celebró en 1891 en las faldas de la montaña. La idea que tuvieron fue construir una especie de palacio de congresos donde los comunistas pudieran reunirse una vez al año, a mayor gloria tanto del partido como del líder a perpetuidad de la organización y, por tanto, del país, Todor Zhivkov. Zhivkov llevaba casi una década como dictador cuando tomó la decisión de construir el monumento, y tardó diez años más en poder inaugurarlo.

La construcción empezó dinamitando la cima del Hadzhi Dimitar, el nombre oficial del monte en el que se decidió alzar el edificio. Con una cantidad considerable de explosivos rebajaron la altura del pico nueve metros, hasta dejarlo en los 1.432 que tiene ahora. En 1974 empezaron las obras propiamente dichas, que acabaron durando un lustro y medio. Normal, teniendo en cuenta que lo primero que tuvieron que hacer es una carretera que llegara hasta ahí arriba: Buzludja era una montaña aislada a quince kilómetros del pueblo más próximo. Sigue siéndolo, de hecho. El coste total del edificio fue de unos 15 millones de levas búlgaras, al cambio, unos cuarenta millones de euros de hoy. No hace falta ser un lince ni un sabueso para sospechar que unos cuantos bolsillos de la dictadura acabaron más llenos de lo que empezaron.

Habíamos pasado el día en Plovdiv, la segunda ciudad más grande de Bulgaria, y también uno de los lugares habitados más antiguos del mundo. El paseo por su centro histórico, con su arquitectura tan característica, sus callecitas empinadas, el teatro romano y las casas del Renacimiento Nacional Búlgaro nos había dejado buen sabor de boca, así que decidimos estropearlo con una excursión hormigonácea, probablemente una de las más brutales, en todos los sentidos del término, del Europa Oriental. El trayecto no es precisamente corto. Desde Plovdiv son dos horas largas, para recorrer los poco más de cien kilómetros hasta la cima. Desde Sofía, de hecho, son más de tres horas de coche. Eso, en 2026. En 1981, cuando se inauguró aquello, el trayecto debía ser el doble. ¿Por qué, entonces, se les ocurrió la peregrina idea de levantar un mamotreto futurista tan contundente como remoto? Porque Partido Comunista, claro. ¿Desde cuándo el más elemental sentido común ha formado parte del conjunto de habilidades de un sátrapa?


Cuando se inauguró el edificio la dictadura instaló una estrella roja iluminada 150.000 vatios de potencia para las frías noches búlgaras. Según la propaganda de la época, en las noches claras el monumento podía verse desde el Danubio hasta el Egeo. Nosotros no lo vimos desde tan lejos, desde luego, pero atisbamos por primera vez el edificio desde Dunavtsi, un pueblo a unos doce kilómetros en línea recta de la cima. Desde allí fueron más de treinta minutos de ascenso por una carretera aceptablemente conservada. Uno se preguntaría quién está lo suficientemente tarado para plantarse en un edificio comunista en mitad de la nada una tarde cualquiera de verano, y la respuesta es: un montón de gente. Cuando llegamos allí había dos grupos de moteros, uno de ciclistas, una aspirante a modelo haciéndose fotos moderadamente sensuales y al menos media docena de autocaravanas. Lo he dicho alguna vez en este blog y lo repetiré más veces: no existen lugares fuera del circuito turístico. Todo pertenece a alguna ruta.

El 9 de noviembre de 1989 se recuerda a nivel mundial como la fecha en la que cayó el Muro de Berlín, como símbolo del desmoronamiento de los regímenes comunistas. En Bulgaria, esa fecha es la del final de la dictadura de Todor Zhivkov; el Partido le destituyó prácticamente a la misma hora en la que Günter Schabowski iniciaba la histórica rueda de prensa que acabó con el Muro. El anuncio de la defenestración del sátrapa fue el inicio del fin del comunismo, y, por lo que a Buzludja respecta, supuso el inmediato abandono del edificio. Con los comunistas fuera del poder nadie quería pagar la escandalosa factura de mantener un monumento al Partido. El cliema, los elementos, los saqueadores, los vándalos y la implacable acción del tiempo convirtieron el que había sido el orgullo de Bulgaria en un derrelicto que se caía a pedazos, que es lo que sigue siendo hoy.

La temperatura en la cima era diez grados más baja que al iniciar el ascenso, y se desplomó otros diez grados en la hora y pico que pasamos triscando por allí. Yo soy de natural caluroso e iba vestido con una extremadamente inapropiada camisa hawaiana, pero N., a quien recordaréis de otros lugares remotos como Cuzcurrita de Río Tirón o el tren más lento del mundo, es la persona más friolera de Europa Occidental y en seguida le entró la tiritona. Mientras yo daba vueltas y hacía fotos no dejó de llegar gente, como si aquel lugar fuera un centro de peregrinación. Y en realidad lo es un poco. Los días inmediatamente anteriores a nuestra visita se había celebrado el Open Budzluzha, un festival de música electrónica con espectáculos de luz y sonido que cada año desde 2021 convoca a una considerable multitud durante dos o tres días. Un Tomorrowland con muchísimo más cemento y kid-friendly. Los organizadores, una fundación sin ánimo de lucro, tienen como objetivo conservar y restaurar el edificio, para preservarlo como testigo histórico de una época y resignificarlo para el futuro. Que la megalomanía de sus promotores no prive a las siguientes generaciones del disfrute de algo que, por muy innecesario que fuese, ya está allí.
Inauguración del festival de este año, el 14 de agosto. También está disponible la aftermovie.
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