Por las carreteras del mundo (II)

Para leer la primera parte, pincha aquí

Siguiendo con nuestro recorrido por algunas de las carreteras más fascinantes del planeta, hoy nos iremos a América y Asia.

La carretera de la muerte

La ciudad boliviana de La Paz es la capital de un estado a mayor altitud del mundo. A 3.600 metros sobre el nivel del mar, es también una de las pocas ciudades donde los «barrios altos» están a menor altitud que los «barrios bajos», por razones obvias. De La Paz parte el Camino a Los Yungas, también conocido como la carretera de la muerte. Se trata de un camino de unos ochenta kilómetros, sin asfaltar, excavado en la roca viva. En su punto de mayor altitud alcanza los 4.300 metros sobre el nivel del mar. En muchos de los tramos la anchura de la vía es de apenas tres metros. Carece de guardarraíles o cualquier tipo de medida de seguridad, y está bordeado en todo su recorrido por barrancos y precipicios de hasta ochocientos metros de alto. Durante gran parte del año el tiempo es lluvioso, lo que causa desprendimientos y convierte la calzada en una piscina de barro resbaladizo añadiendo más peligro si cabe al recorrido. Para aumentar la emoción, muchos días hay una niebla espesa como el puré de guisantes, cosa lógica teniendo en cuenta la altitud. Con esos datos, es más que lógico el mote que recibe la carretera. En 1995 el Banco Interamericano le otorgó el dudoso honor de ser la carretera más peligrosa del mundo.

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Un tramo relativamente sencillo de la Carretera de los Yungas (click para ampliar). © Jordi Busqué

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Por las carreteras del mundo (I)

(Por razones no completamente ajenas a mi voluntad, he estado una semana sin poder actualizar el blog como es debido. Perdonen las disculpas).

Si bien el road trip nació en Estados Unidos, con los años y la popularización del automóvil como medio de transporte privado los largos viajes por carretera realizados por puro placer han alcanzado todo el planeta. Canadá, Europa, América del Sur o Australia son los escenarios por los que los viajeros se pierden por el puro gusto de alejarse de su vida diaria y de encontrarse a si mismos (suele decirse que el viaje más importante es el interior; es una frase cursi, como de Tagore o de carpeta de instituto, pero también es cierta). Hoy recorreremos algunas de las carreteras más míticas de nuestro planeta. Pónganse cómodos, metan primera y pisen el acelerador. Nos vamos de viaje.

La circunvalación islandesa

En 1940 islandia era uno de los países más pobres de Europa, si no el que más. En el año 2006 la ONU lo declaró como el mejor lugar del mundo para vivir, y un estudio afirmó que sus habitantes eran los más felices de la Tierra. Recientemente su economía ha entrado en una crisis de proporciones cataclísmicas, que ha llevado a la nacionalización de los bancos y al hundimiento de la corona islandesa, una de las monedas más fuertes del mundo hasta hace bien poco. El brutal hundimiento de su economía, sin embargo, podría abrir las puertas al turismo. Y es que en Islandia hay mucho que ver.

Vista satelital de Islandia, ligeramente congelada.

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El Árbol de Teneré

Es una creencia común que el desierto más grande del mundo es el del Sáhara. En realidad el honor le corresponde al Desierto Antártico, que cubre la práctica totalidad del continente, y aventaja en más de tres millones de kilómetros cuadrados al desierto norteafricano. Pese a ello, el desierto del Sáhara es verdaderamente enorme, pues cubre una extensión de más de nueve millones de kilómetros cuadrados, más o menos la superficie de Estados Unidos o China. La palabra Sáhara proviene del árabe صَحراء, que se lee aproximadamente ṣaḥrā, y es el vocablo que designa el desierto. A su vez, la expresión árabe proviene de la palabra Teneré, que en las lenguas Tuareg también significa desierto.

Teneré es también una región desértica africana situada mayoritariamente en Níger, aunque se considera que cubre una extensión de unos 400.000 km² que va desde el sur de Argelia hasta el lago Chad. Otra de las creencias populares erróneas sobre el Sáhara es que básicamente consiste en una infinita extensión de arena y dunas como las de la fotografía. En realidad, tres cuartas partes del desierto están formadas por grava, no por arena. Y ese es el caso de la región nigerina (no confundir con nigeriana) de Teneré.

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Los médicos voladores

Contaba Bill Bryson en un libro de viajes (En las Antípodas) que cruzar Australia de punta a punta es muy sencillo. Uno se pone a moverse desde la costa, en seguida alcanza el Bush, al poco rato entra en el Outback, para después llegar, de nuevo al Bush, y otra vez a la costa. Una cosa sencillísima, en efecto. ¿Qué son unos pocos miles de kilómetros para el viajero experimentado?

Australia tiene una superfcie de, recordemos, cosa de siete millones y medio de kilómetros cuadrados, y algo más de 21 millones de habitantes, que se sitúan de manera masivamente mayoritaria en las costas del país, fundamentalmente en la costa sudeste, donde están Sídney y Melbourne. El resto del país es, en su inmensa mayoría, un formidable desierto absolutamente fascinante. El Outback, que es como se conoce a las zonas interiores y desérticas de Australia, ocupa más o menos el 80% del territorio del país, alrededor de seis millones de kilómetros cuadrados. Doce veces la superficie española, o más del doble de la argentina. En ese descomunal territorio viven menos de doscientas mil personas. O sea, una densidad de población de aproximadamente 0,03 habitantes/km². Necesitamos más de 30 kilómetros cuadrados para encontrar una persona con la que charlar. Sólo Groenlandia tiene una densidad de población menor.

Sigue, valiente, sigue…

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Poniéndole más puertas al campo

Cuando uno sale de viaje al extranjero conviene informarse de qué se puede llevar al país de destino y qué no está permitido. A países como Arabia Saudí o los Emiratos Árabes no se puede llevar alcohol, como es de sobra conocido. Menos conocida es la prohibición que las autoridades de Singapur han impuesto sobre la importación y consumo de chicle. Y en Australia está terminantemente prohibido entrar alimentos y cualquier tipo de especie vegetal o, sobre todo animal.

Las razones de esta prohibición hay que buscarlas a mediados del siglo XIX. En 1859, Thomas Austin, un granjero inglés afincado en Winchelsea, en el estado de Victoria, se trajo dos docenas de conejos desde su tierra natal para divertirse cazándolos. «Unos pocos conejos no harán mucho daño», dijo. Diez años después los conejos se habían convertido en la peor plaga que había padecido el continente en toda su historia, multiplicando su población hasta extremos insoportables. Cada año se masacraban cientos de miles, sin que fuera apreciable el efecto sobre la población total. Semejante cantidad de conejos devoraba miles de hectáreas de cosechas en los estados de Victoria, Australia Meridional, Queensland y Nueva Gales del Sur. La ganadería también se vio rápidamente afectada, al comerse los conejos los pastos y hierbas que alimentaban al ganado. A finales de los años noventa del siglo XIX la peste había alcanzado también Australia Occidental, pese a la protección que le brindaba el desierto, y la plaga había alcanzado proporciones bíblicas.

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La soledad del corredor de fondo

Siempre he pensado que los maratonianos están hechos de otra pasta distinta a la del resto de los mortales. Uno, que se asfixia cada vez que tiene que correr para que el autobús no se escape, y que se agota subiendo cuatro pisos de escaleras, se echa a temblar cuando piensa en 42 kilómetros, uno detrás de otro, de asfalto. Pero se me ocurre algo peor. Que la carrera no sea sobre asfalto, sino sobre tierra, nieve, hielo o arena del desierto. Y que además no sea de 42 kilómetros y pico, sino de 50. O de 75. O de 100. Hoy daremos un garbeo por las carreras más duras, extrañas y exóticas del mundo.

Una de las carreras más duras imaginables es la maratón de montaña. A la longitud del recorrido se añaden los enormes desniveles a salvar a lo largo de la carrera. En el pico más alto de Europa se disputa la Maratón del Mont Blanc, una carrera en la que los participantes deben salvar un desnivel de más de mil metros… dos veces. El recorrido pasa cerca del trifinium entre Suiza, Francia e Italia, por cierto. El récord de la carrera está por encima de las tres horas (la mejor marca en la maratón tradicional está muy poco por encima de las dos). Pero tanto mérito o más que los que acaban primeros tienen los que acaban como farolillo rojo. El año pasado los dos últimos en llegar a la meta fueron Peter y Moira Reed, dos británicos que terminaron la prueba en 8 horas y 40 minutos. Pero llegaron.

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Poniéndole puertas al campo

El tamaño de las cosas es relativo. En España, y en la mayor parte de Europa, el pueblo de al lado es una localidad cercana, a la que se podría ir dando un paseíto en una agradable tarde primaveral. En Australia las cosas no son tan sencillas. Dos tercios de los casi ocho millones de kilómetros cuadrados del país son puro desierto (el Outback), y entre un pueblo y el de al lado puede haber cosa de cien kilómetros, si no más. Los términos municipales más grandes de España son los de Cáceres y Lorca (Murcia), con casi 1.800 km² el primero y más de 1.600 el segundo. Por comparar, el término municipal de Kalgoorlie, en Australia Occidental, tiene 95.000 kilómetros cuadrados de superficie (es algo más grande que Portugal) y Mount Isa, en Queensland, 42.000 (más o menos como Estonia o Dinamarca). Kalgoorlie es más grande que 90 países miembros de la ONU. En Australia hay unos 2.500 pueblos y ciudades en algo menos de ocho millones de km². Tocan a más de 3.000 km² de media. Para hacerse una idea, en España la superficie media es de menos de 70 km². En Australia las cosas son grandes.

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Las cuatro esquinas de Australia

Hablábamos la semana pasada sobre las cuatro esquinas de Estados Unidos y Canadá. Hay un tercer país, casi igual de grande, que también tiene sus particulares cuatro esquinas; Australia. A diferencia de las americanas y las canadienses, las cuatro esquinas australianas son, efectivamente, cuatro, no una. A lo largo de la frontera del estado de Australia Meridional, cada punto de interés está marcado con un disco de bronce sobre un poste de hormigón, y tiene su propio nombre, y su propia historia detrás.

Las cuatro esquinas de Australia… Meridional

Las fronteras internas de los estados que componen Australia son un tanto sencillas. Si bien no llegan a las formas rectangulares de Colorado o Utah (reconozcamos que para un escolar de Salt Lake City aprenderse la geografía de su estado debe ser algo más fácil que para un español o un austríaco, pongo por caso), esto es así únicamente porque las costas australianas no son rectas. Los estados australianos son herencia directa de las colonias británicas en el continente, y sus límites vienen establecidos por distintos meridianos y paralelos, salvo en el caso de Victoria, cuya frontera norte (con Nueva Gales del Sur) discurre junto con el río Murray, de 2.500 kilómetros de longitud.

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Las cuatro esquinas

Ya hemos hablado alguna vez de los trifinia. Un trifinium, en inglés tripoint, es el punto donde tres fronteras o límites se encuentran, de manera que uno puede hacer el ganso danzando alrededor de él y canturreando los lugares donde técnicamente se encuentra en cada momento, repitiendo el chistecito de «Ahora estoy en tal, ahora en cual, ahora en talicual» una y otra vez hasta que alguien le arrea una más que merecida colleja. El palabro significa en latín «tres límites». El condado de Treviño, un exclave burgalés dentro de Álava, debe su nombre a esa misma palabra.

Triple frontera entre Letonia (derecha), Lituania (izquierda) y Bielorrusia (centro). © Jan Krogh

En todo el mundo hay varios centenares de triples fronteras. Pero no hay ninguna cuádruple frontera internacional, o quadrifinium. Lo que más se le acerca son dos tripoints al sur de África, en el río Zambeze. Por un lado convergen las fronteras de Namibia, Botsuana y Zambia, y al este de dicho punto, las de Botsuana, Zambia y Zimbabue. La distancia entre ambos puntos es de dos kilómetros en línea recta. Y en realidad, como suele pasar en el continente africano, no está demasiado claro dónde empieza y acaba cada país, por las distintas interpretaciones de cada uno sobre los tratados territoriales.

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El diamante en el desierto

Si hay un país del mundo en el que desplazarse por carretera de una punta a otra es una auténtica aventura, ese es Australia. Con sus más de siete millones de kilómetros cuadrados es el sexto país más grande de la Tierra, y recorrer sus infinitas carreteras supone enfrentarse a enormes extensiones de desierto deshabitado, temperaturas homicidas y cientos de kilómetros entre una gasolinera y la siguiente.

Ojo, canguros (click para ampliar)La construcción de carreteras asfaltadas que unieran los lejanísimos entre sí extremos del país no se inició hasta la II Guerra Mundial, cuando las necesidades logísticas y de transporte de materiales lo hicieron imprescindible. Construir una carretera de más de mil kilómetros de largo no resulta nada fácil. Especialmente cuando grandes tramos de la carretera se encuentran a cientos de kilómetros del lugar habitado más cercano. Hay que construir barracones para los ingenieros y demás trabajadores, asegurar un suministro diario de agua y alimentos y, de paso, habilitar pequeñas pistas de aterrizaje para avionetas que puedan atender urgencias médicas. Todo eso, cada cierto número de kilómetros, según la carretera avanza.

La Eyre Highway, llamada así en honor del explorador inglés John Eyre, es la principal vía de comunicación en la costa sur australiana. Recorre más de mil seiscientos kilómetros desde Port Augusta, en Australia Meridional, hasta Norseman, en Australia Occidental, atravesando el Outback, el desierto que forma la mayor parte del territorio australiano. El único pueblo digno de ese nombre que se puede encontrar en la carretera es Ceduna, con poco más de dos mil habitantes. Está a cuatrocientos kilómetros de Port Augusta. Desde allí hasta el final de la carretera en Norseman lo único que hay son cuatro pequeñas áreas de servicio, cada una a más de doscientos kilómetros de la más cercana. En toda la carretera sólo hay tres gasolineras abiertas las veinticuatro horas del día. Una cada 550 kilómetros. Como para quedarse sin gasolina, sí.

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Cartel en la Eyre Highway. «La recta de noventa millas. La recta más larga de Australia»

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