Al norte del Norte: los Territorios del Noroeste

Primera parte: Al norte del Norte: Yukón

Inuvik, donde termina la Dempster Highway,  es una de las ciudades más grandes de los Territorios del Noroeste. Con sus cuatro mil habitantes, concentra el 10 % de la población del territorio. 1.350.000 kilómetros cuadrados de territorio, concretamente, en los que viven algo más de  cuarenta mil personas. Tocan a más treinta kilómetros cuadrados por cabeza. Además de ser poco poblados los Territorios del Noroeste son, sobre el papel, asquerosamente ricos. Su renta per cápita es casi de cien mil dólares, un poco por debajo de la de Luxemburgo, un poco por encima de la de Noruega, y más del doble de la media canadiense. O de la de Estados Unidos. Esto es así gracias a la vastísima variedad y cantidad de recursos naturales que posee el territorio. Oro, petróleo, gas natural, wolframio y, sobre todo, diamantes.

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La mina de diamantes de Diavik, una de las más grandes del mundo.

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Un bloque de hielo para África

isblokkkart_3432En el otoño de 1958, Radio Luxemburgo lanzó el reto para el transporte de tres toneladas de hielo desde el Círculo Polar Artico al Ecuador, 12.000 trepidantes kilómetros . Un suculento premio de 100.000 francos por cada kilo que sobreviviera sin derretirse en el difícil camino desde Noruega hasta cerca del golfo de Guinea.

Tras el desafío de la emisora de radio, la empresa noruega de materiales de aislamiento Glasvatt decidió equipar un camión para traer un bloque de tres toneladas de hielo, desde Mo i Rana por el Círculo Polar Artico hasta Libreville, capital de Gabón. Sin ningún medio de refrigeración aplicado y como única intención de mostrar la eficiencia de los materiales aislantes de lana de vidrio utilizados. Una expedición que generó la atención de la prensa de todo el mundo, seguida por gran multitud de espectadores, llegando a convertirse en el «más grande montaje publicitario del planeta».

Entre los patrocinadores, Shell, que proporcionó el combustible necesario y Scania, que le asignó uno de sus camiones. El responsable de la expedición fue Sivert Klevan, un ingeniero con un gran instinto para las relaciones públicas. Los bloques de hielo fueron cortados en trozos de 200 kg por una motosierra del glaciar Svartisen,  para ser transportados en un trineo hasta un helicóptero donde los depositaría en el centro de la ciudad.

El sorprendente resultado de la expedición, con enlaces, fotos y demás, en El Baúl de Josete.

Al norte del Norte: el Yukón

CNTowerPor extensión, Canadá es el segundo país más grande del mundo, sólo por detrás (muy por detrás, eso sí), de Rusia. Casi diez millones de kilómetros cuadrados, lo que vienen a ser, a grandes rasgos, tres Argentinas, veinte Españas, cuarenta Ecuadores o doscientas cincuenta Suizas. Vamos, que es muy grande. Su población, sin embargo, no lo es tanto. De los países del G8 es, de lejos, el menos poblado; cuenta con poco más de treinta y tres millones de habitantes. Además, al igual que ocurre en Australia, la mayor parte de la población se concentra en una franja de territorio. En Australia es la costa, en Canadá, la frontera con Estados Unidos. «El norte de Canadá», la zona más despoblada del país, es en realidad prácticamente la totalidad de Canadá, igual que en Australia el Outback es casi todo el territorio del continente. De las grandes ciudades sólo Edmonton está a más de doscientos cincuenta kilómetros del límite con EE.UU. De hecho, la inmensa mayoría de las grandes ciudades están a poco más de una hora en coche de la frontera, o menos. Casi todas las provincias canadienses tienen una densidad de población por debajo de los veinte habitantes por kilómetro cuadrado. Pero donde la despoblación alcanza cotas enfermizas es al norte del paralelo 60, que marca la frontera entre los territorios del salvaje norte y las civilizadas provincias del sur. Al norte del norte encontramos los territorios del Yukón, del Noroeste y de Nunavut. Entre los tres tienen la superficie de la Unión Europea; entre los tres apenas superan la población de Andorra.

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Cuando Estados Unidos quiso comprar Groenlandia

En 1867 los Estados Unidos compraron al Imperio Ruso el territorio americano que estos poseían al noroeste del continente. En su momento se convirtió en un territorio de la Unión, al que se llamó Alaska, palabra que procedía del aleutiano Alaxsxaq, que venía a significar algo así como «la tierra contra la que se dirige la acción del mar». El precio pagado por el millón y medio de kilómetros cuadrados de territorio fue de 7,2 millones de dólares. Desde el punto de vista actual, y teniendo en cuenta los enormes recursos petrolíferos descubiertos allí, lo podemos considerar una auténtica ganga, pero en su momento la compra provocó cierta polémica en la prensa de la época; algunos comentaristas consideraban que comprar una región tan remota e inaccesible, y además separada por varios miles de kilómetros del resto del país era absurdo. A Alaska se le dio el sobrenombre de «la nevera de Seward» (por William Seward, secretario de Estado que impulsó la compra) o «el jardín de osos polares de Andrew Jonhnson«, entonces presidente de los EE.UU.

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Cheque utilizado para pagar la compra de Alaska (click para ampliar; la imagen pesa 4 megas, así que ojito con las conexiones lentas).

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Bloody Falls of Coppermine

En el verano de 1913 dos sacerdotes franceses, Jean Baptiste Rouvière y Guillaume LeRoux, partieron hacia el norte de Canadá con la intención de convertir al catolicismo a una tribu de esquimales de la que, hasta entonces, no había oído hablar ningún occidental. Su marcha se produjo el 17 de julio de 1913 desde Fort Norman, un pequeño asentamiento comercial a orillas del Río McKenzie, y nunca más se les volvió a ver con vida. Dos años después de su partida Denny LeNauze, un jóven agente de la Policía Montada del Canadá, recibió el encargo de encontrar a los dos sacerdotes, y partió desde Edmonton para ello. Tras conocer a través de las tribus Inuit que ambos habían muerto, buscó por todo el norte de Canadá a los culpables para llevarlos ante la justicia. Cuando regresó a Edmonton con Sinnisiak y Uluksuk, dos esquimales acusados del doble asesinato, su misión en el norte le había convertido ya en una leyenda. El juicio a los dos Inuit que siguió después fue calificado como uno de los más raros jamás celebrados. La historia de como dos esquimales, tras pasar sus tribus miles de años aisladas en una de las regiones más inhóspitas del mundo, llegarían a enfrentarse con la justicia occidental, es una tragedia digna de entrar en las leyendas del Ártico.

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Mapa del Noroeste de Canadá en 1913 (click para ampliar)

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La soledad del corredor de fondo

Siempre he pensado que los maratonianos están hechos de otra pasta distinta a la del resto de los mortales. Uno, que se asfixia cada vez que tiene que correr para que el autobús no se escape, y que se agota subiendo cuatro pisos de escaleras, se echa a temblar cuando piensa en 42 kilómetros, uno detrás de otro, de asfalto. Pero se me ocurre algo peor. Que la carrera no sea sobre asfalto, sino sobre tierra, nieve, hielo o arena del desierto. Y que además no sea de 42 kilómetros y pico, sino de 50. O de 75. O de 100. Hoy daremos un garbeo por las carreras más duras, extrañas y exóticas del mundo.

Una de las carreras más duras imaginables es la maratón de montaña. A la longitud del recorrido se añaden los enormes desniveles a salvar a lo largo de la carrera. En el pico más alto de Europa se disputa la Maratón del Mont Blanc, una carrera en la que los participantes deben salvar un desnivel de más de mil metros… dos veces. El recorrido pasa cerca del trifinium entre Suiza, Francia e Italia, por cierto. El récord de la carrera está por encima de las tres horas (la mejor marca en la maratón tradicional está muy poco por encima de las dos). Pero tanto mérito o más que los que acaban primeros tienen los que acaban como farolillo rojo. El año pasado los dos últimos en llegar a la meta fueron Peter y Moira Reed, dos británicos que terminaron la prueba en 8 horas y 40 minutos. Pero llegaron.

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Libros – Filípides era vikingo

Filípides era vikingo. Jorge González de Matauco. Laertes, Barcelona, 2004

Fil�pides era Vikingo (click para ampliar)

Hay territorios que, por distintas causas, ejercen cierta atracción cuasi inexplicable sobre ciertas personas. El archipiélago Svalbard (o Spitsbergen), al norte de Noruega, o Groenlandia son algunos de ellos. Los desolados páramos deshabitados, y el absoluto desconocimiento en general que existe sobre ellos los convierten en algo tan exótico como las selvas de Borneo o las islas del Pacífico Sur.

Jorge González de Matauco (Vitoria, 1966) no sólo siente esa atracción sino que además es un apasionado corredor popular de maratones. Poseido por el espíritu de los grandes viajeros, y, por qué no decirlo, con una prosa digna del mejor de ellos, emprendió una búsqueda a lo largo de los territorios más desconocidos del continente europeo, la búsqueda del Filípides Vikingo, el nórdico que, emulando al héroe griego, mereciera ser heredero de su grandeza. Una excusa estupenda para patearse medio mundo corriendo maratones y escribir después sobre ello, me permito añadir.

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