Sobre la tundra helada siberiana se alzan enormes bloques de edificios de hormigón, cajas de zapatos de doce plantas, idénticas las unas a las otras. Al fondo, tapando el horizonte, enormes chimeneas expulsan un humo tóxico que cubre el cielo con un gris sucio. Los márgenes del río son un yermo mugriento cubierto de escombros y basura, y en los bosques alrededor de la ciudad sólo crecen muñones retorcidos que asoman entre la tierra muerta. Podría tratarse de una distopía, pero es el hogar de las casi casi doscientas mil personas que viven en Norilsk, a la que muchos llaman la ciudad más contaminada del planeta.

