En sus nueve millones de kilómetros cuadrados el Sáhara esconde maravillas sin fin, muchas de las cuales permanecen casi desconocidas para el resto del mundo. Es el caso de la Meseta de Ennedi, una descomunal formación rocosa del tamaño de Suiza que emerge de la arena del desierto y contiene algunos de los lugares más de otro planeta que se pueden encontrar en el nuestro. Arcos de piedra, columnas de arenisca, laberintos de roca, pinturas rupestres prehistóricas y raras especies de animales que sólo de vez en cuando reciben la visita de algún humano. Ennedi está tan aislado por la geografía y por la inestabilidad política que se dice que está menos explorado que la cara oculta de la Luna.

Hubo un tiempo en el que el Sáhara era un vergel; extensas sabanas regadas por ríos caudalosos y tachonadas de enormes lagos, habitados por millones de animales y seres humanos. Durante diez milenios lo que hoy es el desierto más grande del mundo era un lugar lleno de vida. Pero entonces el clima cambió. Hace cinco mil quinientos años, mes arriba o abajo, las lluvias pararon de caer y los ríos dejaron de fluir, y la vida se retiró a lugares más hospitalarios. Durante miles de años, las dunas fueron comiéndose todo lenta pero inexorablemente. El viento arrastró la arena hasta cubrir millones de kilómetros cuadrados, y en Ennedi, que aún no tenía ese nombre, esculpió la piedra arenisca dándole formas inverosímiles. Las montañas proporcionaron sombra y los ríos estacionales agua, y la cordillera quedó como uno de los pocos rincones del Sáhara donde la vida todavía existe como lo hacía antes de que los humanos aprendiéramos a ponerle nombre a las cosas.


A lo largo de siglos los ríos de Ennedi excavaron la roca y formaron gargantas y cañones donde los animales se refugiaron del infierno de arena que había más allá. Algunos de ellos, como los cocodrilos del desierto, ya sólo existen allí. La región quedó completamente aislada, rodeada de extensiones infinitas de arena por todas partes, y se conservó prácticamente intacta durante milenios. Además de los cocodrilos, camellos, zorros, chacales, hienas, gatos salvajes y doscientas especies de aves tienen como hogar algún rincón de los cincuenta mil kilómetros cuadrados de la cordillera de arenisca. Pero hace milenios, la diversidad era mucho, muchísimo mayor. Y no lo sabemos porque se hayan encontrado fósiles, sino porque nuestros antepasados más lejanos nos dejaron testimonio.


Cuando el Sáhara era algo parecido a un vergel, sobre todo si lo comparamos con lo que es hoy, en Ennedi había jirafas, elefantes, rinocerontes e hipopótamos; la clase de grandes animales que hoy sólo se encuentran al sur del Sahel, donde África sigue siendo verde. Miles de seres humanos vivían en la región como cazadores y recolectores, y dejaron para las generaciones venideras una de las colecciones de pinturas rupestres más grandes conocidas. Más de mil yacimientos arqueológicos, en las paredes y en los suelos de cuevas, oquedades y abrigos, han llegado hasta nuestros días. Las obras más antiguas, que detallan la vida seminómada de aquellas tribus lejanas rodeadas de vida por todas partes, están datadas alrededor del quinto milenio antes de nuestra era. Posteriormente, y según la aridez avanzaba y los ecosistemas húmedos desaparecían, aparecen pinturas y grabados que muestran rebaños y pastores, además de escenas costumbristas: bailes, vida cotidiana, un funeral y lo que parecen reuniones comunitarias. Los últimos dos mil años de pinturas son sobre todo de camellos y formas geométricas; Ennedi dejó de estar habitada permanentemente y sólo las caravanas de nómadas, que conocían perfectamente cada uno de sus recovecos, pasaban temporadas allí.


Los nómadas del Sáhara entraron y salieron de Ennedi durante siglos, pero la región no fue conocida en occidente hasta bien entrado el siglo XX. Los ejércitos franceses que recorrieron la zona dieron noticia de su existencia ya a finales del XIX, pero la región permaneció inexplorada durante muchas décadas más: la primera expedición arqueológica seria que exploró el macizo no llegaría hasta 1956, cuando se descubrieron los primeros yacimientos artísticos. Cientos de ellos más fueron explorados y estudiados durante las siguientes décadas, pero el Chad es uno de los países más inestables de un continente que no destaca precisamente por su estabilidad, y todavía hoy hay regiones dentro de la vastedad de la cordillera que permanecen desconocidas para el exterior. Pese a ello, o seguramente por ello, toda la región fue incluida en el Patrimonio de la Humanidad en 2016; es una de las zonas protegidas más grandes del mundo.


Viajar a Ennedi hoy día es probablemete una de las últimas grandes aventuras que quedan en un planeta cartografiado al milímetro. No sólo no existe ninguna infraestructura turística, es que no hay nada remotamente habitado, o habitable, en cientos de kilómetros a la redonda. Un único pueblo, Fada, en el límite occidental de la región, concentra la totalidad de sus habitantes, unos veinte mil; más allá, cincuenta mil kilómetros de territorio tan hostil como espectacular, al que sólo se accede en expediciones bien provistas de agua, comida, combustible y armas. Fue precisamente en Fada donde se libró la batalla más importante de la Guerra de los Toyota, en la que el ejército chadiano, armado exclusivamente con pick-ups japonesas aparentemente indestructibles, tomó la ciudad aplastando a fuerzas libias muy superiores, y destruyendo o capturando por el camino más de cien tanques y vehículos blindados. Fue la primera vez en miles de años en la que una de las regiones más remotas e inaccesibles del Sáhara vio algo de acción.

Fuentes y más info: BBC, Kumakonda, Unesco, British Museum, Explore Chad.
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Una respuesta a “Ennedi, el remoto rincón del Sáhara que conserva la memoria de un mundo desaparecido”