Era una mañana más del mes de octubre de 2005. En el anodinio edificio de oficinas en el que trabajaba como teleoperador un rumor fue creciendo lentamente sobre el sonido de los teléfonos y las voces de los trabajadores, hasta ocultarlo por completo. Era gente levantándose de sus sillas y abandonando sus puestos de trabajo para acudir hacia la ventana más próxima, la escalera de emergencia o directamente la salida del edificio. Lo que sucedía no era ninguna emergencia, es más estaba absolutamente previsto desde mucho, muchísimo antes de que cualquiera de nosotros, nuestros padres o nuestros abuelos hubieran nacido. A las once menos cuarto de la mañana el trabajo quedó suspendido; ni una sola persona permaneció en su puesto. Todos estábamos mirando al cielo. Por toda la ciudad, por toda la región, las escenas eran idénticas. Decenas, cientos de miles de personas detenidas en calles, colegios, aceras, azoteas y parques alzando la mirada hacia el sol. Para casi todos nosotros era el primer eclipse solar que habíamos visto, aunque no fuera total sino sólo anular. Pero ver desaparecer el sol casi completamente nos dejó sin palabras. A eso de las once y cuarto volvimos en tromba a nuestros puestos de trabajo. Antes de conectarme a la inevitable riada de llamadas de clientes insatisfechos, hice una consulta breve en Internet: «¿Cuándo será el próximo eclipse total de sol en España?». La respuesta no se hizo esperar. El eclipse, sin embargo, sí lo haría. Hasta el 12 de agosto de 2026. Quedaban, pues, más de dos décadas. Querido Diego de 26 años de edad: ya estamos aquí. Llegó el Año del Eclipse. El primero de ellos.
