En defensa del turismo (un día en Praga)

Mi avión despegó de Venecia a las seis y veinticinco de la mañana y aterrizó en Praga una hora y veinte minutos más tarde. El mismo avión que me transportó haría cinco vuelos más ese mismo día, el de vuelta a Venecia y otros dos a y desde Varsovia y Londres. En esas mismas 24 horas Wizzair, la compañía propietaria del Airbus A321 que me llevó de Italia a Chequia, operó algo más de 1.400 vuelos que abarcaron 50 países en tres continentes, y que transportaron a unas 200.000 personas. Son cifras espectaculares, pero Wizzair figura en el número 7 de las aerolíneas con más tráfico de Europa. El primer puesto de la lista es desde hace años un cortijo propiedad de Ryanair. Aquel día de julio del año pasado casi seiscientos mil pasajeros se subieron a alguno de sus más de quinientos Boeing 737 para recorrer alguna de sus 1.800 rutas. El récord de mayor número de vuelos en un sólo día en Europa se había batido una semana antes, el 7 de julio de 2023, jornada en la que despegaron 34.000 vuelos transportando más de cinco millones de pasajeros. Y aparentemente todos ellos, absolutamente todos, estaban en la Plaza de la Ciudad Vieja de Praga, conmigo.

Apraga y vámonos

Una vez me quejé a mi hermano de que estaba en un atasco en la Carretera de la Coruña, y me respondió «no estás en un atasco, eres el atasco». Tengo vívidos recuerdos de mi padre quejándose de que todo el mundo agarraba el coche para cualquier cosa… mientras conducía para hacer cualquier cosa. Todos creemos que tenemos más derecho que los demás a estar en un lugar concreto en un momento determinado. El Carrefour está lleno los sábados por la mañana e ir a un centro comercial un 24 de diciembre es una señal inequívoca de masoquismo, y sin embargo ahí estamos. Praga, decía. En cuanto me bajé del bus dejé la mochila en una consigna y me fui caminando al centro. La capital checa es una de las ciudades más bonitas y más fácilmente visitables de Europa; en un día uno puede patearse todos los iconos más conocidos de la ciudad, aunque, como suele pasar con ciudades de este calibre, da igual el tiempo que uno esté, siempre es poco. Mi consejo, después de visitarla tres veces, es pasar allí entre tres y cinco días, que es la estancia más habitual antes de ir a las otras dos grandes ciudades centroeuropeas: Viena y Budapest. Pero de eso hablaremos otro día. La ciudad recibe ocho millones de visitantes al año, cinco veces y media la población del término municipal, tres veces y media la del área metropolitana. Está llena siempre, pero en verano mucho más.

Una muchedumbre observa la ciudad desde lo alto del Castillo de Praga

En el Puente de Carlos cuatrocientas personas se esfuerzan inútilmente por evitar que las otras 399 salgan en sus fotos. Hace 22 años que estuve por primera vez en Praga, en un viaje con la universidad. Era la última semana en la que usábamos la peseta antes de su desaparición definitiva como moneda de curso legal. Llegamos al hotel a las dos de la madrugada cortesía de la Cesky Airlines, que nos obsequió con 8 horas de retraso. Nunca, en ningún sitio, he visto a alguien tratar tan increíblemente mal a unos clientes como los dueños de aquel hotel a nosotros, y dudo que vuelva a verlo. Pero sólo fue la primera noche. Al día siguiente la misma mujer que parecía odiarnos y que nos gritaba enfurecida por pedirle mantas (era febrero y la temperatura no subía de los cero grados por la noche), era todo dulzura y amabilidad. Así que le pregunté por qué el día anterior nos habían tratado con tanto desprecio, y su respuesta me dejó picueto a niveles continentales: «Pensábamos que eráis italianos». Después de un día entero viendo a grupos de italianos acosar a chicas locales, nos pareció una respuesta aceptable.

22 años tenía aquí y ya parecía un padre de familia numerosa nacido en Pardubice

En el verano de 2023 los italianos parece que se comportan más, o simplemente en el centro de Praga no hay chicas locales a las que acosar. La práctica totalidad de los que paseamos junto al Moldava o nos hacemos fotos frente al edificio danzarín de Frank Gehry somos extranjeros. Sólo en los tranvías y detrás de los mostradores de los bares y las tiendas de recuerdos se encuentra uno a gente que hable el idioma local. En 20 años el centro de Praga se ha convertido en una especie de zona internacional al estilo de la Tánger de entreguerras, donde lo checo es meramente testimonial y las lenguas francas son el español y el inglés. En febrero de 2002 los precios de Praga nos parecían ridículos: comer en la mismísima Plaza de la Ciudad Vieja eran seis o siete euros, un poco menos que el menú del día medio en Madrid por esa época, un importe que además se reducía proporcionalmente a la distancia al centro. Una pinta de pivo en un bar cualquiera a medio kilómetro del centro salía por 50 céntimos. Una noche me bebí siete, y no recuerdo cómo ni cuándo llegué a nuestro hotel. Hoy todo es mucho más caro, y hay que alejarse varios kilómetros del centro para encontrar precios más bajos que en Barcelona. No es la inflación, o no sólo, es que somos muchísimos comprando cafés, imanes de nevera o helados en el kilómetro cuadrado que va desde la casa de Kafka a la Sinagoga de Jerusalén. ¿Dónde va todo ese dinero? Una parte no pequeña, a mantener la ciudad limpia y presentable, y a evitar que se caiga a pedazos.

Grumetes navegando bajo la sombra del Castillo de Praga, al atardecer

El Puente de Carlos se construyó entre los siglos XIV y XV, y hasta bien entrado el XIX fue el único medio terrestre para cruzar de un lado al otro del río. Praga se convirtió con los siglos en un centro económico de primer orden en buena parte gracias a su existencia. Lógicamente, cada cierto tiempo hay que repararlo. La restauración que se está llevando a cabo ahora empezó en 2018 y acabará aproximadamente en el año 2040. Restaurar cada arco cuesta unos 4 millones de euros, y hay 16.  Los turistas pagan eso cada vez que alquilan un pedalo con forma de patito para navegar por el Moldava o cuando pagan doce euros por entrar al Callejón del Oro. El turismo permite conservar el patrimonio y no tener que detraer de otros lugares el dinero. No es el único beneficio económico, claro. España ingresa más por el turismo que Arabia Saudita por el petróleo. Aproximadamente un 15% de todos los empleos del país están relacionados de manera directa con los 80 millones de visitantes extranjeros que viajan a nuestro país cada año. Indirectamente son muchos más. Las diez primeras aerolíneas europeas suman 3.500 aviones. ¿Cuántos pilotos, mecánicos, ingenieros, técnicos mantienen esa inmensa flota en movimiento a lo largo del continente?

Es bastante fácil fotografiar muchedumbres en verano, la verdad

Mi ciudad, Barcelona, es una de las 10 más visitadas de Europa; recibe siete millones de visitantes extranjeros cada año. Cada primavera y cada verano hay protestas contra el turismo masivo; según sus promotores, los turistas son los culpables de la carestía de la vivienda, la gentrificación y el deterioro de los servicios públicos. La turismofobia es una forma políticamente correcta de xenofobia. Una parte del espectro político considera que los responsables de esos tres problemas, y también de la inseguridad ciudadana, vienen de fuera, pero no son los turistas. No hay imágenes de turistas atracando o agrediendo a la gente, pero sí de ellos siendo agredidos, robados y a veces asesinados. Diariamente. Hay 800.000 viviendas en Barcelona, exactamente el mismo número que había en 2010: no hay sitio para más, y Barcelona ya es la tercera gran ciudad más densa de Europa. En ese censo hay 10.000 pisos de uso turístico. Uno de cada 80 (un 1,25%), y la inmensa mayoría concentrados en los alrededores del centro de la ciudad. Si se sacaran todos al mercado de alquiler a la vez, solucionarían el problema de la vivienda durante aproximadamente un trimestre. Es evidente que el turismo tiene externalidades negativas, pero le están colgando un muerto que no le corresponde.

Cambio de guardia en el Castillo de Praga, 2009

Pero lo mejor del turismo no es el beneficio económico. Es el social. La España de Franco no sólo era más pobre antes del turismo. También era un lugar mucho más oscuro y cerril. La conversión de Marbella o Benidorm de pueblos de pescadores en farallones de rascacielos no sólo tuvo consecuencias económicas, también ideológicas. De repente cientos de miles de extranjeros, con concepciones y visiones del mundo completamente diferentes acudían en oleadas a las costas. No sólo era un río de divisas, también era un torrente de ideas. Mientras constructores avispados se forraban levantando torres en primera fila de mar, millones de españoles quedaban expuestos a ideas que un lustro atrás habrían sido calificadas de extranjerizantes, cuando no judeomasónicas. España no sería España sin el turismo, pero los españoles tampoco seríamos como somos. El verano de la pandemia, 2020, no sólo fue una tragedia económicamente hablando. Pocas imágenes más deprimentes que el centro de Barcelona completamente vacío, mesas y mesas esperando clientes que se habían quedado en sus casas allá en Inglaterra, Italia, Japón o México. En 2002 hacía sólo 13 años que había caído el Muro, y fuera del centro histórico, Praga era un erial. Literalmente en muchos casos. Bloques y bloques de edificios semiabandonados y comidos por los grafitis, un mar de grisura sólo roto por el tranvía avanzando en medio del ambiente plomizo. Sólo siete años después, en mi siguiente visita, el cambio era evidente. Veinte años tras la caída del muro, la República Checa convergía con Europa Occidental a una velocidad inesperada, en buena parte por asumir el papel de proveedor de la primera economía continental, Alemania, pero también gracias al turismo. Un 8,5% del PIB y un 10% del empleo dependen directa o indirectamente de él.

Cientos de turistas graban el reloj astronómico de Praga dando las once de la noche

Volviendo al inicio. Mi billete entre Venecia y Praga costó 21 euros. Esa misma noche me subí a un autobús en dirección a Cracovia, que me costó 15 euros. Llegar a Venecia con Ryanair, no llegó a los 30. Regresar desde Cracovia a Barcelona subió a la espectacular cifra de 45 euros. 110 euros por viajar, en verano, entre cuatro grandes centros turísticos europeos y mundiales. Genera más sentimiento europeísta Ryanair cada verano que el Programa Erasmus en una década. Subirse a un avión por el precio de dos menús del día para ir a Dubrovnik, a Estocolmo o a Nápoles es darse cuenta de que existe un sustrato común europeo, de que es posible sentirse en casa y percibir como propio lo que hace tres generaciones era el enemigo. Dice un viejo adagio que el nacionalismo se cura viajando. Es mentira, claro, salir del país puede ser condición necesaria, pero en ningún caso suficiente. Pero a poco que uno se mueva con la mente abierta, es muy fácil que el horizonte de lo que llamamos hogar se ensanche hasta abarcar un continente.

Haciendo el mongol en el monolito que indica el trifinio entre Austria, Hungría y Eslovaquia, en 2009, en el mismo viaje en el que visitamos Praga. Conté aquí en su día las vicisitudes fronterizas que nos acontecieron, y tal

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4 respuestas a “En defensa del turismo (un día en Praga)

  1. Avatar de curiosoperoinutil curiosoperoinutil 23-julio-2024 / 9:24 am

    Un día más veo un muro de texto en lugar de un artículo al empezar y un día más llego al final y se me ha hecho corto. Creo que podrías hacer entretenido un post de 2000 palabras sobre pintura secándose en un banco del paque. Me ha encantado la historia y la idea.

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  2. Avatar de Rigodón Rigodón 23-julio-2024 / 10:26 am

    Las opiniones son libres, claro, pero los argumentos son flojísimos. Casi cualquier barbaridad se podría justificar por la rentabilidad o por los puestos de trabajo que crea, incluso arrasar la selva amazónica, aplanar los Apeninos o convertir la Antártida en granizados.

    De igual forma está muy cogido con pinzas decir que los monumentos se conservan gracias al turismo, me recuerda a lo de que hay que agradecer a la tauromaquia que conservemos el toro de lidia.

    También flojo es argumentar que el turismo es deseable socialmente solo porque España estuviera sumida en el atraso debido a una dictadura nacional-católica (lo mismo aplica a aquellos países que salían de dictaduras comunistas).

    La cuestión es si es deseable que las ciudades del mundo se conviertan en parques temáticos en los que la gente local ya no puede vivir y que emplean en condiciones casi siempre precarias a quienes, en muchos casos, ni siquiera pueden permitirse vivir cerca de su trabajo porque la vivienda en la que podrían residir es más rentable que lo ocupe una pareja venida del otro lado del globo tras coger tres aviones, dos barcos y un autobús contribuyendo al deterioro del planeta.

    Disfruto de tu blog desde hace mucho, que conste. La mayoría de gente no se queja del turismo per se, pero hay que reconocer que igual se nos está yendo la cosa de las manos, y que casi todo el mundo (no hablo de cierto número de gente a la que le apasiona viajar, hablo de que de repente es casi todo el mundo) crea que necesita hacer 10 viajes al año es síntoma de que algo no va muy bien en las cocoteras.

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  3. Avatar de Laureano Guarín Díez Laureano Guarín Díez 14-agosto-2024 / 2:22 pm

    Mira que me gustan tus artículos. Éste, de largo, es el mejor.

    ¡Enhorabuena!

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