Cuando una potencia colonial abandona un territorio, siempre quedan restos de su presencia. El idioma es el más común, pero también las infraestructuras, las instituciones o las costumbres. Por eso en la India tienen tantos trenes, en Malta hablan inglés y en Pakistán juegan al críquet. En algunos casos raros, el Imperio Británico dejó incluso su bandera en sus ex colonias, casos de Australia, Nueva Zelanda, Fiyi o Tuvalu. Pero en el caso de Chipre, las huellas de la metrópoli fueron más allá. El Reino Unido, después de 80 años de gobierno sobre la isla, se marchó dejando no sólo un cacao considerable entre turcos y griegos, sino varios pedazos de terrorio soberano, totalmente bajo control británico. Son Akrotiri y Dekelia, los vestigios coloniales de Chipre.

Chipre se independizó en 1960 después de casi noventa años de dominio británico, precedidos de tres siglos de colonización turca. En el acuerdo con el Reino Unido para la independencia, los británicos se reservaron dos territorios alrededor de sendas bases militares. La idea, bastante evidente, era proyectar poder sobre Oriente Próximo; Beirut está a doscientos kilómetros en línea recta, y Damasco a menos de trescientos. Pero a diferencia de lo que sucede con, por ejemplo, Guantánamo en Cuba, que es una concesión territorial, Gran Bretaña se garantizó la soberanía plena de más de doscientos cincuenta kilómetros cuadrados de territorio, aproximadamente un 3% del territorio de la isla. Es decir, las bases de Akrotiria y Dekelia son parte del Reino Unido de jure, además de de facto. Pero las condiciones de estos dos lugares son excepcionales, de hecho son únicas en el mundo. A diferencia de otros territorios de ultramar británicos, como Gibraltar o las Caimán, Akrotiri y Dekelia carecen de sociedad civil y economía propias como tales. Pese a ello, hay casi veinte mil personas que residen en ellas, y no sólo militares. Más de diez mil chipriotas residen o trabajan en territorio británico, y están sujetos a la legislación de la antigua metrópoli. ¿Cómo afecta eso en su día a día? Mucho y poco, simultáneamente.

El Monasterio de San Nicolás de los Gatos está al final de una carreterita al sur del Lago Salado de Limasol. Entrega exactamente lo que promete. Aparcamos allí el coche a pleno sol una mañana primaveral del mes pasado, y en cuestión de segundos teníamos media docena de mininos alrededor exigiendo comida y caricias. Según la historia tradicional, las monjas trajeron a los michis hace siglos para que cazaran serpientes, y la costumbre de llamarles para comer con una campanita se ha mantenido desde entonces. San Nicolás de los Gatos está muy dentro de la Base Soberana de Akrotiri, y cuando llegamos al lugar el único otro coche presente era uno de la policía británica. Más concretamente, de la SBA Police, las fuerzas de seguridad propias de Akrotiri y Dekelia (Sovereign Base Areas). Su función es la de cualquier otra policía: tráfico, orden público, investigación criminal, esa clase de cosas. Pero su jurisdicción es extraña: son una policía militar pero se encargan de asuntos civiles. Además de vigilar las bases de la armada y del ejército del aire, la SBA Police se encarga también de mantener el orden en el territorio británico fuera de las instalaciones, donde se encuentran los civiles que viven, trabajan o simplemente circulan por las carreteras y caminos de los dos territorios. La policía chipriota, sin embargo, suele encargarse de los temas menores, pero si y sólo si la policía británica se lo permite. De igual manera los delitos cometidos en territorio de las SBA se juzgan según las leyes británicas, salvo que se autorice la extradición a Chipre (al otro lado de la calle, mayormente), cosa que queda a discreción de las autoridades de las bases.


Nos encontramos con un grupito de tres periodistas en la puerta de la base aérea de Akrotiri, situada junto al pueblo homónimo y obviamente dentro del territorio británico del mismo nombre. Estaban claramente tomando imágenes de recurso desde distintos puntos para airearlas en los telediarios, que aquel día, apenas ocho días después de la caída de dos drones iraníes en la pista de aterrizaje de la instalación, todavía hablaban de la isla. Después de hacerlos las fotos de rigor paramos a comprar unas cocacolas en el supermercado del pueblo de Akrotiri, a menos de un kilómetro de la base. Nunca he conocido a alguien con tantas ganas de irse de un lugar como la dependienta de aquel sitio, que habría colgado el uniforme y huido en nuestro Kia Picanto de alquiler sin dudarlo, si llegamos a proponérselo. Los trabajadores y residentes civiles en las Bases Soberanas pagan impuestos al gobierno Chipriota y reciben sus servicios del mismo lugar, exceptuando, como hemos visto, la policía. La moneda oficial es el euro y las señales están en kilómetros por hora, aunque en la mayoría de ellas se indica explícitamente «km/h» para que no haya confusiones. No hace falta un permiso específico para residir dentro del territorio británico, pero sí para construir algo, y las autoridades británicas no lo conceden. El tratado de independencia establecía la prohibición explícita de establecer algo parecido a una sociedad civil o una economía propias en Akrotiri y Dekelia, y eso al cabo de las décadas ha impedido sistemáticamente que los pueblos dentro de ellas puedan crecer, física o demográficamente.


La frontera internacional entre Chipre y el Reino Unido permanece mayoritariamente sin señalizar. El encargado del mantenimiento de las carreteras es el estado chipriota, así que no hay diferencias visibles cuando uno cruza en coche de un lado al otro. En el año 1960 se instalaron unos pocos hitos fronterizos, de los que apenas se conserva una docena. Decidimos que era una magnífica idea dedicar unas horas a encontrar uno de ellos; el más próximo al mar, en Akrotiri. Gracias a nuestras siempre discutibles elecciones vitales, acabamos comiendo en un restaurante junto al Mediterráneo, al que llegamos después de atravesar varios kilómetros de caminos a medio asfaltar. Éramos literalmente los únicos clientes del lugar, todavía a varias semanas, o quizá meses de distancia de la temporada alta. Después de los postres no tardamos en encontrar el bolardo, cayéndose a pedazos después de seis décadas y media sin mantenimiento alguno, pero todavía firme indicando dónde termina el Imperio Británico y dónde empieza otra cosa. En las Bases Soberanas sólo se sabe que uno no está en la República de Chipre porque las señales de tráfico están primero en inglés y debajo en griego (en vez de al revés, como en el resto del país) y por el nombre de las calles, que suele hacer referencia a alguna localidad de Gran Bretaña.



Akrotiri es un territorio peculiar, pero lo de su hermana Dekelia hace que Gibraltar y Pitcairn parezcan geográficamente aburridos. Para empezar, es un queso gruyere. Hay cuatro enclaves chipriotas en su interior. Dos de ellos son los pueblos de Ormidia y Xylotymbu, que, pese a estar rodeados por territorio británico, pertenecen a, y son administrados por la República de Chipre. Allí la SBA Police no tiene jurisdicción y los habitantes de ambos pueblos (unos ocho mil) están sujetos únicamente a la legislación chipriota. Los otros dos enclaves son en realidad uno, pero atravesado por una carretera que lo parte por la mitad. Es la central térmica de Dekelia, que se construyó en los años 50 y que Chipre quiso conservar bajo su soberanía por motivos obvios. En este punto el territorio británico tiene la anchura de una carretera convencional, unos ocho metros. Al sur del asfalto está la central, al norte las casas de los trabajadores, que también son territorio chipriota. Los empleados de la compañía eléctrica cruzan cada día dos fronteras para ir a su puesto de trabajo. Fronteras que, curiosamente, sí están perfectamente delimitadas con abundantes cilindros de hormigón armado.



En nuestro segundo día en Chipre también encontramos una terraza junto al mar, en este caso, pegada a la playa de Dekelia, desierta por estar en temporada baja. El restaurante, sin embargo, estaba lleno hasta la bandera, fundamentalmente de trabajadores británicos, incluidos un par de policías de la SBA a los que interrogamos durante un rato (y que nos proporcionaron la mayoría de la información sobre sus tareas, jurisdicción y demás que habéis leído aquí). Es el momento de mencionar que a diferencia de lo que sucedió en Malta, en Chipre alquilamos un coche manual por error (por error mío, insiste Javi, que no hizo ni el huevo y todavía tiene el cuajo de quejarse). Conducir por el lado incorrecto es una experiencia, hacerlo teniendo que cambiar manualmente de marcha con la mano izquierda en cada rotonda es una lección vital. Todos los automatismos aprendidos durante décadas dejan de servir, y meter marcha atrás al intentar cambiar a segunda es el estándar de facto. Nos pasamos una semana insultándonos gravemente el uno al otro por nuestras respectivas formas de conducir (yo, como una anciana ciega y coja, Javi, como un mandril cocainómano). En cualquier caso, consideramos un logro vital haber sobrevivido a la conducción british style. Dicho lo cual, de todos los kilómetros que hicimos en Chipre, los trece mejores, sin la menor duda, fueron los que nos llevaron hasta Ayos Nikolaos: La carretera más fronteriza del mundo.

Ayos Nikolaos es una de las dos guarniciones militares en dentro del territorio de Dekelia (llamado East SBA por los británicos para evitar confusiones con el pueblo o la planta eléctrica). Se dedica fundamentalmente a la inteligencia de señales en colaboración con Estados Unidos. Originalmente era un pueblo normal pero tras la independencia quedó como residencia de los militares a cargo de la estación de inteligencia, y por tanto, dentro de la SBA. Situado a varios kilómetros de Dhekelia Station, se tomó la decisión de mantener la carretera que le unía al resto del territorio británico como parte del enclave, creando así un pedacito de Gran Bretaña de unos diez metros de ancho, escoltado a ambos lados por territorio chipriota. Pero entonces llegó la guerra. La invasión turca de la isla en 1974 se paró donde lo hizo porque se encontraron tropas británicas. Las dos partes, griegos y turcos, respetaron el territorio controlado por los soldados del Reino Unido, la Línea Verde en Nicosia y el territorio de la Base Soberana. Las tropas de Turquía llegaron exactamente hasta la carretera de Ayos Nikolaos y, aunque Chipre continuaba diez metros más allá y no había ningún impedimento físico para continuar avanzando hacia el sur, decidieron detenerse ahí para no meterse en líos con los británicos. Tras el alto el fuego, la carretera quedó literamente entre dos tierras. Al norte, los turcos, al sur, los griegos. Y en medio, el asfalto británico. Es la única carretera del mundo que pertenece a un país y está flanqueada por otros dos.





Como quedó exactamente en la pseudofrontera internacional, Dekelia es el único lugar donde la Línea Verde no existe, porque no hace falta una zona de amortiguación entre griegos y turcos. Hay dos pasos fronterizos entre el Reino Unido y la República Turcochipriota, uno en el pueblo de Pergamos, ya en manos de los turcos, y otro en la carretera de Famagusta. Ambos están controlados por la rama aduanera de la SBA Police, encargada de evitar el abundantísimo contrabando de cigarrillos y ropa de marca falsa. Nosotros cruzamos el segundo de ellos camino del norte de la isla. Pero eso es algo que será narrado en una próxima ocasión: El país que no existe

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Mira que he estado veces en Chipre y nunca me ha dado por ir a estos sitios tan curiosos… tendré que buscar otro vuelo 😀
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Jajajaja es importante ir con una mentalidad fronteriza 😀
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Calle Isla de Wight.
Solo con eso me compraron.
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