El museo municipal de Valga es un divertidísimo compendio de maniquís con ropa vieja representando la historia del pueblo. Según nos informó el reloj del coche, la temperatura en el exterior oscilaba entre los muchos y los demasiados grados bajo cero, y en los dos pisos del edificio se estaba tan maravillosamente calentito que no teníamos intención de salir pese a lo bizarro de la exposición. Un rato antes habíamos estado triscando por la nieve buscando postes de madera de colores y charlando con un adolescente asomado a la ventana del segundo piso de un commieblock gris como el cielo invernal de Estonia. Todo esto lo hicimos por una razón: la frontera, que parte en dos el pueblo y deja al otro lado la otra mitad, llamada Valka (Letonia). El lema de ambas ciudades es: «Un pueblo, dos países».

Javi es de Zaragoza, así que de frío sabe un rato, y yo me crié en lo que por entonces era un pueblo grande a medio camino de la sierra de Madrid así que tampoco es que el biruji me pille de nuevas. Aún así ninguno de los dos habíamos vivido y sufrido en nuestras carnes semejantes temperaturas; aquel día en Tartu habíamos alcanzado los quince bajo cero, y la cosa no había mejorado mucho en las horas siguientes. Una treintañera que conocimos en Tallin nos miró con la ternura del que observa a un bebé caminando por primera vez cuando le explicamos nuestras cuitas con el fresquito. El caso es que llegamos a Valga al atardecer en nuestro periplo entre las capitales de Estonia y Letonia y decidimos, claro, darle una vuelta al pueblo.


El 16 de noviembre de 1917 (según el calendario juliano; 29 de noviembre en el resto del mundo) se izó en Valka por primera vez la bandera rojiblanca de Letonia. Allí se había fundado el Consejo Nacional Provisional Letón, una organización con el objetivo declarado de independizar Lituania de Rusia y Alemania, las potencias ocupantes por entonces. La independencia costó más de lo esperado, se libraron tres guerras contra soviéticos, alemanes y bermontianos (un ejército privado de rusos proalemanes) en las que también participaron el Reino Unido, Estonia, Lituania y Polonia. Después de años de batallas y miles de muertos, finalmente en 1920 quedó claro que las tres Repúblicas Bálticas se unirían a la comunidad internacional en su propio nombre, y entonces fue cuando Estonia y Letonia se enzarzaron en una disputa fronteriza.

Lo que hoy son Valga y Valka fueron fundados por templarios teutones como un único pueblo llamado Walk, allá por el siglo XIII. Un par de cientos de años más tarde se convirtió en la sede parlamentaria de la Confederación Livona, un protoestado tan complicado de describir que la propia Wikipedia lo define como «de soberanía compleja», que viene a significar que nadie sabía muy bien quién mandaba ahí y todos, iglesia, nobles, templarios, una señora que pasaba por ahí, se peleaban para cobrar tributos. Durante los siguientes siglos el Báltico estuvo en manos de Prusia, Polonia y Rusia, hasta la ocupación alemana de la I Guerra Mundial. Cuando estonios y letones se independizaron a la vez de Rusia no se pusieron de acuerdo sobre a quién pertenecía Walk, que ya recibía un nombre distinto en cada idioma. Los dos países lo reclamaban para sí en su totalidad y llegaron a situarse tropas a ambos lados del río, preparadas para pelear por la localidad. Finalmente los dos gobiernos decidieron que someterse a un arbitraje internacional, y el elegido fue el coronel británico Stephen Tallents, que ante la imposibilidad de trazar una línea que agradara a los dos países, decidió hacer una que le gustara a él. Y partió el pueblo en dos.

Tanto Estonia como Letonia aceptaron la decisión pese a que a los dos les parecía injusta, porque a ambos les parecía también más injusta para la otra parte. Los dos países mantuvieron buenas relaciones entre ellos en los poco menos de veinte años que les duró la independencia; fueron invadidos sucesivamente por soviéticos, nazis y otra vez soviéticos, y no fue hasta 1991 cuando por fin alcanzaron la independencia. Durante los años de ocupación rusa la división del pueblo no tenía importancia, puesto que las fronteras internas de la URSS no tenían ningún efecto sobre el terreno, pero tras la independencia se instalaron controles fronterizos entre uno y otro lado del pueblo, dificultando así la vida de sus habitantes y provocando numerosas situaciones de lo más bizarro.

La división del viejo pueblo de Walk no se hizo en el río sino según el criterio absolutamente discrecional del británico encargado de pintar líneas en el mapa. La idea era que ambos países gozaran de un acceso similar a sus respectivos pedazos de la localidad tanto por tren como por carretera, y evitar las bolsas étnicas de un país dentro del otro. Era una misión imposible, y supuso situar la frontera pegada a varios caminos para respetar las tierras de labranza, y partir calles y plazas, situando en países distintos edificios uno frente al otro. Tras la independencia todos esos controles que habían desaparecido desde 1945 regresaron, y con ellos las aduanas, las verjas y las limitaciones del movimiento. Casas construidas junto a la frontera se encontraron con que su puerta daba al extranjero y sus habitantes necesitaban el pasaporte literalmente para ir a pedirle sal al vecino. Por supuesto los sistemas de transporte quedaron partidos en dos, incluida la línea de tren, y el hospital local, situado en Estonia, dejó de servir a los ciudadanos letones.


Por suerte para los sufridos habitantes de la ciudad dividida (16.000, tres cuartas partes de ellos estonios) tanto Estonia como Letonia fueron admitidos en 2004 en la Unión Europea, y apenas cuatro años después entraron a formar parte del Espacio Schengen, con lo cual todos los controles fronterizos internos fueron, por fin, abolidos y la frontera entre Valga y Valka dejó de ser una cicatriz horrenda y se convirtió en el espacio de convivencia que es hoy, una línea mayormente invisible que uno solo sabe que ha cruzado porque se lo indica el GPS. Lo que todas las fronteras deberían ser.



Los excesivos grados bajo cero no nos impidieron dar saltos como dos meningíticos a un lado y otro de postes enterrados en la nieve. Javi y yo paseamos durante un rato largo por la frontera, desierta salvo por nosotros dos, que íbamos increíblemente mal preparados para el frío y específicamente para la nieve, que se nos colaba en las deportivas. Una señora nos saludó desde un commieblock de sólo tres pisos de altura que seguramente fue inaugurado por el mismísimo Brezhnev, a juzgar por su estado. El del edificio, no el de la señora. El caso es que nos pasó con su hijo, que se asomó a la ventana del segundo y nos preguntó de dónde éramos y por qué estábamos allí. La segunda pregunta con mucha más curiosidad que la primera. De lo que nos contó en la conversación levemente extraña, él en la ventana de su casa y nosotros un par de pisos más abajo tiritando de frío, dedujimos que para entonces, diciembre de 2022, la frontera era más una anécdota que otra cosa. La mayoría de la gente reside en el país del que es nacional, herencia de los tiempos previos a Schengen, pero los servicios (policía, sanidad, educación) se prestan indistintamente para los los dos lados del pueblo, lo que requiere funcionarios estonios en Letonia y viceversa. Al cabo de un rato de triscar por la nieve nos montamos de nuevo en nuestro coche y proseguimos camino hacia Riga y sus maravillosos edificios hanseáticos y comunistas. Pero esa es otra historia que será contada otro día

Más lecturitas:
Valga y Valka aparecieron por aquí por primera vez hace casi diecisiete años, literalmente en la primera semana de existencia de este blog cuando la mitad de los que leéis esto estabais entre la primaria y el instituto.
Igual que entonces, recomiendo vivamente la página de Jan S. Krogh, aunque se ha quedado ligeramente desactualizada en esta década y media larga. Incluye casos específicos de casas y carreteras sobre la frontera que por entonces generaban bastantes dolores de cabeza a los locales (Schengen empezó a aplicarse entre 2007 y 2008 y la página es de 2003)
Y si te gusta leer sobre ciudades divididas, no te pierdas:
Baarle, el pueblo de las mil fronteras. El lugar donde nació (metaforicamente) este blog
La casa española que invadió Portugal al ampliar la cocina. Llegamos, vimos, vencimos
Martelange, el pueblo de las gasolineras. Alguna vez había que hablar de Luxemburgo

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Hace frío, claro que hace frío. ¿Dónde creías que estabas? ¿En Florida? 😜
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Por si los lectores menos veteranos no entendieron la referencia:
https://fronterasblog.com/2010/01/25/cosas-que-hacer-en-europa-cuando-estas-muerto-de-frio/
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JAJAJAJAJAJAJAJAJA I got you babe pa-pa-um-pa-pa…
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Ni en primaria estada para cuando publicaste la primera entrada sobre estos dos pueblos.
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Gracias por hacerme sentir anciano
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Un día hacer sentir anciano a los mayores, y al otro los jóvenes hacen sentir anciano a uno.
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