A la hora de referirse a una ciudad hay pocas expresiones más sobadas que «llena de contrastes», sobre todo porque casi todas las ciudades de un tamaño decente lo están. Pero el caso de Atenas es quizás ligeramente diferente. No se trata de un contraste entre tradición y modernidad o entre cultura y ocio nocturno, es algo más personal: la abismal diferencia entre el barrio de nuestro hotel y el resto de la ciudad. O del país. O del continente. Vaya por delante que es culpa mía por no revisar con más atención los lugares donde me alojo, pero hay una palabra que durante el resto de mi vida hará que los escalofríos recorran mi espalda como si alguien acabara de abrir una ventana y entrara una corriente repentina: Omonia.
