De la fachada de la Iglesia de San Josafat, un templo católico de la Iglesia Griega de Ucrania, cuelga la bandera amarilla y azul que representa ante el mundo al país de Europa Oriental. Las misas se celebran en ucraniano, y siguiendo el rito bizantino, como también se hace en la Catedral de la Resurrección de Kiev, la sede apostólica global de la denominación. Al otro lado de la calle, el centro parroquial luce el escudo de Ucrania, y junto a él una decena de Pysanky, los tradicionales huevos de pascua decorados propios del país. Sin embargo, en un cartel se lee Igreja de São Josafat, y en otro aparece el nombre de la calle junto al templo: Rua Marechal Floriano. Porque este lugar, Prudentópolis, está a más de once mil kilómetros de Ucrania; de hecho ni siquiera está en su mismo hemisferio. Es la pequeña Ucrania del sur de Brasil

Prudentópolis se llama así en honor a Prudente de Morais, el tercer presidente de Brasil. Los primeros ucranianos llegaron a la ciudad casi al final del siglo XIX, cuando aún era un pueblecito; mil quinientas familias del Óblast de Termopil, ocho mil personas que se convirtieron automáticamente en la mayoría de la población. Hacia 1920, cuando se detuvo el flujo de colonos desde Ucrania, la localidad ya tenía veinte mil habitantes, casi todos ellos con el mismo origen en la región de Galicia, la de los Cárpatos, claro, por entonces uno de los extremos del Imperio Austrohúngaro. Siendo mayoritarios en el pueblo, los ucranianos pudieron conservar sus costumbres, su lengua y también su religión, convirtiéndose así en un enclave de Europa del Este en pleno hemisferio sur. Un siglo después, Prudentópolis tiene alrededor de cincuenta mil habitantes, de los que casi cuarenta mil son descendientes de ucranianos; es la capital no oficial de la numerosa colonia ucraniana en Brasil, centrada mayoritariamente en el estado de Paraná.

Incluso en un país como el carioca, lleno de pequeños enclaves de descendientes de casi cualquier origen, la concentración de ucranianos en Prudentópolis está fuera de lo normal. Las cúpulas bulbosas bizantinas asoman por toda la ciudad y en los carteles de los negocios a pie de calle los apellidos traslucen el origen de sus dueños: Oficina Mecanica Bohaczuk, Refrigeraçao Navroski, Saviski Supermarket, Clínica Schafranski. Más de cincuenta iglesias ucranianas se esparcen por toda la ciudad, la mayoría católicas, pero también ortodoxas y alguna bautista. En todas ellas la liturgia es en ucraniano y se sigue el calendario juliano para las festividades, como en la propia Ucrania. En las escuelas se enseña el ucraniano y también en ucraniano, sobre todo desde que hace un lustro el ayuntamiento de la localidad declaró esa lengua como oficial en el término municipal. No existen restaurantes ucranianos en Prudentópolis porque todos lo son. Existen, simplemente, restaurantes, donde los platos típicos de Ucrania son parte del menú. A lo largo del año se celebran varias festividades típicas del país europeo: el Festival do Varenyky (un plato típico) o la Noite Ucraniana, con música y bailes folclóricos, que incluyen siempre la participación de Vesselka, una asociación cultural y grupo de danza que mantiene vivas las tradiciones de la madre patria.

La invasión rusa de Ucrania se sintió en Prudentópolis, como en el resto de la comunidad ucro-brasileña. El primer mes llegaron dos docenas de refugiados, que a lo largo del siguiente año llegaron a ser más de mil. La mayoría acabaron retornando a Europa, y algunos a la propia Ucrania, pero otros muchos acabaron quedándose, como los parientes de sus antepasados, porque encontraron un hogar en la otra punta del mundo.

Fuentes: Wikipedia, Reuters, RBC-Ukr, Prudentópolis, Al Jazeera, Roads & Kingdoms.
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Me recuerda a San Javier, en Uruguay, donde curiosamente una rusa de mochilera terminó varada cuando las fronteras se cerraron en marzo de 2020.
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