Crónicas Bálticas. Capítulo 1: Independencia

Cuando a principios de los noventa aparecieron de repente docena y pico de países nuevos en el mapa, mi primera reacción fue pensar que habían sido bastante vagos a la hora de ponerles nombres a las cosas. Mucho –istán por aquí e –istán por allá, y luego esos tres estados minúsculos a los que parecía que habían nombrado ya por puro cansancio: Estonia, Letonia, Lituania. Tres países pequeños y poco poblados en una esquina de Europa. Desde mi rincón peninsular, a cuatro horas de avión de allí, los tres países parecían partes de un todo más grande, divididas por capricho. El Diego preadolescente no podía estar más equivocado, claro. Las Repúblicas Bálticas tienen una historia reciente común de ocupación y resistencia, pero son tres países tan distintos entre sí como puedan serlo España, Francia e Italia.

Monumento a la Libertad en el centro de Riga

De Tallín a Vilna hay seiscientos kilómetros de carretera, mayormente convencional, aunque perfectamente mantenida. No hay mucho tráfico entre las capitales de Estonia y Letonia cuando Javi y yo recorremos esa distancia en una oscura y helada noche de diciembre, y tampoco encuentro demasiados coches entre Riga y Vilna cuando conduzco de una a otra en una soleadísima tarde de verano 18 meses más tarde, esta vez solo. Sin embargo, el 23 de agosto de 1989 la carretera era un hervidero. No de coches, sino de gente. Dos millones de personas, más de la cuarta parte del total de la población de los tres países, participaron en la Vía Báltica, una descomunal manifestación popular en forma de cadena humana que unió las tres capitales para protestar contra la ocupación soviética y exigir reformas democráticas y la independencia. La fecha no era casual. El mismo día pero exactamente medio siglo atrás se había firmado el pacto Molotov-Ribbentropp entre la Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin, cuyos protocolos secretos dividían Europa del Este en zonas de influencia nazi y comunista, y que desembocaron entre otras cosas en la anexión de las tres Repúblicas Bálticas por parte de la URSS. Anexión que las autoridades locales, cincuenta años después, denunciaban como forzosa y, por tanto, ilegal.

Vista de la cadena Báltica en Estonia (Radio Free Europe)
La Cadena Báltica cruzando un puente a las afueras de Riga (Radio Free Europe)

Estonia y Letonia se habían independizado por primera vez en 1918 en el torbellino de la I Guerra Mundial. Lituania también alcanzó su independencia del Imperio Ruso en esas mismas fechas, pero a diferencia de las otras dos naciones, ya contaba con una larga historia independiente, como parte de la República de las Dos Naciones (la otra era Polonia, y ambas desaparecieron a la vez en el siglo XVIII). En cada una de sus capitales hay un Museo de la Ocupación, con carácter de hito nacional. En los tres casos la palabra se refiere a las sucesivas invasiones nazi y comunista, que en este último caso duró hasta 1991. No es sólo la historiografía báltica la que no acepta la legalidad de la pertenencia de las tres repúblicas a la Unión Soviética. Los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña, junto con la mayoría de sus aliados, nunca reconocieron la anexión de los tres países, que se produjo a través de un proceso fingidamente democrático pero en realidad se impuso por la fuerza bruta de los hechos. Es posible que la historia resulte familiar, porque es exactamente la misma que ha sucedido desde 2014 con un país que flota sobre casi cualquier conversación de Tallín a Vilna: Ucrania.

Banderas lituana y ucraniana en la sede de la OTAN en Vilna
Sede de la OTAN en Vilna

Tras la invasión rusa a gran escala de Ucrania en febrero de 2022 toda Europa se llenó de banderas azules y amarillas en ayuntamientos, edificios públicos y balcones privados. Yo mismo, que por entonces trabajaba en una empresa cuya principal delegación estaba (y sigue estando) en Kiev, colgué una en mi terraza. En las Repúblicas Bálticas se tomaron la invasión de Ucrania como una amenaza personal, y no sin razón. La misma retórica genocida rusa que precedió a la agresión a gran escala contra los ucranianos también se ha utilizado para negar la existencia de los pueblos bálticos. Y en las tres capitales temen que ellos puedan ser los siguientes. Por eso los tres países decidieron ponerse bajo el paraguas nuclear de la OTAN, como Suecia y Finlandia al poco de iniciarse la guerra a gran escala en 2022.

Bandera ucraniana en un rascacielos a la orilla del río Daugava, en Riga

En la Plaza Mayor de Tallin la temperatura no subía de los diez bajo cero cuando nos pusimos a charlar con dos chicas un poco más jóvenes que nosotros y con aspecto de estar mucho más acostumbradas a semejantes temperaturas. Nos invitaron a un brandy caliente, y correspondimos con otra invitación semejante, todo esto mientras la conversación avanzaba entre chistes y comentarios banales sobre el tiempo. Las dos mozas eran estonias nacidas allí, pero su lengua materna era el ruso, y ellas mismas se definían como rusas aunque no tuvieran la nacionalidad, a diferencia de sus padres. En un momento dado, claro, salió el tema de la guerra. «We hate ukranians». No disimularon, como hacen otros, diciendo que odian a Zelensky, o la guerra, o a Ucrania, no, «los ucranianos», sin más. ¿Por qué? «Por su culpa los rusos caemos mal». Hombre, Svetlana. Es posible que vosotros hayáis puesto un poquito de vuestra parte. Poco después y mientras devorábamos un plato de cerdo asado en una taberna pseudomedieval, la misma Svetlana empezó a tirarle huesos a un mendigo que leía un libro sin meterse con nadie en la mesa de al lado. «¿Por qué no le dejas en paz?», le pregunté. «Yo he pagado por estar aquí, tengo derecho, él no, que se vaya a la calle, que es su sitio». Desde aquel día cuento la anécdota de que tenía muy mal concepto de los rusos, hasta que cené con un par de ellas, y desde entonces lo tengo aún peor.

Edificio de oficinas iluminado con los colores de la bandera ucraniana en Tallin

Los soviéticos se acabaron marchando de las Repúblicas Bálticas, pero no fue un camino fácil ni exento de sangre derramada. El proceso conjunto de independencia se conoce como Revolución Cantada, porque las protestas y la efervescencia nacionalista se canalizaron a través de festivales de música popular. En la segunda mitad de los 80 aparecieron diversas organizaciones en los tres países (Sąjūdis, Helsinki 86 o el Frente Popular de Estonia, entre otras) que, cada una con sus características regionales propias, tenían muchos puntos en común; fundamentalmente el reconocimiento de las realidades nacionales de las tres repúblicas, la difusión de su historia y patrimonio cultural, la negación de la legitimidad de la anexión soviética de 1940 y la normalización de los símbolos nacionales: idiomas, banderas, himno, etcétera. Los tres soviets supremos lo afrontaron de manera diferente, pero para mediados de 1990 lo cierto es que los tres países habían proclamado ya su soberanía dentro de la Unión Soviética y la prevalencia de las leyes locales sobre las emitidas desde Moscú. La independencia efectiva llegaría al año siguiente después de una serie de acontecimientos cuyo centro epicentro puede ser situado en el edificio más alto de cada uno de los tres países: Sus torres de televisión.

La torre de Televisión de Riga se pierde entre la niebla, en diciembre de 2022

Llevaba ya tres días teletrabajando en Vilna cuando me tomé el mediodía libre para visitar la torre de televisión local. En la base de los 330 metros de hormigón armado hay una placa y varias cruces recordando a los lituanos que murieron defendiendo el edificio de las tropas soviéticas. 10 meses antes Lituania había proclamado su independencia; la respuesta de Gorbachov fue doble: por un lado mandó a sus matones a asesinar a los miembros de la recién formada guarda fronteriza lituana, y por otra inició un bloqueo económico que provocó déficits energéticos, encarecimiento de los alimentos y escasez de combustible, entre otras cosas. Moscú lanzó una campaña de propaganda para exacerbar las diferencias étnicas entre los lituanos y los otros dos grupos nacionales del país: polacos y rusos. En medio del torbellino y la crisis política, Gorbie se decidió finalmente a invadir el país y envió unidades de élite a tomar los edificios clave de la capital y de las principales ciudades. La reacción ciudadana fue salir en masa a las calles y rodear con un muro humano y con barricadas los lugares más relevantes del país, entre otros, la torre de televisión, que había sido inaugurada apenas 15 años antes. Los spetnaz rusos no estaban acostumbrados a encontrar resistencia civil desarmada a sus actos (era la URSS al fin y al cabo) y dispararon contra la muchedumbre. Catorce personas murieron por heridas de bala o aplastadas por las orugas de los tanques del imperio soviético, decidido a impedir, sin éxito, el desgajamiento de una de sus repúblicas más pequeñas. Un mes después del levantamiento popular se celebró un referéndum de independencia con un 85% de participación donde el 90% de la población votó a favor. Islandia fue el primer país en reconocer a Lituania esa misma semana.

Memoriales a los pies de la torre de televisión de Vilna. Junto a ellos, una placa recuerda a las víctimas de la agresión soviética. Las cruces colocadas originalmente se movieron al museo que hay en el interior de la base de la torre

La torre de Radioelevisión de Riga es una preciosa estructura en forma de trípode en una isla en mitad del río Daugava. Con 368 metros de alto es la torre más alta de la Unión Europea. Lamentablemente no se puede visitar desde hace cinco años, aunque está previsto que se reabra de aquí al año próximo. Me acerco por allí en mi coche de alquiler un domingo estival. Padres e hijos pescan en el río, las flores crecen desordenadamente en los márgenes de una carretera sin salida completamente desguazada y al menos dos Mercedes negros con cristales tintados e inhibidores de frecuencia (me quedo instantáneamente sin cobertura en el móvil) circulan lentamente en los alrededores. Eso no me impide bajarme del coche a hacer fotos, porque total, hemos venido a jugar. Uno de los coches me sigue de manera completamente indisimulada, conducido por una réplica del Agente Smith de Matrix. Pero nadie se me acerca ni me dice nada. En 1991, claro, la cosa fue ligeramente diferente. Inmediatamente después de finalizar el intento de golpe de Estado en Lituania, el gobierno letón llamó a la resistencia ciudadana. Cientos de miles de personas llegadas desde todo el país con maquinaria industrial y agrícola establecieron barricadas por toda Riga, protegiendo los edificios relevantes del gobierno, los medios de comunicación y la compañía telefónica. Moscú envió también unidades de élite y movilizó cientos de militares para reventar las protestas. Los comunistas letones proclamaron en los medios controlados por Moscú (todos) que el fascismo había tomado el país y que urgía que el ejército «pusiera orden». Ese «orden» consistió en el asesinato de al menos cuatro manifestantes desarmados y dos escoltas del ministerio de interior por parte de las fuerzas rusas leales a Moscú. Finalmente al cabo de un par de semanas el gobierno Letón recuperó el control de la capital y el país y los soldados moscovitas regresaron a sus bases. Treinta mil personas fueron condecoradas por su participación en las barricadas.

La amenazante torre de TV de Riga, desde la verja de entrada al complejo

Javi y yo conducimos por las carreteras heladas de las afueras de Tallin rodeados de un blancor grisáceo que recubre los commieblocks breznevianos. La torre de televisión está a veinte minutos en coche del centro de la capital y cuando llegamos, poco después de la hora de apertura, estamos a doce grados bajo cero. Todo el mundo habla un inglés fantástico en la tienda de recuerdos y pagamos muy felices los míseros seis euros que nos cobran por subir a la plataforma de observación. Arriba estamos solos y nos permitimos el lujo de salir a la terraza exterior, donde el vendaval que sopla a 170 metros del suelo hace descender la sensación térmica a 30 o 40 bajo cero. Estonia fue el primero de los tres países en proclamar su soberanía respecto a la Unión Soviética, si bien, al igual que Letonia un par de años más tarde, la dejó en suspenso mientras elaboraban una constitución. La independencia real y efectiva llegó en el verano de 1991. La madrugada del 19 de agosto de aquel año los comunistas más radicales del PCUS lanzaron un golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov, hartos de cosas fascistas como libertad de prensa y derechos civiles. El golpe acabó fracasando por falta de apoyos no sólo en el ejército sino entre los propios comunistas, pero la noche del día 19 las mismas unidades antiterroristas que habían actuado en Vilna y Riga acudieron a la torre de TV de Tallín para impedir la difusión de noticias contrarias al golpe, y también se encontraron una masa compacta de ciudadanos dispuestos a darlo todo para defender su derecho a no ser títeres de un estado totalitario. El gobierno de Estonia declaró la independencia al día siguiente, y lo mismo hicieron los de Letonia y Lituania. La propia URSS tuvo tiempo de reconocer su independencia antes de disolverse cuatro meses más tarde. Terminó así una historia sangrienta y cruel de ocupación y exterminio, que los habitantes de los tres países tienen muy presente hoy en día.

Me quité el gorro y la bufanda para la foto, que se hizo a una temperatura ligeramente  inferior a la del congelador de mi nevera

El escenario es la par espectacular y absurdo. Un paseo por el bosque boreal lituano, a un par de horas en coche al suroeste de Vilna, ya casi tocando la triple frontera con Bielorrusia y Polonia. Pero entre los Árboles está Stalin. Y Lenin. Y Marx. Estoy en Grūto Parkas, me levanté temprano la última mañana de mi estancia en la capital de Lituania para venir a teletrabajar desde aquí, un jardín escultórico al aire libre donde se exponen docenas de estatuas de la era soviética. En 1990 la mayoría de las estatuas de Lenin, Stalin y el resto de comunistas fueron derribadas bien por los ayuntamientos de cada pueblo, bien por multitudes eufóricas, y después tiradas en cualquier vertedero, campo o solar. Un empresario pidió permiso al gobierno de Vilna para quedárselas y organizar una exposición permanente, que desde entonces se conoce popularmente como Stalin World. El tono de la exposición es grave y crítico con el sistema soviético, no podía ser de otra manera, pero también divertido. De hecho, el mismo complejo aloja un zoo donde uno se puede encontrar llamas y avestruces y un parque infantil con toboganes y columpios. A lo largo de un par de kilómetros de recorrido se suceden las esculturas hechas en el estilo brutal que denominamos realismo socialista, ángulos desacomplejados, líneas rectas y sin más adornos que los justos para transmitir conciencia de clase y lealtad al partido. Culto a la personalidad en hormigón, mayormente. Hay un edificio que representa una asamblea local del Partido Comunista, y otro en donde se exponen pinturas y tecnología de los últimos años de la URSS. Es un lugar curioso y nostálgico en el buen sentido de la palabra. Los auténticos nostálgicos, los que añoran los años dorados de la Unión Soviética, no pisan esta clase de lugares, porque lo que echan de menos no son las ideas, ni la estética, sino su imposición. En el año 2001 el parque y su fundador recibieron el Premio IgNobel de la Paz.

Los comunistas eran un poco cabezones
Los Lenins al Sol
El Camarada Diegogonsky arengando a las masas del Partido
A ver si te aparkas, que me tapas la estatua

Caía una ligera llovizna cuando salí de Riga después de visitarla por segunda vez en 18 meses y gustarme aún más que la primera. A veinte kilómetros de la capital letona se encuentra uno de los conjuntos escultóricos más sobrecogedores y espectaculares de toda la antigua Unión Soviética, el Memorial de Salaspils. En ese mismo lugar la Alemania nazi construyó en 1941 un campo de prisioneros (oficialmente «de reeducación») para alojar presos políticos, judíos y prisioneros de guerra. Las condiciones del campo de trabajo eran las esperables bajo el nazismo. Entre quince y veinte mil personas pasaron por aquel lugar, de las cuales unas 2.000 murieron. Un tercio de los muertos eran niños. Quince años después de la guerra se empezó a construir el memorial; hubo una disputa entre los funcionarios del Partido y los arquitectos a los que se les encargó, los primeros querían algo mucho más realista y socialista, los segundos algo más abstracto, más en línea con los Spomeniks yugoslavos. Ganaron los segundos.

Una mujer deja una flor frente a una de las esculturas masivas del memorial de Salaspils
La flor en cuestión, observada con atención por una escultura de seis metros de alto
Las escultuiras «Madre» y «Camaradas»
Las mismas esculturas desde otro punto de vista. Nótese la persona en la esquina inferior derecha de la foto

Un muro de cien metros de ancho separa visualmente los terrenos del antiguo campo de concentración del resto del mundo. El edificio fue una de las primeras estructuras de vanguardia construida en la Unión Soviética; según el presidente del Soviet Letón, «la gente no lo entendería», aunque en realidad no hay mucho que entender. Al otro lado del monumental pedazo de hormigón en el que se leen las palabras «Tras este muro el suelo llora» se encuentran varios conjuntos escultóricos repartidos a lo largo de miles de metros cuadrados de hierba. Las dimensiones descomunales tanto del terreno como de cada escultura son, efectivamente, sobrecogedoras, que era la única intención de los creadores del lugar. Preservar la memoria de las víctimas del nazismo. No hay exaltaciones del Hombre Nuevo ni culto a la personalidad de algún líder regional del PCUS. Simplemente la sensación estremecedora, es más, el conocimiento intuitivo de que allí sucedió algo verdaderamente horrendo. Por eso el monumento fue tan fácil de resignificar cuando se disolvió el régimen soviético y hoy día forma parte del canon cultural letón, y todos los niños del país van allí de excursión escolar como los adolescentes japoneses acuden a Hiroshima.

Escultura representando a un prisionero moribundo
Vista general del jardín con los cuatro grupos escultóricos
«Tras este muro el suelo llora»

Justo a la entrada del Memorial de Salaspils encontré una pequeña exposición sobre los crímenes de guerra rusos en Ucrania y su relación con los cometidos por la URSS tanto en aquel país como en la propia Letonia durante el estalinismo. En el Museo de la Ocupación de Vilna había paneles explicando el genocidio ucraniano (el Holodomor) y cómo la invasión rusa de 2022 es un capítulo más de algo que Rusia lleva haciendo más de un siglo con sus vecinos. Junto a la Plaza Mayor de Tallín, veinte paneles explicaban las historias de diez familias y personas que murieron en las hambrunas de los años 30 en Ucrania y de otras diez personas asesinadas por las tropas rusas en 2022, estableciendo un paralelismo evidente entre ambos crímenes. Para los países Bálticos, la URSS que se anexionó las tres repúblicas y deportó a cientos de miles de personas a Siberia es la misma Rusia que hoy tiene invadidos cien mil kilómetros cuadrados de Ucrania y también ha deportado a cientos de miles de personas, robado a niños y devastado ciudades enteras. Putin no sólo es el Stalin de nuestro tiempo, también es el Hitler del siglo XXI, y los bálticos se sienten en el punto de mira de Rusia, un imperio que nunca ha perdonado que tres países minúsculos que entre todos no sumaban la población de Moscú fueran capaces, sin armas y sin ejércitos, de doblarle el brazo uno de los mayores y más agresivos imperios coloniales que haya conocido la historia.

Pancartas, fotos, banderas, juguetes y cruces condenando la agresión rusa contra Ucrania en la embajada rusa en Tallín, en diciembre de 2022
«Putin, La Haya te espera»; pancarta en un edificio de oficinas del centro de Vilna

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9 respuestas a “Crónicas Bálticas. Capítulo 1: Independencia

  1. Avatar de uno uno 26-septiembre-2024 / 12:16 pm

    tremendo artículo! Esperando a que siga la serie

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  2. Avatar de Eric Milne Eric Milne 29-septiembre-2024 / 11:54 pm

    No se piensa mucho por los lares americanos en la perspectiva de los países bálticos. Este es un artículo entretenido, y al mismo tiempo sobrecogedor. Muchas gracias.

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  3. Avatar de cob cob 3-octubre-2024 / 10:23 am

    Estupendo artículo, again.

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