La última vez que la vi era Nochebuena. Sus hijos y los míos cenaban con sus correspondientes mitades opuestas de la familia. Dejamos de hablarnos muy poco después y nunca he vuelto a saber de ella. Le envié una caja con los restos del naufragio (una taza que le había regalado, un jersey olvidado en mi casa, esa clase de cosas), y esa fue la última vez que me escribió. Al día siguiente me percaté de que había olvidado meter en la caja el bote de espuma para el pelo «con color, para morenas» que tenía para cuando se quedaba a dormir. No supe que hacer con él y lo dejé allí, al fondo del armario del baño. Y ahí sigue. Toda esta serie de recuerdos cruzó por mi cabeza mientras miraba un objeto cualquiera en un minúsculo museo del que nunca había oído hablar hasta esa mañana. Miré a mi alrededor. Me di cuenta de que llevaba varios minutos absorto en mis pensamientos. Decenas de personas leían en un silencio sepulcral las historias detrás de objetos absolutamente anodinos. Algunas de ellas tenían incluso los ojos humedecidos. Sin duda, era el museo más raro en el que había estado. Hoy en Fronteras: Zagreb

Mi amigo Mario, que vive en Estocolmo y fue quien me llevó a las Islas Åland, me definió una vez como «acaparador de millas» y «huella de carbono andante», debido a mi costumbre de saltar de una ciudad a otra y de un país al siguiente como quien se sube al autobús que le lleva a la oficina a dos barrios de distancia, y pasando, en ocasiones, pocas horas en cada lugar. Zagreb no fue una excepción a esa regla. En total estuve cuatro horas en la ciudad antes de regresar a mi apartamento a las afueras de Liubliana y lo cierto es que habría deseado pasar bastante más. Zagreb es una ciudad joven y alegre, que da la falsa apariencia de de no tener tanta historia como Dubrovnik (la ciudad croata que todo el mundo tiene en su bucket list) y con mucho que ver. Así que bajo el implacable sol estival de mediados de julio me di un largo paseo por sus calles, sus túneles y, claro, mi museo raro favorito de Europa.

Mi padre, y supongo que muchos otros padres, decía que nada más llegar a un destino había que ir a ver su «piedra» más gorda, el icono más representativo. El Partenón en Atenas, el Empire State en Nueva York o ̶l̶o̶s̶ ̶n̶a̶v̶a̶j̶e̶r̶o̶s̶ ̶a̶t̶r̶a̶c̶a̶n̶d̶o̶ ̶t̶u̶r̶i̶s̶t̶a̶s̶ la Sagrada Familia en Barcelona. La piedra más gorda de Zagreb es su catedral, pero como ya me ha sucedido en un elevadísimo número de ocasiones en este 2023, estaba cerrada por obras. Y no sólo eso, sino recubierta de andamios, así que mis fotos de la capital croata incluyen el castillo de andamios más alto del mundo.


A tiro de piedra de la catedral están las dos plazas más conocidas de Zagreb: la de Josip Jelačić y la del Mercado. La primera es el epicentro de la vida pública de la ciudad, el lugar habitual donde quedar para ir a cualquier sitio del casco antiguo de Zagreb, equivalente a la Plaza de Callao en Madrid o a la cafetería Zúrich en Barcelona. Josip Jelačić fue un Ban, un título nobiliario ya extinto pero vigente hasta mediados del siglo pasado (me cuesta mucho referirme a un periodo histórico como «el siglo pasado», y que no sea el siglo XIX, y eso que hace ya casi un cuarto de siglo que dejó de serlo). Se le considera un héroe nacional croata pese a que nació en Serbia y a que luchó a favor de los Habsburgo y por tanto contra la independencia de su país. Su estatua ecuestre preside la plaza por la que pasan casi todos los tranvías de la ciudad. Tuve la fortísima tentación de subirme a uno para ver el cementerio de Migoroj, y, de nuevo, ahora me arrepiento de no haberlo hecho. En su lugar, me quedé en el casco histórico. Si vais a Zagreb, id a ver el cementerio.


Junto a la plaza del señor decimonónico cuyo nombre he de copypastear cada vez porque no tengo paciencia para buscar el atajo de teclado correspondiente. está la del Mercado, uno de los iconos de la ciudad con sus sombrillas rojas cubriendo las docenas de puestecitos y paradas. Auténtico centro de la ciudad, donde conviven en armonía los locales y los guiris en busca de imanes de nevera y fotos para Instagram, merece la pena comprar alguna cosa o simplemente pasearse entre las verduras, las frutas, la carne y, claro, los imanes de nevera y las postales. Desde allí se inicia el recorrido hacia la parte alta de la ciudad, donde se halla el otro icono más conocido de Zagreb. La Iglesia de San Marcos y sus dos escudos en el tejado. No os lo vais a creer pero también estaba cerrada por obras, sumándose así a mi legendaria capacidad para llegar a los sitios en el momento menos oportuno.


Lo que sí estaba abierto era la Torre de Lotrščak (más copypaste), justo enfrente. Soy de esa clase de personas que ama subirse al lugar más alto de cada ciudad que visita. En Dubái o Nueva York es caro y fácil, pero cuando el punto más alto de la ciudad es una torre del siglo XIII hay que subir unos cuantos escalones, eso sí, a cambio de unos módicos tres euros. Después de hacerme unos selfis terribles con la Catedral de San Andamio de fondo me subí al medio de transporte más agradable de la ciudad, su funicular, que presume de ser el más corto del mundo. Probablemente también el más barato, 66 céntimos de euro para un viaje que en apenas un par de minutos lleva de la parte alta a la parte baja del casco antiguo.



Al otro lado del funicular se encuentran las calles más comerciales de Zagreb, que dada la hora (las tres de la tarde) y el calor reinantes estaban bastante vacías. Lo cual era conveniente para dejar pasar a los tranvías que recorren por el centro las calles peatonales de la ciudad. Me pregunté cómo circularía el tranvía por allí en plenas Navidades, y si sería parecido al famoso tren vietnamita que habréis visto en cientos de tik toks. Además de subirme a sitios altos también me encanta visitar lugares subterráneos, el yin y el yan y todo eso. En Zagreb el lugar subterráneo más conocido, que aparece en todas las guías dentro del top 10 de lugares a visitar, es el Túnel Grič (qué manía de ponerle vírgulas a todo tienen los croatas, de verdad), una serie de búnkeres que datan de la II Guerra Mundial reconvertidos hoy en paseo peatonal y atajo bajo la colina sobre la que se encuentra la parte alta de la ciudad. Allí la temperatura era al menos diez grados más baja que en el exterior, imagino que en invierno la relación será la inversa. Hay cuatro salidas del túnel, tres de ellas casi imposibles de encontrar sin conocer su ubicación de antemano. La sensación guerrafriesca y de película de espías es maravillosa. Y el fresquito también.




Y bueno, volvamos al principio, al museo. Justo entre la Iglesia de San Marco y la Torre Lotrščak se encuentra el Museo de las Relaciones Rotas, una colección absolutamente aleatoria de objetos procedentes de relaciones amorosas que se rompieron, cada uno de ellos con una pequeña explicación. El museo es un guardián de la memoria de los amores que un día dejaron de existir, y, a poco que uno tenga alguna que otra cicatriz en el alma, es difícil no sentirse identificado con algunos de ellos. «Devuélveme el rosario de mi madre«, cantaba una vieja copla española. Si no te lo devolvió, está aquí. Es una exposición pequeña y singular, cuyos orígenes se encuentran, como es fácil de imaginar, en la ruptura de una relación de pareja, la de los dos dueños del lugar, un par de artistas locales que fueron novios durante cuatro años y que, años después, tuvieron esta idea como broma privada. El museo nació en 2006 (tres años después de la ruptura) como una colección itinerante que pasó por Berlín, Los Ángeles o Manila, entre otros lugares, antes de instalarse definitivamente en Zagreb, donde recibe más de cien mil visitantes al año.





Todo viaje es también un viaje interior, y el Museo de las Relaciones Rotas, uno de los museos más singulares de Europa, es uno de los destinos que más lo hacen patente. En el museo no sólo hay objetos relacionados con relaciones románticas. También despedidas de madres a sus hijos o de hijos a sus padres. Hasta un sujetador de una mujer que sufrió una doble mastectomía. Las historias de gente anónima de la que no conocemos ni siquiera el nombre son sugerentes e impactantes, y el silencio y la concentración con la que los visitantes del museo leían respetuosamente el texto de cada una de las piezas no lo he visto en lugares como El Prado o el Museé d’Orsay. Con el ánimo un poco tocado, pero también vagamente reconfortado, me monté de nuevo en mi coche italiano para regresar a Eslovenia. De camino paré en el Restaurante Kalin, mi bar favorito de toda Europa, que fue convenientemente retratado en este vuestro blog hace unos años. Para mi desolación, había cerrado para siempre, víctima del Covid. En este caso, mi relación con él ni siquiera llegó a empezar. Quizá dentro de un tiempo tenga un dueño nuevo y pueda, por fin, beberme una pinta en dos países.
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Un minuto de silencio por el bar internacional.
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Que entrada tan poética, me ha encantado. Y lo del museo, sumamente interesante, una de esas bromas llevadas muy lejos, pero que de una locura pasó a ser una genialidad absoluta.
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