Días de fútbol

«Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol»
Albert Camus

La primera federación de fútbol del mundo fue fundada en 1863, lógicamente, en Inglaterra. Antes de finalizar el siglo XIX se habían fundado también las federaciones escocesa, galesa e irlandesa (entonces toda la isla de Irlanda formaba parte del Reino Unido). La Federación internacional de Fútbol, la FIFA, fue fundada en 1904 en París. Seis países la constituyeron desde un principio: Suiza, Dinamarca, Francia, Holanda, Bélgica y España. El problema surgió cuando el resto de federaciones de la FIFA se percataron del pequeño detalle de que en España no existía una federación de fútbol, por lo que procedieron a expulsar a los delegados españoles, que no volverían a entrar en la FIFA hasta 1913, tras la fundación de la RFEF. Una cosa un tanto sui generis.

Logotipo de la FIFI Wild CupLa FIFA celebra un campeonato internacional cada cuatro años, como es más que de sobra conocido. El mundial de fútbol. El último se celebró hace un par de años en Alemania, pero resulta que no fue el único campeonato internacional de fútbol celebrado en tierras germanas. Al mismo tiempo que la FIFA World Cup se celebró la llamada FIFI Wild Cup, en traducción literal, la Copa Salvaje. La FIFI (con ese nombre parece un caniche) es la Federación Internacional de Fútbol Independiente. La forman diversas federaciones de fútbol de estados no reconocidos, regiones autónomas y provincias secesionistas. La FIFA, y la UEFA, sólo permiten participar en sus competiciones a estados reconocidos internacionalmente (lo que convierte en papel mojado las reivindicaciones de oficialidad de las selecciones regionales del País Vasco y Cataluña), permitiéndose algunas excepciones anteriores a 1997 (fecha en la que se modificó el reglamento de admisión), como las Islas Feroe, Montserrat o las cuatro federaciones británicas, que se mantuvieron independientes al fundarse la FIFA, puesto que eran muy anteriores a ella.

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El diamante en el desierto

Si hay un país del mundo en el que desplazarse por carretera de una punta a otra es una auténtica aventura, ese es Australia. Con sus más de siete millones de kilómetros cuadrados es el sexto país más grande de la Tierra, y recorrer sus infinitas carreteras supone enfrentarse a enormes extensiones de desierto deshabitado, temperaturas homicidas y cientos de kilómetros entre una gasolinera y la siguiente.

Ojo, canguros (click para ampliar)La construcción de carreteras asfaltadas que unieran los lejanísimos entre sí extremos del país no se inició hasta la II Guerra Mundial, cuando las necesidades logísticas y de transporte de materiales lo hicieron imprescindible. Construir una carretera de más de mil kilómetros de largo no resulta nada fácil. Especialmente cuando grandes tramos de la carretera se encuentran a cientos de kilómetros del lugar habitado más cercano. Hay que construir barracones para los ingenieros y demás trabajadores, asegurar un suministro diario de agua y alimentos y, de paso, habilitar pequeñas pistas de aterrizaje para avionetas que puedan atender urgencias médicas. Todo eso, cada cierto número de kilómetros, según la carretera avanza.

La Eyre Highway, llamada así en honor del explorador inglés John Eyre, es la principal vía de comunicación en la costa sur australiana. Recorre más de mil seiscientos kilómetros desde Port Augusta, en Australia Meridional, hasta Norseman, en Australia Occidental, atravesando el Outback, el desierto que forma la mayor parte del territorio australiano. El único pueblo digno de ese nombre que se puede encontrar en la carretera es Ceduna, con poco más de dos mil habitantes. Está a cuatrocientos kilómetros de Port Augusta. Desde allí hasta el final de la carretera en Norseman lo único que hay son cuatro pequeñas áreas de servicio, cada una a más de doscientos kilómetros de la más cercana. En toda la carretera sólo hay tres gasolineras abiertas las veinticuatro horas del día. Una cada 550 kilómetros. Como para quedarse sin gasolina, sí.

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Cartel en la Eyre Highway. «La recta de noventa millas. La recta más larga de Australia»

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Lenin en la Antártida

Hace unos años la Peugeot anunciaba su 205 con el eslógan Contigo, al fin del mundo. En el anuncio para televisión, se podía ver el coche, junto con una simpática parejita, al borde de un océano de estrellas, representación simbólica de dicho finis terrae. A día de hoy el fin del mundo como tal sigue sin existir, salvo en la saga de Los Piratas del Caribe, pero hay un buen puñado de lugares que podrían ser definidos como tales.

Uno de ellos podría ser el Polo Sur, sino fuera por el pequeño detalle de que está habitado. La estación americana Amundsen-Scott lleva allí más de medio siglo, y en verano viven allí unas doscientas personas, que se reducen a unas cuantas decenas a lo largo del invierno austral. La estación tiene su propio aeropuerto, conexión a Internet, televisión por satélite y hasta una webcam en directo que se actualiza cada cuarto de hora. Por si fuera poco, se está construyendo una carretera que unirá el Polo Sur con la base americana de McMurdo, a unos 1.400 kilómetros al norte (obviamente) de allí. Vamos, que aquello no es Nueva York, pero conozco pueblos en Soria y Teruel peor comunicados, y, desde luego, con mucha menor actividad.

(Atención, pregunta. ¿Qué hora es en el Polo Sur? Dado que todos los husos horarios convergen en él pueden elegir tranquilamente entre los más de veinticuatro existentes. Sí, más de veinticuatro, otro día hablaremos de eso. La respuesta, al final de la entrada)

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