Es difícil describir la vastedad y desolación de la provincia canadiense de Nunavut, la división más grande del país, y una de las más grandes del mundo. Dos millones de kilómetros cuadrados, la superficie de México, en los que únicamente se pueden encontrar veintiocho asentamientos humanos. Cuarenta mil personas, la población de Liechtenstein, llaman «hogar» a una región que se caracteriza por ser un desierto blanco con temperaturas de congelador industrial la mayor parte del año. Y de todas ellas, ochenta viven en un lugar tan en los límites del planeta que más allá no hay nadie. Hoy en Fronteras, Alert, el norte más norte de todos los nortes.

A la isla de Ellesmere se le conoce como «el Everest horizontal» por lo extremo de su clima y su paisaje. Deshabitada hasta 1953, recibió sus primeros habitantes gracias al programa de realojamiento voluntario para aborígenes, que los interesados denominaron «migración forzada» porque, bueno, lo era. El caso es que el lugar donde el gobierno colocó contra su voluntad a una decena de familias inuit hoy es el asentamiento civil más septentrional de Canadá, Grise Fiord, que con sus espectaculares 140 habitantes residiendo a setenta y seis grados de latitud norte, y con temperaturas medias en invierno de treinta bajo cero, es el único en toda la isla. Isla que tiene doscientos mil kilómetros cuadrados de superficie, más o menos lo mismo que Gran Bretaña, pero con una densidad de población ligeramente menor. Unas cuatrocientas mil veces inferior, para ser más precisos. Además de los descendientes de los deportados de los años 50, en toda la isla hay dos lugares habitados más. Uno, cuatrocientos kilómetros al norte, es la Estación Eureka, una base de investigación meteorológica y científica en la que un día cualquiera suele haber una decena de personas o menos, y el otro, Alert. Que está cuatrocientos kilómetros más al norte que Eureka y por tanto ochocientos kilómetros más arriba en el mapa que Grise Fiord. En esa esquina del mapa, el Polo Norte está a menos distancia que el pueblo más próximo.


¿Se puede visitar Alert? Sí, siempre y cuando tengas un trabajo allí. O sea que no. Los residentes de Alert se dividen en tres categorías: militares canadienses de la base de la fuerza aérea, dedicados fundamentalmente a la inteligencia de señales, o científicos del Observatorio Global Atmosférico, dedicado a, bueno, observar la atmósfera (contaminación, cambio climático, esas cosas). La tercera categoría es la de los contratistas: trabajadores civiles que se encargan de la logística y planificación para las otras dos categorías, sobre todo para los militares. Además de ellos, los únicos autorizados a visitar Alert son los pilotos y personal de transporte, entre ellos los participantes en la Operación Boxtop, la misión bianual de las fuerzas aéreas canadienses para reabastecer la base. En sus días más populosos, generalmente hacia el final del verano, en Alert puede haber hasta ciento cincuenta personas, mientras que en invierno la cifra más baja suele ser de unas sesenta. En la época en la que aterrizar y despegar del aeródromo de hielo es más fácil, hay aproximadamente un vuelo a la semana. Cuando el sol se va, sólo hay vuelos de emergencia, que pueden tardar de 36 a 48 horas en llegar. Mejor no pillar una apendicitis.


Todos los residentes de Alert son, pues, temporales, generalmente en turnos de tres a seis meses. Por ese motivo la población del asentamiento es oficialmente cero, aunque en los últimos tres cuartos de siglo, desde abril de 1950, siempre ha habido alguien allí; hasta doscientas cincuenta personas permanentemente a mediados de los noventa. El lugar fue originalmente una base conjunta de Canadá y Estados Unidos, que ayudó con la logística de la construcción a cambio de mantener personal allí de manera permanente. Originalmente planteada como mera estación meteorológica, la Guerra Fría en seguida se impuso, y la estación civil se convirtió en base militar para la intercepción de comunicaciones soviéticas. Al fin y al cabo, Alert está más cerca de Moscú que de Ottawa. De paso, ayudó a reforzar la soberanía canadiense sobre el Archipiélago Ártico, como también lo hicieron aquellos inuit depositados con lo justo para sobrevivir unos cuantos centenares de kilómetros más al sur.

La vida en Alert es la esperable en una base militar a ochenta y dos grados de latitud norte. Dada su ubicación, el sol permanece bajo el horizonte entre octubre y febrero, y por encima de él entre marzo y septiembre. Es decir, que tienen un par de meses al año donde el sol sale y se pone. El resto del tiempo no hace ninguna de las dos cosas. Los ciclos circadianos sufren como condenados en ese ambiente, pero aún así el horario habitual es el de cualquier oficina: de ocho a cuatro, más o menos, aunque la estación permanece activa las veinticuatro horas y hay trabajadores en turnos de tarde y de noche. Aunque turnos de noche son todos durante cinco meses al año, y ninguno durante otro tanto. En Alert hay un bar, lo que obliga a todos los aspirantes a residente a pasar un examen psicológico antes de irse al norte: nadie quiere alguien con tendencia a ahogar sus penas en alcohol en un lugar donde el hospital y la comisaría más próximas están a un par de miles de kilómetros de distancia. Curiosamente, no es en Canadá donde se pueden encontrar, sino en Groenlandia. Su capital, Nuuk, está ligeramente más cerca que Iqaluit, la capital regional de Nunavut. De todos modos, el consumo de cervezas está limitado a dos por persona y noche. Y a dos días al mes. La Ley Seca del Polo Norte.

«Si te aburres aquí arriba es porque eres aburrido». Eso dicen los tipos a los que destinan a ese remotísimo puesto en las fronteras exteriores del planeta. Como no todo va a ser trabajar y de alguna manera hay que sobrellevar las 24 horas de oscuridad y su opuesto estival, a menudo se organizan noches temáticas de cine, fiestas de disfraces y guateques en general. Durante la época navideña, las festividades duran doce días, que incluyen un concurso de jerseys feos, carreras de trineos en ropa interior (en serio), campeonatos deportivos y por supuesto una cena como Dios manda. En general la gente que ha pasado unos meses en Alert recuerda su experiencia en el lugar con cariño y buen humor, aunque la mayoría no se enrola para otros seis meses. Y eso que es una de las mejores maneras de ahorrar: el sueldo es un 50% superior al de cualquier otro lugar al sur de la isla, y los gastos, cenas y cervezas en el bar aparte, son nulos. Por todos estos motivos los alertianos se llaman a sí mismos The Frozen Chosen (Los Elegidos Congelados, más o menos).

La única forma realista de llegar a Alert es por avión, claro. En Nunavut no existen las carreteras (salvo que contemos como tales las pistas de hielo y mugre que nacen y mueren en el mismo pueblo) ni los ferrocarriles, las distancias son demasiado grandes y además casi toda la superficie del archipiélago está compuesta por islas descomunales y mayormente deshabitadas. Pero aterrizar a ochenta y dos grados Norte no es fácil. Para ser un lugar con un centenar de residentes o así, Alert tiene una altísima proporción de desastres aéreos. Tres accidentes entre 1950 y 1990 que dejaron en total trece muertos, enterrados mayoritariamente en la base, donde, de hecho, pueden visitarse los restos de dos de los accidentes (el tercero sucedió a veinte kilómetros de distancia).


Alert ya tiene internet de alta velocidad las veinticuatro horas, pero no siempre fue así. De hecho casi nunca fue así. Hasta hace unos pocos años, la conexión a la red era inestable, porque el asentamiento está tan al norte que hasta los satélites geosíncronos le quedan por debajo del horizonte. Antes de eso, sólo la radio de onda corta permitía comunicarse con el exterior de forma irregular. La mera existencia de un lugar como Alert, igual que sucede con la Base Amudsen-Scott, es una prueba de que el ingenio humano se puede sobreponer a casi cualquier dificultad, especialmente si cuenta con un presupuesto generoso. Pero también es una muestra de que la mejor arma para casi cualquier desafío es un sentido del humor inagotable. «La cualidad más importante para la convivencia en una base antártica es ser buenas personas», dijo en su día el director de la base española Gabriel de Castilla. Eso también es válido en el otro extremo del mundo.
Fuentes, fotos y más info: The Globe and Mail, CBC, Accuweather, Canadian Armed Forces, Contando Estrelas, Reddit, NDTV, Wikipedia, Great Big Story.
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Puedes encontrar esta historia, y todas las demás, en El Mapa de Fronteras
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