La policía de fronteras chipriota revisó nuestros pasaportes y la documentación del coche de alquiler. Después de introducir nuestros datos en el ordenador nos los devolvió con una sonrisa. «Buen viaje», nos dijo en español. «Efjaristós«, respondimos al unísono. Al otro lado de la garita nos esperaba una carretera vacía, escoltada por kilómetros y kilómetros de verjas y alambres de espino. De vez en cuando, un cartel indicaba la prohibición de hacer fotos y de detenerse. Parecía una carretera normal, pero allí estábamos, de facto, en medio de ninguna parte. En territorio de ningún país. En ese tramo de carretera, y en cientos de kilómetros cuadrados a ambos lados de ella, no rigen las leyes de ningún estado. Bienvenidos a la Línea Verde, la frontera que no existe.

Exactamente siete días antes de la fecha prevista para nuestro viaje un un dron iraní lanzado desde el Líbano aterrizó de forma, digamos, explosiva sobre un hangar de la base británica de Akrotiri, en el sur de Chipre. Fue un incidente menor dentro del monumental cacao organizado en torno a la guerra de Irán, no hubo heridos y los daños fueron cosméticos, pero bastó para que la prensa, incluida la española (especialmente la española) vendiera un relato apocalíptico de «isla bajo los misiles». Durante los siguientes días nuestras familias y amigos no dejaron de preguntarnos por la situación bélica en el país, convencidos por las ululantes televisiones patrias de que Limassol y Pafos eran una versión mediterránea de Zaporiyia o Mariúpol. El caso es que pasamos siete días en Chipre sin ser molestados por ningún misil dejado de la mano de Dios (o de Alá, en este caso), pero con la práctica totalidad de la infraestructura turística para nosotros solos. Por supuesto, no hicimos uso de ella. ¿Quién quiere playas y discotecas teniendo verjas con alambre de espino?

Para los novatos, hay dos países que se llaman Chipre. Uno reconocido internacionalmente, y el otro no. Este último ocupa algo más de un tercio de la isla (un 37%), y es fundamentalmente un protectorado turco, nacido de la invasión de 1974, producto a su vez de décadas de enfrentamientos violentos entre las dos comunidades de la isla: los griegos y los turcos. El origen remoto de la división es la conquista de la isla por parte del Imperio Otomano en el siglo XVI. Chipre fue durante siglos una colonia turca, como la mayor parte de Europa del Este y Oriente Próximo; a finales del siglo XIX la administración pasó a Reino Unido, y cuando la isla se independizó en 1960, algo menos de una quinta parte de la población era de origen turco. Los griegos querían unirse a Grecia y los turcos partir la isla en dos, así que los británicos impusieron una constitución que prohibía las dos cosas.

Esa constitución le otorgaba a los turcos el 30% de la representación política y el 40% de las fuerzas armadas pese a ser el 18% de la población y aportar apenas el 8% de los ingresos del país. Los griegos de Chipre veían eso como una injusticia producto del colonialismo, y los turcos veían a los griegos como una amenaza existencial. En diciembre de 1963 estalló una violencia extrema (conocida como Navidades Sangrientas) que dejó medio centenar de muertos, dos terceras partes de ellos turcos, y veinte mil desplazados, todos ellos turcos. Sus casas fueron saqueadas y sus campos quemados. En Nicosia la violencia fue tal que el Reino Unido, que mantenía miles de soldados en la isla, decidió establecer una división en la ciudad: el norte para los turcos, el sur para los griegos. El jefe de las tropas británicas en Chipre agarró un lapicero y trazó una línea sobre un mapa, que desde entonces, y debido al color del lápiz, se conoce como «Línea Verde».


Aparcamos en Nicosia a un par de cientos de metros de la frontera. La señora que vigilaba el parking nos cobró los cinco euros pactados por dejar allí el coche todo el día y acto seguido nos asestó un discurso sobre lo poco importante que es el dinero para conseguir la felicidad. O eso entendimos de la mezcla de inglés y griego con la que hablaba. Enfilamos en seguida al puesto de la Calle Ledra, la principal arteria comercial de Nicosia desde tiempo inmemorial, que quedó dividida a partir de los años sesenta, y que fue símbolo de la participación durante décadas. En 2008 se abrió allí un puesto fronterizo entre los dos Chipres, aunque en realidad son dos puestos fronterizos con la zona controlada por Naciones Unidas, que en ese punto tiene apenas sesenta metros de ancho; un par de manzanas.


El policía de fronteras chipriota estaba teniendo un mal día, o tal vez detestaba tener que atender a guiris como nosotros que cruzan como excursión dominical a un territorio de su país ocupado por una potencia extranjera. No le culpo. Una vez comprobados nuestros pasaportes procedimos a entrar en la tierra de nadie de la ONU. Está prohibido hacer fotos, pero todo el mundo las hace. También está prohibido pararse, pero al estar fuera de la jurisdicción de cualquiera de los dos estados chipriotas, tampoco pasa nada si uno se detiene un ratito. Entre 2011 y 2012, en una época en la que las tensiones norte-sur en la isla eran apreciablemente mayores, se instaló en ese pequeño hueco un grupo de manifestantes. Como el resto de los movimientos del mismo tipo en esa época, Ocuppy Buffer Zone fue una acampada de varios meses por parte de grupos de activistas de izquierda antiglobalización, con la particularidad de que la ocupación se hizo precisamente en un lugar no controlado por ningún estado. Su lema: One Cyprus, no bullshit. Quizás el lector no se sorprenda al saber que la totalidad de los manifestantes provenían del sur de la isla. Eso sí, durante los meses que duró la acampada, con toda su ingenuidad y su adanismo, fueron los únicos que consiguieron ocupar la Línea Verde en casi cuarenta años.


La práctica totalidad de los edificios de Nicosia que caen dentro de la Línea Verde están sellados y abandonados. La invasión turca de la isla se paró allí donde había tropas británicas, y precisamente en Nicosia era el caso. Tanto los grecochipriotas como los turcos llenaron de minas toda la Línea Verde y sus alrededores inmediatamente después de terminar la guerra; deshacer aquello costó décadas. El desminado de la capital comenzó en 2004 y terminó dos años después, mientras que limpiar de artefactos explosivos el resto de la Zona de Amortiguación llevó más de dos décadas; más de veinticinco mil minas y miles de municiones sin explotar fueron retiradas de los cientos de kilómetros cuadrados patrullados por la ONU hasta que en 2024 se declaró que el territorio por fin estaba libre de minas. Pese a ello, Naciones Unidas estima que hay al menos un millón de metros cuadrados, repartidos en casi medio centenar de parches de territorio, que siguen siendo peligrosos más de medio siglo después.


Constantinos prefería que le llamara Costas, como absolutamente todos los portadores de ese nombre. Me lo encontré mientras paseábamos por las ruinas de Petrofani, una aldea fantasma al este de la isla, en plena Línea Verde. Hasta 1974 el pueblo estaba habitado por turcos, que huyeron al norte en cuanto comenzó la invasión, temerosos, con buenos motivos, de lo que los paramilitares griegos podían hacer con ellos. Costas construyó un pequeño establo en la localidad, de la que sólo queda en pie un edificio, la escuela, comida también por los hierbajos por dentro y por fuera. Sus padres, me contó, tenían una casa en el norte, y les fue arrebatada por los turcos. «Como el resto del país», sentenció. Costas tenía exactamente mi edad, nacimos el mismo mes del mismo año, así que nació un lustro después de la división de la isla, pero como casi todos los chipriotas, tenía muy en cuenta la partición. Sin embargo, no hablaba con odio de los turcochipriotas. «Estuvo mal que se tuvieran que ir».


Muy cerca de Petrofani está Athienou, una de las cuatro poblaciones habitadas dentro de la zona de amortiguación de la ONU. Todos los residentes en la Línea Verde (unos quince mil en total) tiene nacionalidad chipriota y reciben servicios del estado internacionalmente reconocido, pero la seguridad en toda la zona, incluidas las localidades en su interior, corre a cargo de Naciones Unidas. Eso incluye las labores policiales de patrulla e investigación, y por supuesto perseguir el contrabando, que como cabe imaginar es bastante común a lo largo de los 140 kilómetros de la zona. Casi nadie quiere vivir en los pueblos limítrofes, así que tienen condiciones fiscales especiales, lo que a su vez permite una economía de frontera más próspera que el resto del país.

En Athienou la mayoría de las casas son recientes y se ven de buena calidad, pese al gusto discutible. Según Costas, son las residencias de ganaderos y agricultores, que han llegado hace un par de años a la zona después de que las tierras fueran declaradas aptas para el uso. O sea, después de desminarlas. Él mismo ha comprado y vendido un par de rebaños de cabras y ovejas, a las que ordeñaba en el establo que construyó en medio del pueblo fantasma. Paga muchos menos impuestos y le resulta rentable. En otras localidades lo que florecen no son las granjas, sino los casinos. La fiscalidad privilegiada hace que tengan que pagar pocos o ningún impuesto y brotan como setas. Esto me lo contó Enda, un policía de la Garda irlandesa destinado en Pyla, otro de los pueblos dentro de la Línea Verde, y el más especial de todos: es el único donde turcos y griegos siguen conviviendo como antes de la guerra.

Abordé al irlandés sin ningún tipo de reparo ni vergüenza cuando se subía a su todoterreno blanco con las siglas UN pintadas sobre el capó. Cada sector de la Línea Verde está controlado por un contingente: argentinos al norte, británicos en Nicosia y alrededores y eslovacos y húngaros al sur. Aparte de ellos, policías y civiles de dos docenas de países contribuyen a mantener la fuerza de pacificación de la ONU, la UNFICYP. Enda llevaba allí casi un año y medio y se disponía a abandonar la misión este mismo mes de abril, después de 18 meses destacado en la isla. Según me explicó, su trabajo es el de cualquier fuerza policial, pero en Pyla apenas hay delincuencia así que tampoco tiene demasiado, más allá de vigilar el contrabando. Además las dos comunidades se llevan estupendamente en el pueblo, que es un ejemplo en todos los sentidos, así que por suerte no tiene demasiados problemas en su día a día. Podemos comprobar la veracidad de su información en la plaza mayor del pueblo, donde conversamos. Uno junto al otro se encuentran dos bares, uno turco y otro griego. El primero estaba cerrado, así que nos dirigimos al segundo a tomar un «café chipriota», que es como en Chipre llaman a lo que en el resto del mundo es un café turco.


Angelika es ucraniana pero lleva cinco años viviendo en Chipre, a donde llegó a pasar unas vacaciones que se alargaron mucho, y que tras la invasión de su país por parte de Rusia se convirtieron en permanentes. Era la única persona en el bar de la Asociación Patriótica de Pyla «La Macedonia», nombre que recibe el local de los griegos en la plaza principal del pueblo. Justo enfrente está el bar turco, llamado «Alcaldía de Pyla». Mientras estábamos con el café, que en este rincón de Eurasia todavía cuesta un euro, llegaron un par de clientes, con aspecto de estar a punto de jubilarse. La ucraniana nos explicó que no hablaban inglés porque eran turcos, y que se habían venido al bar griego porque el suyo estaba cerrado a esa hora. Poco después llegaron dos clientes más, esta vez griegos, que saludaron cortésmente a los anteriores, mientras nos miraban con curiosidad en absoluto disimulada.


Unos días antes de llegar a Chipre el algoritmo de Instagram me descubrió a una pareja de viajeros llamados Marcos y Sara, que de hecho residen en el país. Al salir del bar de los griegos nos los encontramos de casualidad grabando contenido para su canal. En seguida hicimos buenas migas; estaban allí haciendo lo mismo que nosotros, preguntar para conocer, y de hecho no poca parte de nuestro viaje se parecía mucho sus planes de grabación. El azar había querido que coincidiéramos el mismo día a la misma hora en la misma plaza de un pueblo de dos mil habitantes. La vida a veces tiene casualidades espectaculares. En el paseo hasta el centro de Pyla habíamos pasado junto al colegio turco de la localidad, con su bandera de la media luna incluída. Es la única de su clase en todo Chipre al sur de la frontera. En Pyla la guerra simplemente no sucedió. Nadie murió, nadie se tuvo que marchar y no se disparó un solo tiro, pese a que los turcos llegaron hasta las colinas que dominan la ciudad desde el norte, y allí siguen, con las dos banderas, la rojiblanca y la blanquirroja, ondeando bien a la vista. Simplemente son un pueblo donde todos se entienden y se respetan. Algo tristemente extraordinario. Pero también esperanzador. En plena tierra de nadie existe un pueblo de todos.

Escribí por primera vez de Chipre en este humilde blog antes de que el primer iPhone se pusiera a la venta en España, con el título de Las fronteras de Chipre. Podéis leer aquello (y sus continuaciones), aunque en estos 18 años y pico han cambiado muchas cosas. Casi siempre para bien.
Si todavía tienes ganas de más, te recomiendo:
Viaje a la Frontera de Corea del Norte, el último límite de la Guerra Fría
Viaje a Sarajevo, la capital dividida de un país casi irreconciliable
Pueedes encontrar esta historia, y todas las demás, en El Mapa de Fronteras
La historia de los múltiples Chipres también se cuenta en HISTORIONES DE LA GEOGRAFÍA junto con otro centenar más, narradas con el mismo tono serio y académico que caracteriza este lugar. Si eres lector de este blog, estás legalmente obligado a comprar el libro. No me lo invento, es la ley, y la ley se cumple. Estás tardando. COMPRA MI LIBRO. ES UNA ORDEN
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Gracias, Diego! Visita la DMZ en Corea hace muchos años tras haber leído sobre su visitabilidad en este blog de usted hace incluso más. No sabía que la línea verde se podía visitar. Pendiente queda
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Gracias, Diego! Visita la DMZ en Corea hace muchos años tras haber leído sobre su visitabilidad en este blog de usted hace incluso más. No sabía que la línea verde se podía visitar. Pendiente queda
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Hay partes que son accesibles de forma pública porque están habitadas, en Nicosia prácticamente toda ella está cerrada y cayéndose a pedazos. Pero merece la pena al menos ir a echar un ojo
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Hola Diego! Otra entrada muy interesante, como siempre 🙂
Ahora mismo estamos en Nicosia. Ayer cenamos junto al puesto fronterizo y dormimos en la parte griega. Esta noche, nos movemos a la parte turca. Bien curiosa y atípica la situación de esta ciudad.
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Yo dormí dos noches en Famagusta, el primer día aprovechamos para ir a ver la ciudad fantasma de Varosha, que desde hace unos años se puede visitar. Desde Nicosia hay autobuses hasta allí.
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