Tres de octubre de 1990. Cientos de miles de personas celebraban en las calles de Berlín. En el edificio del Reichstag, una muchedumbre inmensa cubría cada rincón; el canciller Helmut Kohl y su predecesor Willy Brandt saludaban a las multitudes. Las banderas de todos los estados federales de Alemania lucían en sus mástiles, y la gente agitaba eufórica la bandera tricolor, que ya era oficialmente la única bandera de Alemania. Ese día había dejado de existir el estado conocido como Deutsche Democratische Republik: Alemania Oriental había pasado a la historia para siempre. En Alexanderplatz un grupo de nostálgicos comunistas protestaba contra la unificación. No querían que la dictadura impuesta por los soviéticos desapareciera, pero la historia les pasó por encima. ¿O no? A miles de kilómetros de allí, en las costas de una isla dominada durante décadas por otra dictadura comunista, una pequeña isla se convirtió en el último reducto de la República Democrática Alemana: el Cayo Ernesto Thälmann, Cuba.
Month: mayo 2025
El día que nos detuvo el ejército armenio, nos interrogaron durante horas sus servicios secretos y nos salvó el Real Madrid (Crónicas Caucásicas, 7)
«Tenéis suerte de que no os pegaran un tiro». Así resumió el coronel armenio la situación. Llevábamos seis horas en su despacho del cuartel, interrogados incesantemente por dos agentes de la policía secreta y unos cuantos oficiales de diversos rangos, desde el teniente que nos hacía de traductor hasta el general que llegó a última hora para aportar su granito de arena al surrealismo del trance. Para entonces estábamos física y mentalmente agotados por la incertidumbre acerca de nuestro futuro inmediato y por el larguísimo interrogatorio, que incluyó la revisión inmisericorde de los chats de WhatsApp y las galerías de fotos de nuestros móviles. Para entender cómo habíamos llegado hasta allí tendremos que recordar la regla número uno del viajero: no te acerques a las zonas fronterizas de dos países que están técnicamente en guerra. Y si lo haces, procura no hacer fotos con teleobjetivo.

El Monte Ararat y la tragedia simbólica de Armenia (Crónicas Caucásicas, 6)
El texto de hoy corre a cargo de Christian Macías, veteranísimo lector de este blog pese a su insultante juventud, que con el transcurso de los años (y ya casi de las décadas) se ha convertido en compañero de viaje y amigo.
El primer cambio que notamos cuando viajamos de Georgia hacia a Armenia es que este país es considerablemente más montañoso. Salvo por la primera jornada, las cumbres y valles nevados del centro y oeste del país fueron siempre el paisaje durante nuestra aventura de cuatro días. Llegamos a las 6:30 de la mañana a Ereván luego de un viaje de 10 horas en tren desde Tiflis. La capital armenia nos recibió con unos agradables nueve grados bajo cero y, tan pronto como salimos de la estación, intentamos procurarnos -sin éxito- un lugar donde ponernos a resguardo y desayunar, engañados por las luces extravagantes de gasolineras y máquinas expendedoras de café que, con sus letreros escritos en armenio y ruso, rompían la monotonía postsoviética de esta zona de la ciudad. Luego de encontrar la entrada hacia el metro (donde está prohibido tomar fotos, regla que obviamente violamos, en promedio, cada 30 segundos), nos dirigimos hacia el centro en búsqueda -ya desesperada- de alimentos y un lugar definitivo para hacer tiempo hasta que abriera la agencia de alquiler que nos daría nuestro nuevo transporte: un mítico y hermoso Lada Niva. Una vez montados en semejante insignia soviética rodante -fabricada en 2024 pero con los mismos estándares de seguridad que en 1982-, salimos de Ereván rumbo hacia el sur para conocer de cerca el mayor y más famoso símbolo natural del país: el monte Ararat.


