En mitad de un anodino prado de Europa del Este se alza un monumento de piedra blanca de dos metros y medio de altura. La parte superior tiene tres caras, y en cada una de ellas se puede ver un escudo y una fecha: 4 de junio de 1920. Ese día en particular y a mil quinientos kilómetros de allí, en París, se firmó el Tratado de Trianon, que tras la I Guerra Mundial dividió el Reino de Hungría en varios pedazos, dos de los cuales fueron entregados a Rumanía y Serbia. Los escudos de los dos países, junto con el de la propia Hungría, son los que adornan el monumento, conocido como Triplex Confinium y que indica el punto exacto donde las tres fronteras se cruzan. Tres milllones de húngaros quedaron fuera de las fronteras del reino de Hungría en 1920, y hoy sus descendientes se extienden por Transilvania en Rumanía y por Vojvodina en Serbia. La huella del Reino de Hungría no sólo permanece en la lengua y la cultura, también en la expresión artística. Cien años después de aquel tratado, tres ciudades en un radio de tres horas de viaje en coche comparten urbanismo y arquitectura, en una unidad separada por la geografía pero cohesionada por el arte. Concretamente, el art-nouveau.

Llegué a Oradea un día después de recorrerme la Transfăgărășan y sobrevivir a los encuentros con múltiples osos. En esa ciudad nació y creció mi amiga Bea, una de esas descendientes de los húngaros que quedaron fuera de las fronteras de Hungría en 1920. Su lengua materna es el húngaro aunque su pasaporte sea rumano, y habla los dos idiomas con fluidez además de inglés y español. Oradea me recibió en obras. Pero no obras normales, como las de cualquier otra ciudad que aprovecha el verano para asfaltar calles, reparar alcantarillas y cambiar el pavimento de las aceras, no. Obras de las que transforman para siempre una ciudad, calles principales destripadas como si hubieran sufrido un bombardeo, túneles en construcción y maquinaria pesada por todas partes. Rumanía, sin embargo, no es España y los estándares de seguridad son algo más laxos, así que imité a los vecinos de la ciudad, que cruzaban por el medio de los trabajos pesados, esquivando retroexcavadoras y zanjas abismales como si nada.


El centro histórico de Oradea orbita alrededor de la Piața Unirii o Plaza de la Unidad, un espacio creado en el siglo XVIII pero que adquiere su gusto actual a finales del XIX y principios del XX, cuando se comienzan a construir los edificios de estilo Secesión bajo la influencia vienesa. El más prominente de ellos es el Palacio del Águila Negra, que lleva a sus últimas consecuencias el gusto modernista por las líneas curvas y naturales. En el corazón del edificio serpentea una galería de tiendas cubierta por vidrieras muy del gusto de la época, y allí los locales quedan para tomar café. Alrededor de la plaza, varios palacios, el ayuntamiento y tres iglesias de tres confesiones religiosas diferentes (ortodoxa, católica romana y católica griega) dan fe de hasta qué punto Oradea era ya hace un siglo un lugar cosmopolita donde podían afincar las ideas más vanguardistas del continente, especialmente en lo que se refería a la arquitectura. En su día se la llegó a llamar, no sin cierta vanidad, «la pequeña París».



En la última década Oradea, consciente del tesoro que albergan sus calles, ha emprendido una campaña de restauración masiva de todos los edificios icónicos de la ciudad que le devuelvan su gloria arquitectónica y urbanística. Y de paso, quizá previendo que eso atraiga habitantes, inversiones y turismo, estaba prácticamente reconstruyendo todas las calles del centro histórico; de ahí el absoluto caos y la devastación con los que me encontré cuando llegué a la ciudad. Ahora bien: las partes que ya estaban restauradas eran espectaculares, un viaje a los primeros años del siglo XX, con sus formas curvas y su inspiración en la naturaleza que abarca todos los detalles de los edificios, decorativos y utilitarios. Para un barcelonés, es curioso reconocer ciertos patrones tan típicos en la arquitectura de la ciudad. Al fin y al cabo el arquitecto más famoso del país no es otro que el epítome del modernismo: Antoni Gaudí.



La siguiente parada de mi periplo modernista sería Szeged, la tercera ciudad más poblada de Hungría. En aquel momento (agosto de 2023) Rumanía aún no formaba parte del espacio Schengen así que cruzar la frontera entre los dos países me llevó un buen rato, en buena parte por las abundantes preguntas del aduanero, que se preguntaba qué hacía en ese rincón fronterizo semiabandonado un español conduciendo un Ford Fiesta con matrícula serbia y 150.000 kilómetros a sus espaldas. Después de un rato largo por carreteras regionales llegué por fin a la ciudad. Szeged fue tradicionalmente una ciudad muy próspera dentro de Hungría y del Imperio Austrohúngaro, pero debe toda su riqueza arquitectónica actual a una inundación que la destruyó casi por completo. En la madrugada del 11 al 12 de marzo de 1879 las aguas del río Tisza comenzaron una subida de varios metros por una combinación del deshielo primaveral y de varios días de tormentas. A lo largo de los siguientes días, el 90% de los edificios de la ciudad, que contaba con 75.000 habitantes, fueron arrasados por la corriente. Cuatro quintas partes de los habitantes se quedaron a la intemperie. La devastación fue tal que el Emperador Francisco José visitó la zona cero y prometió una reconstrucción lo más rápida posible. Y sorprendentemente, cumplió.


Szeged fue reconstruida a lo largo de los siguientes años, pero su aspecto cambió radicalmente. Grandes avenidas, planificación urbanística, parques, y nuevos edificios levantados en el estilo que en aquel momento estaba conquistando Europa: el Art Noveau. Según la ciudad recuperaba su antigua prosperidad aparecían palacios, iglesias y edificios públicos modernistas, que le otorgaron a la ciudad el carácter único que aún conserva. Szeged, prácticamente desconocida fuera de Hungría y muy lejos de los circuitos turísticos más comunes, es sin embargo un lugar perfecto para pasear, admirar la arquitectura, darse una vuelta en barco por el río y tomarse algo en el centro peatonalizado. Buena parte de los edificios modernistas se conservan en su estado original, convenientemente restaurados, pero no reconstruidos; a diferencia de Budapest, que fue arrasada hasta los cimientos por nazis y soviéticos en la II Guerra Mundial, Szeged no sufrió demasiado la dureza de los combates, y fue tomada sin excesiva destrucción por los rusos durante la batalla por Debrecen, en octubre de 1944.


Desde Szeged me dirigí al Triplex Confinium. Según me acercaba a la frontera el cielo se iba ennegreciendo lenta pero inexorablemente, hasta convertirse en una versión centroeuropea de Mordor. La tormenta descargó con una violencia tan brutal que el tráfico se detuvo por completo al reducirse la visibilidad a poco más de diez metros. Nunca había visto nada semejante. En diez minutos inundó todos los campos de los alrededores. Cuando escampó, continué hacia el puesto fronterizo entre Hungría y Serbia, que es el único que hay en el Triplex Confinium. Hasta allí llega una carretera rumana, pero acaba en mitad de la nada y sin posibilidad legal de cruzar a Serbia (o a Hungría, en aquella época pre-Schengen). Aterricé en la frontera exactamente dos minutos antes del cierre, dato, su cierre, que desconocía por completo: se me hace alienígena que un país pueda cerrar por la noche. El paso 24 horas más próximo está a una hora en coche de allí, así que tuve suerte.


Después del tedioso interrogatorio aduanero pedí permiso para triscar por el trifinio, que me fue concedido. La aduana serbia está técnicamente en territorio húngaro; la frontera real está a unos diez metros más allá en la carretera. La mayor parte de la superficie del trifinio y sus alrededores pertenece a Rumanía. A pocos metros del tripunto empieza la descomunal muralla fronteriza que Hungría levantó en su frontera con Serbia durante la crisis de los refugiados de 2015: 175 kilómetros de doble verja con concertinas y secciones electrificadas, todo ello vigilado con cámaras y recorrido por una carretera interna que permite a la policía antidisturbios llegar rápidamente a cualquier sección de la frontera. Siempre se ha dicho que no se le pueden poner puertas al campo, pero la entrada de migrantes en Hungría se redujo de 4.500 personas diarias a unas 15 después de la construcción de la verja. A cambio, fueron Croacia y Rumanía quienes absorbieron el inagotable flujo de personas.


Al cabo de un rato de mongolismo fronterizo uno de los guardias de la aduana me echó del trifinio con malos modos. Técnicamente yo estaba en Rumanía y mi coche estaba aparcado en territorio húngaro, así que no tenía autoridad sobre mi, pero claro, fuck around and find out, así que obedecí las órdenes (Dabái, dabái!) y me dirigí a la tercera de las ciudades modernistas: Subotica (pronunciado «Subótitsa«). Son apenas cincuenta kilómetros de carretera tan llana como la planicie en la que se encuentra, la Llanura Panónica. Al igual que las otras dos ciudades del triángulo fin-de-siecle, vivió su momento de mayor esplendor en las dos décadas que precedieron a la primera guerra mundial. Tras la conexión ferroviaria con las capitales imperiales llegó también la luz eléctrica, y acto seguido se levantaron la mayoría de los edificios modernistas que hoy forman el corazón de la ciudad.

Históricamente, Subotica estaba en el límite de dos de los grandes poderes que se disputaban Europa Oriental: Turquía y Hungría. Esa situación de cruce de caminos, unida a su ubicación más o menos estratégica en un alto, permitió su prosperidad y su nombramiento como ciudad libre imperial en el siglo XVIII. La llegada del ferrocarril trajo también nuevos habitantes y comerciantes, y con ellos, la riqueza. Y tradicionalmente la riqueza se expresaba a través de la arquitectura. Y a principios del siglo XX, gracias a los Secesionistas de Viena, lo que mandaba en buena parte de Europa era el Art-Noveau. Hay más de cuarenta edificios modernistas en la ciudad; el más famoso y más grande de ellos es el ayuntamiento, concluido en 1912, que domina el centro de la ciudad y se ubica donde normalmente estaría ubicada la catedral, habitualmente el edificio más importante. Como la catedral de Szeged, está construido en la variante húngara de la Secesión, puesto que fue diseñado por arquitectos de Budapest. Pese a la frontera y la verja distópica que la recorre, es imposible no sentirse un poco en Hungría, especialmente teniendo en cuenta que el húngaro es el idioma materno del 40% de los habitantes de la ciudad


Subotica es enteramente distinta de cualquier otra ciudad serbia específicamente por su pasado y presente vinculado a Hungría. Es la segunda ciudad más grande de la Voivodina, pero de lejos la más hungarizada, a diferencia de la capital, Novi Sad, donde apenas un 5% de la población es húngara. El tercer grupo de población son los croatas, que en sus diferentes variantes suman casi una quinta parte de los habitantes. Como hay tanto católico, la ciudad tiene una catedral dedicada a Santa Teresa de Ávila, para sorpresa del turista español. Del único que había por allí aquel día, seguramente. No muy lejos de allí está el segundo edificio más conocido de la ciudad, también religioso: la sinagoga. Construida en 1903 por la próspera comunidad judía de la ciudad, fueron otros dos arquitectos serbios de origen húngaro (Dezső Jakab y Marcell Komor) los encargados de su diseño. Alzaron la segunda sinagoga más grande de Europa, una un tanto extraña porque tiene una disposición semejante a la de una basílica cristiana. Los arquitectos eran discípulos del fundador del movimiento Art-noveau de Hungría (un tal Ödön Lechner del que tú tampoco habías oído hablar) así que hicieron lo que se esperaba de ellos. Una maravilla modernista. Como pasó en el resto de Europa, los judíos de Subotica fueron prácticamente aniquilados durante la ocupación alemana, y tras décadas de abandono, en 2018 se reabrió el edificio como sala de conciertos.



En Subotica, que en húngaro se llama Szabadka y que a lo largo de sus seis siglos de historia ha tenido más de doscientos nombres, terminó mi último viaje de aquel verano, en el que acabé visitando doce países y conduciendo unos siete mil kilómetros. El recorrido por estas tres ciudades me llevó otros tantos días con dos noches en medio. Lo mejor, y lo peor, es todo lo que tuve que dejar fuera. Timisoara, Novi Sad, Debrecen, Backa Topola, nombres y más nombres de lugares con una historia apasionante. No muy lejos de allí está Liberland, donde el mismo día de mi partida se celebraba el día «nacional» del lugar. Pero esa es otra historia que, por cierto, puedes encontrar en Historiones de la Geografía, el libro que si no te has comprado todavía, ya estás tardando en hacerlo.
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Esta historia, como todas, también aparece en El Mapa de Fronteras.
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Interessantísimo. Siempre me voy apuntando cosas a la lista de viajes pendientes, gracias.
Un chiste, que he encontrado en falta: Obras de Oradea, o sea, Oradea Horadada.
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Espero que no hayas dejado pasar la oportunidad de viajar a Liberland…
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