Por qué Trump está obsesionado con Groenlandia

La primera vez que Trump habló públicamente de adquirir Groenlandia fue en el verano de 2019, durante su primer mandato. En aquel momento aquello quedó como una balandronada más del magnate, una de tantas excentricidades con las que se deleitó durante su primera presidencia. Sin embargo, poco después de ganar las elecciones del pasado mes de noviembre, el presidente de EE.UU. recuperó el asunto de la adquisición de la isla más grande del mundo, y esta vez con el colorido reclamo adicional de convertir a Canadá en el estado número 51 de la Unión. De nuevo, inicialmente los medios de este y de aquel lado del Atlántico se lo tomaron como un brindis al sol o, más comúnmente, como una estrategia de negociación para presionar a Dinamarca. Un congresista republicano llegó a proponer una ley para renombrar Groenlandia (Greenland) como «Rojo blanco y azulandia» (Red White and Blueland), probablemente la peor modificación toponímica en todo el planeta desde que Constantinopla cambió su nombre a Estambul. Es difícil tomarse en serio según qué cosas, pero según han ido pasando las semanas, la retórica de Trump y de su equipo se ha vuelto cada vez más agresiva, llegando a límites impensables hace sólo un par de meses, incluyendo ya veladas amenazas de usar la fuerza. ¿Es posible que Estados Unidos le arrebate Groenlandia a Dinamarca? ¿Cómo? ¿Y por qué?

Empecemos por responder la última pregunta: ¿Por qué querría EE.UU. anexionarse Groenlandia? Para empezar, por su posición geográfica. No es la primera vez que un gobierno norteamericano hace pública su intención de adquirir la isla. En 1946 el presidente Truman ofreció 100 millones de dólares de la época a cambio del territorio, que había sido ocupado por tropas estadounidenses durante la II Guerra Mundial. Y lo hizo precisamente por su ubicación. En un mundo en el que el Ártico y sus recursos, incluyendo el transporte a través de sus aguas, son cada vez más accesibles, disponer de no uno sino dos accesos directos sería una importante ventaja competitiva frente al resto de las partes (ver La tarta del Ártico, aquí mismo hace una década). La localización de la isla, además, la hace fundamental para la detección temprana de ataques desde China, Corea del Norte o Rusia, y para taponar o controlar la llamada Brecha GIUK, el espacio de Océano Atlántico comprendido entre Groenlandia e Islandia y este país y el Reino Unido, y por el que una flota hostil podría acercarse inadvertidamente a los Estados Unidos continentales. Además de las consideraciones de seguridad nacional, está, claro, el asunto de los recursos. Groenlandia posee reservas de petróleo, de gas natural, de metales y de tierras raras, que ahora mismo no se están explotando porque están debajo de dos kilómetros de hielo y porque la logística en la isla es una absoluta pesadilla. Pero en un futuro no demasiado lejano el deshielo, o simplemente la pura necesidad, puede hacer rentable explotar esos recursos. 

La Brecha GIUK y el resto del Ártico Occidental

Respecto a las otras dos preguntas: ¿puede EE.UU. anexionarse Groenlandia? ¿Cómo? La respuesta a la primera cuestión es sí, claro. La manera más sencilla y rápida de hacerlo sería por la fuerza, de hecho. Previsiblemente la guerra más breve de la historia; la isla está completamente desprotegida, porque dado que Dinamarca es miembro fundador de la OTAN, es precisamente Estados Unidos el encargado de su defensa, y por eso tiene ya una base aérea en la isla, desde hace casi tres cuartos de siglo. Ahora bien, es probable que la administración Trump prefiera ahorrarse el problema de relaciones públicas de invadir a un aliado político y militar. Para evitar las guerras es que se inventó la política, y la política groenlandesa permite algunas posibilidades. Más del 90% del parlamento insular está formado por partidos abiertamente independentistas, únicamente cambia la velocidad a la que quieren hacerlo. Desde 2009 Groenlandia tiene reconocido el derecho de autodeterminación, y puede convocar un referéndum cuando sus representantes quieran. Si no son independientes aún, es por la masiva dependencia de los subsidios de Copenhague, que suponen más de la mitad de los ingresos del gobierno groenlandés. Washington tiene una cuña ahí. Puede perfectamente sustituir a Dinamarca como cordón umbilical por una fracción del redondeo del presupuesto del ministerio más pequeño. Basta con convencer a los representantes políticos groenlandeses de que se pongan de su lado y planteen la independencia en términos de, bueno, dependencia. Ni siquiera hace falta una anexión, basta con un tratado de libre asociación que otorgue a los groenlandeses residencia permanente en EE.UU, o la nacionalidad.

Nuuk, capital de Groenlandia, cubierta por la nieve

¿Qué dicen los isleños al respecto? Por ahora, que verdes las han segado, aunque viviendo en un país hecho de hielo seguramente la metáfora que usen sea otra. La inmensa mayoría de los groenlandeses, que son fundamentalmente inuit, se oponen a formar parte de Estados Unidos de cualquiera de las formas. «Groenlandia para los groenlandeses», es el lema. Pero siendo honestos, y aquí me permito pasearme un rato por la Bahía de la Especulación, hacer cambiar de idea a una sociedad con una población de 56.000 personas, equivalente, por ejemplo, a la de Titusville, Florida, no parece la tarea más difícil del mundo cuando los recursos son a efectos prácticos ilimitados. Una inversión inteligente, una campaña de propaganda y relaciones públicas bien hecha a través de medios tradicionales y redes sociales y, por qué no, un poquito de grasa en el sistema, pueden hacer que en un plazo no excesivamente largo, las tornas cambien.

Versión groenlandesa de MAGA. El mes pasado se celebraron elecciones generales en la isla y el independentismo ganó con un 90% de los votos, pero los ganadores se negaron a aceptar la influencia norteamericana en la isla.

¿No sería más fácil para EE.UU. hacer lo que quisiera en Groenlandia acordándolo con Dinamarca, o con el gobierno local tras una hipotética independencia? Puede, pero ¿a qué precio? Pactar con naciones soberanas tiene un inconveniente, y es que la otra parte puede poner condiciones. Medioambientales, políticas, diplomáticas, económicas, etcétera. Sin embargo, si el control sobre el territorio es total, da igual lo que digan en Nuuk o Copenhague. ¿Y una agresión tan obvia a un aliado tan cercano y leal no le supondrá a los norteamericanos un serio problema con el resto de aliados europeos? Por supuesto, pero es bastante evidente que a la nueva presidencia eso le da exactamente igual. Hay dos pilares básicos que han caracterizado las acciones de la administración Trump en este par de meses desde la toma de posesión; uno es la alergia a la burocracia decretada como innecesaria. De ahí el papel de Elon Musk como segadora del gasto gubernamental. «Move fast and break things». Sin duda alguna, están rompiendo cosas, empezando por sus alianzas tradicionales. Desde el punto de vista estadounidense, si en Groenlandia pueden hacerse las cosas fáciles y rápidas, ¿por qué hacerlas difíciles, embrollándolas con tratados internacionales que tardan años en firmarse? La otra característica el trumpismo hasta ahora es su concepción de la política y el comercio internacional como un juego de suma cero. Es decir: las ventajas de los demás son, por definición, mis desventajas. Si EE.UU. no tiene algo, ese algo lo tienen sus adversarios. Por lo que si Washington no controla Groenlandia, será China, o la UE, o Rusia, quien lo hará. Y eso, simplemente, no puede ser.

También en Fronteras: Los últimos territorios que fueron comprados en el mundo
Y un poco antes: La frontera terrestre entre Canadá y Dinamarca

En Libertad Digital, yo mismo sobre la presidencia de Trump: Un caballo en el ascensor

Esta historia, como todas, también aparece en El Mapa de Fronteras.

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