«Así es Bután, el país de la felicidad«; «Los pilares de la felicidad en Bután«; «Lo que podemos aprender de Bután, un país donde el índice de felicidad es una guía para las políticas públicas». El pequeño reino tibetano y el concepto de felicidad van juntos en los titulares con la misma frecuencia con la que se juntan «pavoroso» e «incendio» o «político» y «corrupto». ¿A qué se debe esto, además de a la pronunciada falta de imaginación del periodismo en general? Hace medio siglo la monarquía butanesa introdujo el concepto de «Felicidad nacional bruta» como alternativa a la medición del PIB: según el monarca, las políticas públicas deben estar orientadas a la felicidad de los ciudadanos y no al crecimiento económico. La idea acabó reflejada en la constitución del país y fue llevada con éxito a la Asamblea General de la ONU, y por eso hoy Bután y la felicidad van de la mano en los titulares. ¿Pero qué hay realmente detrás de esa idea? ¿Es en verdad Bután un país feliz?

A finales de los años setenta el entonces rey butanés Jigme Singye Wangchuck acuñó el término «Felicidad Nacional Bruta» o «Gross Domestic Happiness«, y lo contrapuso al Producto Interior Bruto. «La felicidad es más importante que el PIB», afirmó el monarca. Para desarrollar el concepto, según sus biógrafos, se basó en la tradición butanesa de la no violencia, la compasión y el respeto a la vida de todos los seres sintientes. Tras su muerte en 2006, se elaboró una nueva constitución para el país, que incluía la idea de medir la felicidad como guía de la acción de gobierno del país. En 2011 Bután llevó esa idea con éxito a la Asamblea General de las Naciones Unidas, que aprobó una resolución denominada «Felicidad: hacia una aproximación holística al desarrollo». Un año después se publicó el primer Índice Mundial de la Felicidad, y el 20 de marzo fue declarado «día internacional de la felicidad». Un enorme éxito diplomático para un país de apenas cuarenta mil kilómetros cuadrados y con menos de un millón de habitantes.

Mientras el rey de Bután tiraba flores y tocaba el arpa acerca de la no violencia y el respeto budista a todos los seres vivos, ciento cincuenta mil personas, una sexta parte de la población del reino, era violentamente expulsada del país. La inmensa mayoría eran Lhotsampa, nepalíes que llevaban afincados un siglo o más en el territorio de Bután, y a los que se echó de sus casas sin contemplaciones, no sin antes quitarles la nacionalidad por no cumplir con determinados principios del Índice de Felicidad, como ser budista. Cien mil personas acabaron en campos de refugiados en Nepal antes de ser redistribuidos por el mundo, la mayoría en Estados Unidos y Australia. A los que se quedaron Bután nunca les consideró ciudadanos, y salvo casos excepcionales, les considera súbditos de segunda o de tercera categoría. El país exige de forma legal la adhesión a un código de comportamiento y vestimenta basado en las creencias tradicionales de la rama del budismo mayoritaria en el país, y puntúa alrededor del puesto número cien (de ciento cincuenta) en los índices de libertad de expresión y de prensa. Internet y la televisión fueron legalizadas simultáneamente… en 1999. Un 15% de la población vive bajo la línea de pobreza relativa, que en el país es muy baja. Otro 10% de la población se ha marchado en la última década, casi todos a Australia.

Bután no sólo puntúa regulinchis en derechos humanos. Cuando la ONU empezó a medir «la felicidad» a base de encuestas en todo el mundo, el reino tampoco lo hizo precisamente bien. De nuevo se encontró en el tercio inferior de la lista en los resultados. En 2019, la última vez que el país figuró en el World Happiness Report, su puntuación fue de un cinco raspado, diez puestos por debajo de Nigeria y uno por encima de Camerún. El reino no ha vuelto a participar en la encuesta mundial que promovió desde hace seis años. Por otro lado, la última meidición de la Felicidad Nacional Bruta, en 2022, otorgó al país una puntuación de 0,753 sobre uno, un 3,3% mejor que siete años antes. ¿Qué significan esos números? Bueno, nada. Hay un viejo adagio que habla de «mentiras, malditas mentiras y estadísticas», y otro que reza que si torturas lo suficiente a los números seguro que acaban diciendo lo que quieres oir. La Felicidad Nacional Bruta no es más que una estrategia de marketing extremadamente exitosa que ha permitido a un país muy pequeño, encajonado entre los dos gigantes más poblados del mundo, hacerse un hueco en la comunidad internacional y mantener una imagen exterior impoluta mientras llevaba a cabo una limpieza étnica contra una parte sustancial de la población. Porque si algo parece humo, generalmente lo es.

Fuentes y más info: The Guardian, The Diplomat, Wikipedia (2), Wavemag.
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